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sábado, 1 de junio de 2013

DRIVING ME SCOTLAND 2


SIR COLIN
Qué alivio encontrarme aquella tarde de junio con Sir Colin en el aeropuerto y constatar que si bien es escocés – claro que de la zona burguesa de Edimburgo/Leith – le puedo entender mucho mejor que a Mr Jackson. Deben de ser de la misma edad, Sir Colin me confirma que ya tiene un par de nietecitos y que su chochera son los resultados del casamiento de su hijo con una chica polaca. Además, tenemos mucha suerte con el grupo que nos ha tocado, todos empleados de un poderoso consorcio austríaco. A la cabeza del grupo va el atractivo director del comité de empresa, cuya generosidad experimentaremos Sir Colin y yo en carne propia al final del viaje.


Una tarde tranquila, en Aberdeen, nos alejamos de los clientes para cenar al lado de bustos de Vlad Tepes Drácula y otros criminales en una iglesia convertida en restaurante gótico. Allí me cuenta las divertidas peripecias que rodearon el matrimonio caledonio-polaco de su hijo. Cuando mandaron las 180 invitaciones a familiares y amigos, tomando en cuenta que la boda se celebraría en Polonia, en el pueblo de la novia, no contaron con que 180 personas confirmarían su asistencia. En consecuencia, tuvieron que fletar un avión completo para el transporte exclusivo de la comitiva nupcial. Un evento estelar durante las fiestas fue ciertamente la competencia entre escoceses y polacos a ver quién podía beber más... que terminó en un embriagadísimo empate.


LAS MALAS PULGAS DE HARALD
Mi quinta misión escocesa requiere que me dirija primero al puerto inglés de Newcastle upon Tyne para recoger a un grupo que llega en el transbordador desde Amsterdam-Ijmuiden. El tren escogido pasa por Berwick upon Tweed y voy con mucha curiosidad por ver la pequeña ciudad fronteriza a caballo entre Escocia e Inglaterra. Es la hora de la siesta, el vaivén del tren no propicia la vigilia... y de repente miro por la ventana y constato que estamos a punto de llegar a Newcastle y me he dormido Berwick. ¡Bravo! Queda la esperanza de recuperar la pérdida en el trayecto de regreso.


Al día siguiente muy temprano, por iluminación divina, tomo un taxi al terminal marítimo que yo creía muy cercano del centro y resulta que queda a 12 km de distancia. Cuando comienzan a desfilar los pasajeros, ya llevo más de una hora esperando – mejor así. Percibo que la edad promedio de mi grupo ronda los 65 años con la excepción de una jovial y risueña animadora de cuarenta recién cumplidos. Salimos a buscar el bus y en la puerta del mismo está Harald, un flaco cuarentón de mirada amable detrás de anteojitos redondos y un kilometraje europeo envidiable, desde el Cabo Norte hasta el Finisterre pasando por los Balcanes.


Son muchas las novedades, aparte de la recogida en Newcastle. Es la primera vez que hago un circuito escocés en un vehículo continental con el timón al lado izquierdo. Los integrantes del grupo son todos miembros de una parroquia católica, lo que se refleja en dos sesiones diarias de canto en la ruta bajo la batuta de la joven animadora y la visita a un sinnúmero de catedrales, capillas o sus respectivas ruinas, que en buena parte aun no conozco.


A diferencia de los viajes con buses británicos, esta gente trae toda una despensa rodante de comida y bebida en la bodega. Esto lo descubrí cuando paramos para descansar en Gretna Green y en cuestión de cinco minutos ya tenían armado un chiringuito para repartir pan con salchicha, mostaza, un pepinillo encurtido y una mesa con café y dulces. Una organización ejemplar.


Si bien el ambiente general es risueño y relajado, una vez en la ruta empiezan los problemas: el micrófono, instrumento indispensable para un circuito turístico en autobús de 52 asientos, tiene un contacto flojo y todos los esfuerzos de Harald por pegar y componer la falla son en vano. El micro funciona cuando le da la gana y es motivo de malestar general en la tropa, lo que, sumado al mal estado general del vehículo, es una fuente inagotable de quejas de pasajeros a Harald. Por mi lado, acostumbrado a tener choferes locales durante casi todos mis anteriores trayectos, nunca he dirigido al conductor al mismo tiempo que voy explicando la ruta a los pasajeros.


El recorrido de la capital escocesa será el escenario de la explosión y caída de Harald: todo Edimburgo está en obras por la nueva línea de tranvía que unirá el centro con el aeropuerto, las vías principales cortadas, el tránsito desviado por laberintosos barrios residenciales. En tales circunstancias el sistema de navegación es un trasto inservible: no se entera de las avenidas clausuradas ni propone rutas alternativas.


Harald quiere saber por dónde tiene que ir. Yo no sé qué sugerirle y le digo Harald, no puedo hacer dos cosas al mismo tiempo: mi tarea es señalar a los pasajeros los lugares de interés de la ciudad y no puedo irte mostrando el camino. Toda la frustración por el micro roto, la ventilación deficiente, los pasajeros reclamones y el guía incapaz de dirigirlo, se cuaja en un grito desesperado: ¡si no sirves para esto, vete de vuelta al Perú!


Pobre Harald, para qué dijiste eso. Los pasajeros, sin excepción, se solidarizan conmigo, “su” guía, manifestando su desaprobación del comportamiento violento e insultante del conductor. Finalmente, llegamos al Real Jardín Botánico, desembarcamos a la tropa y, mucho más tranquilo, Harald se disculpa conmigo. Yo no tengo problema, le digo, pero con ese ataque de furia has puesto a toda la gente en tu contra y eso sí que va a ser difícil de revertir.


Al otro día temprano por la mañana, partimos de Edimburgo rumbo al sur para volver a Newcastle y embarcar el autobús de vuelta al continente. Desde entonces no hemos vuelto a saber uno del otro. ¿Mejor así?


JIMS, JUVENIL ABUELO DE 45
En mi última vuelta a Escocia me toca como compañero de cabina un simpático fortachón de cabeza rapada. Se llama James Stewart, como el último monarca escocés, pero prefiere que le digan Jim, yo crearé ciertamente mi propia versión y lo llamaré Jims. Es wedgie, como les dicen a los nacidos en Glasgow. Su dialecto por consiguiente no está lejos del de Mr Jackson y más de una vez me veo en la imperiosa necesidad de pedirle que repita por favor lo que me acaba de decir.


Tenemos gustos comunes: el timbre de su celular es Payphone, la canción de moda de Maroon 5. Claro que a mí, aparte de la melodía, me gusta también el vocalista del grupo pero no tengo que refregárselo a Jims en la cara. Sacando cuentas, resulta que es apenas 8 días más joven que yo pero mucho más precoz, para lo cual no hacen falta mayores méritos. Jims acaba de ser abuelo y su nietita de medio año lo tiene embelesado. En sus propias palabras she's the apple of my eye, la niña de mis ojos. ¡Que la disfrutes, Jims!

jueves, 23 de junio de 2011

DOS HERMANAS ESCOCESAS

- ¿Te presto alguno de mis abrigos de piel a ver si disimulas tus cuantiosas zonas erróneas, Glasgow? le pregunta maliciosa Edimburgo a su hermana y eterna rival.

- Ay, Edin, desde que el cirujano famoso catalán te implantó ese esperpento de Parlamento en el pecho estás in-so-por-ta-ble. Y por si fuera poco, el médico se muere durante la operación y la cosa termina costando el cuádruple de lo que habían presupuestado. Así que no me vengas con cosmética, ya te dije que tú podrás usar muchas pieles pero ni siquiera tienes ropa interior decente.

- Eres una envidiosa, Glasgow, porque yo soy bella y -después de Londres- el lugar más visitado del reino. ¡Toma!

- No me obligues a repetir el eslogan del 83, Edin, ya sabes: Glasgow's miles better! O si prefieres Glasgow smiles better, ya sabes que mis hijos y yo tenemos fama de ser mucho más amables que uds.

- Más respeto, oye, que paso un decreto, te corto el caño y te quedas sin los Juegos de la Commonwealth del 2014.

- Ni se te ocurra o te mando un escuadrón conjunto de hooligans del Celtic y Rangers, en buses separados, por supuesto, para que veas lo que pasa cuando se meten con nosotros.

- ¡Típico, Glasgow! Eres una atorrante, bravucona y borrachosa. No produces otra cosa que no sean titulares de vandalismo y crímenes por drogas.

- Perdón, Edin, no te confundas: soy una ciudad post-industrial pero qué vas a entender tú con ese remedo de Disneylandia en kilts que montas cada verano en tu castillo.

- Hello? El Royal Military Tattoo es una de las atracciones turísticas más importantes del Reino Unido. Ya quisieras tú generar 88 millones de libras esterlinas en 22 días, hermanita proletaria.

- ¡Qué poca memoria tienes, hermana! En el año 90 que fui Capital Cultural Europea ganamos mucho más que tú con tus espectáculos ridículos.

- Sí, y me acuerdo que en Londres no podían creer que tuvieras el descaro de postularte como capital cultural. Con todo mi cariño de hermana te digo una cosa: serás capital pero de las ruinas de astilleros, fábricas y siderúrgicas

- A ver, Edin, ¿cuántos barcos has construido en tu vida, ah? Y ni te pregunto por locomotoras, ferrocarriles, motores y mucho más. ¿Quién ha sido la Second City of the Empire, a ver, tú o yo?

- Uff, de eso ya pasó más de un siglo, querida. ¡Aterriza! De nada te sirven tus glorias del pasado. Estamos en 2011.

- ¿Y qué universidad tiene más premios Nobel, a ver?

- Habrás pagado para que ganen, Glassi.

- Tú podrás ser más bonita, Edin, pero yo soy excitante, cosmopolita, tengo sangre irlandesa, italiana. Tú, purita Escocia nomás, la cosa más aburrida... con mucho Parlamento pero ni siquiera tienes un país independiente que gobernar.

- Ya vas a ver, hermana, espérate que en unos años haremos el plebiscito y esta vez sí vamos a ganar la independencia de Inglaterra, espera y verás.

- Sueña, Edin, sueña. Yo me voy a tomar una cerveza y luego unos whiskycitos mirando el clásico Celtics - Rangers.

- ¿No te lo decía hace un rato? Eres una borracha. No te olvides de poner suficientes policías en el estadio, en el centro y por todas partes... ya sabes de lo que son capaces tus hijos...

- No hace falta que me lo recuerdes, querida. Y tú, sigue tirando la plata por la ventana con los nuevos estrados para tu Tattoo remedo de Disneylandia.