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lunes, 5 de julio de 2010

EL HABLADOR NO TIENE QUIEN LE ESCUCHE

HAMBURGO, un sábado de enero de 2010

Tenemos el invierno del siglo, dicen los medios. Nieva en las alturas y en el llano. Las temperaturas hace semanas que no llegan ni a cero grados en la escala del sueco Celsius. Para quienes prefieren la de su colega germano Fahrenheit, estamos por debajo de 32 grados. Respondo a la solícita invitación de Alberto Villegas, editor-fundador de la revista Calendario, órgano de la comunidad latina de este primer puerto alemán. Nos conocimos en la feria del libro y quedamos en que me invitarían durante los meses de invierno para presentar mi Coctel Selva Negra al público de la ciudad hanseática.

Cuarenta personas han confirmado su asistencia – todo un logro tratándose de la presentación de un autor totalmente desconocido. Por precaución, llego la víspera. Incluso tengo la suerte, que se da una vez cada quince años más o menos, de caminar por la superficie plenamente congelada del río-lago Aussenalster junto con miles de juguetones hamburguesas y hamburgueses. La helada es tan fuerte que la super-protectora polizei tolera sin intervenir la invasión masiva del río petrificado.

24 horas más tarde, sábado por la noche, ya no le hallo tanta gracia al hielo ni a la nieve: hace más de una hora que deberíamos haber comenzado con mi presentación pero ¿dónde está el público? Dos queridas amigas han hecho malabares para llegar a pesar del metro de nieve que hay en las calles, pero ¿y los otros treinta y ocho?

Por respeto a los puntuales, comenzamos con tan solo noventa minutos de retraso. Mi amiga Rita lo lamenta pero tiene que irse antes del inicio. Luego de la lectura y la rueda de preguntas, tres artistas presentes en el público tienen la gentileza de darle un verdadero relieve a la sesión con sus respectivos estilos y canciones. Un toque emotivo altamente bienhechor para la congelada noche hamburguesa. Al día siguiente, regreso a casa con el dulce recuerdo de sus voces y en la mochila dieciocho de los veinte libros que creía poder vender.

BASILEA, un jueves de junio de 2010

Han pasado cinco meses desde Hamburgo y por fin tengo otra invitación para compartir mi libro con el público interesado de la ciudad suiza de Basilea. Es un momento muy memorable para mí porque por primera vez el escenario de la presentación es al mismo tiempo uno de los lugares donde se desarrolla la acción de Coctel Selva Negra. Tuvimos el mayo más frío desde el inicio de las mediciones meteorológicas, pero desde la víspera hace sol y las temperaturas están superando los veinte grados. Chabela, la anfitriona, una encantadora librera boliviana, está enferma y no puede asistir pero tiene el detalle de enviarme a dos amigas para que me ayuden con el evento.

Llega el jueves y los termómetros vuelan casi a treinta grados. Lo que me faltaba: un metro de nieve en Hamburgo y ahora el jodido calor de junio. Me escribe un mensaje de texto mi querida amiga alemana Melanie con la que contaba sin falta para este jueves: estoy en una despedida y no llegaré a tiempo, sorry. Xiomara también me manda un mensajito y es que no ha conseguido niñera y, sin tal infraestructura, imposible venir para la precavida y maternal colombiana. No es el caso de Robert. Fuimos compañeros de trabajo hace casi diez años y este encantador gigante germano-franco-helvético no ha dejado de ser un consejero entrañable, amigo leal y más que nada dueño de la palabra perfecta en el momento preciso. Su castellano deja mucho que desear, pero me dijo que no faltaría a la cita y antes de la hora prevista ya está sentado en primera fila regalándome su sonrisa cómplice.

Una de las amigas de Chabela, solidaria con la causa y en vista del vacío de público, sale corriendo a reclutar -correa en mano- a dos chicos que trabajan cerca de la librería y por supuesto no rechazarán la marcial invitación. La otra amiga acomoda en canastitas unos refrescantes melocotones y se encarga de que no falten copas para el vino ni bocaditos que lo neutralicen. Así no se trepará tan rápido a las felinas cabezas de los cuatro gatos que somos.

Silvina y Marcelo llegan algo tarde a la librería de Chabela y cuando ven que ya he comenzado a hablar, con su habitual discreción, prefieren seguirse de largo y no interrumpir mi discurso. Saldo del evento: una hora con un público verdaderamente selecto y tres libros vendidos más otros tres que se los dejo en comisión a Chabela por si acaso... sobre todo porque no tengo ganas de cargar con ese peso en mi viaje de regreso.

DARMSTADT, otro jueves, esta vez de julio de 2010

Mi amigo Lalo tiene un restaurante latino en esta pujante ciudad universitaria y quedamos en hacer una presentación de mi libro en una de sus noches culturales. Habíamos acordado producir conjuntamente volantes para la publicidad correspondiente y le envié los archivos que me solicitó con un mes y medio de anticipación. Llego jadeando al Machu Picchu. Una vez más, el Sr. Celsius tiene el mal tino de prodigarnos un sol radiante y 34 grados a la sombra, faltando una hora para la lectura. Curtido por las experiencias anteriores, esta vez llevo conmigo apenas cuatro libros.

Lalo me recibe con una cara de poco sueldo: no tengo ni una sola reserva de mesa, compadre. ¿Y los volantes, Lalo? No los pude hacer, no he tenido tiempo, disculpa. Pero te voy a invitar a comer y así conversamos tranquilos para hacerlo mejor la próxima vez. Antes de poder comer mi generosa quesadilla y tomando en cuenta la puntualidad de nuestra gente, espero cuarenta y cinco minutos, por si acaso se produzca el milagro.

Luego, ya asumido el hecho de que hoy no habrá presentación alguna, ahogo mi desilusión en un vaso grande de cerveza con sprite. Me siento para tal efecto en una mesa, rodeado de cubanos donde a un tal Carlos le dicen Cal-los y a todos evidentemente les encanta hablar de política. El chico más joven defiende los logros de la robolución, los mayorcitos están totalmente en contra y dan gracias por haber salido de las fauces del caimán, uno de ellos incluso se quiere traer a una noviecita dominicana que conoció en sus vacaciones en Puerto Plata. Como la mayoría en esa mesa fuma, me retiro discretamente con mi quesadilla a otra esquina y me pregunto si tendré la paciencia y tenacidad para seguir adelante con esta aventura.

jueves, 11 de febrero de 2010

GOZOS Y SOMBRAS DE UN ESCRIBIDOR PRIMERIZO (PARTE 1)

Todos los intentos de evitarlo fueron en vano: Un martes de noviembre del año 2006 amanecí con cuarenta vueltas completas al almanaque gregoriano, juliano, chino, hebraico, mahometano y todos los otros. Procesando el consiguiente trauma, surgió un manuscrito que envié altivo y orgulloso a agencias y editoriales de diversos países a ambos lados del Atlántico. Cabizbajo y algo más humilde después de cincuenta y tres respuestas negativas, una subversiva editorial de oscuras raíces andaluzas, rockera y contestataria, personificada en su pintoresco director novo-andino de luengos cabellos entrecanos, porte distinguido y un hígado a prueba de alcoholes de alta graduación, me dijo finalmente sí.

Como no vivo en Lima, donde será la presentación del libro, sino a dieciséis horas de vuelo, en la milimétricamente previsora Alemania, quedamos en que llegaré con unos diez días de anticipación para ultimar detalles en lo que respecta al lanzamiento y las correspondientes actividades de difusión mediática. Según lo acordado, los libros estarán listos a más tardar el día de mi llegada. ¡Viva la inocencia!

Una tarde neblinosa de setiembre, aterrizo a bordo de una nave holandesa en la pista 15-33 del aeropuerto Jorge Chávez. Al día siguiente, voy a la casa del encantador pelucón para cerciorarme germanamente del seguimiento de nuestro plan.

- ¡Hola, Carlos, pasa, por favor! ¿Qué tal el viaje?

- Bien, Johnny, gracias. ¿Y? ¿Todo bien con los libros? ¿Tienes alguno a la mano?

- ¡Uy, Carlos, no sabes! Hemos tenido un problemita con el código de barras.

- ¿Cómo que "un problemita"?

- Se me terminó el lote anterior y tuve que solicitar otro. Normalmente es un trámite de media hora. Lo malo es que justo la persona encargada salió de vacaciones y de momento nadie la está reemplazando. Si todo va bien, tendremos los libros dentro de una semana. Con seguridad para el día de la presentación.

- ¡No puede ser, Johnny! Necesitamos los libros YA. ¿O cómo crees que vamos a hacer el trabajo de prensa sin material? ¿Tienes agua de azahar, valeriana o un válium a la mano, por favor?

- ¿Te puedo ofrecer un juguito?

- Bueno.

- ¡Sarita! Tráenos una jarra de jugo, ¿ya?

- Acá tiene, señor.

- ¡Oye, Johnny, este jugo es pisco sour!

- Un juguito, pues, Carlos, para que te relajes un poco. Estás muy alemán.

- ¡¿Y cómo quieres que esté?! ¿Te das cuenta de lo que significa esto? No vamos a poder hacer trabajo de prensa. ¡Ningún medio nos va a dar bola sin el libro!

- No te preocupes, mandamos las invitaciones con un resumen. Ya lo hemos hecho con otros autores.

- ¿Desconocidos también?

- ¡Claro!

- ¿Y qué tal fue la respuesta?

- Al comienzo siempre es difícil, compadre.

- ¡Pucha mare! Necesito otro vaso de tu juguito.

- Sírvete nomás.

- Bueno, Johnny, estamos en contacto. Avísame apenas puedas cuando tengas los libros, ¿ya?

- Por supuesto.

- ¡Chau!

No quiero ni pensar en lo que pasará si llega el jueves de la presentación y todavía no están listos los libros. Por lo pronto, tengo que ocuparme también del local elegido para la presentación oficial. La sala pertenece a una institución que presume de estar íntimamente ligada al pontífice católico romano. Pero lo único que me parece verdaderamente pontificio, y sobre todo romano, son los precios del alquiler del local. En fin, no todos los días presentas tu primer libro, así que me digo, sigue para adelante.

Ya teníamos pensado con Johnny dónde íbamos a organizar los bocaditos y bebidas para la presentación, cuando unos entrañables amigos me sugirien que verifique lo que ellos sospechan: que es obligatorio contratar los servicios del cátering instalado en dicho centro cultural. Me viene a la mente un dicho que recuerdo habérselo oído mucho a mi madre: tras de cuernos, palos. Además del carísimo y pontificio alquiler, tendré que solventar sumas londinenses, neoyorquinas o hongkonguesas por las cuatro botellitas de vino y diez bocaditos que se servirán en lo que el rococó Raphael llamaría mi gran noche. ¡Caballero, no más!

Se va acercando el gran día y Johnny todavía no me ha llamado para avisar que los libros están listos. Me lleno de angustia. Una presentación de libro sin libro. ¡Qué maravilla! Nunca me había sentido tan alemán o tan poco peruano como ahora mismo.

Continuará

miércoles, 27 de enero de 2010

EL VIAJE DEL VIEJO

Unos señores muy serios vestidos de blanco le dijeron a Gerardo que si no se dejaba conectar a una lavadora de sangre todos los días, no sobreviviría ni dos semanas. Sin dudarlo un segundo les contestó, con la serenidad de sus ochenta y cinco años, prefiero morirme tranquilo con Gago y Celia en mi casa que dejarme vampirizar por matasanos como ustedes.

Gago reunía en su persona las funciones de hombre de confianza, chofer, mayordomo y cocinero cinco estrellas de Gerardo. Había comenzado a trabajar con él unos veinticinco años atrás y, salvo alguna que otra interrupción, no se había apartado del hombre al que llegó a considerar su padre. Gerardo le celebraba los nacimientos de sus hijas, al ritmo vertiginoso de una cada año, con una propina especial y un sonoro ¡es ud. un chancletero, Gago!

Cuando, una vez jubilado, decidió mudarse de la capital mundial de la neblina a su pueblo natal, un puerto norteño que había tenido sus mejores años durante la república aristocrática y ahora parecía una aldea fantasma, Gago no dudó un segundo en acompañarlo. Allí conoció a Celia, hija de los vecinos de Gerardo, apenas veinticinco años más joven que él. La vivaz morocha le puso la mira y procedió al ataque. Al principio, Gago no le hizo caso, desatando una ofensiva mucho más intensa por parte de Celia que terminó en su rendición incondicional.

Las hijas de éste, a la sazón una docena de jovencitas de quince a treinta, asumieron la nueva relación de su padre con un alto grado de apertura, comprendiendo que tres décadas de matrimonio no son poca cosa y pueden desgastar a unos más que otros. Lo que contaba para ellas, y de eso no tenían la menor duda, era el cariño mutuo. Claro que no dejaban pasar oportunidad de hacerle bromas a su padre cuando notaron que se pintaba el pelo color betún negro sin repetir las aplicaciones con la debida frecuencia: ¡tu cabeza parece la cara del gato Félix, viejo!

Por motivos de salud, Gerardo tuvo que volver de su pueblo a la ciudad gris. Gago y Celia, que se habían vuelto inseparables, hicieron lo propio, asumiendo ella la cartera de comestibles y bebestibles que después fue ampliando hasta convertirse en kinesióloga y barchilona estrella. Elena y sus nueve retoños podían difuminarse sobre la faz de la tierra, pero Celia y Gago, por favor, no. No es que no le tuviera cariño a su familia, pero lo más importante para él era ser bien atendido. Al fin y al cabo, había pasado más de medio siglo desde aquel voto de amor eterno a Elena y, tomando en cuenta las diferentes maneras que tenían de vivir, llegaron a la conclusión de que era mejor ir cada uno por su lado, bajo el mismo techo, pero en departamentos separados.

Gerardo podía pasarse días enteros recluido en su cuarto, leyendo, viendo la televisión. No le gustaba visitar a nadie, salvo a su única hermana, ni que lo visite nadie a él. Elena, a su vez, podía pasarse días enteros en reuniones sociales, familiares, del barrio, de las chicas del colegio. Nunca le faltaban pretextos para lo que Gerardo llamaba con cierto sarcasmo su vida de conventillo. Con Celia y Gago a cargo de su esposo, Elena se sentía más libre todavía para hacer de las suyas.

Cuando Gerardo decidió interrumpir su tratamiento y regresar a casa, Elena alertó inmediatamente a sus cuatro hijos que vivían en Atenas, San Francisco, Bogotá y Trujillo para que vinieran cuanto antes si querían despedirse de su padre. Tres de ellos llegaron en menos de 48 horas, solo para la ateniense el viaje se hizo imposible. La presencia de casi todos sus hijos, además de sus entrañables Gago y Celia, hicieron que las dos semanas que habían pronosticado los hombres de blanco se duplicaran hasta una fría madrugada de agosto sin perder la lucidez que lo caracterizó hasta pocas horas antes del desenlace.

Celia se encargó de lavarlo, Gago lo afeitó y entre todos lo vistieron con la ropa que había seleccionado el mismo Gerardo minuciosamente para la ocasión. Por último, el hijo bogotano sacó un lápiz de labio de la cartera de su hermana y le puso un poco de color en las mejillas. ¡Qué haces! le increpó Elena. Un pequeño homenaje a la coquetería del viejo en la época que te conquistó, le respondió él.

Durante el velorio, se notaban dos grupos claros y distintos. Eminentemente afectados estaban, aparte de Celia y Gago, que se quedaban de golpe y porrazo sin trabajo, sin padre putativo y sin techo, los hijos de Gerardo que habían vivido más cerca de él. La propia Elena y los hijos de la diáspora estaban bastante tranquilos y se encargaron por lo mismo de recibir y saludar a familiares y amigos, cubriendo así a los verdaderos dolientes.

En señal de agradecimiento de la familia de Gerardo por los servicios prestados a la nación, Celia y Gago tuvieron medio año de plazo para buscarse una nueva morada. Hasta ahora, visitan a Elena por lo menos cada cuatro meses y se quedan horas de horas conversando en la que fue su casa por varios años. Del mismo modo, los hijos de Gerardo que vienen del extranjero nunca dejan de traerles regalos a Celia y Gago, sobre todo cajas de pintura negra para que no se repita el síndrome gato Félix.