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jueves, 5 de enero de 2012

PRIMERA LECTURA A LOS COLONIENSES

Es un viernes de mayo del año 2009, tarde hermosa de primavera en la ciudad de Colonia (Köln, para los germanos). Carlos está alegremente nervioso. Se ha pasado dos días ensayando para lo que será la primera lectura pública del libro que acaba de escribir y se publicará en un par de meses. No estaba seguro de qué párrafos serían los más interesantes para compartirlos con el público y le consultó a su amigo Robert, quien - sin dudarlo un segundo - le dijo escoge los más sexy. Buen consejo.

La lista de invitados a las tertulias colonienses anteriores lo intimida en cierta forma, al fin y al cabo figuran en ella escritores famosos. Hoy en cambio le toca a un ilustre escritorzuelo desconocido. A las ocho y quince en punto, el organizador y anfitrión del evento saluda al público y les presenta brevemente a Carlos... igual mucho que contar no hay. El primerizo respira hondo, bebe un trago de su limonada aromatizada con litchi y comparte con la audiencia cómo es que le dio por escribir su Coctel Selva Negra.

Comienza a leer a una velocidad precipitada el capítulo titulado Ediana, dime cuántos, cuántos, cuántos, en el que un chico inexperto se enamora de una brasilera un poco mayor que él – pero mucho más recorrida – y los celos retroactivos que le provoca el currículum de su inquieta namorada paulista. Al escuchar risas entre el público, se siente sumamente halagado ya que eso constituye para Carlos el mayor reconocimiento al que puede aspirar un escribidor.

Prosigue con Judith y el tatuaje de Pink Floyd, donde el narrador tratará infructuosamente de seducir a una muy original rockera mexicana con cara de novicia pero corazón de heavy metal. Remata la lectura con el tesoro de Monsieur Rémy, donde un encantador nonagenario francés que dirigió durante medio siglo el emporio de moda de su difunto marido suizo, pierde la cabeza por un treintañero que ha puesto la mira en su bien administrada herencia helvética más que en la nobleza de sus sentimientos.

Al finalizar la atropellada lectura, la incauta y probablemente confundida concurrencia aplaude y Carlos se siente un escritorzuelo tardío y feliz. Solo le piden, sugieren que por favor lea un poco más despacio para poder apreciar mejor su lenguaje. Un muchacho – seguramente estimulado por sustancias psicotrópicas – llega al extremo de aplaudir de pie, causando tanta sorpresa en el autor como en el resto de la audiencia y días más tarde plasma su experiencia en un simpático y benevolente artículo. ¡Gracias, Jorge!

lunes, 5 de julio de 2010

EL HABLADOR NO TIENE QUIEN LE ESCUCHE

HAMBURGO, un sábado de enero de 2010

Tenemos el invierno del siglo, dicen los medios. Nieva en las alturas y en el llano. Las temperaturas hace semanas que no llegan ni a cero grados en la escala del sueco Celsius. Para quienes prefieren la de su colega germano Fahrenheit, estamos por debajo de 32 grados. Respondo a la solícita invitación de Alberto Villegas, editor-fundador de la revista Calendario, órgano de la comunidad latina de este primer puerto alemán. Nos conocimos en la feria del libro y quedamos en que me invitarían durante los meses de invierno para presentar mi Coctel Selva Negra al público de la ciudad hanseática.

Cuarenta personas han confirmado su asistencia – todo un logro tratándose de la presentación de un autor totalmente desconocido. Por precaución, llego la víspera. Incluso tengo la suerte, que se da una vez cada quince años más o menos, de caminar por la superficie plenamente congelada del río-lago Aussenalster junto con miles de juguetones hamburguesas y hamburgueses. La helada es tan fuerte que la super-protectora polizei tolera sin intervenir la invasión masiva del río petrificado.

24 horas más tarde, sábado por la noche, ya no le hallo tanta gracia al hielo ni a la nieve: hace más de una hora que deberíamos haber comenzado con mi presentación pero ¿dónde está el público? Dos queridas amigas han hecho malabares para llegar a pesar del metro de nieve que hay en las calles, pero ¿y los otros treinta y ocho?

Por respeto a los puntuales, comenzamos con tan solo noventa minutos de retraso. Mi amiga Rita lo lamenta pero tiene que irse antes del inicio. Luego de la lectura y la rueda de preguntas, tres artistas presentes en el público tienen la gentileza de darle un verdadero relieve a la sesión con sus respectivos estilos y canciones. Un toque emotivo altamente bienhechor para la congelada noche hamburguesa. Al día siguiente, regreso a casa con el dulce recuerdo de sus voces y en la mochila dieciocho de los veinte libros que creía poder vender.

BASILEA, un jueves de junio de 2010

Han pasado cinco meses desde Hamburgo y por fin tengo otra invitación para compartir mi libro con el público interesado de la ciudad suiza de Basilea. Es un momento muy memorable para mí porque por primera vez el escenario de la presentación es al mismo tiempo uno de los lugares donde se desarrolla la acción de Coctel Selva Negra. Tuvimos el mayo más frío desde el inicio de las mediciones meteorológicas, pero desde la víspera hace sol y las temperaturas están superando los veinte grados. Chabela, la anfitriona, una encantadora librera boliviana, está enferma y no puede asistir pero tiene el detalle de enviarme a dos amigas para que me ayuden con el evento.

Llega el jueves y los termómetros vuelan casi a treinta grados. Lo que me faltaba: un metro de nieve en Hamburgo y ahora el jodido calor de junio. Me escribe un mensaje de texto mi querida amiga alemana Melanie con la que contaba sin falta para este jueves: estoy en una despedida y no llegaré a tiempo, sorry. Xiomara también me manda un mensajito y es que no ha conseguido niñera y, sin tal infraestructura, imposible venir para la precavida y maternal colombiana. No es el caso de Robert. Fuimos compañeros de trabajo hace casi diez años y este encantador gigante germano-franco-helvético no ha dejado de ser un consejero entrañable, amigo leal y más que nada dueño de la palabra perfecta en el momento preciso. Su castellano deja mucho que desear, pero me dijo que no faltaría a la cita y antes de la hora prevista ya está sentado en primera fila regalándome su sonrisa cómplice.

Una de las amigas de Chabela, solidaria con la causa y en vista del vacío de público, sale corriendo a reclutar -correa en mano- a dos chicos que trabajan cerca de la librería y por supuesto no rechazarán la marcial invitación. La otra amiga acomoda en canastitas unos refrescantes melocotones y se encarga de que no falten copas para el vino ni bocaditos que lo neutralicen. Así no se trepará tan rápido a las felinas cabezas de los cuatro gatos que somos.

Silvina y Marcelo llegan algo tarde a la librería de Chabela y cuando ven que ya he comenzado a hablar, con su habitual discreción, prefieren seguirse de largo y no interrumpir mi discurso. Saldo del evento: una hora con un público verdaderamente selecto y tres libros vendidos más otros tres que se los dejo en comisión a Chabela por si acaso... sobre todo porque no tengo ganas de cargar con ese peso en mi viaje de regreso.

DARMSTADT, otro jueves, esta vez de julio de 2010

Mi amigo Lalo tiene un restaurante latino en esta pujante ciudad universitaria y quedamos en hacer una presentación de mi libro en una de sus noches culturales. Habíamos acordado producir conjuntamente volantes para la publicidad correspondiente y le envié los archivos que me solicitó con un mes y medio de anticipación. Llego jadeando al Machu Picchu. Una vez más, el Sr. Celsius tiene el mal tino de prodigarnos un sol radiante y 34 grados a la sombra, faltando una hora para la lectura. Curtido por las experiencias anteriores, esta vez llevo conmigo apenas cuatro libros.

Lalo me recibe con una cara de poco sueldo: no tengo ni una sola reserva de mesa, compadre. ¿Y los volantes, Lalo? No los pude hacer, no he tenido tiempo, disculpa. Pero te voy a invitar a comer y así conversamos tranquilos para hacerlo mejor la próxima vez. Antes de poder comer mi generosa quesadilla y tomando en cuenta la puntualidad de nuestra gente, espero cuarenta y cinco minutos, por si acaso se produzca el milagro.

Luego, ya asumido el hecho de que hoy no habrá presentación alguna, ahogo mi desilusión en un vaso grande de cerveza con sprite. Me siento para tal efecto en una mesa, rodeado de cubanos donde a un tal Carlos le dicen Cal-los y a todos evidentemente les encanta hablar de política. El chico más joven defiende los logros de la robolución, los mayorcitos están totalmente en contra y dan gracias por haber salido de las fauces del caimán, uno de ellos incluso se quiere traer a una noviecita dominicana que conoció en sus vacaciones en Puerto Plata. Como la mayoría en esa mesa fuma, me retiro discretamente con mi quesadilla a otra esquina y me pregunto si tendré la paciencia y tenacidad para seguir adelante con esta aventura.

miércoles, 17 de febrero de 2010

GOZOS Y SOMBRAS DE UN ESCRIBIDOR PRIMERIZO (PARTE 2)

Faltan cuarenta y ocho horas y trescientos minutos para la presentación en sociedad de mi Coctel Selva Negra y no tenemos los libros – todavía. Estoy al borde de un ataque de nervios, renegando de mis raíces andinas, norteñas e iqueñas, arrepentido mil veces de haberme metido en esta aventura con gente tan poco fiable que se queda sin códigos de barra justamente cuando tienen que publicar MI libro. Después de dar ochenta vueltas acompañando a Johnny, mi editor, por antros inimaginables del Cercado de Lima, estacionamos su troncomóvil delante de un corralón-taller-imprenta en una calle del pujante distrito de Breña. No nos falles, Brutus, que una avería en esta zona brava y sonamos. Si hasta cada calle transversal está enrejada. Un gentil empleado de la imprenta nos indica una pila de paquetes rotulados con la inscripción „Coctel Selva Negra“.

¡Se acabó el parto! Emoción indescriptible al arrancar el papel del embalaje y tomar en las manos el primer ejemplar de mi libro. Solo puede compararse con el nacimiento de un hijo, me habían dicho algunos por ahí. Yo les creo. Todas las dudas y murmuraciones se vuelven insignificantes. Me cercioro de la hora para poderle hacer su carta astral: son las dos de la tarde con veintisiete minutos. Ojalá tenga un buen ascendente. Cogemos unos seis paquetes y los metemos en la maletera del carro. No consigo desprenderme del neonato.

La siguiente estación de Johnny es un colegio en el tradicional Paseo Colón. Nos encontramos con dos colegas más y decidimos muy espontáneamente, a instancias mías, ir a tomar algo en un barcito del barrio para rociar el nacimiento del Coctel. La encantadora Violeta nos sirve unos refrescantes jugos mixtos de frutas y nos engríe con unos tamalitos recién hechos. Antes de irnos, le comento brevemente el motivo de nuestra espontánea reunión.

- ¿Y tú eres el autor?

- Sí. ¿Te gustaría tener un ejemplar?

El brillo en sus ojos subraya el SÍ de sus labios. Se lo dedico „para Violeta, madrina de nacimiento de este renacuajo“.

- Ay, muchas gracias. Yo soy cristiana, ¿sabes? y quisiera orar contigo por tu libro para que el señor los bendiga a los dos.

- Claro, gracias.

- Señor, bendice a este hijo tuyo y a su libro, hazlo prosperar como solo tú, señor, tienes el poder de hacerlo y que tenga mucho éxito. En el nombre de Jesús, amén.

- Gracias, Violetita. Qué amable de tu parte.

- Vas a ver que el señor te va a prosperar.

Mis acompañantes nos miran asombrados e interrogantes mientras la bien intencionada Violeta y yo, libro en mano, inclinamos las cabezas para la bendición correspondiente. Han leído el manuscrito y se ríen socarronamente imaginando el arrepentimiento que le vendrá a posteriori a la susodicha al familiarizarse con los ingredientes, no tan sacrosantos, del Coctel Selva Negra.

Acto seguido nos despedimos de los colegas y saco tres libros del carro para llevarlos a redacciones de los diarios del centro de Lima. Es martes y la presentación será el jueves así que con Johnny hemos imprimido invitaciones bastante bonitas para entregarlas junto con el libro. Los untuosos redactores de cultura de Perú2000 y El Negocio me agradecen la atención de llevarles el material personalmente y que tendrán mucho gusto en incluir el evento en la Agenda del jueves.

Johnny me asegura que por sus contactos editoriales vendrán al menos cuarenta personas. Por mi lado, tengo amigos y una familia numerosa y solidaria así que cuento con medio centenar más que junto con los otros asistentes llenarán cómodamente la sala del antro cultural y pontificio que tenemos reservada para el evento.

Jueves por la mañana. Me avalanzo como fiera hambrienta sobre Perú2000 y El Negocio para descubrir que no han mencionado ni una palabra del lanzamiento en calendario alguno. Las palabras me faltan para describir el cretinismo que siento al ver que nadie cumple con lo que ofrece. Recojo un paquete de libros en casa de Johnny para tenerlos esa noche durante la presentación. Como si no fueran suficientes plagas el alquiler neoyorquino del antro cultural y su cátering forzoso a precios londinenses, también te obligan a vender tus libros a través de la librería establecida en los bajos del local. Pero eso no es todo. ¿No se puede llevar los libros directamente al antro cultural? No, señor. Primero tienen que ser dados de alta en otra filial que queda a sentidos veinte kilómetros de distancia, gracias al fluido tráfico de Lima. ¿Por qué facilitarse la vida cuando es tan grato complicársela? me pregunto con candor e inocencia. Por eso estamos jodidos, Zavalita.

Llega mi gran noche. La invitación es a las 7:00 pm pero yo necesito estar ahí por lo menos una hora antes „por si“. Y soy el único. Llegan poco a poco amigos, parientes, desconocidos pero por ningún lado veo a mi editor, al maestro de ceremonias ni a los comentaristas. Fieles a la tradicional hora Cabana, los infaltables llegan media hora tarde al evento. Trato de aparentar coolness total pero soy muy mal actor y me parece el colmo que los co-protagonistas se atrasen tanto. ¡Quién me manda haber pasado veinte años en Alemania!

Las palabras de los comentaristas así como la voz de la bella cantante que ameniza la velada obran el milagro de hacerme olvidar todos los pesares previos. Al final, vino mucho menos gente que lo que esperábamos, no vendimos ni la mitad de libros, el cátering galáctico se acabó en dos minutos, los medios nos ignoraron olímpicamente. Por increíble que parezca, dos horas después, comiendo pizza con el círculo más estrecho, me siento un escribidor inmensamente feliz.

miércoles, 20 de enero de 2010

PRELIMINARES




Me dicen por ahí los entendidos y otros que dicen entender, que si he publicado un libro, debería tener también un blog. Y bien, como escribidor, escritorzuelo o amanuense bien obediente que soy - o pretendo ser (no me crean, por favor), aquí estoy, a ver si me entero del sistema y funcionamiento de este cacharro e incluso, en una de esas casualidades del destino, animo a una despistada lectora o un lector confundido a darse un paseo por estas letras.

Ahora mismo tengo a mi izquierda una simpática vista panorámica de la silueta de rascacielos de una ciudad alemana, bueno, a decir verdad son edificios de a lo mucho treinta y pico pisos, pero bastantes de ellos modernos (entiéndase: revestidos de acero y cristal) y firmados por lo que llaman arquitectos-estrella, de esos que cobran un ojo de la cara por su nombre y les dejan el trabajo a sus esmerados practicantes mientras vuelan por el mundo de proyecto en proyecto.
A mi derecha, un muchacho aparentemente menos inquieto que el suscrito, dedica todo su esfuerzo a poner algo de orden y limpieza en la cocina de este departamento. Por su atavío de paños menores se diría que acaba de salir de la ducha y aun no ha tenido tiempo de vestirse. Las miraditas retrecheras que me dirige me hacen creer que no está de acuerdo en que yo esté sentado cómodamente perpetrando "esto" mientras él se dedica estoicamente a las labores domésticas. ¡Viva la división internacional del trabajo! digo yo.

A 10.744 kilómetros de aquí (6.676 millas para los anglófilos), esa es la distancia que ha calculado la inteligente página web www.theglobetrotter.de,
en un hospital de Pueblo Libre que poco después, por una reforma distrital, pasaría a formar parte de Jesús María, hace apenas cuarenta y tres años, dos meses y seis días, me forzaron a abandonar el vientre materno donde me encontraba muy a gusto a pesar de haber transcurrido una semana y media desde la fecha prevista para el parto.
Mi padre, pródigo en virtudes entre las cuales no se encontraba la paciencia, encaró al ginecólogo y le espetó con el sentido de autoridad que su uniforme y las correspondientes estrellitas subrayaban ¡ud. saca ahora mismo a esa criatura! Una inyección y muchas violentas contracciones después, me abrazó mi abuela Rosa en vista de que la parturienta había quedado no solo desgarrada sino hecha polvo por el alumbramiento marcial. Mi hermano Manuel, a la sazón un mozalbete de nueve años, asombrado por la entrepierna hinchada del recién nacido, pronunció la profética frase ¡qué tales huevazos! que suena bastante mejor que decir "huevones" aunque habría sido más profética todavía.

Después de asolar el nido de las Srtas. Bebas (sic) en la calle Porta, los colegios Marcelino Champagnat (aun no se había fusionado con el Maristas de San Isidro), Humboldt y la Pontificia Universidad Católica del Perú, partí hacia Europa por cuatro meses que
en marzo se convertirán en veintidós años. En algún momento recibí un título universitario bastante inservible, no tanto por el contenido sino porque el ocio me gusta bastante más que los negocios de cualquier índole. La suerte de hablar varios idiomas me abrió las puertas de diversas empresas; la poca disposición hacia el trabajo me indicó no siempre amablemente el camino hacia la salida.

Desde muy chico tuve una afinidad especial por los idiomas, las letras, los libros. El detonante para escribir "en serio" - si en mi caso cabe la expresión - vino con la lectura del Síndrome de Ulises del colombiano Santiago Gamboa. Con cada nuevo personaje que contaba su historia dentro de la historia del narrador, me iba preguntando a quiénes escogería yo si tuviera que hacer mi propio Ulises. Así nació el Coctel Selva Negra (Ed. Altazor, 2009).

¿Y ahora qué nombre le pongo a este blog? Recordé las quejas de mi abnegada madre frente a los devaneos de mi hermano Raúl, doce años mayor que el suscrito: ¡Qué inquieto es este muchacho! Con el paso de los años, el muchacho inquieto de 1986 se convirtió en un baluarte de solidez, vive con su familia nuclear en el mismo solar que perteneció a nuestros abuelos y el título pasaron a adjudicármelo a mí en vista de mi existencia
movimentada en todos los sentidos - geográfico, laboral, amatorio, turístico.

Y eso justamente es lo que quisiera compartir con los avezados y sobre todo despistados lectores: impresiones de viajes, libros, películas, anécdotas de mi trayectoria dizque literaria. Espero que no se me duerman por el camino... a menos que hayan ingerido sustancias químico-farmacéuticas de dudosa reputación. ;)