Mostrando las entradas con la etiqueta Lima. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Lima. Mostrar todas las entradas

domingo, 30 de junio de 2013

IN-COMUNICANDO

Ayer me instalé WhatsApp en el celular... ¡qué felicidad! Ahora puedo intercambiar mensajes y fotos con todos mis contactos – sin importar en qué país se encuentren – a un precio muy módico: solo tenemos que estar todos conectados a internet. Huelga añadir que también tengo una cuenta en el CaraLibro (aka) Facebook, tres direcciones de correo electrónico, la del trabajo, una seria y otra juguetona, y dos más que ya caducaron por falta de uso. Sin contar membresías a redes sociales de perfil profesional y/o facilitadoras de contactos personales.

Me pregunto cómo he podido prescindir de tan vitales instrumentos de comunicación durante más de cuatro décadas. ¿Cómo pude terminar el colegio y perpetrar dos universidades, incurrir en un matrimonio y alguno que otro conato de mancebía sin celular, emilios, WhatsApp ni redacciones en hypertext? Pienso en la máquina de escribir que le pedí prestada a un compañero de universidad para redactar un trabajo y me siento un cavernícola. Recién hacia el final de la carrera, por la generosidad de Manolo que me regaló su computadora vieja al comprarse una nueva, pude escribir mi tesis de grado en forma digital. Luego Manolo la pasó del floppy a su artefacto para adaptarla a los formatos más modernos del milenio pasado.

Hace veintitrés veranos, durante una chambita vacacional, uno de los compañeros me habló por primera vez de las maravillas del correo electrónico: yo en mi computadora (en Friburgo, Alemania) y mi novia en la suya (en Estrasburgo, Francia) nos enviamos mensajes que son enviados a su destino inmediatamente. Recordé haber visto algo parecido en una película de ciencia ficción y no le hice mucho más caso.

Pasaron los años, unos cinco – creo – y otros amigos me volvieron a preguntar si no tenía dirección electrónica. Qué pesados, pensaba yo, dale con el bendito eMail que a mi entender usaban no más de cuatro gatos, en su mayoría personal de instituciones académicas. En fin, yo también pertenecía a una institución académica y animado por uno de mis estudiantes hice las formalidades del caso para obtener mi primera dirección electrónica.

¡Qué complicado era todo! Tres controles de seguridad hasta llegar al bendito buzón de entrada – que con bastante probabilidad estaría vacío pues, como el coronel de García Márquez, no tenía quien me escribiera. Ni pensar que llegaría un día, diez años más tarde, en que volver de vacaciones significaría la odiosa realidad de tener cientos de correos acumulados en la cuenta del trabajo – ¡ptuagh!

Y el teléfono móvil, o celular como nos gusta decirle al otro lado del charco... que pasó de ser una exclusividad de cuatro perencejos muy importantes ellos, seguramente, a un accesorio omnipresente en cualquier medio de transporte público donde la mayoría de pasajeros están embobados y embebidos por los aparatitos de marras. Me resistí durante años a tener uno hasta que llegó un momento en el cual cruzaba diariamente dos fronteras en un viaje de más de una hora con imprevistos frecuentes lo que hizo que engrosara las filas de telecomunicadores móviles.

¡Qué descubrimiento los primeros mensajes de texto o “sms”! ¡Qué sensación de modernidad! Y ni se diga las primeras cuentas de correo en línea gracias al Hotmail, Yahoo! y sucedáneos. Registrarse en Bangkok y enviar un correo a Freiburg con copia a Lima. ¡Ja ja ja! ¡Cuántas cuentas abiertas y vueltas a cerrar desde entonces! Hoy recibo los correos privados en el celular y teóricamente podría recibir también los del trabajo pero, aquí entre nos, a calzón quitao: ¿quién quiere recibir los correos de sus jefes o directores en el móvil a no ser que sea alguien muuuuy importante?

Y las famosas social networks, las redes sociales. ¡Qué pesadez! Comencé con el Xing por motivos profesionales. Mis amigas me decían tienes que entrar al Hi5 pero no les hice caso hasta que vino Facebook y mató al Hi5. Resultado: ¿en qué tiempo voy a hacer lo que realmente tengo que hacer si me paso el día revisando mis tres correos, las noticias del WhatsApp, las redes sociales Xing y Facebook más alguna que otra de amistades peligrosas? Línea ocupada – estoy comunicando.

martes, 30 de abril de 2013

EL POLVO DE YOANI

La celebérrima bloguera cubana Yoani Sánchez visitó recientemente mi Lima natal y escribió un breve artículo plasmando sus impresiones de ese primer encuentro con el Pacífico. El artículo se titula Lima y el polvo. Por lo visto, lo que más impresión le causó a la ilustre residente-disidente del regimen castrista es aquella capa dorada que cubre por igual nuestros carros y caras, cebiches y piscos sour, frutas selváticas y pieles multicolores.

Me parece sumamente interesante leer las impresiones que viajeros se llevan de esa ciudad neblinosa en la que ya no vivo desde hace más de veinticinco años. Sobre todo cuando esas impresiones vienen de gente dotada de capacidad de observación para detalles y curiosidades. Al final de cuentas me parece que Lima no le gustó mucho a la valiente Yoani. Pero no te preocupes, chica, no por ser limeño mazamorrero me voy a quedar resentido contigo, para nada.

Al contrario, me ha divertido mucho que, como caribeña, nuestro Pacífico te haya parecido demasiado tonificante y bravo. Recuerdo claramente que en diversas ocasiones, en el Mediterráneo en marzo o en el Báltico en junio, mi amigo Marcelo y yo – curtidos en mares de 16 a 18 grados – éramos los únicos valientes (léase: locos) que entrábamos al agua. Para el resto, alguno que otro caribeño por ejemplo, estaba demasiado fría: preferían temperaturas como las de sus Antillas natales.

Volviendo al polvo, déjame que te cuente, habanera, que nuestra Lima se encuentra en medio de uno de los desiertos más secos del mundo, de allí que nos sople polvo desde todas las direcciones, sin mencionar la contaminación debida a los vehículos precolombinos que atosigan jirones y avenidas. Por eso no es difícil que mi ciudad, aquella de la cara inenarrable que tú dices, te adelante en vida aquello en lo que nos convertiremos todos finalmente: polvo, polvo y más polvo.

Interesante también tu concepto, Yoani, de adjudicarle a cada ciudad un rostro, una personalidad. ¿Así que mi Lima tiene la cara de una muchacha cobriza reservada, por sus raíces andinas, pero también con poderes curativos? ¡No está mal, eh! Pero ojo con los nombres correctos de los distritos: aquel pujante barrio del sur que conociste no es "la villa" El Salvador -nombre que tal vez recogiste en Argentina- sino el distrito de Villa El Salvador, ese es su nombre oficial y sería bueno que lo pongas así en tus escritos. No querrás que un día, desde La Habana, escribamos de la Vieja de la Habana refiriéndonos a la Vieja Habana, ¿verdad?

Me ha gustado mucho la metáfora de la multitud de Limas superpuestas, Yoani. Te doy toda la razón. Son varias decenas de ciudades y pueblos que por la explosión demográfica han venido a pertenecer a ese cuerpo adolescente demasiado crecido para sus propias ropas que es la Gran Lima o Lima Metropolitana. Mis hermanas mayores me contaban de chacras que bordeaban la Avenida Arequipa a mediados de los cincuenta, algo inimaginable para mí en los ochenta de la Lima desbordada. 

¿A lo mejor tuviste ocasión de subirte a la nueva red del Metropolitano o al Metro? Obras de infraestructura que tendrían que haberse hecho hace una treintena de años, por lo menos. ¿Y -aparte del cebiche con polvo- no mencionas nada de la gastronomía? ¿A lo mejor no te pareció gran cosa? ¿O te habrán atosigado mis compatriotas con la manía de nuevos ricos de estar hablando todo el santo día de las maravillas de nuestra cocina y aquellos restaurantes a los que no debes dejar de ir?

No puedo ocultar cierta risita socarrona al leer comentarios de lectores peruanos que no se ven reflejados en tu artículo, Yoani, como si ese hubiera sido tu propósito. Se quejan de que no hables nada del crecimiento económico, disfrazado en el sutil "grúas levantando edificios por todos lados" o del boom de la cocina, de las letras o de otros aportes a la cultura universal.

Tranquila, chica, los peruanos que tenemos la suerte de ver el cuadro desde fuera, con algo más de distancia, te acompañamos en tu asombro por el polvo y a lo sumo nos gustaría completar el retrato que pintas de esa mucha Lima con los gentilicios africana/morena y asiática/oriental. De hecho, pertenecientes a dichas minorías se sintieron ignorados por tu breve relato. En fin, que no era tu intención darle gusto a todos, ¿cierto, Yoani?

lunes, 11 de abril de 2011

BAILANDO Y BESANDO

Viena, marzo / abril de 2011.

En su sexta edición, el show televisivo Dancing Stars introduce un elemento tan inédito como controvertido. Hasta el momento, el mundialmente exitoso formato en el que diversas estrellas locales – dotadas de una compañera o compañero profesional de baile – le sacan viruta al suelo con un fin benéfico, constaba siempre de parejas mujer-hombre. Hasta que invitaron a participar al vienés Alfons Haider.

El atractivo y polifacético cincuentón, conocido en Austria no solo como actor, cantante y presentador de TV sino también por haber asumido públicamente su homosexualidad en 1997, puso una condición: que su pareja de baile fuera otro hombre. Movidos seguramente por un interés tanto publicitario como progresista, los ejecutivos de la cadena nacional austriaca ORF le dieron el visto bueno y al publicar la noticia se armó un escandalete mediático en el país de Mozart, Sigmund Freud y el Danubio que ya no es tan azul.

Portando el estandarte de los críticos estaba ni más ni menos que Niki Lauda, el ex-campeón de F1. „No quiero que mis hijos vean en un canal público a un hombre bailando con otro hombre“ lo cita el diario alemán Welt Online. En su opinión había que vetar el programa. Proveniendo de un país católico, Niki – como muchos – probablemente prefiere que los gays sean invisibles, que hagan sus cosas por lo bajo, sin escándalos, sin llamar la atención. Por lo que respecta al hecho de que bailen hombres con hombres, tal vez Herr Lauda desconoce que hay muchas danzas populares austriacas en las que bailan hombres con hombres.

Dos anécdotas curiosas alrededor del escándalo Haider:

1 - La pareja Dancing-Stars del presentador, el bailarín ucranio Vadim Garbuzov, se autodefine 100% heterosexual.

2 - Un austriaco famoso con el mismo apellido, Jörg Haider, solo 7 años mayor que Alfons, líder de un partido ultraderechista y xenófobo, dio pie a rumores de que llevaba una doble vida. Extraña coincidencia que horas antes del accidente fatal que segó su vida en el año 2008, visitara un local gay y que su secretario personal dijera poco después de la muerte de su jefe que había perdido al hombre de su vida.


Lima, febrero de 2011.

Un grupo de activistas pro-derechos gays tuvo la provocativa idea de montar un besuqueo colectivo frente a la catedral el día de San Valentín y terminó encajando una desmesurada golpiza de parte de la policía. Siete días después se repitió la actividad pero esta vez sin violencia. Solo con una cadena de oración de conservadores católicos a la espalda de la catedral para hacer contrapeso a los atrevidos besos de chicos con chicos y chicas con chicas. El rasgado de vestiduras tras la operación „Besos contra la homofobia“ se plasmó en ríos de tinta corriendo por todos los medios de la tan pacata como permisiva Ciudad de los Reyes.

Uno de los abanderados de la fracción contra la visibilidad del colectivo gay, el periodista deportivo Phillip Butters, sostuvo que si veía parejas de lesbianas o gays besándose delante del colegio de su hija, las sacaría a patadas de allí en caso de que no se retiraran a la primera o segunda amonestación verbal. „Los homosexuales tienen que entender que son minoría“ – sabias palabras de Mister Butters.

Revisando lo que comenta la gente sobre la postura Butters, veo claramente dos frentes: el tradicional criollo que se identifica con él, si bien no se atreve a expresar públicamente esa opinión por temor a ser calificado de homofóbico. Por otro lado, para alivio del colectivo LGBT, hay también bastantes personas que no temen que sus hijos sean testigos de semejantes escenas de amor. Y si los pequeños les preguntan por qué se besan dos hombres o dos mujeres, les explican con soltura que si bien la mayoría de personas sienten atracción por el sexo opuesto, en la naturaleza hay una minoría – algo menos de un 10% según estadísticas modernas – que prefiere a alguien de su mismo sexo. Punto final.

Pero Butters, al margen de su espíritu protector de la infancia, también tiene su lado progre que vale la pena considerar: dice que hay que desmariconizar (sic) la TV y se refiere en concreto a la manera en que son ridiculizados los gays en la TV peruana, caricaturizándolos como travestis o „peluqueras amaneradas“. ¿Por qué no salen en la tele gays como el vecino de al lado?

sábado, 19 de marzo de 2011

BIOGRAFÍA EN CINCO AGUAS

Hasta los veintiún años viví a diez minutos andando del Océano Pacífico. El mar de Lima es tan frío y gris como el Mar del Norte o el Báltico a pesar de estar doce grados al sur del Ecuador. Una caprichosa corriente marina nos trae el agua fresquecita desde la Antártida. En la misma latitud, pero sobre el Atlántico, está Salvador de Bahía, donde el mar y el clima son realmente tropicales. Lo que a Lima le falta en calidad playera gracias a esa congeladora líquida de apellido alemán, le sobra en exquisitos pescados, mariscos y temperaturas primaverales. Mis primeros recuerdos en esa playa de piedras redondas y ridículo nombre hawaiano están ligados a la tía Lila y las fresas con leche condensada que nos llevaba en un práctico tupperware. Sentados en esas mismas piedras, mi hermano mayor respondíó alturadísimamente a una inquietud que me tenía muy preocupado a la tierna edad de siete años: ¿por qué se le pone a uno a veces la cosa dura? Los revolcones que me dieron las olas entrando y saliendo de él me enseñaron a tenerle mucho respeto al mar, cosa que me ha sido muy útil en mis posteriores encuentros con el Atlántico, Mediterráneo e Ìndico. Pero en ningún otro mar del mundo se puede jugar tan rico a la "licuadora" como en la miraflorina playa Waikiki, tratando de esquivar el remolino que se forma entre la ola que va y la que regresa. Que quede claro: si Magallanes lo hubiera conocido en la Costa Verde de Lima, de ningún modo lo habría bautizado Pacífico.
En 1988 cambié ese mar frío y gris por un río frío pero cristalino que baja de la Selva Negra y desemboca en un canal que lleva al Rin. Con su anchura de quince metros y apenas veinte a cincuenta centímetros de profundidad, el Dreisam no se presta para proezas natatorias, a lo sumo para refrescarse los pies una tarde calurosa de verano. Para nadar, mucho más agradable es la laguna Flückiger, situada en lo que fue la exhibición floral de Friburgo, muy cerca del centro. Algo tendrían esas aguas pues mi plan era pasar modestos cinco meses en sus orillas y al final se convirtieron en quince años. El primer primero de mayo que pasé allí, circundando la laguna en bicicleta, no podía creer que hubiera tanta gente tomando sol en pelotas. Pero obediente al dicho a donde fueres haz lo que vieres, hice lo que vi. Recuerdo especialmente tres atardeceres en esas orillas: uno, en el verano del 90, cuando conversando con Beatrix llegamos a la conclusión de que los revolcones horizontales eran un asunto húmedo y resbaladizo bastante sobrevalorado y enrollante, que no íbamos a perder nuestro tiempo con eso. Tres meses después cambiamos de opinión. El segundo atardecer, en junio del 91, cuando me sonrió un rubicundo muchacho inquieto con el que luego fui a tomar una tímida cerveza en el chiringuito de la laguna. Y el último, en el verano del 97, libando vino tinto y comiendo brezeln con Marcelo y Verena que estaban a punto de sellar una estratégica unión que nunca llegó a ser.
Pensando inocentemente que la mudanza a Basilea era mi primer paso de retorno hacia el sur, aunque fueran tan solo 72 km, cambié esa laguna por un torrentoso río en 2003. Qué maravilla salir del trabajo corriendo – es decir en bicicleta – y enrumbar al malecón del Rin para un delicioso chapuzón en el río. Sobre todo cuando nos tocó el verano del siglo. Pero los otros también, porque por ese bördli circulaban no solo las refrescantes aguas azules del Rin sino todo un zoológico de bichos raros desde jubilados calenturientos, nadadores inveterados, parejitas exhibicionistas, fumones empedernidos hasta aventureros casuales en busca de un cuarto de hora de calor humano. Allí entablé amistad vitalicia con Giacomo y Monsieur Rémy y otras menos duraderas con veraneantes magrebíes, de Tailandia, Sri Lanka, Italia y lugares menos exóticos como Alsacia, Suiza y Alemania. Allí conocí al loco Claudio, un fetichista de string tangas que pasa casi todos los inviernos nórdicos luciendo su colección en bellas playas caribeñas. Al padre Fernando, tenaz cazador de aventuras amorosas en el poco tiempo libre que le deja su vida parroquial. Incluso fuera de la temporada de baños, pasear por el malecón del Rin sigue siendo una de mis actividades favoritas cada vez que regreso a Basilea.
Trescientos kilómetros Rin abajo, el río recibe por su derecha las aguas de su segundo afluente más importante: el Meno o Main, como se le llama en alemán. Tantas esclusas tiene este río en su curso que el último tramo es una masa de agua marrón inmóvil, sin vida. No sirve como el Rin para baños deliciosos. Cuando me mudé del Rin al Meno a fines del 2004, había cerca de la ciudad de Frankfurt una laguna en medio del bosque con características similares al bördli. Pero como a los propietarios del terreno no les gustaba el éxito ni el público de la playa, fueron rellenando la laguna poco a poco con tierra y piedras hasta no quedar sino un estanque para patos y uno que otro cisne. En estos siete años todavía no he encontrado nada que se compare con el Flückiger ni mucho menos con el Rin. Hay lagunas con playas municipales pero, como esta región está muy densamente poblada, cuando la calor aprieta el gentío dentro y fuera del agua hace que la experiencia sea todo menos memorable. No queda sino coger el tren a Basilea o un avión que me lleve de vuelta al mar aunque sea tan solo por unos días o semanas.
Después de haber pasado cuatro meses viajando por el archipiélago, ya siento mías también las atlánticas aguas de Cabo Verde. Me encantan Tarrafal de Santiago y Santa María de Sal. Tarrafal es una bahía pequeñita, podría parecer una cala de Mallorca si no fuera por la tez morena de sus pescadores. Queda felizmente al otro extremo de la capital y en días de semana no se tiene que compartir la playa con más de veinte personas. El pueblo es tranquilo. No pasa nada. Santa María es totalmente distinta. Es el resort número uno y el de más trayectoria de Cabo Verde. Lo descubrieron las tripulaciones de la South African que tenían que hacer una pausa en sus vuelos intercontinentales cuando por el apartheid les estaba vetado el espacio aéreo africano. Luego se corrió la voz, llegaron los rusos de Aeroflot que hasta se construyeron un hotel exclusivamente para sus tripulantes, los italianos, alemanes, ingleses, franceses y españoles. La playa de Santa María son once kilómetros de una deliciosa arena blanca-dorada donde hay tanto espacio que es imposible llegar a tener ni remotamente la sensación Rimini. Puedes caminar kilómetros de kilómetros mojándote los pies en el verde del mar. Pero también son mías la playa de Lajinha que llamo cariñosamente la Copacabana de Mindelo, Salina con sus curiosas formaciones rocosas en Fogo y las piscinas naturales de Faja de Agua en Brava y Juncalinho en Sao Nicolau.

jueves, 4 de febrero de 2010

VIAJO ERGO SUM

Todo empezó a bordo de Braniff International. ¿Se acuerda alguien de aquella rutilante línea aérea estadounidense con aviones multicolores que finalmente le cedió la posta a Eastern antes del colapso total? Tanto le insistí a mi padre que movió los hilos correspondientes para que nos autorizaran a lo inautorizable: entrar a visitar un DC-8 estacionado en la zona de seguridad del aeropuerto Jorge Chávez de Lima-Callao. No iba a volar, pero igual me hacía mucha ilusión el hecho de estar dentro de una aeronave que a las pocas horas despegaría en dirección norte hasta más allá del Caribe. El olor a cabina presurizada, la redondez del techo, el tono pastel de los asientos vacíos, las ventanillas ovaladas – this is the beginning of a beautiful friendship, Louis.

Les debo de haber dado mucha pena a mis padres, porque poco tiempo después me desafiaron a adivinar cuál sería mi próximo regalo de cumpleaños. Eran las vacaciones de fiestas patrias y ya me había recuperado de los rutinarios soponcios que por la altura me asediaban año tras año en la sierra de Lima. Después de horas dando tumbos, caí en la cuenta de que no se trataba de un bien tangible. Sugerí incrédulo la palabra viaje. Al parecer iba por la ruta correcta. Con toda la modestia del caso pregunté ¿París? Recibí un rotundo NO como respuesta. ¿Disney? Al fin y al cabo, todo niño de ocho años soñaba en 1975 con viajar a Miami y luego a Disneyworld. ¡Bingo! Viajaría con mi tío Pepe y su familia a la meca de América Latina. No cabía en mi pellejo de felicidad, solo tenían que pasar los dos meses que faltaban para la aventura.


Por motivos que escapan a mi control, Braniff no fue el medio de transporte elegido. Costaba mucho menos volar con CEA, Compañía Ecuatoriana de Aviación, todo un reto a la paciencia con sendas escalas en Guayaquil y Quito, pero me subí feliz al avión con mis veinte dólares de bolsa de viaje y la advertencia de mi padre para que no dejara de aplicar la política del búho: abrir bien los ojos. Tenía también a dos primos contemporáneos en el grupo con lo cual la diversión estaba asegurada.
Después de la gira por los infaltables parques temáticos de la Florida, volvimos a Miami para las últimas compras antes de enrumbar de vuelta hacia el Pacífico Sur. Una tarde, recibimos cada uno de los primos una moneda de un dólar para comprar lo que quisiéramos en un supermercado o drugstore de Lincoln Road.

Los chicos, con mucho más sentido de la oportunidad que el suscrito, se abalanzaron sobre las barritas de chocolate Hershey's, las tiritas de chicle y otras golosinas. Yo descubrí por algún lado un rompecabezas con el mapa de Estados Unidos en que cada pieza era un estado de la unión. El precio era exactamente lo que tenía, así que no dudé un segundo y corrí a la caja con mi prenda. Cuál no sería la sorpresa y el estupor de mis compañeros de viaje cuando les enseñé en lo que había invertido mi dólar. Descubrimos juntos estados con exóticos nombres como Uta y Oyo, que ninguno de nosotros había oído nombrar hasta ese momento. Doce días y tres kilos más tarde, regresábamos a Lima un mediodía de octubre. El virus ya se había expandido por toda mi humanidad. Han pasado más de treinta y cinco años desde entonces, pero igual no hay vez en que suba a un avión, respire el aire presurizado, me siente con alta probabilidad en una butaca con ventana, abroche el cinturón de seguridad y no presente altísimos niveles de endorfina. En el momento del decolaje, cuando la fuerza de la subida te pega al asiento y el mundo se va haciendo pequeño, no consigo despegar la nariz de la ventanilla, a ver si logro ubicar allá abajo algún lugar, edificio, calle, casa o accidente geográfico conocido.
Desde entonces quebró Braniff, quebraron Eastern, Ecuatoriana, PanAm, TWA y BOAC, desaparecieron las criollas Faucett, AeroPerú e incluso la muy pizpireta Swissair, conocida en su tiempo como banco alado. Sería interesante medir el tiempo en función de cuántas aerolíneas has visto quebrar. Espero que todavía me queden muchas.

miércoles, 20 de enero de 2010

PRELIMINARES




Me dicen por ahí los entendidos y otros que dicen entender, que si he publicado un libro, debería tener también un blog. Y bien, como escribidor, escritorzuelo o amanuense bien obediente que soy - o pretendo ser (no me crean, por favor), aquí estoy, a ver si me entero del sistema y funcionamiento de este cacharro e incluso, en una de esas casualidades del destino, animo a una despistada lectora o un lector confundido a darse un paseo por estas letras.

Ahora mismo tengo a mi izquierda una simpática vista panorámica de la silueta de rascacielos de una ciudad alemana, bueno, a decir verdad son edificios de a lo mucho treinta y pico pisos, pero bastantes de ellos modernos (entiéndase: revestidos de acero y cristal) y firmados por lo que llaman arquitectos-estrella, de esos que cobran un ojo de la cara por su nombre y les dejan el trabajo a sus esmerados practicantes mientras vuelan por el mundo de proyecto en proyecto.
A mi derecha, un muchacho aparentemente menos inquieto que el suscrito, dedica todo su esfuerzo a poner algo de orden y limpieza en la cocina de este departamento. Por su atavío de paños menores se diría que acaba de salir de la ducha y aun no ha tenido tiempo de vestirse. Las miraditas retrecheras que me dirige me hacen creer que no está de acuerdo en que yo esté sentado cómodamente perpetrando "esto" mientras él se dedica estoicamente a las labores domésticas. ¡Viva la división internacional del trabajo! digo yo.

A 10.744 kilómetros de aquí (6.676 millas para los anglófilos), esa es la distancia que ha calculado la inteligente página web www.theglobetrotter.de,
en un hospital de Pueblo Libre que poco después, por una reforma distrital, pasaría a formar parte de Jesús María, hace apenas cuarenta y tres años, dos meses y seis días, me forzaron a abandonar el vientre materno donde me encontraba muy a gusto a pesar de haber transcurrido una semana y media desde la fecha prevista para el parto.
Mi padre, pródigo en virtudes entre las cuales no se encontraba la paciencia, encaró al ginecólogo y le espetó con el sentido de autoridad que su uniforme y las correspondientes estrellitas subrayaban ¡ud. saca ahora mismo a esa criatura! Una inyección y muchas violentas contracciones después, me abrazó mi abuela Rosa en vista de que la parturienta había quedado no solo desgarrada sino hecha polvo por el alumbramiento marcial. Mi hermano Manuel, a la sazón un mozalbete de nueve años, asombrado por la entrepierna hinchada del recién nacido, pronunció la profética frase ¡qué tales huevazos! que suena bastante mejor que decir "huevones" aunque habría sido más profética todavía.

Después de asolar el nido de las Srtas. Bebas (sic) en la calle Porta, los colegios Marcelino Champagnat (aun no se había fusionado con el Maristas de San Isidro), Humboldt y la Pontificia Universidad Católica del Perú, partí hacia Europa por cuatro meses que
en marzo se convertirán en veintidós años. En algún momento recibí un título universitario bastante inservible, no tanto por el contenido sino porque el ocio me gusta bastante más que los negocios de cualquier índole. La suerte de hablar varios idiomas me abrió las puertas de diversas empresas; la poca disposición hacia el trabajo me indicó no siempre amablemente el camino hacia la salida.

Desde muy chico tuve una afinidad especial por los idiomas, las letras, los libros. El detonante para escribir "en serio" - si en mi caso cabe la expresión - vino con la lectura del Síndrome de Ulises del colombiano Santiago Gamboa. Con cada nuevo personaje que contaba su historia dentro de la historia del narrador, me iba preguntando a quiénes escogería yo si tuviera que hacer mi propio Ulises. Así nació el Coctel Selva Negra (Ed. Altazor, 2009).

¿Y ahora qué nombre le pongo a este blog? Recordé las quejas de mi abnegada madre frente a los devaneos de mi hermano Raúl, doce años mayor que el suscrito: ¡Qué inquieto es este muchacho! Con el paso de los años, el muchacho inquieto de 1986 se convirtió en un baluarte de solidez, vive con su familia nuclear en el mismo solar que perteneció a nuestros abuelos y el título pasaron a adjudicármelo a mí en vista de mi existencia
movimentada en todos los sentidos - geográfico, laboral, amatorio, turístico.

Y eso justamente es lo que quisiera compartir con los avezados y sobre todo despistados lectores: impresiones de viajes, libros, películas, anécdotas de mi trayectoria dizque literaria. Espero que no se me duerman por el camino... a menos que hayan ingerido sustancias químico-farmacéuticas de dudosa reputación. ;)