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jueves, 5 de enero de 2012

MADRUGANDO CON AC/DC

Frankfurt, cuatro de la madrugada de un lunes de octubre. A instancias del gran Johnny, mi editor, hace unos días acepté ser parte del grupo de escritores invitados a presentarse esta noche en el Consulado peruano de Ginebra. Llegamos puntualmente a recoger el carro de alquiler e incluso tenemos la suerte de recibir, por el mismo precio, un confortable bólido teutón de una categoría superior a la que habíamos reservado. Nada mal para cinco pasajeros y un trayecto de siete horas – pausas incluidas. Como somos dos los conductores registrados y manejar de noche no es lo mío, Johnny asume la primera parte de la manejada, saliendo de la capital financiera de Europa hacia el sur.

A mí en general no me gusta madrugar. No salí para nada a la buena de Pochita que me trajo al mundo y empieza a deambular por su casa entre las cinco y las seis. Si puedo, no me levanto nunca a oscuras, sino recién cuando ya está clara la mañana, y en esa primera hora soy muy sensible a los ruidos. No soporto lo que para mucha gente es la apertura del día: encender la radio o la TV. Puedo hacer una excepción si estoy en casa ajena y si el volumen es apenas audible.

Después de varias noches de juerga, Johnny me había jurado y perjurado que se iría temprano a la cama para estar en forma al volante. Muy loables intenciones que ciertamente no pudo cumplir ante la proliferación de germanas tentaciones. ¡Cómo tomártelo mal, Johnny! Si con tus fachas y corazón de rockero – melena y casaca de cuero inclusive – eres un seductor profesional dotado de un hígado a prueba de alcoholes de alto calibre.

Para despabilar al susodicho no hay mejor música que un buen rock clásico. Por eso zarpamos bien equipados con una selección de discos compactos para ir matizando las autobahnen alemanas y suizas. No pueden faltar los míticos AC/DC, Aerosmith, Guns & Roses, Bonjovi entre muchas otras luminarias de los cabellos largos, guitarras eléctricas y palpitante percusión. En mi función de copiloto, no me queda más remedio que someter mis oídos sensibles a la agresión musical matutina que mantendrá despierto a Johnny hasta el próximo relevo. Y lo que es mucho peor: ni siquiera tengo mis tapones a la mano, accesorios infaltables en mi neceser de viaje que se encuentra a dos metros de mi asiento, bien guardado en el fondo de la maletera. ¡Muy mala logística!

Finalmente amanece. ¡Qué alivio! Un desayuno ligero a la altura de Baden-Baden y asumo el mando del bólido. Cambio de entorno musical: basta de melenas y estridencias. A lo mejor un poco de radio. Así llegamos hasta la frontera suiza y más adelante, a la altura de Berna, Johnny retoma el timón del auto. Ya falta poco para el mediodía y mis oídos felizmente han perdido la sensibilidad del madrugón. ¡Adelante, Steven Tyler, danos todo, muchacho!

martes, 19 de octubre de 2010

EL TESORO PERDIDO DE LA EMPERATRIZ

A las 18 horas con 11 minutos se abre la puerta-escalinata del jet fletado en el que acaba de aterrizar la emperatriz. Todo sucede tan rápido que con las justas puedo ver los enormes anteojos oscuros que lleva puestos así como la elegante gabardina con la que se protege del frío de octubre. Cinco segundos, dos apretones de manos y tres besitos después, ya está sentada en su limusina blindada conducida por una robusta agente del servicio de seguridad alemán, siguiendo a la escolta de motocicletas que le abrirán paso hasta su lujosa suite en el centro de la ciudad. Su personal de custodia le ha dicho que no es recomendable que vaya en el asiento delantero pero a la emperatriz le gusta y ¡basta!

Tres días antes, mi amiga Ruth me llamó preguntándome si tenía tiempo para asistir como intérprete a una delegación venida desde el sur de la tierra. Pensé que se trataría, como casi siempre, de gente de negocios, al fin y al cabo vivimos en un centro neurálgico en materia de finanzas y servicios. El país que la emperatriz gobierna es el invitado de honor de una importante feria y recién después de nuestra primera reunión con los clientes, caigo en la cuenta de que se trata del grupo de avanzada que tiene por tarea preparar la visita de tan egregio personaje.

Ruth se encarga de acompañar a la gente de cancillería, a mí me toca hacer lo propio con los agentes de seguridad de la dama en cuestión. Tenemos diferentes reuniones en el aeropuerto, el hotel, con la policía y los organizadores de la feria. El denominador común de todas ellas es la desesperación de las contrapartes germanas por no contar todavía con la información detallada de la visita de la emperatriz, faltando tan solo tres días para su arribo.

No podemos garantizarles que todo funcione correctamente si no contamos a tiempo con la hora exacta de llegada y su programa de actividades - pontifican una y otra vez los responsables de cada uno de los lugares visitados.

Apenas amanezca en la capital y dispongamos de la información se la haremos llegar - responden con su proverbial facilidad de palabra y no menos pontificalidad los amigos del cono sur.

Lo que las contrapartes alemanas no saben es que pasarán más de 48 horas hasta que puedan tener los detalles completos en sus manos.

Finalmente llega el momento de recoger a la emperatriz en medio de extremas medidas de seguridad. Algunos de los choferes contratados vienen de otros países y no tienen idea de cómo llegar al aeropuerto, pero se ofrecen para guiar a los otros. ¡Craso error! Felizmente salimos con bastante anticipación y podemos enmendar la ruta. Todos los vehículos se pre-concentran en una de las entradas a la zona aeroportuaria. Los del escuadrón de motocicletas se quejan porque llevan más de cinco horas esperando. Al momento de señalizar los vehículos de manera que correspondan al bosquejo de la policía, vemos que hay ciertas diferencias culturales entre el esquema de los locales y el de los visitantes. Una vez resuelto también ese tema, formamos la caravana y nos sometemos a un exhaustivo cacheo como corresponde a todos los bípedos aspirantes a ingresar a tan sacrosanto espacio.

Con la emperatriz a bordo del coche blindado, la comitiva abandona el aeropuerto en cuestión de segundos. A mí me toca quedarme al pie del avión para acompañar al cuerpo de seguridad que se encargará de recoger el equipaje de tan distinguida clientela junto con el material „sensible“ (léase: las armas de sus custodios). Me impresiona la cantidad de vestidos en sus respectivas fundas que desembarcamos de tan diminuta aeronave. Parece tener un alto sentido del orgullo patrio, pienso, mientras acomodo los estuches que llevan el nombre y las direcciones de diseñadores de su mismo país. Veo una pila enorme de paquetes de sospechosa apariencia pero al aproximarme descubro que se trata de botellas de agua mineral destinadas a aplacar la patriótica sed de la dama.

Con las dos camionetas llenas de ropa, agua y pistolas, nos dirigimos por fin al hotel. Esa misma noche no tengo ocasión de ver de cerca y con calma a la emperatriz. Ruth y yo esperamos una hora „por siaca“ pero luego los clientes nos mandan a nuestros respectivos hogares.

Al día siguiente comienza el programa de actividades de la dama. Con muy buen sentido del desfase horario, el primer punto de su agenda empieza a las tres y media de la tarde. Uno de los tres ascensores del hotel queda bloqueado y a disposición exclusiva de la señora. Como es usual en reuniones protocolares, cada participante se echa su discurso hasta que finalmente le toca el turno a la ilustre visitante. En otra sala del mismo hotel, el espigado ministro alemán de relaciones exteriores espera pacientemente desde hace más de quince minutos. A la emperatriz le gusta hablar y dar rienda suelta y espontánea a sus ideas. Al terminar su alocución, todo el público se levanta apurado pero madame solicita la traducción de sus ocurrentes palabras.

Tragándose su mala leche por la nada dulce espera, el ministro sale al encuentro de la emperatriz y le estrecha las manos con mucha cordialidad. No es la primera vez que se reúnen y ya sabe que la puntualidad no es una de las principales virtudes de su invitada. Antes del siguiente compromiso, la inauguración de la famosa feria en que su país es el invitado de honor, madame, fiel a sus principios, regresa a su suite. Lógico, no vamos a participar en tres reuniones seguidas con la misma ropa.

En mi función de auxiliar comunicativo, me toca una vez más acompañar el equipaje de la emperatriz en su camino al avión. Cuando llegamos al aeropuerto, empieza a lloviznar pero eso no nos impide transportar los numerosos y patrióticos trajes de madame, las valijitas con las armas y las botellas de agua sobrantes para las próximas estaciones de su visita. Finalmente nos avisan por celular que la comitiva ya salió de la feria y estará en diez minutos en la rampa. La escolta de oficiales de policía ocupa su lugar flanqueando la alfombra roja que pronto hollarán imperiales zapatos de vertiginosos tacos.

Para la limusina blindada, baja la estrella de la noche, aprieta dos manos y desaparece en la aeronave. De otro de los carros salen dos personas con cara de preocupación. Es indispensable ir inmediatamente al otro lado del aeropuerto, nos dicen, al terminal de la gente de a pie, a recoger algo muy importante que lleva uno de los cortesanos de la emperatriz. Conociendo las dimensiones de este mega-aeropuerto, está claro que la operación no tardará en ningún caso menos de media hora. Los efectivos de seguridad alemanes, que pensaban que podrían irse por fin a casita, ponen cara larga porque no están autorizados a retirarse hasta que el avión esté en el aire. ¿Qué pasa? ¿Qué cosa tan importante necesita madame como para paralizar a toda la comitiva? Con dos chicos de seguridad, salimos volando en uno de los carros de la empresa aeroportuaria a buscar el tesoro perdido de la emperatriz. Nos dan un estuche que, una vez dentro del coche, sentimos la imperiosa necesidad de abrir. Nuestros ojos no creen lo que ven: lápiz labial, sombras, cremas. ¿Para esto nos hacen detener el reloj?