domingo, 23 de enero de 2011

LA GUERRA DEL CULEBRÓN

Sobrevolando el otro día los titulares de www.elpais.es, me llama la atención una noticia sobre el disgusto personal del gobernante de Venezuela por una telenovela colombiana. Tan grande es el enojo que por decreto ha prohibido su difusión en la bolivariana república. Me imagino que la prohibición, como de costumbre, debe de haber disparado la popularidad de dicha serie a ambas orillas del Meta y el Orinoco. Pero ¿tanto alboroto por un culebrón?

Según la nota del PAIS, se trata de un personaje femenino llamado Venezuela que evidentemente está dotado de ciertas características que „not amused“ al caudillo de Caracas. Picado por la curiosidad, decido echarle una mirada crítica a CHEPE FORTUNA, la ominosa manzana de la discordia entre mis hermanas repúblicas. El resultado de la investigación no se hizo esperar: me enganché sin remedio a esta deliciosa novela costumbrista del Caribe colombiano.

Como no podía ser de otro modo, la trama central es simplísima: la niña rica Niña Cabrales, interpretada por una guapísima finalista del Miss Universo 2008, y Chepe Fortuna, humilde pescador del barrio El Tiburón a quien da cuerpo un no menos escultural actor de Barranquilla, se aman a pesar de venir de mundos opuestos y tendrán que superar mil y un obstáculos hasta llegar al final feliz que de momento solo dios y los autores saben cuándo ocurrirá.

¿Pero qué tiene esta trivial historia de amor imposible para hacer enfadar a Hugo Chávez? Dos personajes secundarios, las hermanas Colombia y Venezuela Castillo, morenas nacidas y crecidas en El Tiburón. La primera es la criada fiel de toda la vida de la familia Cabrales y la madre espiritual de Niña. Colombia derrocha picardía por todos lados y mueve cuanto hilo puede para unir a sus bienamados Niña y Chepe.

Su hermana Venezuela, en cambio, es la caricatura de la arribista y trepadora, una rubia al pomo gorda y fea, chismosa y sin escrúpulos, que se mete con un tipo casado y se lía en cantidad de negocios turbios con tal de lograr sus metas. En más de una escena, la gorda recibe un sonoro por qué no te callas, en evidente alusión al recordado episodio en que un exasperado rey Juan Carlos mandó callar a Chávez.

Cada vez que por sus enredos Venezuela está con la soga al cuello, llama a su hermana para que la saque del entuerto. ¿Con quién más va a contar Venezuela si no con Colombia? le dice lloriqueando a su hermana en un muy diciente episodio. Hasta aquí Caracas aprieta los dientes y soporta la parodia.

La famosa gota que colma el vaso cae cuando la intrépida Venezuela adopta un cachorro y lo bautiza Huguito. Durante un paseo al borde del mar, Huguito se pierde y Venezuela llora a mares la pérdida de su perrito, qué va hacer Venezuela sin su Huguito, se lamenta a lágrima viva. Moisés, su amante en la novela, le responde que por fin va a ser libre, que Huguito estaba cagándose por todos lados, metiéndose en casas vecinas, haciendo quedar mal a Venezuela.

Eso fue just too much para el inquilino de Miraflores. La prensa vasalla del caudillo ha puesto el grito en el cielo. Que se trata de mensajes subliminales, con toda la maldad y la saña de los guionistas de la vecina Colombia. Por mi lado, yo también me quejo porque me he quedado enviciado y carezco de suficiente disciplina para no zamparme de un tirón los ochenta capítulos que me faltan hasta ponerme al día con las peripecias de Colombia y Venezuela, de Niña y Chepe.

El enganche se debe en parte al excelente guion de Miguel Ángel Baquero y Eloísa Infante con diálogos cargados de humor, juegos de palabras, localismos y sobre todo a cuatro actrices geniales, dos villanas y dos buenas.

Una espectacular Margalida Castro interpreta a Úrsula, la implacable y pérfida matriarca del clan Cabrales. Úrsula es la versión caribeña y en silla de ruedas de la malévola Mamá Elena de Como agua para chocolate, sobre todo cuando reclama a gritos a su empleada Colooombia mientras hace timbrar la campanita que lleva siempre en sus manos. Su marido Jeremías la llama dócilmente mi general.

Consuelo Luzardo da vida a la antagonista de Úrsula, su vecina, la encantadora solterona Alfonsina Pumarejo, psiquiatra dotada de sensibilidad social y una agudísima inteligencia, tanta que espantó a los pretendientes que tuvo en su juventud. A Alfonsina le encanta jugar ajedrez con Jeremías y poco a poco se irá convirtiendo en la mejor amiga y consejera de Chepe Fortuna.

Lorna Cepeda, hermana mayor de Angie, interpreta a la aguerrida Petra Meza, más conocida en El Tiburón por su sobrenombre y principal atributo, la Celosa. Es uno de los personajes más graciosos de la novela por su manera exageradamente costeña de hablar y los enredos en que se mete por chismosa. Con su marido, el casquivano Bellaco, Celosa dirige la principal tienda de abarrotes del Tiburón y ay de que se entere de que alguna mujer estuvo con su Bellaco. Pero siempre que Chepe Fortuna la necesita, Celosa es una aliada incondicional.

Una tan estilizada como estirada Kristina Lilley da vida en la novela a Malvina, la elegante e intrigante madre de Niña Cabrales. Malvina cambió totalmente de vida cuando se fue de Bogotá a la costa con su ahora difunto marido y no ve la hora de esquilmar a su familia política para regresar bien forrada a la sabana. Pero por mientras, haciendo honor a su papel de villana, Malvina es amante del prometido de su hija - toda una madraza.

El vallenato que abre la telenovela trasmite la moraleja de la historia:

Tiburón que se duerme, se convierte en sushi.

¡Gracias, Colombia! y ¡paciencia, Venezuela!

domingo, 16 de enero de 2011

LAS FUNDAS DE POCHITA

Hace varios meses, cuando el sol estaba en la constelación del León, Pochita cumplió ochenta y cinco años, pero es tanta la vitalidad que despliega que su numeroso clan de hijos, nietos y bisnietos, además de parientes políticos, se está haciendo a la idea de que la matriarca llegará muy probablemente a los cien.

Mérito tiene de sobra: con una disciplina férrea, Pochita se levanta todos los días antes del amanecer para practicar una serie de ejercicios físicos que ha ido adaptando a sus requerimientos y posibilidades desde que comenzó con esta rutina, siendo la quinceañera rebelde que decidió abandonar el colegio en cuarto de secundaria. Eran los años 40 del siglo pasado y sus padres no la presionaron para que retomara las clases, al fin y al cabo su misión en la vida sería casarse, tener hijos y encargarse de su familia como lo habían hecho antes su madre y sus abuelas.

Siendo la hija sánduche, es decir rodeada de un hermano mayor y otro menor, Pochita siempre echó de menos tener una o varias hermanas y decidió que cuando se casara, tendría por lo menos doce hijos. No contó con que a lo mejor su co-productor podría tener otro parecer al respecto. En efecto, el espigado Gerardo, cuyo uniforme deslumbró fulminantemente a Pochita, consideró con bastante más criterio que – dado que sus ingresos castrenses no eran exorbitantes – sería mejor limitar la descendencia a dos, máximo cuatro retoños.

Cuando llegaron a tal cifra, con dos nenas y dos nenos en su haber, Gerardo se dio por bien servido con las dos parejitas y le dijo hasta aquí llegamos, Pochita. Pobre Gerardo, no contaba con la tenacidad de Pochita, que si bien no completó la docena que se había propuesto, sí que duplicó el primer cuarteto.

Los tres niveles de descendientes de Pochita parecen sin embargo no haber heredado ni un miligramo de la reciedumbre de su matriarca. Mientras ella remata su gimnasia matutina con un duchazo en tonificante agua fría, los blandengues de sus hijos, nietos y bisnietos prefieren sin excepción las bondades del agua tibia.

Durante nueve de los doce meses del año, Pochita se baña a diario en una playa de piedras del congelado y proceloso Océano Pacífico, a cuyas orillas ha vivido casi toda su vida. Ultimamente necesita ayuda para liberarse del abrazo de las olas en el momento de la salida, pero siempre tiene a algún hijo, nieto o amigo a la mano para tan loable tarea.

Como no podía ser de otro modo, Pochita es muy receptiva para todo tipo de consejos relacionados con una buena salud. Cada mañana, después de su gimnasia, bebe un vaso grande de agua tibia con jugo de limón. Por algún lado leyó también que en el interior de la cáscara de plátano hay sustancias vitales para la salud y – muy consciente ella – primero raspa el interior de la cáscara, se lo come y recién entonces procede con el resto de la fruta. Aunque no le gustan para nada, todos los días se prepara verduras crudas y cocidas por las vitaminas y fibra dietética que contienen.

Pochita es una persona extremadamente amable y amiguera, pero como todos en este mundo también tiene enemigas acérrimas: ¡las grasas! Más aun si la que las está ingiriendo es su hija Malena, que ha estado casi toda su vida bastante subida de peso, cosa que Pochita no ve absolutamente con buenos ojos. Pero cuando tiene por delante una caja de exquisitos chocolates, hace un cese del fuego en el combate a las malignas y arrasa con cuanto puede.

Su más reciente descubrimiento es que la mejor manera de prevenir la proliferación de ácaros en las camas es cambiando a diario las fundas de las almohadas. Manos a la obra, se dijo Pochita: para mantener en jaque a los invasores, cada mañana les arranca a sus remolones vástagos las fundas de sus almohadas, a veces incluso antes de que se hayan despertado estos, y les deja fundas limpias.

La inmensa energía eléctrica que recorre la anatomía de Pochita se manifiesta en un marcado dinamismo y espíritu de comando, sobre todo desde que enviudó de Gerardo. Sus hijos, agobiados a veces con la desbordante Pochita, se han reunido en consejo y han decidido tomar medidas preventivas. Creen haber hallado la solución en el extracto de una hierba muy buena que van a mezclar en los cereales que suele desayunar Pochita, una dosis muy baja, lo suficiente como para relajarla un poco. Con lo que no contaron los astutos, es que unas amigas de Pochita le hablaron maravillas del pan integral tostado y desde aquel día no ha vuelto a tocar su pomo de cereales.

sábado, 1 de enero de 2011

ACUARELA DE MINDELO

CESÁRIA

Hasta bien entrada en la cuarentena, esta chatita gordita, casi tan alta como ancha, cantaba en bares de medio pelo de Mindelo, su puerto natal. Un día, un productor francés la escuchó y la invitó a grabar en su estudio. Con su voz aterciopelada y su encanto natural se hizo famosa como „la diva de los pies descalzos“. Veinte años después, Cesária Évora es una celebridad internacional con giras desde California hasta Shanghái pasando por Caracas y Bucarest. Si algo la limita actualmente, son solo las consecuencias de décadas de abuso de alcohol y tabaco. Ya no toma, pero no ha podido dejar de fumar, a pesar de la prohibición médica. Cuando las temperaturas lo permiten, en los escenarios prefiere siempre cantar sin zapatos. Por su carácter campechano y su voluntad de ayudar a todo el que se lo pide, es una de las personas más populares y queridas en su país, Cabo Verde. Su casa en Mindelo no tiene vigilancia particular. Basta tener un poco de suerte para encontrarla. Después de tres intentos fallidos en el transcurso de un año – la señora andaba de gira o estaba indispuesta – por fin logro reunirme con ella un sábado por la tarde. Me acompañan Yellow y Christopher, paisanos lejanamente emparentados con la artista. Lo único que nos pide Cize, como la llaman sus amigos y parientes, es que no la entrevistemos. Siempre la había visto con pelo corto en fotos y reportajes y me llama la atención su actual peinado de trenzas africanas que le llegan hasta la cintura. Nos hace pasar a su salón, me enseña orgullosa los innumerables premios que ha recibido – Grammy incluido. Le digo las pocas palabras que sé decir en su lengua, kriolu, y me da la impresión de que el gesto es bien recibido pues manda llamar a su „empregada“, un muchacho enjuto pintado de rubio que según me cuentan es su sobrino, para que nos sirva pontche de limao, un delicioso licor de melaza macerado con cortezas de limón, que degustado en tan ilustre compañía sabe aún más rico. Usted no bebe, Cize? le pregunto. No, me lo ha prohibido el médico, responde dándole una pitada profunda a su cigarrillo.

Para oír "Bia de Lulucha", uno de los primeros grandes éxitos de Cize, seguir el enlace o copiar y pegar:

http://www.youtube.com/watch?v=QqEovTkgTvM

YELLOW

Su nombre oficial es José Morais pero así no lo conoce nadie. De un antepasado inglés heredó los cabellos claros que motivaron que desde joven lo llamaran „yellow man“ o simplemente Yellow. Con su estatura y corpulencia de armario, deslumbró en un santiamén a la guapa Susana, que ya tenía dos hijos de uniones anteriores. Luego vino Christopher, primer hijo de Yellow y tercero de Susana. Fue la madre de Yellow, una encantadora morena setentona, la que me llevó al bar-domicilio de la pareja. Chocamos en la puerta del supermercado Fragata y sus compras se le cayeron al suelo. Recogimos todo juntos y así entablamos conversación. Ven a que conozcas el bar de mi hijo, me invitó solícita, queda aquí cerca. Así llegué al bar Susana del que me convertí en visitante asiduo. Cuando vi que el supuesto hijo era un tipo „gringo“ pensé que no le había entendido bien a la señora. Más adelante me enteré de que los genes anglófilos venían por el lado paterno. Y que a Yellow no le gustaba darle dinero a su madre, pues la señora es miembro de una iglesia medio sectaria y su hijo teme que gran parte de su ayuda vaya a parar en las manos de sus sufridos y codiciosos pastores. Esta confidencia me la hizo Yellow después de la visita a Cesária Évora, mientras caminábamos a la fiesta de despedida de su amigo Debis.

CHRISTOPHER

Es el primer hijo de Yellow y tercero de Susana. Nació un 28 de noviembre y por lo tanto su fiesta de „guarda-cabeça“ se celebró el 5 de diciembre siguiente. Yo justo estaba en Mindelo y al pasar como de costumbre a marcar tarjeta en el bar Susana, me di con las buenas noticias del nacimiento de Christopher y de que esa misma tarde se celebraría su „guarda-cabeça“. Según la tradición mindelense, una semana después del nacimiento se reúnen los familiares y amigos para comer, beber y cantarle canciones al recién nacido, augurándole así una vida larga y feliz. Para tan importante ocasión, Susana y Yellow tiraron la casa por la ventana. No solo el bar sino también los espacios privados estaban repletos de gente. Al parecer, algunos de los asistentes no habían sido invitados pues oí cómo Yellow los expulsaba del bar a gritos. Volví a ver a Christopher un año después, en vísperas de su primer cumpleaños. Tenía mucha curiosidad por ver si el pequeño calificaría para el mismo apodo que su padre, pero los genes africanos son más fuertes que los ingleses y Christopher tiene los ojos grandes de su madre pero de un color tal vez más claro. Su tez es canela, sus cabellos totalmente prietos. Vamos a ver cómo cambia en los años que vienen.

DEBIS

Su nombre oficial es Eduardo, pero como buen caboverdiano no lo usa, todos lo llaman Debis. Tiene la cabeza rapada, una barriga incipiente y brazos corpulentos. No se parece en absoluto a sus otros hermanos Beri y Waldir. Debis emigró a Francia hace unos ocho años, trabaja como electricista y está muy feliz de vivir cerca de París. La fiesta, a la que Yellow ha tenido la gentileza de llevarme, es para despedirse Debis de sus parientes y amigos después de pasar sus vacaciones en Cabo Verde. Su familia le ha prestado la azotea de su casa en el céntrico barrio de Madeiralzinho. Debis tiene un hermano músico y rastafari, Beri, que es muy amigo de Yellow y Susana, de allí también la invitación. Antes de ingresar al edificio donde se celebra la fiesta, vamos Beri, Yellow y yo a comprar cervezas en un supermercado para contribuir a la causa. Subiendo a la azotea pasamos por la improvisada cocina donde Pomba, también hermano de Debis, está dando los últimos toques a una suculenta pasta que huele delicioso.

POMBA

Hermano de Debis. El apodo de Pomba, paloma en portugués, resulta irónico al ver a un tremendo moreno de por lo menos metro noventa de estatura y cien kilos de peso. Le pregunto ¿sabes que dicen que quien es bueno en la cocina lo es también en la cama? Se ríe Pomba, se ríen también los que lo circundan. Me sirvo un plato de esa pasta que huele tan rico y sabe todavía mejor bajo el cielo estrellado de Mindelo.

WALDIR

Es el hermano menor de Debis, Beri y Pomba, más menudo también de físico. Me comentan que tiene problemas de salud mental, sufre de esquizofrenia y no debe tomar alcohol porque se vuelve autodestructivo. La gruesa cicatriz que luce en el cuello, al lado de la manzana de Adán, proviene de su último intento de degollarse. Procuro mantener una prudente distancia de Waldir, quien a pesar de las recomendaciones ya ha tomado más de cuatro cervezas.

CHARO

Llegó a esta isla semi-desértica como cooperante española y me dice que no piensa ni remotamente volver a vivir en la península que la vio nacer. Ni siquiera una vez que cerraron la casa-proyecto para niños de la calle, donde trabajaba. Simplemente les cortaron el presupuesto desde Madrid y la contraparte local los puso de patitas en la rúa. Charo es bajita, flaca, muy menuda, pero lo que le falta de corpulencia le sobra en fuerza de voluntad. Contra viento y marea está tratando de conseguir un sustituto para el apoyo que recibían de España y retomar su proyecto socio-educativo. Tiene dos hijos adultos en España, que la visitan cada vez que pueden, lo que no es muy frecuente dada la crisis ibérica. Conoció a Mario, su actual pareja, en Cabo Verde y se les ve muy compenetrados. Ha asumido como hija a su otrora protegida Maria da Graça.

MARIO

Nació en Angola de padres caboverdianos cuando Portugal era la metrópolis de ambos territorios y se llevaba mano de obra barata de una región a otra del imperio verdirrojo. Por su mayor afinidad cultural con Lisboa, los „berdianos“ mulatos asumían con frecuencia posiciones superiores o de funcionarios públicos en las otras colonias africanas. Habiendo pasado sus primeros años como uno de los favorecidos de la sociedad colonial angoleña, cuál no sería su pasmo ante los primeros síntomas de racismo contra los mestizos, una vez consolidada la independencia de Portugal. Tan difíciles se volvieron las cosas en Angola que su familia entera se repatrió a la flamante República de Cabo Verde. Ahí encontró trabajo como tripulante en la línea de barco que une Mindelo con la vecina isla de Santo Antao. En uno de sus viajes le sonrió muy amable una mujer española que viajaba a Porto Novo para pasar el fin de semana lejos del bullicio de Mindelo.

GRACE JONES

No recuerda si alguna vez conoció a su padre o a su madre. Como adolescente conflictiva recogida en la calle, Maria da Graça llegó a la casa-proyecto de la cooperación española en Mindelo. Después de arduas disputas y gracias a la paciencia y constancia de Charo, Grace Jones, como la apodaron por su afición a no llevar el cabello nunca más largo que cinco milímetros, pasó a integrar el equipo directivo de la casa. Desde que les cerraron el financiamiento y se quedó sin techo, vive en casa de Charo. A la despedida de Debis fueron los tres juntos, Charo, Mario y Grace Jones. Apenas Yellow la vio en la azotea, me dirigió una mirada muy diciente y a la primera canción bailable que puso el DJ, la sacó a bailar a la „chica Bond“ de Cabo Verde.

martes, 30 de noviembre de 2010

MI HIJO DANIEL Y LA PAREJITA FOGOSA

Medianoche en el aeropuerto de Praia, Cabo Verde. Sentado en un café, espero con mis clientes la llamada al embarque de su vuelo de regreso a Europa. Entre tanto, reparto un dedo de pontch, dulzona bebida local de alto tenor alcohólico, en ocho vasitos descartables.

- Hoy se cumplen 166 años de la muerte de Flora Tristán, les digo, la que pasó por Praia en 1833 y cuyos comentarios leímos en el lugar de los hechos una tarde calurosa de noviembre. Y 122 años después de su muerte nací yo, así que también vamos a brindar por mi cumpleaños. Saúde!

Iba a añadir que Florita murió en el año 44 – como mi flamante edad – del siglo XIX, pero tampoco se trata de agobiarlos con tanta numerología. Termina el brindis, las felicitaciones y se oye el consabido pasajeros del vuelo tal y tal, sírvanse pasar a la sala de embarque. ¡Adiós y buen viaje!

Diez minutos después, mi taxi se detiene en la angosta calle Tenente Valadim del centro de Praia. Rosy me ha vuelto a asignar el cuarto número tres, de un color verde bastante chillón. Dejo mi equipaje y subo a la azotea con la esperanza de respirar un poco de aire fresco. No soy el único con tan brillante idea. Un grupo de franceses bebe vino en una esquina y, en otra, una persona se ha parapetado para dormir bajo las estrellas en un amplio columpio tipo Lo que el viento se llevó. Veo que hay otra mecedora que podría calificar como puesto de comando para la noche y se lo comento al empleado de Rosy. Al rato sube la jefa en persona.

- Escuché que estabas pensando dormir en la azotea. ¿Te importaría entonces cederle tu cuarto a un amigo mío que es policía y necesita un lugarcito para (gestos manuales inequívocos) con una chica?

- Cuestión de honor, Rosy. No te preocupes. Con todo gusto les dejo mi cuarto a tus amigos fogosos.

- Voy a mandar a que te traigan un colchón y ropa de cama para que estés más cómodo.

- Gracias, Rosy, tú siempre tan amable.

El grupo de franceses baja el volumen de la conversación al enterarse de que detrás del parapeto hay una persona tratando de dormir. Al rato se retiran ellos también a sus habitaciones. Me acomodo en mi flamante cama techera y me quedo dormido debajo de Orión. Este es un cumpleaños especial, definitivamente.

Dos horas más tarde siento el llamado de la vejiga y un penetrante olor a cigarrillo. Veo que el parapetado está sentado en su columpio fumando. Trato de encontrar mi celular para ver la hora y en ese jaleo pierdo el equilibrio, las patas de la mecedora ceden debajo de mi cabeza y las piernas se van para arriba.

- Are you alright?

Me pregunta una voz amable desde el otro lado de la azotea.

- Sí, sí, gracias.

No sé por qué se me dio por contestarle en castellano.

Amanece en Praia y una mosca impertinente no deja de molestarme hasta que decido incorporarme y veo que mi compañero de techo hace lo propio.

- Buenos días.

¿Me está hablando en castellano?

- ¡Hola! ¿De dónde eres?

- Sorry, I don't speak Spanish.

- Where are you from?

- Holland.

Un holandesito de entre 25 y 30, supongo. A las ocho de la madrugada y después de una noche corta, el sentido de la vista no es muy fiable, al menos en mi caso. Me cuenta Daniel que viene a ver a su novia que – ¡qué casualidad! – es una de las practicantes que conozco en la isla vecina. Volvemos a encontrarnos en la mesa del desayuno y ya mi visión se ha regenerado. Es un muchacho muy guapo y le sugiero ir a caminar un poco por el centro. Como es domingo, no hay mucha marcha, pero para que tenga al menos una idea general de la capital de Cabo Verde antes de seguir viaje a la isla de Fogo. Acepta encantado.

Visitamos la zona del palacio y la guardia presidencial, la plaza Albuquerque, el mercado Sucupira. Lo llevo a mis lugares favoritos, al Café Sofia con su sánduche de queso y canela, a la pastelería Pão Quente con su café y deliciosos pastéis de nata. Volviendo al hostal de Rosy, una de sus empleadas abre la puerta, nos mira y me pregunta inocente e indiscretamente:

- ¿Eres su padre? ¿O a lo mejor su padrastro?

No lo puedo creer. ¡A qué punto hemos llegado! Recién estoy cumpliendo 44 y ya se me atribuye la paternidad responsable de un tremendo muchachón que aparenta tranquilamente unos 28. A falta de otros recursos no queda sino morirse de risa. Durante las dos horas siguientes, todo gira en torno a nuestra tan hilarante como flamante relación padre-hijo. En la azotea donde nos conocimos, buscamos el único lugar sombreado y soportable para sentarse y esperar el momento de volver al aeropuerto. Yo para volar a Sal, Daniel a Fogo. Conversamos como viejos amigos de nuestros proyectos, planes de viaje, lo que nos gustaría hacer en la vida. Para reconfortarme me cuenta que sus padres son mucho mayores que yo.

A la una y cuarto llega mi taxi. Daniel no pierde tiempo y lo reserva también para que lo lleve al aeropuerto una hora más tarde. Me gusta este regalo de cumpleaños, mi hijo Daniel.

jueves, 28 de octubre de 2010

FIERAS EN LA FERIA

Dicen aquí que la Feria del Libro de Frankfurt es la más grande del mundo. Comercialmente no cabe la menor duda: al fin y al cabo estamos en una ciudad con una tradición ferial de mil años y – pasando a tiempos modernos – en la capital financiera de la Unión Europea. Los tres primeros días del evento están reservados exclusivamente a especialistas del medio. Se trata de una batalla campal entre editoriales, traductores, agentes, libreros, escritores y distribuidores por los mejores contactos y los más jugosos contratos, la compra y venta de derechos de autor, licencias de traducción, firma de convenios. Y eso que hay malas lenguas que aseguran que los verdaderos tratos gordos se cierran los días previos a la Feria en el Bar de los Autores, situado junto al lobby del añejo hotel Frankfurter Hof, que significa la Corte de Frankfurt. Por su lado, el público bibliófilo „de a pie“ tiene que armarse de paciencia hasta el sábado y domingo en que se abren las puertas a todo el que aporte sus modestos catorce euritos en la entrada.

Para mí esta edición de la Feria no es igual a la del 2009, en que modestamente figuraba mi nombre en el programa oficial. No confabulo ni soy objeto de confabulación. Paseo sin rumbo definido por los enormes pabellones. Sé que mis amigos hispano-porteños Óscar y Paco quieren asistir al diálogo de las Rosas y, si llego a tiempo, me voy a apuntar.

Es el encuentro de dos escritoras españolas, Rosa Regàs, invitada especialmente desde Cataluña por el Instituto Cervantes, y Rosa Ribas, treinta años más joven que la primera, también catalana pero residente en Frankfurt y, por si fuera poco, vecina mía. Conversan las Rosas sobre sus experiencias como lectoras, como productoras, como editoras. No se habían visto nunca pero se percibe que tienen buena química. Contrasta el rojo vivo del pelo de Regàs con los cabellos oscuros y mechón Tongolele de Ribas. Terminado el coloquio, Óscar y Paco salen corriendo a su próximo compromiso, la Tongolele también. La estresada directora del Cervantes, cuya agenda le impide cumplir con su papel de anfitriona, se despide muy amable de la Regàs y le dice espérame acá que te vengo a recoger en cuarenta y cinco minutos. La colorada la mira con cara de poco sueldo, ¿me vas a dejar sola, triste y abandonada en este recinto ferial?

Es el momento de intervenir. ¡Ud. no se va a quedar sola de ningún modo, Rosa! ¡Será un gusto acompañarla! Me mira con cierta sorpresa como pensando y este avechucho de dónde ha salido. Acomodo convenientemente dos sillas al lado de una mesa llena de copas de champán argentino y bocaditos salados. Nos ponemos a conversar de sus viajes, del modo en que su familia tuvo que escapar a Francia durante la Guerra Civil, de cómo comenzó su carrera literaria después de los cincuenta, si bien por su trabajo como editora siempre había estado rodeada de libros. Hablamos de América Latina, ha estado en casi todos nuestros países. Me dice que es amiga y simpatizante de Evo. Ya entiendo por dónde va la cosa, la izquierda intelectual romántica europea. Le cuento de mi libro. ¿No tienes uno a la mano? me pregunta atenta. Por supuesto, si cabe en tu maleta te lo llevas con dedicatoria. Me lo recibe encantada, o al menos es lo que quiero creer, lo hojea y lo guarda en su cartera. Pasa por ahí un editor catalán, la saluda emocionado, yo fui al colegio con tu hijo, Rosa. Se abrazan, se despiden. Regresa la anfitriona y se lleva a su invitada de honor. Ha pasado casi una hora y por los altavoces se anuncia que la Sociedad Ferial les desea a todos los visitantes un buen viaje de regreso a casa. En buen criollo: nos están echando de aquí. Volveré mañana sin falta.

Segundo día. Llego recién por la tarde porque he estado ocupado toda la mañana haciendo diligencias. Visito a mis amigos del stand de escritores latinos en Alemania. Carlitos y Esther me miran con ojos grandes y llenos de expectativa. Estarás feliz con el premio, me dicen con una voz rebosante de miel. Premio? Qué premio? pregunto con inocencia y candor. Desde las noticias que me despertaron a las siete, no he vuelto a oír radio ni ver tele. Es Mario Vargas Llosa, escritor de cabecera de mi familia. No lo puedo creer pero siento que me invade una alegría sin fin celebrando al padre de Pichula Cuéllar, del Poeta, de Zavalita, del León de Natuba y de la chilenita. Al celestino de Chuchupe y Chupito, de Lucrecia y Rigoberto, de Julita y Varguitas, de Mercedes y Tomasito, de la muchachita esqueleto y Rafael Trujillo, de Florita y Olympia Malaszewska, de Koke y Teha'amana. En el stand de Alfaguara lo celebran con bombos y platillos. En el de Suhrkamp, editores alemanes de MVLL, la gran jefa Ulla Unseld-Berkéwicz tiene un problema: apenas cuentan con cuatro libros – ojo: cuatro libros físicos, no cuatro obras – de Mario en su exhibición. Al día siguiente se publicará en los principales medios una foto muy diciente de Ulla con „Das boese Maedchen“ en la mano, „Travesuras de la niña mala“.

Esa noche vamos con dos amigos al pizpireto Bar de los Autores. Como estamos de feria, no cabe ni un alfiler. En vista de que no hay servicio a mesas y ninguno de los presentes toma la inicitativa, me levanto, altivo y orgulloso, y pido en la barra tres copas de champán para brindar por „nuestro Nóbel“. Cuando la amable jovencita me dice el precio, siento una ansiedad que recorre la boca del estómago sigue por las paredes gástricas y llega hasta la mitad del duodeno, pero procuro que no se me note. ¡Te lo mereces, Varguitas!

Tercer día de feria. De un modo totalmente casual, me entero de que hoy está en la Feria la doctora Ruth Westheimer. Tiene casi cien años y con las justas llega al metro cuarenta. Es enternecedor verla sentada en una silla con sus piernas cortitas balanceándose porque no llegan hasta el suelo. Pero cuando esta pícara sexóloga entra en acción, por ejemplo en una entrevista, hablando con humor y toda la naturalidad del mundo de los beneficios de la masturbación, aconsejando sobre cómo realizar de un modo gratificante sexo oral, como abuelita leyéndoles cuentos a sus nietos, te cautivará desde la primera sílaba. Esta aguerrida precursora de la curvilínea boricua Alessandra Rampolla nació en Alemania entre las guerras y perdió a sus padres en el holocausto nazi. A ella la mandaron previsoriamente a Suiza. Más adelante peleó en el ejército israelí antes de emigrar a los EE.UU. y convertirse en la más célebre terapeuta sexual. Con la picardía que la caracteriza, Ruth dice en la Feria: yo soy un metro cuarenta de sexo concentrado.

martes, 19 de octubre de 2010

EL TESORO PERDIDO DE LA EMPERATRIZ

A las 18 horas con 11 minutos se abre la puerta-escalinata del jet fletado en el que acaba de aterrizar la emperatriz. Todo sucede tan rápido que con las justas puedo ver los enormes anteojos oscuros que lleva puestos así como la elegante gabardina con la que se protege del frío de octubre. Cinco segundos, dos apretones de manos y tres besitos después, ya está sentada en su limusina blindada conducida por una robusta agente del servicio de seguridad alemán, siguiendo a la escolta de motocicletas que le abrirán paso hasta su lujosa suite en el centro de la ciudad. Su personal de custodia le ha dicho que no es recomendable que vaya en el asiento delantero pero a la emperatriz le gusta y ¡basta!

Tres días antes, mi amiga Ruth me llamó preguntándome si tenía tiempo para asistir como intérprete a una delegación venida desde el sur de la tierra. Pensé que se trataría, como casi siempre, de gente de negocios, al fin y al cabo vivimos en un centro neurálgico en materia de finanzas y servicios. El país que la emperatriz gobierna es el invitado de honor de una importante feria y recién después de nuestra primera reunión con los clientes, caigo en la cuenta de que se trata del grupo de avanzada que tiene por tarea preparar la visita de tan egregio personaje.

Ruth se encarga de acompañar a la gente de cancillería, a mí me toca hacer lo propio con los agentes de seguridad de la dama en cuestión. Tenemos diferentes reuniones en el aeropuerto, el hotel, con la policía y los organizadores de la feria. El denominador común de todas ellas es la desesperación de las contrapartes germanas por no contar todavía con la información detallada de la visita de la emperatriz, faltando tan solo tres días para su arribo.

No podemos garantizarles que todo funcione correctamente si no contamos a tiempo con la hora exacta de llegada y su programa de actividades - pontifican una y otra vez los responsables de cada uno de los lugares visitados.

Apenas amanezca en la capital y dispongamos de la información se la haremos llegar - responden con su proverbial facilidad de palabra y no menos pontificalidad los amigos del cono sur.

Lo que las contrapartes alemanas no saben es que pasarán más de 48 horas hasta que puedan tener los detalles completos en sus manos.

Finalmente llega el momento de recoger a la emperatriz en medio de extremas medidas de seguridad. Algunos de los choferes contratados vienen de otros países y no tienen idea de cómo llegar al aeropuerto, pero se ofrecen para guiar a los otros. ¡Craso error! Felizmente salimos con bastante anticipación y podemos enmendar la ruta. Todos los vehículos se pre-concentran en una de las entradas a la zona aeroportuaria. Los del escuadrón de motocicletas se quejan porque llevan más de cinco horas esperando. Al momento de señalizar los vehículos de manera que correspondan al bosquejo de la policía, vemos que hay ciertas diferencias culturales entre el esquema de los locales y el de los visitantes. Una vez resuelto también ese tema, formamos la caravana y nos sometemos a un exhaustivo cacheo como corresponde a todos los bípedos aspirantes a ingresar a tan sacrosanto espacio.

Con la emperatriz a bordo del coche blindado, la comitiva abandona el aeropuerto en cuestión de segundos. A mí me toca quedarme al pie del avión para acompañar al cuerpo de seguridad que se encargará de recoger el equipaje de tan distinguida clientela junto con el material „sensible“ (léase: las armas de sus custodios). Me impresiona la cantidad de vestidos en sus respectivas fundas que desembarcamos de tan diminuta aeronave. Parece tener un alto sentido del orgullo patrio, pienso, mientras acomodo los estuches que llevan el nombre y las direcciones de diseñadores de su mismo país. Veo una pila enorme de paquetes de sospechosa apariencia pero al aproximarme descubro que se trata de botellas de agua mineral destinadas a aplacar la patriótica sed de la dama.

Con las dos camionetas llenas de ropa, agua y pistolas, nos dirigimos por fin al hotel. Esa misma noche no tengo ocasión de ver de cerca y con calma a la emperatriz. Ruth y yo esperamos una hora „por siaca“ pero luego los clientes nos mandan a nuestros respectivos hogares.

Al día siguiente comienza el programa de actividades de la dama. Con muy buen sentido del desfase horario, el primer punto de su agenda empieza a las tres y media de la tarde. Uno de los tres ascensores del hotel queda bloqueado y a disposición exclusiva de la señora. Como es usual en reuniones protocolares, cada participante se echa su discurso hasta que finalmente le toca el turno a la ilustre visitante. En otra sala del mismo hotel, el espigado ministro alemán de relaciones exteriores espera pacientemente desde hace más de quince minutos. A la emperatriz le gusta hablar y dar rienda suelta y espontánea a sus ideas. Al terminar su alocución, todo el público se levanta apurado pero madame solicita la traducción de sus ocurrentes palabras.

Tragándose su mala leche por la nada dulce espera, el ministro sale al encuentro de la emperatriz y le estrecha las manos con mucha cordialidad. No es la primera vez que se reúnen y ya sabe que la puntualidad no es una de las principales virtudes de su invitada. Antes del siguiente compromiso, la inauguración de la famosa feria en que su país es el invitado de honor, madame, fiel a sus principios, regresa a su suite. Lógico, no vamos a participar en tres reuniones seguidas con la misma ropa.

En mi función de auxiliar comunicativo, me toca una vez más acompañar el equipaje de la emperatriz en su camino al avión. Cuando llegamos al aeropuerto, empieza a lloviznar pero eso no nos impide transportar los numerosos y patrióticos trajes de madame, las valijitas con las armas y las botellas de agua sobrantes para las próximas estaciones de su visita. Finalmente nos avisan por celular que la comitiva ya salió de la feria y estará en diez minutos en la rampa. La escolta de oficiales de policía ocupa su lugar flanqueando la alfombra roja que pronto hollarán imperiales zapatos de vertiginosos tacos.

Para la limusina blindada, baja la estrella de la noche, aprieta dos manos y desaparece en la aeronave. De otro de los carros salen dos personas con cara de preocupación. Es indispensable ir inmediatamente al otro lado del aeropuerto, nos dicen, al terminal de la gente de a pie, a recoger algo muy importante que lleva uno de los cortesanos de la emperatriz. Conociendo las dimensiones de este mega-aeropuerto, está claro que la operación no tardará en ningún caso menos de media hora. Los efectivos de seguridad alemanes, que pensaban que podrían irse por fin a casita, ponen cara larga porque no están autorizados a retirarse hasta que el avión esté en el aire. ¿Qué pasa? ¿Qué cosa tan importante necesita madame como para paralizar a toda la comitiva? Con dos chicos de seguridad, salimos volando en uno de los carros de la empresa aeroportuaria a buscar el tesoro perdido de la emperatriz. Nos dan un estuche que, una vez dentro del coche, sentimos la imperiosa necesidad de abrir. Nuestros ojos no creen lo que ven: lápiz labial, sombras, cremas. ¿Para esto nos hacen detener el reloj?

jueves, 30 de septiembre de 2010

HERMANAS Y CANGREJOS

Inge es la hermana mayor de mi amigo Lars. Terminando el colegio se fue a estudiar hostelería en un reputado instituto de Suiza. Con el título en el bolsillo más sus vastos conocimientos de idiomas, inmediatamente la reclutaron como aeromoza de Swissair. Disfrutó muchísimo volando por el mundo durante la época de oro de la línea aérea helvética y de paso gozaron también sus padres y hermanos con los privilegios familiares de una chica de alto vuelo. En uno de sus viajes, Inge conoció a bordo del avión al que sería su futuro marido, Markus. Siguió volando durante el noviazgo y primeros años de matrimonio, pero cuando llegaron sus hijos Per y Stefanie quiso dedicarse íntegramente a su familia. Una vez que su hija menor entró a la secundaria, pensó ha llegado el momento de retomar mi carrera, no necesariamente en mi antigua oficina del aire, sino en alguna otra cosa que me permita volver a casa cada noche. Siendo una mujer muy sana, ignoró el repentino malestar que le sobrevino por esa misma época hasta que las molestias se volvieron insoportables. Después de dos diagnósticos insuficientes y una resonancia magnética, los hombres de blanco le dijeron que tenía un cáncer con ramificaciones y que había que operarla con urgencia. A la cirugía siguieron las consabidas quimioterapias y radiaciones. En menos de dos años su familia estaba comunicando el sensible deceso de Inge, que se despidió de este mundo rodeada de Markus, sus hijos, su madre y su hermano Lars. Habían pasado 41 años desde su nacimiento.

Carina es la hermana mayor de mi amigo Pancho. De espíritu despierto y gran vitalidad, no tuvo la paciencia de hacer una carrera universitaria después del bachillerato. Con un diploma comercial en lo que verdaderamente le encantaba – la indumentaria – trabajó un tiempo en una boutique del Shopping de Alto Palermo hasta que le ofrecieron ser administradora de una tienda mucho más grande y elegante en el flamante Patio Bullrich. Amaba su trabajo pero también a su novio Arturo. Se casaron cuando ella tenía 25. Su hija Katia llegó dos años después. Eran una familia joven con los momentos de felicidad y las luchas domésticas propias de la institución matrimonial. Pero la energía que irradiaba era muy positiva. Con un estoicismo digno del espartano más recio, soportó el diagnóstico de cáncer al estómago y las consiguientes operaciones así como los estragos de sus terapias químicas y radiaciones. Disfrutaba cada momento que podía pasar con Katia, con Arturo y con Pancho. Tuvo una fase de recuperación que le bastó para que su hermano la invitara a viajar con él a Florianópolis, lugar que desde siempre le había hecho mucha ilusión conocer por las hermosas playas que bordean la isla de Santa Catarina. Poco después del viaje vino la recaída y a las dos semanas de cumplir treinta, Carina no resistió más.

Mari es la segunda de mis hermanas. Me lleva dieciocho años y once días. Desde que tengo uso de razón, o sea ya Mari bastante grandecita, siempre se ha llevado como perro y gato con nuestro padre. Ambos son muy volubles, irascibles y violentos. Comparten en cambio un apetito indomable que se traduce por lo menos en unos 20 a 30 kilos de sobrepeso. Les encantan también las ensaladas y nadie las aliña tan rico como ellos con solo tres condimentos: aceite de oliva, vinagre y sal. El gran amor de Mari durante su infancia y juventud fue nuestro abuelo materno, al que llamábamos papacito y, por lo que me cuentan mis hermanos mayores, le encantaba subirse al carro con todos sus nietos apilados uno sobre otro, llevárselos a comer pollo a la brasa y luego los más ricos helados de Lima.

Dos décadas después, cuando yo lo conocí, ya había perdido completamente la razón y no reconocía ni a su mujer. Por esa época es que Mari, con su espíritu de aventura sin fin y una sed insaciable de conectarse con el universo, se fue a Nueva York con cien dólares en el bolsillo y sin permiso de residencia ni de trabajo. Como tantos otros inmigrantes ilegales, cuidó niños y limpió casas durante varios años hasta que pudo acogerse a una amnistía y conseguir la codiciada green card. En uno de sus primeros viajes, hizo una escala técnica de medio año en Venezuela para vivir en un ashram. De hecho nunca la vi tan delgada como después de aquel período venezolano. Tampoco nos sorprendimos cuando nos presentó a Jim, su voluminoso marido italo-americano, 31 años mayor que ella y tremendamente parecido de carácter a su bienamado papacito. Algún gracioso en la familia les puso de apodo Doble Cero. Tendrían unos cinco años de casados cuando los visité en Miami. Caminando con Mari al borde del Atlántico, me contaba que no soportaba vivir con Jim, que era tan celoso que no quería que ella consiguiera un trabajo ni saliera de la casa. Poco después su otelo tuvo un derrame cerebral y se quedó inválido. Mari recuperó parcialmente su libertad porque fue entonces que le diagnosticaron su primer cáncer.

Siguieron once años intercalados por un lado de cirugías y quimioterapias pero por otro también de periodos tranquilos y felices. Para su última fiesta de año nuevo, como si intuyera que no habrían más, me cuentan que se arregló y bailó hasta el amanecer. En mayo su estado se volvió crítico pero como era una persona muy fuerte recién a fines de julio consiguió desencarnar y reencontrar su origen divino. La quiero recordar como la vi bailando en el matrimonio de un amigo de la familia. Hasta ese momento nunca me había percatado del aguzado sentido del ritmo de Mari que evidentemente vibraba con la música en cada fibra de su ser.