domingo, 15 de mayo de 2011

BAJO LA FALDA DEL ESCOCÉS

Es la pregunta clave en materia de civilización escocesa: ¿qué llevan los tipos debajo de sus tradicionales kilts? ¿Alguna prenda íntima confeccionada especialmente para la ocasión? ¿Boxer shorts a juego con la falda? ¿O tal vez nada más que el aire puro de las highlands? Con estas dudas existenciales aterrizo en Edimburgo un mediodía soleado y tibio. Lo de tibio es relativo, pero para la capital escocesa +14°C son una temperatura de plena primavera tirando a verano.

Tengo la suerte de contar con una guía de primera – aborigen y complaciente – que no objeta mi propuesta de obsequiarnos con un desayuno típico a una hora atípica: son las 3 de la tarde, hora del mero Greenwich. Conociendo mis caprichos de vegetariano en vías de desarrollo, la buena Annie no se sorprende al verme pedir un full Scottish breakfast pero en la versión veggie o sea con frejoles dulces, huevo frito, tomates asados, champiñones y tostadas con mantequilla. Sin toda esa profusión de grasas animales en forma de jamones, salchichas, tocinos y morcillas.

Como buena escocesa enemiga del despilfarro, Annie me lleva a un bar lejos de la calle de los Príncipes y la Milla Real, calles reservadas a los comercios de souvenirs y engaña-turistas-bobos. Anécdota al margen: nos atiende un comunicativo italiano, lo cual es casi redundante, que nos cuenta que el dueño del local es turco. Welcome to global Scotland!

Una vez repuestas las fuerzas caminamos hacia Holyrood. Ahí está el palacio donde se alberga la reina cuando cumple con su régimen obligatorio de pasar por lo menos diez días al año en tierras de sus vasallos norteños. Frente al aguijón inglés en la carne escocesa se yergue el surrealista edificio del Parlamento Escocés. Después de casi tres siglos sin gobierno autónomo, Tony Blair cumplió con su promesa de otorgar más autonomía a la región más septentrional del reino. No conozco los pormenores, pero a juzgar por el nombre – Enric Miralles – un arquitecto de Cataluña, otra nación oprimida por un gobierno centralista, fue el elegido para erigir el nuevo Parlamento Escocés.

En la plaza donde tan simbólicamente se besan autonomía y dependencia, comienza la subida a la cornisa de Salisbury, un mirador natural resultado de millones de años de actividad volcánica. Optimistas se regalan con el mejor panorama de la ciudad, el puerto y el fiordo del Forth. Pesimistas se lanzan desde las alturas de la cornisa con la certeza de aterrizar en el más allá.

Annie y yo, que todavía tenemos una media de esperanza de vida de 30 a 40 años según las estadísticas actuales, disfrutamos el paisaje antes de regresar al llano y volver a subir en dirección contraria hacia Calton Hill. Tal vez está allí el origen del sobrenombre de Edimburgo como la Atenas del Norte. De hecho, en la cima de la colina se yergue una columnata estilo templo griego que se quedó a medio construir en el siglo XIX. Para quien le tiene miedo al montañismo, Calton Hill es la alternativa ideal a la cornisa de Salisbury. Con sus caminos cuidados y banquitas de parque, invita a pasar un buen rato en las alturas de Edimburgo. Por las noches, la colina cambia de función, convirtiéndose en un movimentado centro de ornitología masculina.

Tanto panorama da sed. Caminando por las calles del New Town, el primer ensanche moderno de la ciudad hacia el norte, entramos al bar Guildford Arms, pequeña joya de arquitectura británica, donde brindamos por el buen clima de Escocia con sendos whiskies, single malt de 18 años, por supuesto.

Al calor del Scotch, logré superar la barrera del pudor y compartí con Annie aquella inquietud por lo que hay debajo de un auténtico kilt. Muy fácil, me contestó con picardía: si lo usas al estilo regimental, en el ejército escocés por ejemplo, la regla es no llevar ninguna prenda debajo. Incluso hay un inspector de kilts que pasa revista al batallón con una vara en cuyo final se encuentra un espejito para verificar que los aguerridos defensores de la patria no violen el reglamento. En plan privado, en cambio, el usuario es libre para cubrirse sus naughty bits con la prenda de su preferencia. ¡Gracias, Annie!

martes, 19 de abril de 2011

DELICIAS DE LIZ

En esta vida es esencial tener buenas amigas – y si además del cariño están dotadas de una inteligencia aguda, como Beatrix, mejor aún. Ella tuvo el gesto de enviarme hace un tiempo el libro EAT, PRAY, LOVE (COME, REZA, AMA) de Elizabeth Gilbert. Para mi buena suerte, lo terminé de leer antes del lanzamiento de la película homónima protagonizada por la pretty woman Julia Roberts. Digo suerte porque a veces, cuando lees el libro después de ver la película, las caras de los actores se meten entre las páginas y te matan la imaginación. Ya me pasó con El amor en los tiempos del cólera: trataba de sacarle a Florentino Ariza la cara de Javier Bardem pero no lo logré.

„Quiero que escribas algo como esto“, reza la tarjeta que contrabandeó Beatrix dentro del libro antes de enviármelo. Menuda tarea. Déseme un año de licencia con goce de haber para viajar por el mundo, cuatro meses en Italia, cuatro en la India y cuatro en la isla indonesia de Bali. Estoy seguro de que sacaría algo simpático. Ese es el itinerario que se fijó la intrépida Liz Gilbert después de un doloroso proceso de divorcio, al darse cuenta de que no quería seguir casada ni ceder a la presión social de tener hijos por el mero hecho de haber cruzado el mágico umbral de la treintena.

Como en aquel momento era ya una escritora con cierto renombre, consiguió una editorial dispuesta a financiar parcialmente ese sabbatical con la intuición de que saldría algo sustancioso de aquella triple aventura: comer y disfrutar la vida en la bella Italia, reconectarse con su origen divino en la mística India y finalmente buscar el equilibrio entre las pasiones mundanas y sus inquietudes espirituales de la mano de un centenario chamán balinés.

Usando como metáfora las 108 perlas del japa mala – aquellos collares de cuentas hindúes precursores de nuestros católicos rosarios, Gilbert divide los 108 capítulos de su historia en tres bloques de 36 capítulos para cada uno de los países visitados. De los excesos enológico-culinarios romanos pasa así a la austeridad de un ashram indio. De los más intensos momentos de meditación, al bullicio de la ciudad balinesa de Ubud. Y todo con un lenguaje claro, entretenido, con un humor sutil, que hace que la lectura sea un verdadero placer.

En cada uno de los lugares visitados merecen mención especial los entrañables personajes secundarios que Liz dibuja de modo tal que te quedas con ganas de salir inmediatamente a Roma y buscar a Giovanni, volar a India y conversar con la sabionda de Tulsi o visitar a la traviesa Wayan en Ubud. De hecho, Gilbert ha desencadenado un boom turístico hacia la isla indonesia, incluyendo circuitos que te llevan a conocer a las personas y los lugares descritos en la novela.

Intrigado por saber más de Liz, vi algunas entrevistas en YouTube donde esta encantadora cuarentona de Nueva Inglaterra cuenta anécdotas de su trayectoria y habla acerca del proceso creativo. „Con mis primeros libros, los críticos decían que escribía como hombre. Sin saber exactamente a lo que se referían, lo asumí como un elogio... Diez años después de estar escribiendo sobre hombres y masculinidad, sale EAT, PRAY, LOVE, se convierte en un mega-éxito y de repente hablan de mí como autora de chick-lit, literatura para mujeres, y estoy casi segura de que esto no es un elogio“ cuenta Liz con la picardía que la caracteriza.

El hecho es que entre escritura de machos y chick-lit, Liz se ha convertido en una de las autoras más leídas en todo el mundo. La secuela de COME, REZA, AMA se llama COMMITTED (COMPROMETIDA) y en ella Liz cuenta la cola que trajo el romance insular que comienza en Bali con un australiano de origen brasilero. Siendo los dos sobrevivientes de divorcios dolorosos, Felipe y Liz se juran no casarse nunca...hasta que el Departamento de Migraciones de los EE.UU. deporta a Felipe al regreso de un viaje al Asia. En respuesta a sus súplicas desesperadas, las autoridades les dicen que casarse es la única manera de garantizar a ambos la libertad de entrar y salir del home of the brave and land of the free. Y siendo Liz escritora, no encuentra mejor manera para reconciliarse con el matrimonio que escribir sobre la historia de tan majadera como milenaria institución social.

En COMMITTED, Liz intercala sus estudios socio-históricos con la peregrinación por varios países de Indochina a la que se ven obligados Felipe y ella hasta que se regularice la situación legal de su prometido-a-pesar-suyo y puedan regresar a los EE.UU. Es muy diciente la frase que a modo de subtítulo aparece en la portada de la edición inglesa: una escéptica hace las paces con el matrimonio. Sin duda, una lectura obligatoria para todo candidato a dar ese paso, para aquellos que ya lo dieron y siguen felizmente casados y también los que fracasaron en el primer o segundo intento pero no descartan una recaída.

lunes, 11 de abril de 2011

BAILANDO Y BESANDO

Viena, marzo / abril de 2011.

En su sexta edición, el show televisivo Dancing Stars introduce un elemento tan inédito como controvertido. Hasta el momento, el mundialmente exitoso formato en el que diversas estrellas locales – dotadas de una compañera o compañero profesional de baile – le sacan viruta al suelo con un fin benéfico, constaba siempre de parejas mujer-hombre. Hasta que invitaron a participar al vienés Alfons Haider.

El atractivo y polifacético cincuentón, conocido en Austria no solo como actor, cantante y presentador de TV sino también por haber asumido públicamente su homosexualidad en 1997, puso una condición: que su pareja de baile fuera otro hombre. Movidos seguramente por un interés tanto publicitario como progresista, los ejecutivos de la cadena nacional austriaca ORF le dieron el visto bueno y al publicar la noticia se armó un escandalete mediático en el país de Mozart, Sigmund Freud y el Danubio que ya no es tan azul.

Portando el estandarte de los críticos estaba ni más ni menos que Niki Lauda, el ex-campeón de F1. „No quiero que mis hijos vean en un canal público a un hombre bailando con otro hombre“ lo cita el diario alemán Welt Online. En su opinión había que vetar el programa. Proveniendo de un país católico, Niki – como muchos – probablemente prefiere que los gays sean invisibles, que hagan sus cosas por lo bajo, sin escándalos, sin llamar la atención. Por lo que respecta al hecho de que bailen hombres con hombres, tal vez Herr Lauda desconoce que hay muchas danzas populares austriacas en las que bailan hombres con hombres.

Dos anécdotas curiosas alrededor del escándalo Haider:

1 - La pareja Dancing-Stars del presentador, el bailarín ucranio Vadim Garbuzov, se autodefine 100% heterosexual.

2 - Un austriaco famoso con el mismo apellido, Jörg Haider, solo 7 años mayor que Alfons, líder de un partido ultraderechista y xenófobo, dio pie a rumores de que llevaba una doble vida. Extraña coincidencia que horas antes del accidente fatal que segó su vida en el año 2008, visitara un local gay y que su secretario personal dijera poco después de la muerte de su jefe que había perdido al hombre de su vida.


Lima, febrero de 2011.

Un grupo de activistas pro-derechos gays tuvo la provocativa idea de montar un besuqueo colectivo frente a la catedral el día de San Valentín y terminó encajando una desmesurada golpiza de parte de la policía. Siete días después se repitió la actividad pero esta vez sin violencia. Solo con una cadena de oración de conservadores católicos a la espalda de la catedral para hacer contrapeso a los atrevidos besos de chicos con chicos y chicas con chicas. El rasgado de vestiduras tras la operación „Besos contra la homofobia“ se plasmó en ríos de tinta corriendo por todos los medios de la tan pacata como permisiva Ciudad de los Reyes.

Uno de los abanderados de la fracción contra la visibilidad del colectivo gay, el periodista deportivo Phillip Butters, sostuvo que si veía parejas de lesbianas o gays besándose delante del colegio de su hija, las sacaría a patadas de allí en caso de que no se retiraran a la primera o segunda amonestación verbal. „Los homosexuales tienen que entender que son minoría“ – sabias palabras de Mister Butters.

Revisando lo que comenta la gente sobre la postura Butters, veo claramente dos frentes: el tradicional criollo que se identifica con él, si bien no se atreve a expresar públicamente esa opinión por temor a ser calificado de homofóbico. Por otro lado, para alivio del colectivo LGBT, hay también bastantes personas que no temen que sus hijos sean testigos de semejantes escenas de amor. Y si los pequeños les preguntan por qué se besan dos hombres o dos mujeres, les explican con soltura que si bien la mayoría de personas sienten atracción por el sexo opuesto, en la naturaleza hay una minoría – algo menos de un 10% según estadísticas modernas – que prefiere a alguien de su mismo sexo. Punto final.

Pero Butters, al margen de su espíritu protector de la infancia, también tiene su lado progre que vale la pena considerar: dice que hay que desmariconizar (sic) la TV y se refiere en concreto a la manera en que son ridiculizados los gays en la TV peruana, caricaturizándolos como travestis o „peluqueras amaneradas“. ¿Por qué no salen en la tele gays como el vecino de al lado?

martes, 5 de abril de 2011

EL CASO DE ÁNGELES CASO

Conociendo mis andanzas caboverdianas, mi buena amiga Eliza tuvo el detalle de informarme inmediatamente que el libro ganador del Premio Planeta 2009 narraba la vida de una mujer de aquellas islas perdidas en medio del Atlántico. Como vivimos en una sociedad de la información, la noticia fue recibida con entusiasmo pero olvidada tan pronto como entraron nuevos titulares en esta cabeza de colador. Hasta varios meses después, cuando en una librería española me detuve frente a la novela que me había recomendado Eliza: Contra el viento de Ángeles Caso.

La novela empieza con la biografía de una mujer española llena de inseguridades, con una historia familiar bastante traumática. Ya en la primera página me topé con un pasaje de esos que se te meten bajo la piel porque la narradora se describe a sí misma como una persona que no da pasos conscientes, regidos por la razón y un luminoso objetivo a lo lejos sino simplemente flota ahí dentro, en la vida, agitando los brazos para no ahogarse. Es decir se describe como una persona con características temerosamente parecidas a mí mismo. Vamos por buen camino, pensé, esto promete.

A modo de contrapunto de la ibérica histérica, está la biografía de Maria da Conceicão Monteiro Soares, más conocida como São. Nace São en la isla de São Nicolau, uno de los lugares más deprimidos de todo Cabo Verde. Su madre emigra a Europa cuando São es todavía muy pequeña y la deja a cargo de Jovita, una especie de comadrona del pueblo de Queimadas. En la escuela, São se destaca por su aguda inteligencia causando las delicias de su entrañable maestra Natércia.

A raíz de la muerte de una amiguita de su misma edad por falta de atención médica, surge en São el deseo de seguir la carrera de medicina. São no entiende por qué la gente con dinero sí puede recibir atención médica y en cambio en su pueblo se muere una niña por cualquier insignificancia. São siente la vocación de atender también a la gente con pocos recursos. Pero todas sus ilusiones terminan el día que Jovita le dice que ya no tienen dinero para pagar el colegio y que São tendrá que ir a trabajar como empleada doméstica en la capital.

Pasa el tiempo y se complican las cosas: como tantas domésticas, São es acosada sexualmente por su patrón y decide seguir los pasos de una amiga que se fue a trabajar a Europa. Lisboa es la puerta de entrada de caboverdianos al Viejo Mundo y es ahí también donde São aterriza, se enamora y tiene un hijo con el que parece ser el hombre de su vida. Hasta el día que llega borracho a la casa y le da la primera y única pateadura que São aceptará encajar. Siguiendo el consejo de una amiga, se va con su hijo a Madrid y por diversos contactos entra a trabajar como asistenta en casa de la narradora que se encuentra sumida en una depresión por la ruptura de su matrimonio.

„La furia y el fuego“ es el título que lleva el capítulo donde se produce este encuentro de dos mundos: la narradora deprimida y São. A medida que ambas mujeres se van compenetrando, la patrona se entera de las peripecias por las que ha pasado su asistenta. Pero a pesar de todas ellas, muchísimo peores que las suyas propias, São está allí, fuerte, serena, alegre. En la interacción de ambas está la clave que sacará a la narradora de su depresión.

Más adelante, São regresa a Lisboa y se produce el momento de más tensión de toda la novela: su hijo, André, es secuestrado por el padre que se lo lleva a su país, Angola. ¿Podrá São recuperar al pequeño André? Imposible adelantarles el showdown.

No poca gracia me hizo escuchar a la autora confesar, en una entrevista en la tele, que nunca había pisado Cabo Verde. En ese instante comprendí también por qué en la novela aparece Carvoeiros como puertito de pescadores, siendo el caso en realidad que está al borde de un acantilado donde la pesca es impracticable. También busqué a Jovita o alguien que la hubiera conocido en la villa de Queimadas pero para mi mala suerte tuve muy poco tiempo y no logré conseguir información alguna.

Los dejo con una bella imagen de la isla de São Nicolau, el valle donde comenzó la vida de São.

miércoles, 23 de marzo de 2011

ALMANYA NOQUEA A THE FIGHTER

No habían pasado ni treinta minutos desde el inicio de la película cuando un codazo bien intencionado de mi primo Jose me obligó a abrir los ojos para ver cómo Micky Ward – el personaje interpretado por Mark Wahlberg – se quedaba dormido en el cine al lado de su novia. En mi modorra y en mi sopor no sabía si lo estaba soñando o si era verdad lo que me parecía increíble: que en la pantalla grande estuviera sucediendo lo mismo que me estaba pasando a mí en ese momento. Estoy seguro de que Micky tenía razones mucho más loables que yo para dormirse en su película, ciertamente el entrenamiento habría sido muy fuerte, el estrés de las peleas, los golpes recibidos. En mi caso, el diagnóstico era muy simple: aburrimiento crónico y falta de enganche con la materia pugilística.

Valga en mi defensa el argumento de que entré a la sala 6 del cine Metropolis sin saber qué película iban a dar, lo que acá llaman el pre-estreno sorpresa o sneak preview night. Desde que leí los nombres de Mark Wahlberg y Christian Bale en los créditos iniciales, sabía que no iba a ser una película de mi especial agrado... pero no contaba con la velocidad del efecto válium.

¡Qué diferencia con Almanya! Vi hace menos de una semana el debut cinematográfico de las hermanas turco-germanas Nesrin y Yasemin Samdereli (se pronuncia shámdereli para que no suene italiano). El hilo conductor es el conflicto de identidad de Cenk (chenk), un niño de padre turco y madre alemana, a raíz de un incidente en la clase de deportes: los chicos forman dos equipos, uno de alemanes y uno de turcos pero Cenk no es aceptado en el uno por ser turco ni en el otro por ser alemán. En la siguiente reunión familiar, Cenk desata una discusión en las tres generaciones de la familia Yilmaz. ¿Somos turcos o alemanes?

A modo de contrapunto al debate familiar, su prima Canan (se pronuncia chanan) le va contando a Cenk en flashbacks cómo el abuelo Hüseyin se robó a la abuela Fatma en un pueblo de Anatolia oriental, el viaje a Alemania, los primeros años en el nuevo entorno con los problemas de choque cultural y la barrera del idioma. Enriquece estos dos hilos narrativos el descubrimiento embarazoso de Canan, estudiante universitaria que vive con su novio inglés y no sabe cómo va a reaccionar su familia cuando se enteren de la inminente maternidad. A su vez, Hüseyin ha comprado una casa vieja en su pueblo turco sin decirle nada a nadie con el propósito de llevarse a toda su prole a pasar unas vacaciones juntos en el terruño anatólico y aprovechar para restaurarla. Pero no todos sus descendientes están entusiasmados con la propuesta y tendrá que convencerlos con argumentos irrefutables.

En el improbable caso de que lean esto personas poco familiarizadas con la realidad social germana, tengan en cuenta que la colonia turca constituye el mayor grupo étnico de extranjeros en este país. No hay semana sin titulares relativos a la inmigración, integración y asimilación en que no participen miembros ilustres de este colectivo. Por un lado la población alemana envejece cada vez más y está estadísticamente demostrado que la inmigración es indispensable para compensar esa pirámide sin base. Pero a nivel gobierno es muy difícil lograr un consenso sobre qué tipo de inmigración fomentar y cómo controlarla así como sobre la manera de lograr una más completa integración de la segunda y tercera generación de inmigrantes turcos.

Me parece que el encanto de Almanya, cuyo título significa en turco Alemania, está en la aproximación al tema integración con los ojos de un niño de siete años. Muy lograda también la combinación de comedia y tragedia que te transportan de la risa al llanto con la sensación de estar sentado en una mullida alfombra persa, perdón, turca. Se me ocurren escenas inolvidables como aquella cuando Hüseyin llega a Alemania después de recoger a su familia y les enseña el baño de la casa. Fatma, señalando el wáter le pregunta ¿qué es esa silla rara? O una de las escenas finales, como salida de un cuento de Borges, en que los personajes aparecen en su versión adulta abrazando a su mismo personaje de niño. Verdaderamente entrañable. Muchas gracias al binomio Samdereli y ojalá que sigan enriqueciendo la pantalla grande.

sábado, 19 de marzo de 2011

BIOGRAFÍA EN CINCO AGUAS

Hasta los veintiún años viví a diez minutos andando del Océano Pacífico. El mar de Lima es tan frío y gris como el Mar del Norte o el Báltico a pesar de estar doce grados al sur del Ecuador. Una caprichosa corriente marina nos trae el agua fresquecita desde la Antártida. En la misma latitud, pero sobre el Atlántico, está Salvador de Bahía, donde el mar y el clima son realmente tropicales. Lo que a Lima le falta en calidad playera gracias a esa congeladora líquida de apellido alemán, le sobra en exquisitos pescados, mariscos y temperaturas primaverales. Mis primeros recuerdos en esa playa de piedras redondas y ridículo nombre hawaiano están ligados a la tía Lila y las fresas con leche condensada que nos llevaba en un práctico tupperware. Sentados en esas mismas piedras, mi hermano mayor respondíó alturadísimamente a una inquietud que me tenía muy preocupado a la tierna edad de siete años: ¿por qué se le pone a uno a veces la cosa dura? Los revolcones que me dieron las olas entrando y saliendo de él me enseñaron a tenerle mucho respeto al mar, cosa que me ha sido muy útil en mis posteriores encuentros con el Atlántico, Mediterráneo e Ìndico. Pero en ningún otro mar del mundo se puede jugar tan rico a la "licuadora" como en la miraflorina playa Waikiki, tratando de esquivar el remolino que se forma entre la ola que va y la que regresa. Que quede claro: si Magallanes lo hubiera conocido en la Costa Verde de Lima, de ningún modo lo habría bautizado Pacífico.
En 1988 cambié ese mar frío y gris por un río frío pero cristalino que baja de la Selva Negra y desemboca en un canal que lleva al Rin. Con su anchura de quince metros y apenas veinte a cincuenta centímetros de profundidad, el Dreisam no se presta para proezas natatorias, a lo sumo para refrescarse los pies una tarde calurosa de verano. Para nadar, mucho más agradable es la laguna Flückiger, situada en lo que fue la exhibición floral de Friburgo, muy cerca del centro. Algo tendrían esas aguas pues mi plan era pasar modestos cinco meses en sus orillas y al final se convirtieron en quince años. El primer primero de mayo que pasé allí, circundando la laguna en bicicleta, no podía creer que hubiera tanta gente tomando sol en pelotas. Pero obediente al dicho a donde fueres haz lo que vieres, hice lo que vi. Recuerdo especialmente tres atardeceres en esas orillas: uno, en el verano del 90, cuando conversando con Beatrix llegamos a la conclusión de que los revolcones horizontales eran un asunto húmedo y resbaladizo bastante sobrevalorado y enrollante, que no íbamos a perder nuestro tiempo con eso. Tres meses después cambiamos de opinión. El segundo atardecer, en junio del 91, cuando me sonrió un rubicundo muchacho inquieto con el que luego fui a tomar una tímida cerveza en el chiringuito de la laguna. Y el último, en el verano del 97, libando vino tinto y comiendo brezeln con Marcelo y Verena que estaban a punto de sellar una estratégica unión que nunca llegó a ser.
Pensando inocentemente que la mudanza a Basilea era mi primer paso de retorno hacia el sur, aunque fueran tan solo 72 km, cambié esa laguna por un torrentoso río en 2003. Qué maravilla salir del trabajo corriendo – es decir en bicicleta – y enrumbar al malecón del Rin para un delicioso chapuzón en el río. Sobre todo cuando nos tocó el verano del siglo. Pero los otros también, porque por ese bördli circulaban no solo las refrescantes aguas azules del Rin sino todo un zoológico de bichos raros desde jubilados calenturientos, nadadores inveterados, parejitas exhibicionistas, fumones empedernidos hasta aventureros casuales en busca de un cuarto de hora de calor humano. Allí entablé amistad vitalicia con Giacomo y Monsieur Rémy y otras menos duraderas con veraneantes magrebíes, de Tailandia, Sri Lanka, Italia y lugares menos exóticos como Alsacia, Suiza y Alemania. Allí conocí al loco Claudio, un fetichista de string tangas que pasa casi todos los inviernos nórdicos luciendo su colección en bellas playas caribeñas. Al padre Fernando, tenaz cazador de aventuras amorosas en el poco tiempo libre que le deja su vida parroquial. Incluso fuera de la temporada de baños, pasear por el malecón del Rin sigue siendo una de mis actividades favoritas cada vez que regreso a Basilea.
Trescientos kilómetros Rin abajo, el río recibe por su derecha las aguas de su segundo afluente más importante: el Meno o Main, como se le llama en alemán. Tantas esclusas tiene este río en su curso que el último tramo es una masa de agua marrón inmóvil, sin vida. No sirve como el Rin para baños deliciosos. Cuando me mudé del Rin al Meno a fines del 2004, había cerca de la ciudad de Frankfurt una laguna en medio del bosque con características similares al bördli. Pero como a los propietarios del terreno no les gustaba el éxito ni el público de la playa, fueron rellenando la laguna poco a poco con tierra y piedras hasta no quedar sino un estanque para patos y uno que otro cisne. En estos siete años todavía no he encontrado nada que se compare con el Flückiger ni mucho menos con el Rin. Hay lagunas con playas municipales pero, como esta región está muy densamente poblada, cuando la calor aprieta el gentío dentro y fuera del agua hace que la experiencia sea todo menos memorable. No queda sino coger el tren a Basilea o un avión que me lleve de vuelta al mar aunque sea tan solo por unos días o semanas.
Después de haber pasado cuatro meses viajando por el archipiélago, ya siento mías también las atlánticas aguas de Cabo Verde. Me encantan Tarrafal de Santiago y Santa María de Sal. Tarrafal es una bahía pequeñita, podría parecer una cala de Mallorca si no fuera por la tez morena de sus pescadores. Queda felizmente al otro extremo de la capital y en días de semana no se tiene que compartir la playa con más de veinte personas. El pueblo es tranquilo. No pasa nada. Santa María es totalmente distinta. Es el resort número uno y el de más trayectoria de Cabo Verde. Lo descubrieron las tripulaciones de la South African que tenían que hacer una pausa en sus vuelos intercontinentales cuando por el apartheid les estaba vetado el espacio aéreo africano. Luego se corrió la voz, llegaron los rusos de Aeroflot que hasta se construyeron un hotel exclusivamente para sus tripulantes, los italianos, alemanes, ingleses, franceses y españoles. La playa de Santa María son once kilómetros de una deliciosa arena blanca-dorada donde hay tanto espacio que es imposible llegar a tener ni remotamente la sensación Rimini. Puedes caminar kilómetros de kilómetros mojándote los pies en el verde del mar. Pero también son mías la playa de Lajinha que llamo cariñosamente la Copacabana de Mindelo, Salina con sus curiosas formaciones rocosas en Fogo y las piscinas naturales de Faja de Agua en Brava y Juncalinho en Sao Nicolau.

lunes, 7 de marzo de 2011

PANTA, LA SELVA Y ROGER

Parafraseando a Santiago Roncagliolo, los libros de Mario Vargas Llosa están en el ADN de todos los escritores del Perú y por un camino u otro siempre nos topamos con él. En el artículo que le dediqué en este mismo espacio a la Feria del Libro de Frankfurt en octubre del año pasado, coincidiendo con la noticia del Nobel, llamé a MVLL escritor de cabecera de mi familia. De hecho mi primer recuerdo asociado a él es curiosamente una pelea entre mi padre y mis hermanos mayores porque alguno de ellos había cogido la novela de Pantaleón y desde entonces el libro había desaparecido de la biblioteca paterna. Tratándose de literatura adulta, yo que por esas épocas contaba con menos de diez años de edad simplemente ignoré el entuerto... hasta que seis años más tarde me llevaron a ver la película.

Como hace mucho que no vivo en el Perú, unos días atrás recién pude leer la edición especial del suplemento Dominical del Comercio dedicada al „Nobel más esperado“. Una de las columnistas, la guapa sexóloga peruana Romina Vaccarella, comienza su artículo titulado Los caminos del deseo con un recuerdo de adolescencia que me impresionó mucho por ser casi idéntico a un recuerdo mío. Me permito reproducirlo cambiando el título de la película:

„Recuerdo el impacto emocional y erótico que tuvo en mi adolescencia la película „Pantaleón y las visitadoras“ (no la de Lombardi sino la primera co-producida por el mismo Varguitas y rodada en los años 70 del siglo pasado en la República Dominicana – N.A.); el solo hecho de asistir con mis padres – yo tendría unos doce o trece años – me hacía sentir un tanto „clandestino“. Sabía que entraba con ellos a ver una película no precisamente para menores y eso generó en mí una cierta sensación transgresora, permisiva y confusa que me hizo sentir, por qué no decirlo, algo excitado.“

Recuerdo cómo llegamos caminando al ahora difunto cine San Antonio, compramos los boletos en caja con los soles que mi padre llevaba prolijamente doblados en el fondo de su bolsillo del pantalón – nunca lo vi usar una billetera – y luego la mirada inquisidora del controlador como diciendo y este mocoso qué pito toca en esta peli. Solo que el mocoso iba acompañado de papá y mamá así que adelante joven. Me halagaba el hecho de que me llevaran a ver con ellos cine „para mayores“, me sentí adultísimo admirando a Camucha Negrete en el papel de Brasileña y viendo al propio Mario en un rol secundario de un minuto como comandante de la guarnición que recibe un convoy de visitadoras.

La Iquitos de la película no tenía mucho de la que yo recordaba haber conocido de pequeño. Muchos años después me enteré de que el gobierno militar peruano de turno había vetado la realización del proyecto en la Amazonía y por eso el equipo de producción optó por llevarlo a Santo Domingo.

Hace poco descubrí casualmente un vídeo en el que MVLL cuenta lo complicado que fue el rodaje por los dos huracanes que asolaron el set caribeño: uno meteorológico que destrozó el decorado y otro made in México llamado Katy Jurado, la diva que Mario eligió para hacer de Chuchupe y que a las cinco semanas tuvo que echar porque no soportaba sus exigencias que iban desde aviones, barcos y guardaespaldas hasta un baño exclusivo para ella cuando en todo el set de filmación había tan solo dos cabinas sanitarias para actores y técnicos. Acá tienen el enlace:

http://www.youtube.com/watch?v=eGuLcEztG_E

Atando cabos, caigo en la cuenta de que la pelea familiar por la desaparición de Pantaleón coincide con el año en que a mi padre lo destacaron a Iquitos. El recuerdo más sensorial que me dejaron esos viajes a la vaporosa Amazonía es el momento de acercarme a la puerta del avión después del vuelo Lima – Iquitos para recibir una cachetada de aire caliente y húmedo. Inolvidables también los viajes que hicimos en hidroavión sobrevolando el Amazonas, el Napo, el Curaray y viendo de lejos el Putumayo.

El mismo Putumayo donde cien años atrás un celta sereno que soñaba con la independencia de su Irlanda natal, Roger Casement, fue testigo en más de una oportunidad del oprobioso trato que los caucheros daban a los indígenas de la región. Un gran tipo, el pelirrojo Roger, denunciante de abusos y gran amigo de los muchachos musculosos de la llanura amazónica.

Cuando comencé a leer El sueño del celta, me llamaron la atención las insinuaciones del narrador dirigidas al interés manifestado por Roger hacia la anatomía masculina tanto de los muchachos del Congo belga como de las ciudades amazónicas. Fue una grata sorpresa toparme con un entrañable personaje protagónico de sexualidad heterogénea dibujado por MVLL. Lo triste es que Roger, víctima de su época y su educación, se tuvo que conformar con encuentros furtivos y de corte comercial. Cuando ya se había consagrado por entero a luchar por la independencia de Eire, se dejó seducir por la belleza de un mata-hari noruego que lo delató y contribuyó a que Roger terminase en la horca. ¡Al Putumayo con el traidor escandinavo!