jueves, 28 de octubre de 2010

FIERAS EN LA FERIA

Dicen aquí que la Feria del Libro de Frankfurt es la más grande del mundo. Comercialmente no cabe la menor duda: al fin y al cabo estamos en una ciudad con una tradición ferial de mil años y – pasando a tiempos modernos – en la capital financiera de la Unión Europea. Los tres primeros días del evento están reservados exclusivamente a especialistas del medio. Se trata de una batalla campal entre editoriales, traductores, agentes, libreros, escritores y distribuidores por los mejores contactos y los más jugosos contratos, la compra y venta de derechos de autor, licencias de traducción, firma de convenios. Y eso que hay malas lenguas que aseguran que los verdaderos tratos gordos se cierran los días previos a la Feria en el Bar de los Autores, situado junto al lobby del añejo hotel Frankfurter Hof, que significa la Corte de Frankfurt. Por su lado, el público bibliófilo „de a pie“ tiene que armarse de paciencia hasta el sábado y domingo en que se abren las puertas a todo el que aporte sus modestos catorce euritos en la entrada.

Para mí esta edición de la Feria no es igual a la del 2009, en que modestamente figuraba mi nombre en el programa oficial. No confabulo ni soy objeto de confabulación. Paseo sin rumbo definido por los enormes pabellones. Sé que mis amigos hispano-porteños Óscar y Paco quieren asistir al diálogo de las Rosas y, si llego a tiempo, me voy a apuntar.

Es el encuentro de dos escritoras españolas, Rosa Regàs, invitada especialmente desde Cataluña por el Instituto Cervantes, y Rosa Ribas, treinta años más joven que la primera, también catalana pero residente en Frankfurt y, por si fuera poco, vecina mía. Conversan las Rosas sobre sus experiencias como lectoras, como productoras, como editoras. No se habían visto nunca pero se percibe que tienen buena química. Contrasta el rojo vivo del pelo de Regàs con los cabellos oscuros y mechón Tongolele de Ribas. Terminado el coloquio, Óscar y Paco salen corriendo a su próximo compromiso, la Tongolele también. La estresada directora del Cervantes, cuya agenda le impide cumplir con su papel de anfitriona, se despide muy amable de la Regàs y le dice espérame acá que te vengo a recoger en cuarenta y cinco minutos. La colorada la mira con cara de poco sueldo, ¿me vas a dejar sola, triste y abandonada en este recinto ferial?

Es el momento de intervenir. ¡Ud. no se va a quedar sola de ningún modo, Rosa! ¡Será un gusto acompañarla! Me mira con cierta sorpresa como pensando y este avechucho de dónde ha salido. Acomodo convenientemente dos sillas al lado de una mesa llena de copas de champán argentino y bocaditos salados. Nos ponemos a conversar de sus viajes, del modo en que su familia tuvo que escapar a Francia durante la Guerra Civil, de cómo comenzó su carrera literaria después de los cincuenta, si bien por su trabajo como editora siempre había estado rodeada de libros. Hablamos de América Latina, ha estado en casi todos nuestros países. Me dice que es amiga y simpatizante de Evo. Ya entiendo por dónde va la cosa, la izquierda intelectual romántica europea. Le cuento de mi libro. ¿No tienes uno a la mano? me pregunta atenta. Por supuesto, si cabe en tu maleta te lo llevas con dedicatoria. Me lo recibe encantada, o al menos es lo que quiero creer, lo hojea y lo guarda en su cartera. Pasa por ahí un editor catalán, la saluda emocionado, yo fui al colegio con tu hijo, Rosa. Se abrazan, se despiden. Regresa la anfitriona y se lleva a su invitada de honor. Ha pasado casi una hora y por los altavoces se anuncia que la Sociedad Ferial les desea a todos los visitantes un buen viaje de regreso a casa. En buen criollo: nos están echando de aquí. Volveré mañana sin falta.

Segundo día. Llego recién por la tarde porque he estado ocupado toda la mañana haciendo diligencias. Visito a mis amigos del stand de escritores latinos en Alemania. Carlitos y Esther me miran con ojos grandes y llenos de expectativa. Estarás feliz con el premio, me dicen con una voz rebosante de miel. Premio? Qué premio? pregunto con inocencia y candor. Desde las noticias que me despertaron a las siete, no he vuelto a oír radio ni ver tele. Es Mario Vargas Llosa, escritor de cabecera de mi familia. No lo puedo creer pero siento que me invade una alegría sin fin celebrando al padre de Pichula Cuéllar, del Poeta, de Zavalita, del León de Natuba y de la chilenita. Al celestino de Chuchupe y Chupito, de Lucrecia y Rigoberto, de Julita y Varguitas, de Mercedes y Tomasito, de la muchachita esqueleto y Rafael Trujillo, de Florita y Olympia Malaszewska, de Koke y Teha'amana. En el stand de Alfaguara lo celebran con bombos y platillos. En el de Suhrkamp, editores alemanes de MVLL, la gran jefa Ulla Unseld-Berkéwicz tiene un problema: apenas cuentan con cuatro libros – ojo: cuatro libros físicos, no cuatro obras – de Mario en su exhibición. Al día siguiente se publicará en los principales medios una foto muy diciente de Ulla con „Das boese Maedchen“ en la mano, „Travesuras de la niña mala“.

Esa noche vamos con dos amigos al pizpireto Bar de los Autores. Como estamos de feria, no cabe ni un alfiler. En vista de que no hay servicio a mesas y ninguno de los presentes toma la inicitativa, me levanto, altivo y orgulloso, y pido en la barra tres copas de champán para brindar por „nuestro Nóbel“. Cuando la amable jovencita me dice el precio, siento una ansiedad que recorre la boca del estómago sigue por las paredes gástricas y llega hasta la mitad del duodeno, pero procuro que no se me note. ¡Te lo mereces, Varguitas!

Tercer día de feria. De un modo totalmente casual, me entero de que hoy está en la Feria la doctora Ruth Westheimer. Tiene casi cien años y con las justas llega al metro cuarenta. Es enternecedor verla sentada en una silla con sus piernas cortitas balanceándose porque no llegan hasta el suelo. Pero cuando esta pícara sexóloga entra en acción, por ejemplo en una entrevista, hablando con humor y toda la naturalidad del mundo de los beneficios de la masturbación, aconsejando sobre cómo realizar de un modo gratificante sexo oral, como abuelita leyéndoles cuentos a sus nietos, te cautivará desde la primera sílaba. Esta aguerrida precursora de la curvilínea boricua Alessandra Rampolla nació en Alemania entre las guerras y perdió a sus padres en el holocausto nazi. A ella la mandaron previsoriamente a Suiza. Más adelante peleó en el ejército israelí antes de emigrar a los EE.UU. y convertirse en la más célebre terapeuta sexual. Con la picardía que la caracteriza, Ruth dice en la Feria: yo soy un metro cuarenta de sexo concentrado.

martes, 19 de octubre de 2010

EL TESORO PERDIDO DE LA EMPERATRIZ

A las 18 horas con 11 minutos se abre la puerta-escalinata del jet fletado en el que acaba de aterrizar la emperatriz. Todo sucede tan rápido que con las justas puedo ver los enormes anteojos oscuros que lleva puestos así como la elegante gabardina con la que se protege del frío de octubre. Cinco segundos, dos apretones de manos y tres besitos después, ya está sentada en su limusina blindada conducida por una robusta agente del servicio de seguridad alemán, siguiendo a la escolta de motocicletas que le abrirán paso hasta su lujosa suite en el centro de la ciudad. Su personal de custodia le ha dicho que no es recomendable que vaya en el asiento delantero pero a la emperatriz le gusta y ¡basta!

Tres días antes, mi amiga Ruth me llamó preguntándome si tenía tiempo para asistir como intérprete a una delegación venida desde el sur de la tierra. Pensé que se trataría, como casi siempre, de gente de negocios, al fin y al cabo vivimos en un centro neurálgico en materia de finanzas y servicios. El país que la emperatriz gobierna es el invitado de honor de una importante feria y recién después de nuestra primera reunión con los clientes, caigo en la cuenta de que se trata del grupo de avanzada que tiene por tarea preparar la visita de tan egregio personaje.

Ruth se encarga de acompañar a la gente de cancillería, a mí me toca hacer lo propio con los agentes de seguridad de la dama en cuestión. Tenemos diferentes reuniones en el aeropuerto, el hotel, con la policía y los organizadores de la feria. El denominador común de todas ellas es la desesperación de las contrapartes germanas por no contar todavía con la información detallada de la visita de la emperatriz, faltando tan solo tres días para su arribo.

No podemos garantizarles que todo funcione correctamente si no contamos a tiempo con la hora exacta de llegada y su programa de actividades - pontifican una y otra vez los responsables de cada uno de los lugares visitados.

Apenas amanezca en la capital y dispongamos de la información se la haremos llegar - responden con su proverbial facilidad de palabra y no menos pontificalidad los amigos del cono sur.

Lo que las contrapartes alemanas no saben es que pasarán más de 48 horas hasta que puedan tener los detalles completos en sus manos.

Finalmente llega el momento de recoger a la emperatriz en medio de extremas medidas de seguridad. Algunos de los choferes contratados vienen de otros países y no tienen idea de cómo llegar al aeropuerto, pero se ofrecen para guiar a los otros. ¡Craso error! Felizmente salimos con bastante anticipación y podemos enmendar la ruta. Todos los vehículos se pre-concentran en una de las entradas a la zona aeroportuaria. Los del escuadrón de motocicletas se quejan porque llevan más de cinco horas esperando. Al momento de señalizar los vehículos de manera que correspondan al bosquejo de la policía, vemos que hay ciertas diferencias culturales entre el esquema de los locales y el de los visitantes. Una vez resuelto también ese tema, formamos la caravana y nos sometemos a un exhaustivo cacheo como corresponde a todos los bípedos aspirantes a ingresar a tan sacrosanto espacio.

Con la emperatriz a bordo del coche blindado, la comitiva abandona el aeropuerto en cuestión de segundos. A mí me toca quedarme al pie del avión para acompañar al cuerpo de seguridad que se encargará de recoger el equipaje de tan distinguida clientela junto con el material „sensible“ (léase: las armas de sus custodios). Me impresiona la cantidad de vestidos en sus respectivas fundas que desembarcamos de tan diminuta aeronave. Parece tener un alto sentido del orgullo patrio, pienso, mientras acomodo los estuches que llevan el nombre y las direcciones de diseñadores de su mismo país. Veo una pila enorme de paquetes de sospechosa apariencia pero al aproximarme descubro que se trata de botellas de agua mineral destinadas a aplacar la patriótica sed de la dama.

Con las dos camionetas llenas de ropa, agua y pistolas, nos dirigimos por fin al hotel. Esa misma noche no tengo ocasión de ver de cerca y con calma a la emperatriz. Ruth y yo esperamos una hora „por siaca“ pero luego los clientes nos mandan a nuestros respectivos hogares.

Al día siguiente comienza el programa de actividades de la dama. Con muy buen sentido del desfase horario, el primer punto de su agenda empieza a las tres y media de la tarde. Uno de los tres ascensores del hotel queda bloqueado y a disposición exclusiva de la señora. Como es usual en reuniones protocolares, cada participante se echa su discurso hasta que finalmente le toca el turno a la ilustre visitante. En otra sala del mismo hotel, el espigado ministro alemán de relaciones exteriores espera pacientemente desde hace más de quince minutos. A la emperatriz le gusta hablar y dar rienda suelta y espontánea a sus ideas. Al terminar su alocución, todo el público se levanta apurado pero madame solicita la traducción de sus ocurrentes palabras.

Tragándose su mala leche por la nada dulce espera, el ministro sale al encuentro de la emperatriz y le estrecha las manos con mucha cordialidad. No es la primera vez que se reúnen y ya sabe que la puntualidad no es una de las principales virtudes de su invitada. Antes del siguiente compromiso, la inauguración de la famosa feria en que su país es el invitado de honor, madame, fiel a sus principios, regresa a su suite. Lógico, no vamos a participar en tres reuniones seguidas con la misma ropa.

En mi función de auxiliar comunicativo, me toca una vez más acompañar el equipaje de la emperatriz en su camino al avión. Cuando llegamos al aeropuerto, empieza a lloviznar pero eso no nos impide transportar los numerosos y patrióticos trajes de madame, las valijitas con las armas y las botellas de agua sobrantes para las próximas estaciones de su visita. Finalmente nos avisan por celular que la comitiva ya salió de la feria y estará en diez minutos en la rampa. La escolta de oficiales de policía ocupa su lugar flanqueando la alfombra roja que pronto hollarán imperiales zapatos de vertiginosos tacos.

Para la limusina blindada, baja la estrella de la noche, aprieta dos manos y desaparece en la aeronave. De otro de los carros salen dos personas con cara de preocupación. Es indispensable ir inmediatamente al otro lado del aeropuerto, nos dicen, al terminal de la gente de a pie, a recoger algo muy importante que lleva uno de los cortesanos de la emperatriz. Conociendo las dimensiones de este mega-aeropuerto, está claro que la operación no tardará en ningún caso menos de media hora. Los efectivos de seguridad alemanes, que pensaban que podrían irse por fin a casita, ponen cara larga porque no están autorizados a retirarse hasta que el avión esté en el aire. ¿Qué pasa? ¿Qué cosa tan importante necesita madame como para paralizar a toda la comitiva? Con dos chicos de seguridad, salimos volando en uno de los carros de la empresa aeroportuaria a buscar el tesoro perdido de la emperatriz. Nos dan un estuche que, una vez dentro del coche, sentimos la imperiosa necesidad de abrir. Nuestros ojos no creen lo que ven: lápiz labial, sombras, cremas. ¿Para esto nos hacen detener el reloj?

jueves, 30 de septiembre de 2010

HERMANAS Y CANGREJOS

Inge es la hermana mayor de mi amigo Lars. Terminando el colegio se fue a estudiar hostelería en un reputado instituto de Suiza. Con el título en el bolsillo más sus vastos conocimientos de idiomas, inmediatamente la reclutaron como aeromoza de Swissair. Disfrutó muchísimo volando por el mundo durante la época de oro de la línea aérea helvética y de paso gozaron también sus padres y hermanos con los privilegios familiares de una chica de alto vuelo. En uno de sus viajes, Inge conoció a bordo del avión al que sería su futuro marido, Markus. Siguió volando durante el noviazgo y primeros años de matrimonio, pero cuando llegaron sus hijos Per y Stefanie quiso dedicarse íntegramente a su familia. Una vez que su hija menor entró a la secundaria, pensó ha llegado el momento de retomar mi carrera, no necesariamente en mi antigua oficina del aire, sino en alguna otra cosa que me permita volver a casa cada noche. Siendo una mujer muy sana, ignoró el repentino malestar que le sobrevino por esa misma época hasta que las molestias se volvieron insoportables. Después de dos diagnósticos insuficientes y una resonancia magnética, los hombres de blanco le dijeron que tenía un cáncer con ramificaciones y que había que operarla con urgencia. A la cirugía siguieron las consabidas quimioterapias y radiaciones. En menos de dos años su familia estaba comunicando el sensible deceso de Inge, que se despidió de este mundo rodeada de Markus, sus hijos, su madre y su hermano Lars. Habían pasado 41 años desde su nacimiento.

Carina es la hermana mayor de mi amigo Pancho. De espíritu despierto y gran vitalidad, no tuvo la paciencia de hacer una carrera universitaria después del bachillerato. Con un diploma comercial en lo que verdaderamente le encantaba – la indumentaria – trabajó un tiempo en una boutique del Shopping de Alto Palermo hasta que le ofrecieron ser administradora de una tienda mucho más grande y elegante en el flamante Patio Bullrich. Amaba su trabajo pero también a su novio Arturo. Se casaron cuando ella tenía 25. Su hija Katia llegó dos años después. Eran una familia joven con los momentos de felicidad y las luchas domésticas propias de la institución matrimonial. Pero la energía que irradiaba era muy positiva. Con un estoicismo digno del espartano más recio, soportó el diagnóstico de cáncer al estómago y las consiguientes operaciones así como los estragos de sus terapias químicas y radiaciones. Disfrutaba cada momento que podía pasar con Katia, con Arturo y con Pancho. Tuvo una fase de recuperación que le bastó para que su hermano la invitara a viajar con él a Florianópolis, lugar que desde siempre le había hecho mucha ilusión conocer por las hermosas playas que bordean la isla de Santa Catarina. Poco después del viaje vino la recaída y a las dos semanas de cumplir treinta, Carina no resistió más.

Mari es la segunda de mis hermanas. Me lleva dieciocho años y once días. Desde que tengo uso de razón, o sea ya Mari bastante grandecita, siempre se ha llevado como perro y gato con nuestro padre. Ambos son muy volubles, irascibles y violentos. Comparten en cambio un apetito indomable que se traduce por lo menos en unos 20 a 30 kilos de sobrepeso. Les encantan también las ensaladas y nadie las aliña tan rico como ellos con solo tres condimentos: aceite de oliva, vinagre y sal. El gran amor de Mari durante su infancia y juventud fue nuestro abuelo materno, al que llamábamos papacito y, por lo que me cuentan mis hermanos mayores, le encantaba subirse al carro con todos sus nietos apilados uno sobre otro, llevárselos a comer pollo a la brasa y luego los más ricos helados de Lima.

Dos décadas después, cuando yo lo conocí, ya había perdido completamente la razón y no reconocía ni a su mujer. Por esa época es que Mari, con su espíritu de aventura sin fin y una sed insaciable de conectarse con el universo, se fue a Nueva York con cien dólares en el bolsillo y sin permiso de residencia ni de trabajo. Como tantos otros inmigrantes ilegales, cuidó niños y limpió casas durante varios años hasta que pudo acogerse a una amnistía y conseguir la codiciada green card. En uno de sus primeros viajes, hizo una escala técnica de medio año en Venezuela para vivir en un ashram. De hecho nunca la vi tan delgada como después de aquel período venezolano. Tampoco nos sorprendimos cuando nos presentó a Jim, su voluminoso marido italo-americano, 31 años mayor que ella y tremendamente parecido de carácter a su bienamado papacito. Algún gracioso en la familia les puso de apodo Doble Cero. Tendrían unos cinco años de casados cuando los visité en Miami. Caminando con Mari al borde del Atlántico, me contaba que no soportaba vivir con Jim, que era tan celoso que no quería que ella consiguiera un trabajo ni saliera de la casa. Poco después su otelo tuvo un derrame cerebral y se quedó inválido. Mari recuperó parcialmente su libertad porque fue entonces que le diagnosticaron su primer cáncer.

Siguieron once años intercalados por un lado de cirugías y quimioterapias pero por otro también de periodos tranquilos y felices. Para su última fiesta de año nuevo, como si intuyera que no habrían más, me cuentan que se arregló y bailó hasta el amanecer. En mayo su estado se volvió crítico pero como era una persona muy fuerte recién a fines de julio consiguió desencarnar y reencontrar su origen divino. La quiero recordar como la vi bailando en el matrimonio de un amigo de la familia. Hasta ese momento nunca me había percatado del aguzado sentido del ritmo de Mari que evidentemente vibraba con la música en cada fibra de su ser.

martes, 31 de agosto de 2010

EL PASADO AL OTRO LADO

Gracias a mi confiable despertador y al colectivo Olivos – Boca, después de atravesar kilómetros de avenidas flanqueadas por modernos edificios y alguno que otro en vías de demolición, llego perfectamente y con la debida anticipación al terminal fluvial de Puerto Madero Sur. Es la primera vez que voy a cruzar el Río de la Plata a ras del agua. Hace una semana lo crucé por aire y de noche, con lo cual los únicos indicios a la mano eran las escasas luces en el lado uruguayo, luego un gran agujero negro y en la otra orilla el interminable mar de luces de Buenos Aires.

Equipado con un café con leche y una medialuna en la barriga, obedezco al llamado a los pasajeros para embarcar. Pero se trata de una travesía internacional, así que antes de subir a la motonave es necesario pasar el control de pasaportes. Me sorprende ver a dos personas controlando y sellando los documentos de cada pasajero. La explicación: para facilitarles las cosas a los viajeros, los gobiernos de Argentina y Uruguay acordaron controlar a un solo lado del río. Es decir que en Buenos Aires trabaja un policía uruguayo que te sella la entrada en Uruguay y al momento del desembarco en Colonia simplemente abandonas la nave, el terminal fluvial y sigues tu camino. Muy customer-minded.

Son las primeras horas de la mañana de un día espléndido y el Río de la Plata hace todos los honores a su nombre reflejando los rayos del sol oblicuo de otoño. El agua está tranquila y la nave avanza sin prisa pero con determinación hacia el noreste. Nada hace presagiar que el viaje de retorno será una pesadilla. Avistamos los primeros islotes que anuncian la inminente llegada a la banda oriental. Con una buena dotación de pesos uruguayos en los bolsillos „tomamos“ la calle Rivera – en esta región del mundo hispano sería inapropiado „cogerla“ – en dirección a la avenida General Flores.

Lo primero que me llama la atención es que, saliendo de una megalópolis como Buenos Aires, Colonia parece que se hubiera quedado anclada en el pasado. Su población es casi 600 veces menor que la porteña, por lo tanto no hay mucho tráfico, todavía se ve algunos coches tirados por mulas o caballos. Todo te trasmite una sensación inevitablemente deliciosa de cámara lenta. En la oficina de información turística, un muchacho de Conchillas que por su buen ver merecería ser considerado de interés nacional, nos indica sus lugares favoritos en un plano bastante añejo.

No le hago caso, por supuesto, y recorriendo las empedradas calles del pintoresco centro histórico, llego a la conclusión de que la principal preocupación del coloniense es sin duda alguna quedarse sin yerba mate o agua para cebarla: si no, cómo se explica que casi todos lleven un termo y su bombilla en unos prácticos estuches de cuero. Pero la mayor de las sorpresas está aún por llegar: Colonia cuenta con la más surrealista maceta que he visto en mi vida, un carro de los años 30 ó 40, ubicado al lado del restaurante y bar Drugstore.

Finalmente, después de haber pasado tres días en Uruguay, me embarco hacia Buenos Aires. Ha llovido todo el día y la salida se retrasa por una tormenta. La naviera invita al público a servirse un aperitivo por cuenta de la empresa. Como mucho más de lo que me provoca por el puro hecho de ser gratis. Antes de terminar mi último mordisco de alfajor y luego de una medialuna de jamón y queso, los altavoces invitan a embarcar a los pasajeros a Buenos Aires.

Un risueño vigilante nos pregunta pícaro ¿por qué comieron tanto? al pasar a su lado. Pienso en la sensación de hartazgo que me invade y en las olas que nos esperan en el río-mar. Ya es de noche y la nave se mueve como una cáscara de nuez. La tripulación reparte bolsitas para el mareo a diestra y siniestra. Augurio de que algo nada apetitoso va a pasar. Más adelante se reparten pañitos embebidos en alcohol. Pido uno para mí también. Felizmente, el puerto de Buenos Aires llega más rápido que las náuseas.

domingo, 8 de agosto de 2010

UNA PINTADITA POR VAMA VECHE

Imagínese la benevolente lectora o el despistado lector el último caserío rumano junto al Mar Negro a mil quinientos metros de Bulgaria. No son más de diez manzanas con unos 200 habitantes, pero tratándose de un fin de semana en toda la canícula de julio, la población fluctuante sobrepasa a la permanente en una proporción de 20 por 1. Su nombre significa „aduana vieja“ a raíz de una guerra después de la cual la frontera búlgara se corrió hacia el sur. Casi treinta años más tarde, otra guerra repuso el límite en el lugar de antes, pero el nombre quedó para la posteridad.

Me cuentan que la historia de Vama Veche como balneario comenzó a fines de la era Ceausescu. Era una playa salvaje, sin casas ni esos románticos edificios rectangulares típicos de la arquitectura socialista. Los pioneros iban con sus carpas, acampaban en la arena y alguno que otro practicaba el nudismo: una playa válvula de escape. Poco a poco se fue urbanizando la orilla. Surgieron las primeras pensiones, los primeros hostales, pero manteniendo un carácter de pueblo bohemio, sin permitir por ejemplo que las edificaciones pasaran de tres pisos.

328 kilómetros de autopistas y carreteras separan a Bucarest de Vama Veche. Para llegar sin problemas de tránsito, salimos de la capital rumana antes del amanecer confiando que en cuatro horas estaremos remojando nuestras humanidades en el tibio Mar Negro. ¡Grave error de cálculo! Todo va bien hasta que llegamos al peaje que marca el fin de la Autostrada Soarelui - la Autopista del Sol. Después de un atasco bastante soportable de veinte minutos, cruzamos el Danubio admirando la metálica estructura de los puentes de Saligny que parecen hermanos de la torre Eiffel y atravesamos la idílica región viñera del Murfatlar. Todo marcha según el plan cuando llegamos a Constanza, el principal puerto del país.

Vemos a lo lejos un semáforo. El torrente de carros, camiones, camionetas avanza lentísimo. Comienzo de dolores. Es viernes, al parecer medio Rumanía ha tenido la genial idea de desplazarse a las playas del litoral y no avanzamos nada. Constanza no tiene autopista de circunvalación - en los mapas aparece que está „en construcción“ - lo que significa que tendremos que continuar por este río de lata y caucho criogenizados. Casi dos horas pasan hasta que por fin vemos el ansiado cartelito en que el nombre del puerto está atravesado por una barra roja diagonal y podemos volver a acelerar la máquina. La temperatura exterior es de 34°C y la ansiedad por llegar pronto a la playa hace que la sensación térmica sea diez grados más alta.

Cuando finalmente estamos en Vama Veche, dejamos el carro estacionado en la calle principal y nos consagramos a la tarea de buscar un alojamiento digno de albergar nuestras acaloradas anatomías por tres noches. Después de escuchar por décima vez la pregunta ¿tienen reserva? seguida de un lo sentimos pero estamos completos, el buen humor y la buena disposición bajan al mínimo. ¡Lógico! Es temporada altísima y no tenemos reserva. Craso error de logística. El Sunset Beach nos salva de tener que pasar la noche - como muchos otros veraneantes - en la arena. No me parece muy coherente el nombre „puesta de sol“ tratándose de una playa donde el sol sale por el mar pero tienen sitio y no hay que perder tiempo con insignificancias en esta corta vida.

Durante nuestra cruzada hostelera, avistamos a tres muchachos con indudable aire de latinos pero en ese momento tenemos otros deberes sagrados que cumplir y la cosa no pasa de un comentario risueño entre los entendidos. Seis horas más tarde me vuelvo a cruzar con uno de ellos, Pedro, a orillas del mar. Oye ¿eres colombiano? No, mexicano, ¿y tú? De Perú. Hey, qué sorpresa y venirnos a encontrar aquí al otro lado del mundo. Al rato aparecen Efraín y Pancho, completando el trío. Me cuentan que son estudiantes de química que han terminado la carrera y están recorriendo mundo. Allá en México han formado una asociación y se llaman Los Gatos, con estatuto y todo. ¡Qué padre! Les cuento un poco de la historia de la playa y los conmino a ingresar al mar prescindiendo de todo tipo de prendas textiles - comme il faut en Vama Veche. Efraín y Pancho no lo dudan ni un segundo, pero Pedro tiene sus recelos y no se anima a quitarse su ropa de baño.

Por la noche, cuando las discotecas al borde del mar se llenan, me vuelvo a encontrar a Los Gatos en el Stuf, uno de los lugares más frecuentados. La música se podría describir como grandes éxitos del pop y rock de los últimos treinta años. La clientela es tan fiel y agradecida que gran parte de ella se queda hasta el amanecer y en el momento preciso en que el sol sale del mar, tocan el Bolero de Ravel. Para acortarnos la espera hasta tan solemne melodía, los Gatos tienen una técnica muy depurada: vamos al kiosco del Bulevar y compramos unos „pomitos“, a saber una botella de ron, una de cocacola y una de agua con gas. Mézclese una parte de ron, una de cocacola y tres de agua y se obtendrá una refrescante y tonificante pintadita. Contando con tan calorífera indumentaria, la noche de Vama Veche se pasa bailando entre Madonna, Kid Rock, Pink y AC/DC. Cuando menos pensamos ya está sonando Ravel y con los Gatos nos damos un chapuzón en el Mar Negro viendo la salida del sol.

miércoles, 14 de julio de 2010

ANDRÉS, EL PULPO Y LA VUVUZELA

Hace menos de 48 horas que Andrés Iniesta, un peladito de veintiséis años natural de Fuentealbilla, provincia castellana de Albacete, anotó el gol que catapultó a la selección española al campeonato mundial por primera vez en la historia. Llegaban a su fin cuatro semanas y tres días al compás de las elefantiásicas vuvuzelas, bombardeados permanentemente por las noticias del otro extremo del mundo y en este por los impecables vaticinios del pulpo Paul. Para los que no somos aficionados al fútbol y hallamos las perspectivas del intercambio de camisetas más interesantes que el juego mismo, es indescriptible la sensación de alivio en el ambiente.

Lo que no significa que no hayamos permanecido treinta o tal vez hasta cuarenta minutos viendo algún partido. Incluso con todos los adminículos que la ley exige: a saber, sendas botellas de cerveza y un bol rebosante de papitas fritas. Es más, pocos conocidos míos han conducido su calendario o „fixture“ con mayor pulcritud que el suscrito, siempre completo y al día. No me interesaba ver cada partido pero sí colocar los resultados en las casillas correspondientes desde el Sudáfrica – México, que abrió el torneo, hasta la final de España con unos matones en naranja.

Incluso aprendí a tocar la vuvuzela. Era el tercer día del campeonato y en Durban los germanos golearon a los australianos por juergueros y cerveceros. Yo estaba en Dortmund (sí, la ciudad del Borussia) y uno de los espectadores trajo una vuvuzela. Al primer intento no salió más que aire y babas. Uno más y descubrí el truco: no apretar tanto boca y labios sino aproximarlos al instrumento con soltura y darle a todo pulmón. Y sonó como tenía que sonar, como un trompetazo de elefante. Finalmente tuvieron que arrancarme la vuvuzela de las manos porque si no, no la iba a soltar. Me tentó la idea de comprarme una. Las primeras veces que pregunté, durante la semana inicial del evento, me asustaron los precios (12 euros... ¡ni hablar!). Conforme pasaban los días, se ponían más baratas (super-oferta: 3 euros), pero no volví a pasar por aquel puesto de venta y en ese momento tenía prisa para no perder el autobús. No he vuelto a tocar la vuvuzela desde entonces. Tal vez le consulte a Paul cuál es su opinión al respecto, comprar o no comprar.

Tiene fama de ser el mejor agorero: el pulpo Paul – que no se pronuncia „pol“ a la francesa sino „pá-ul“. Con ocho pronósticos correctos en serie, es más certero que todos los expertos y charlatanes de las principales cadenas de televisión. Sus últimas actuaciones relativas al Mundial de Sudáfrica se trasmitieron en vivo por TV e internet a millones de espectadores en todo el mundo. En España le quieren otorgar una medalla de honor y colocar un monumento. En Holanda y Alemania, muchos lo quieren ver convertido en pulpo frito o al olivo. No sorprende, si se piensa que Paul vaticinó la victoria de los unos y la derrota de los otros sin mayores argucias que sus ocho tentáculos y dieciséis docenas de ventosas. En su domicilio, el acuario de la ciudad alemana de Oberhausen, han rechazado una tentadora oferta de venta por más de 30 mil euros... de España, naturalmente.

A diario, Paul recibe centenares de cartas y correos electrónicos con preguntas como „¿me engaña mi marido?“ o „¿aprobaré matemáticas este año?“. Pero sus asesores lo tienen clarísimo: el pulpo adivino se jubilará al término del campeonato y no podrá responder al aluvión de misivas. Será la atracción del acuario de Oberhausen, pues desde que se hizo famoso, el número de visitantes ha aumentado de manera vertiginosa. ¡Buen provecho con el salmoncito, Paul!

lunes, 5 de julio de 2010

EL HABLADOR NO TIENE QUIEN LE ESCUCHE

HAMBURGO, un sábado de enero de 2010

Tenemos el invierno del siglo, dicen los medios. Nieva en las alturas y en el llano. Las temperaturas hace semanas que no llegan ni a cero grados en la escala del sueco Celsius. Para quienes prefieren la de su colega germano Fahrenheit, estamos por debajo de 32 grados. Respondo a la solícita invitación de Alberto Villegas, editor-fundador de la revista Calendario, órgano de la comunidad latina de este primer puerto alemán. Nos conocimos en la feria del libro y quedamos en que me invitarían durante los meses de invierno para presentar mi Coctel Selva Negra al público de la ciudad hanseática.

Cuarenta personas han confirmado su asistencia – todo un logro tratándose de la presentación de un autor totalmente desconocido. Por precaución, llego la víspera. Incluso tengo la suerte, que se da una vez cada quince años más o menos, de caminar por la superficie plenamente congelada del río-lago Aussenalster junto con miles de juguetones hamburguesas y hamburgueses. La helada es tan fuerte que la super-protectora polizei tolera sin intervenir la invasión masiva del río petrificado.

24 horas más tarde, sábado por la noche, ya no le hallo tanta gracia al hielo ni a la nieve: hace más de una hora que deberíamos haber comenzado con mi presentación pero ¿dónde está el público? Dos queridas amigas han hecho malabares para llegar a pesar del metro de nieve que hay en las calles, pero ¿y los otros treinta y ocho?

Por respeto a los puntuales, comenzamos con tan solo noventa minutos de retraso. Mi amiga Rita lo lamenta pero tiene que irse antes del inicio. Luego de la lectura y la rueda de preguntas, tres artistas presentes en el público tienen la gentileza de darle un verdadero relieve a la sesión con sus respectivos estilos y canciones. Un toque emotivo altamente bienhechor para la congelada noche hamburguesa. Al día siguiente, regreso a casa con el dulce recuerdo de sus voces y en la mochila dieciocho de los veinte libros que creía poder vender.

BASILEA, un jueves de junio de 2010

Han pasado cinco meses desde Hamburgo y por fin tengo otra invitación para compartir mi libro con el público interesado de la ciudad suiza de Basilea. Es un momento muy memorable para mí porque por primera vez el escenario de la presentación es al mismo tiempo uno de los lugares donde se desarrolla la acción de Coctel Selva Negra. Tuvimos el mayo más frío desde el inicio de las mediciones meteorológicas, pero desde la víspera hace sol y las temperaturas están superando los veinte grados. Chabela, la anfitriona, una encantadora librera boliviana, está enferma y no puede asistir pero tiene el detalle de enviarme a dos amigas para que me ayuden con el evento.

Llega el jueves y los termómetros vuelan casi a treinta grados. Lo que me faltaba: un metro de nieve en Hamburgo y ahora el jodido calor de junio. Me escribe un mensaje de texto mi querida amiga alemana Melanie con la que contaba sin falta para este jueves: estoy en una despedida y no llegaré a tiempo, sorry. Xiomara también me manda un mensajito y es que no ha conseguido niñera y, sin tal infraestructura, imposible venir para la precavida y maternal colombiana. No es el caso de Robert. Fuimos compañeros de trabajo hace casi diez años y este encantador gigante germano-franco-helvético no ha dejado de ser un consejero entrañable, amigo leal y más que nada dueño de la palabra perfecta en el momento preciso. Su castellano deja mucho que desear, pero me dijo que no faltaría a la cita y antes de la hora prevista ya está sentado en primera fila regalándome su sonrisa cómplice.

Una de las amigas de Chabela, solidaria con la causa y en vista del vacío de público, sale corriendo a reclutar -correa en mano- a dos chicos que trabajan cerca de la librería y por supuesto no rechazarán la marcial invitación. La otra amiga acomoda en canastitas unos refrescantes melocotones y se encarga de que no falten copas para el vino ni bocaditos que lo neutralicen. Así no se trepará tan rápido a las felinas cabezas de los cuatro gatos que somos.

Silvina y Marcelo llegan algo tarde a la librería de Chabela y cuando ven que ya he comenzado a hablar, con su habitual discreción, prefieren seguirse de largo y no interrumpir mi discurso. Saldo del evento: una hora con un público verdaderamente selecto y tres libros vendidos más otros tres que se los dejo en comisión a Chabela por si acaso... sobre todo porque no tengo ganas de cargar con ese peso en mi viaje de regreso.

DARMSTADT, otro jueves, esta vez de julio de 2010

Mi amigo Lalo tiene un restaurante latino en esta pujante ciudad universitaria y quedamos en hacer una presentación de mi libro en una de sus noches culturales. Habíamos acordado producir conjuntamente volantes para la publicidad correspondiente y le envié los archivos que me solicitó con un mes y medio de anticipación. Llego jadeando al Machu Picchu. Una vez más, el Sr. Celsius tiene el mal tino de prodigarnos un sol radiante y 34 grados a la sombra, faltando una hora para la lectura. Curtido por las experiencias anteriores, esta vez llevo conmigo apenas cuatro libros.

Lalo me recibe con una cara de poco sueldo: no tengo ni una sola reserva de mesa, compadre. ¿Y los volantes, Lalo? No los pude hacer, no he tenido tiempo, disculpa. Pero te voy a invitar a comer y así conversamos tranquilos para hacerlo mejor la próxima vez. Antes de poder comer mi generosa quesadilla y tomando en cuenta la puntualidad de nuestra gente, espero cuarenta y cinco minutos, por si acaso se produzca el milagro.

Luego, ya asumido el hecho de que hoy no habrá presentación alguna, ahogo mi desilusión en un vaso grande de cerveza con sprite. Me siento para tal efecto en una mesa, rodeado de cubanos donde a un tal Carlos le dicen Cal-los y a todos evidentemente les encanta hablar de política. El chico más joven defiende los logros de la robolución, los mayorcitos están totalmente en contra y dan gracias por haber salido de las fauces del caimán, uno de ellos incluso se quiere traer a una noviecita dominicana que conoció en sus vacaciones en Puerto Plata. Como la mayoría en esa mesa fuma, me retiro discretamente con mi quesadilla a otra esquina y me pregunto si tendré la paciencia y tenacidad para seguir adelante con esta aventura.