jueves, 23 de junio de 2011

DOS HERMANAS ESCOCESAS

- ¿Te presto alguno de mis abrigos de piel a ver si disimulas tus cuantiosas zonas erróneas, Glasgow? le pregunta maliciosa Edimburgo a su hermana y eterna rival.

- Ay, Edin, desde que el cirujano famoso catalán te implantó ese esperpento de Parlamento en el pecho estás in-so-por-ta-ble. Y por si fuera poco, el médico se muere durante la operación y la cosa termina costando el cuádruple de lo que habían presupuestado. Así que no me vengas con cosmética, ya te dije que tú podrás usar muchas pieles pero ni siquiera tienes ropa interior decente.

- Eres una envidiosa, Glasgow, porque yo soy bella y -después de Londres- el lugar más visitado del reino. ¡Toma!

- No me obligues a repetir el eslogan del 83, Edin, ya sabes: Glasgow's miles better! O si prefieres Glasgow smiles better, ya sabes que mis hijos y yo tenemos fama de ser mucho más amables que uds.

- Más respeto, oye, que paso un decreto, te corto el caño y te quedas sin los Juegos de la Commonwealth del 2014.

- Ni se te ocurra o te mando un escuadrón conjunto de hooligans del Celtic y Rangers, en buses separados, por supuesto, para que veas lo que pasa cuando se meten con nosotros.

- ¡Típico, Glasgow! Eres una atorrante, bravucona y borrachosa. No produces otra cosa que no sean titulares de vandalismo y crímenes por drogas.

- Perdón, Edin, no te confundas: soy una ciudad post-industrial pero qué vas a entender tú con ese remedo de Disneylandia en kilts que montas cada verano en tu castillo.

- Hello? El Royal Military Tattoo es una de las atracciones turísticas más importantes del Reino Unido. Ya quisieras tú generar 88 millones de libras esterlinas en 22 días, hermanita proletaria.

- ¡Qué poca memoria tienes, hermana! En el año 90 que fui Capital Cultural Europea ganamos mucho más que tú con tus espectáculos ridículos.

- Sí, y me acuerdo que en Londres no podían creer que tuvieras el descaro de postularte como capital cultural. Con todo mi cariño de hermana te digo una cosa: serás capital pero de las ruinas de astilleros, fábricas y siderúrgicas

- A ver, Edin, ¿cuántos barcos has construido en tu vida, ah? Y ni te pregunto por locomotoras, ferrocarriles, motores y mucho más. ¿Quién ha sido la Second City of the Empire, a ver, tú o yo?

- Uff, de eso ya pasó más de un siglo, querida. ¡Aterriza! De nada te sirven tus glorias del pasado. Estamos en 2011.

- ¿Y qué universidad tiene más premios Nobel, a ver?

- Habrás pagado para que ganen, Glassi.

- Tú podrás ser más bonita, Edin, pero yo soy excitante, cosmopolita, tengo sangre irlandesa, italiana. Tú, purita Escocia nomás, la cosa más aburrida... con mucho Parlamento pero ni siquiera tienes un país independiente que gobernar.

- Ya vas a ver, hermana, espérate que en unos años haremos el plebiscito y esta vez sí vamos a ganar la independencia de Inglaterra, espera y verás.

- Sueña, Edin, sueña. Yo me voy a tomar una cerveza y luego unos whiskycitos mirando el clásico Celtics - Rangers.

- ¿No te lo decía hace un rato? Eres una borracha. No te olvides de poner suficientes policías en el estadio, en el centro y por todas partes... ya sabes de lo que son capaces tus hijos...

- No hace falta que me lo recuerdes, querida. Y tú, sigue tirando la plata por la ventana con los nuevos estrados para tu Tattoo remedo de Disneylandia.

jueves, 2 de junio de 2011

EL HOMBRE PROPONE

Carlos sale de la casa con los minutos contados para tomar el metro y alcanzar el tren al sur en la estación central. En uno de los túneles, el metro se queda parado. Ni para adelante ni para atrás. No importa, piensa Carlos optimista, esos trenes al sur casi siempre llegan tarde. Finalmente el metro retoma la marcha, más lento que de costumbre, pero avanza. Llega a la estación central dos minutos después de la hora de salida del tren. Carlos corre – siempre con la esperanza del retraso de su tren – pero cuando llega al andén se da con rieles vacíos.

Busca la siguiente opción, sabiendo que perderá por lo menos una hora en llegar a Basilea, la primera ciudad suiza después de la frontera. Su plan original era hacer una parada de una hora en Friburgo, una estación antes de Basilea, dejar el equipaje en su hotel y proseguir el viaje, ligero no solo de cascos sino de peso. Pero el túnel le jodió el plan. Tendrá que ir con hatos y garabatos a su reunión y seguir arriándolos durante toda la jornada. Para variar, el tren veloz TGV, que es su segunda opción, sale con un retraso de veinte minutos. Típico – el tren que uno quiere que se demore, sale puntual y el siguiente, que uno quiere que salga a la hora en punto, se atrasa.

Cumple Carlos con su ajetreado programa de entrevistas y visitas en Basilea: almuerza con una encantadora mexicana que le recuerda a Laura Esquivel, toma el café de la tarde con su viejo amigo francés de 92 años, visita a la inquieta uruguaya Lorena que lo invita a degustar los ravioles más ricos que ha probado en siglos – rellenos de queso feta y tomate, servidos con verduras en juliana y salsa de albahaca y, por si fuera poco, elaborados por otro inquieto charrúa.

Grávido de deliciosas pastas, se dirige Carlos a la cita más importante del día: su mejor amiga Silvia llega en un tren... que no tiene atraso. A las diez de la noche el primer logro ferroviario de la jornada. Pero por ser tan tarde, ya no circulan los trenes rápidos y el viaje a Friburgo demora más del doble. Llegan exhaustos y cual zombis se suben a un taxi que los lleva al hotel. Oh, surprise! Al lado de las puertas cerradas un discreto avisito reza „La Recepción cierra a partir de las 22:00 horas“. ¿Y ahora qué? ¿Esperar? Ni siquiera un número de teléfono para emergencias. Silvia está demasiado agotada para hacerle reproches a su anfitrión por no haber tomado las precauciones del caso. Carlos piensa que si ella hubiera tomado el tren anterior no se estarían viendo ahora en tan penosa situación.

En una de las ventanas del primer piso (o segundo – en tierras ultramarinas) se ve luz. Carlos se dedica a dispararle moneditas suizas con la esperanza de que algún huésped bien intencionado se asome y les abra la puerta. Pero las monedas se pierden al caer entre los adoquines de la calle y desde arriba no hay la menor reacción. Silvia y Carlos siguen esperando que tal vez llegue otro huésped y los deje entrar. Pasa por delante de la puerta un despistado señor entrecano y se sigue de largo para luego girar sobre sus talones, coger las llaves y dirigirse hacia la puerta del hotel.

Alarma total. Carlos asalta sutilmente al salvador en potencia, le explica su desesperada situación y el benevolente sexagenario los deja entrar. Allí encuentran el teléfono de emergencia y diez minutos más tarde están cómodamente instalados en su habitación. No saldrán de ella hasta el domingo...pero no por lo que pudieran pensar los avezados lectores. Tan estresada está Silvia, que al hallarse al fin en condiciones de reposar le sobreviene una fiebre con escalofríos. Con las justas siente fuerzas para bajar a tomar el desayuno en el restaurante del hotel y regresar al cuarto.

Un día y medio después, algo restablecida Silvia gracias a la atención de cuerpo entero de Carlos, se despiden y ella toma su tren de regreso al sur. Cuando se dispone a salir de la estación, una señora le pregunta a Carlos en el andén cómo llegar a la dirección de su alojamiento. Por su atuendo, pañuelo que le cubre la cabeza, y su tez morena, pareciera proceder del cuerno de África o del Sahel. Carlos no tiene prisa y luego de hacer las averiguaciones del caso la acompaña hasta su albergue que no está lejos de la estación. Conversando por el camino, ella le cuenta que se llama Salma, es profesora de idiomas y su familia viene de la aromática isla de Zanzíbar.

Cumplida la buena obra del día, Carlos regresa caminando al centro y cuál no será su asombro al encontrarse cara a cara con Tim, un ex-alumno al que no veía más de quince años y con el que mantuvieron una amistad deportiva en los últimos noventa. El esforzado estudiante de derecho se ha convertido en un exitoso maestro de yoga – disciplina que ya practicaba desde aquellas épocas. Su casual encuentro se prolonga por más de una hora, tienen mucho que contarse. Al despedirse quedan en intercambiar correos electrónicos con la certeza de que ninguno de los dos moverá ni un dedo.

Horas más tarde, Carlos regresa apurado a la estación pero igual no alcanza a tomar el tren al norte. Quería llegar a casa con suficiente tiempo para depositar sus maletas y seguir a la cita de aquella noche pero por la demora tiene que ir con todos sus bártulos y el sudor de su frente a la casa del anfitrión de la cena.

Carlos se acuerda de lo que solía decir su abuela: el hombre propone y dios dispone (añadiendo a veces: y el diablo lo descompone).

jueves, 26 de mayo de 2011

RETAZOS DE MURO

Cual castillo de naipes, mi itinerario confeccionado escrupulosamente – como corresponde a quien lleva ya más de media vida en tierras germanas – se vino abajo en un instante: el tren en que viajaba a Berlín llegó con quince (!) minutos de atraso y arrasó con todas las conexiones previstas para llegar al barrio de mi amiga Tina.

Regresaba a la ciudad del muro después de tres años de ausencia y francamente me había olvidado de lo mucho que uno se demora en llegar de A a B en la extensa capital alemana donde un trayecto de media hora se considera „a la vuelta de la esquina“. Y peor aún si andas medio despistado como yo que por pura lógica mal aplicada no me subí al tren que iba en la dirección correcta creyendo que iba en la contraria y es que no sabía que estaba en la estación terminal de dicha línea y por consiguiente todos los trenes salían en el mismo sentido. ¡Qué atrevida es la ignorancia! decía mi abuela.

Tres trenes y una hora después llegué finalmente con el sudor de mi frente a la casa de Tina. Nadie abría la puerta. Me tocó sentarme en las escaleras y esperar pacientemente, alternando una buena lectura con papada de moscas, la llegada de la tan gentil como impuntual damisela. Teniendo un restaurante peruano a la mano, salimos corriendo a refrescarnos con un pisco sour acompañado de yuquitas fritas con ají y el consiguiente intercambio de chismografías.

Al día siguiente me tocaba ir al túnel para los ensayos preparatorios de la lectura. No había estado nunca en tan peculiar establecimiento pero siguiendo las indicaciones de Elena acudí a la hora acordada. En medio del barrio bohemio de Kreuzberg – conocido años ha como la pequeña Estambul por su alto índice de población anatólica – entré a una casa que se encontraba en refacción y después de atravesar el patio del fondo descendí al túnel. La primera sensación olfativa me transportó a un antro de la calle Diagonal de Miraflores con el sugerente nombre de Golden Gate. No que haya entrado alguna vez al citado établissement, pero por el mismo hecho de ser un local tabú en nuestros tiempos adolescentes más nos llamaba la atención y cuando acercábamos la punta de la nariz a la puerta flanqueada por dos cíclopes nos llegaba el mismo aroma de mala ventilación y/o alfombras enmohecidas. ¿Acá voy a presentar mi libro? No puede ser.

Tratando de disimular mi desazón nasal, entro al fondo del túnel y saludo a Elena, la anfitriona, y a Diego, el chico que se encargará de las luces y sonido. Soy muy malo disimulando y me reconfortan diciendo que mañana, con el decorado, no voy a reconocer el túnel. ¿Será verdad tanta belleza? Lo dudo. Procedemos a lo nuestro. En el evento habrá una primera parte de narración oral escénica. Me quedo boquiabierto al descubrir el talento e ingenio de esta versátil artista cubana capaz de convertir un simple retazo de tela en elemento dramático.

El lema de la noche es „Entre selvas y cocteles“ tendiendo un puente entre los narradores de historias de la selva amazónica peruana y el suscrito, narrador a su vez del Coctel Selva Negra. Aclaramos el plan de trabajo, nos repartimos las tareas y quedamos en vernos al día siguiente una hora antes del evento. El resto de la tarde disfruto la vida paseando por la capital.

Rodeado de una reliquia de cien metros del fatídico Muro de Protección Antifascista (así su título oficial en la difunta República Democrática Alemana) descubro un museo de sitio llamado Topografía del Terror (v. foto), una casa de la memoria dedicada ni más ni menos que a la Gestapo, el siniestro servicio de inteligencia nazi que tenía sus oficinas en ese mismo predio junto con otras dependencias no menos nefastas del Tercer Reich culpables del genocidio (1933-1945). Resalta la solemnidad del lugar la total ausencia de árboles o plantas, nada que pudiera distraer al visitante durante su estudio de los cuadros informativos.

Otro descubrimiento interesante es el museo dedicado a la extinta república germana oriental, la punta de lanza de un movimiento de Ostalgie (nostalgia del este) que embarga a bastantes alemanes orientales que se quedaron sin país en el lapso de un año entre 1989 y 1990 y aun no encuentran su lugar en la Alemania reunificada o siguen echando de menos los viejos tiempos.

Y llega la noche del lunes. Bajando las escaleras del túnel compruebo que el olorcito rancio de la víspera ha sido reemplazado por gratos aromas de incienso. Las paredes están decoradas con elementos temáticos aparentes. Me siento en cualquier otro lugar menos el que visité la víspera. Felicito a Elena y Diego por el tremendo logro. Como es un día tibio y soleado de primavera, le damos tiempo de llegar a la distinguida concurrencia. Mientras tanto degusto la creación de la noche: un "Coctel Selva Negra" - genial creación de Diego a base de pisco peruano, kirsch y granadina.

Elena comienza su performance encarnando a la runamula, versión amazónica del centauro, mitad mujer, mitad mula. Con su fascinante habilidad para la narración oral, nos relata el cuento del tunche, del bufeo rosado, del pishtaco. Me parece muy raro oír a una cubana casi sin acento caribeño. Me dicen las malas lenguas que la larga convivencia con un peruano le pulió el habla. Llega mi turno, algo intimidado pensando que no podré estar a la altura de la runamula. Pero felizmente quedamos en intercalar una lectura suya entre dos mías y el público responde con un cariñoso aplauso.

domingo, 15 de mayo de 2011

BAJO LA FALDA DEL ESCOCÉS

Es la pregunta clave en materia de civilización escocesa: ¿qué llevan los tipos debajo de sus tradicionales kilts? ¿Alguna prenda íntima confeccionada especialmente para la ocasión? ¿Boxer shorts a juego con la falda? ¿O tal vez nada más que el aire puro de las highlands? Con estas dudas existenciales aterrizo en Edimburgo un mediodía soleado y tibio. Lo de tibio es relativo, pero para la capital escocesa +14°C son una temperatura de plena primavera tirando a verano.

Tengo la suerte de contar con una guía de primera – aborigen y complaciente – que no objeta mi propuesta de obsequiarnos con un desayuno típico a una hora atípica: son las 3 de la tarde, hora del mero Greenwich. Conociendo mis caprichos de vegetariano en vías de desarrollo, la buena Annie no se sorprende al verme pedir un full Scottish breakfast pero en la versión veggie o sea con frejoles dulces, huevo frito, tomates asados, champiñones y tostadas con mantequilla. Sin toda esa profusión de grasas animales en forma de jamones, salchichas, tocinos y morcillas.

Como buena escocesa enemiga del despilfarro, Annie me lleva a un bar lejos de la calle de los Príncipes y la Milla Real, calles reservadas a los comercios de souvenirs y engaña-turistas-bobos. Anécdota al margen: nos atiende un comunicativo italiano, lo cual es casi redundante, que nos cuenta que el dueño del local es turco. Welcome to global Scotland!

Una vez repuestas las fuerzas caminamos hacia Holyrood. Ahí está el palacio donde se alberga la reina cuando cumple con su régimen obligatorio de pasar por lo menos diez días al año en tierras de sus vasallos norteños. Frente al aguijón inglés en la carne escocesa se yergue el surrealista edificio del Parlamento Escocés. Después de casi tres siglos sin gobierno autónomo, Tony Blair cumplió con su promesa de otorgar más autonomía a la región más septentrional del reino. No conozco los pormenores, pero a juzgar por el nombre – Enric Miralles – un arquitecto de Cataluña, otra nación oprimida por un gobierno centralista, fue el elegido para erigir el nuevo Parlamento Escocés.

En la plaza donde tan simbólicamente se besan autonomía y dependencia, comienza la subida a la cornisa de Salisbury, un mirador natural resultado de millones de años de actividad volcánica. Optimistas se regalan con el mejor panorama de la ciudad, el puerto y el fiordo del Forth. Pesimistas se lanzan desde las alturas de la cornisa con la certeza de aterrizar en el más allá.

Annie y yo, que todavía tenemos una media de esperanza de vida de 30 a 40 años según las estadísticas actuales, disfrutamos el paisaje antes de regresar al llano y volver a subir en dirección contraria hacia Calton Hill. Tal vez está allí el origen del sobrenombre de Edimburgo como la Atenas del Norte. De hecho, en la cima de la colina se yergue una columnata estilo templo griego que se quedó a medio construir en el siglo XIX. Para quien le tiene miedo al montañismo, Calton Hill es la alternativa ideal a la cornisa de Salisbury. Con sus caminos cuidados y banquitas de parque, invita a pasar un buen rato en las alturas de Edimburgo. Por las noches, la colina cambia de función, convirtiéndose en un movimentado centro de ornitología masculina.

Tanto panorama da sed. Caminando por las calles del New Town, el primer ensanche moderno de la ciudad hacia el norte, entramos al bar Guildford Arms, pequeña joya de arquitectura británica, donde brindamos por el buen clima de Escocia con sendos whiskies, single malt de 18 años, por supuesto.

Al calor del Scotch, logré superar la barrera del pudor y compartí con Annie aquella inquietud por lo que hay debajo de un auténtico kilt. Muy fácil, me contestó con picardía: si lo usas al estilo regimental, en el ejército escocés por ejemplo, la regla es no llevar ninguna prenda debajo. Incluso hay un inspector de kilts que pasa revista al batallón con una vara en cuyo final se encuentra un espejito para verificar que los aguerridos defensores de la patria no violen el reglamento. En plan privado, en cambio, el usuario es libre para cubrirse sus naughty bits con la prenda de su preferencia. ¡Gracias, Annie!

martes, 19 de abril de 2011

DELICIAS DE LIZ

En esta vida es esencial tener buenas amigas – y si además del cariño están dotadas de una inteligencia aguda, como Beatrix, mejor aún. Ella tuvo el gesto de enviarme hace un tiempo el libro EAT, PRAY, LOVE (COME, REZA, AMA) de Elizabeth Gilbert. Para mi buena suerte, lo terminé de leer antes del lanzamiento de la película homónima protagonizada por la pretty woman Julia Roberts. Digo suerte porque a veces, cuando lees el libro después de ver la película, las caras de los actores se meten entre las páginas y te matan la imaginación. Ya me pasó con El amor en los tiempos del cólera: trataba de sacarle a Florentino Ariza la cara de Javier Bardem pero no lo logré.

„Quiero que escribas algo como esto“, reza la tarjeta que contrabandeó Beatrix dentro del libro antes de enviármelo. Menuda tarea. Déseme un año de licencia con goce de haber para viajar por el mundo, cuatro meses en Italia, cuatro en la India y cuatro en la isla indonesia de Bali. Estoy seguro de que sacaría algo simpático. Ese es el itinerario que se fijó la intrépida Liz Gilbert después de un doloroso proceso de divorcio, al darse cuenta de que no quería seguir casada ni ceder a la presión social de tener hijos por el mero hecho de haber cruzado el mágico umbral de la treintena.

Como en aquel momento era ya una escritora con cierto renombre, consiguió una editorial dispuesta a financiar parcialmente ese sabbatical con la intuición de que saldría algo sustancioso de aquella triple aventura: comer y disfrutar la vida en la bella Italia, reconectarse con su origen divino en la mística India y finalmente buscar el equilibrio entre las pasiones mundanas y sus inquietudes espirituales de la mano de un centenario chamán balinés.

Usando como metáfora las 108 perlas del japa mala – aquellos collares de cuentas hindúes precursores de nuestros católicos rosarios, Gilbert divide los 108 capítulos de su historia en tres bloques de 36 capítulos para cada uno de los países visitados. De los excesos enológico-culinarios romanos pasa así a la austeridad de un ashram indio. De los más intensos momentos de meditación, al bullicio de la ciudad balinesa de Ubud. Y todo con un lenguaje claro, entretenido, con un humor sutil, que hace que la lectura sea un verdadero placer.

En cada uno de los lugares visitados merecen mención especial los entrañables personajes secundarios que Liz dibuja de modo tal que te quedas con ganas de salir inmediatamente a Roma y buscar a Giovanni, volar a India y conversar con la sabionda de Tulsi o visitar a la traviesa Wayan en Ubud. De hecho, Gilbert ha desencadenado un boom turístico hacia la isla indonesia, incluyendo circuitos que te llevan a conocer a las personas y los lugares descritos en la novela.

Intrigado por saber más de Liz, vi algunas entrevistas en YouTube donde esta encantadora cuarentona de Nueva Inglaterra cuenta anécdotas de su trayectoria y habla acerca del proceso creativo. „Con mis primeros libros, los críticos decían que escribía como hombre. Sin saber exactamente a lo que se referían, lo asumí como un elogio... Diez años después de estar escribiendo sobre hombres y masculinidad, sale EAT, PRAY, LOVE, se convierte en un mega-éxito y de repente hablan de mí como autora de chick-lit, literatura para mujeres, y estoy casi segura de que esto no es un elogio“ cuenta Liz con la picardía que la caracteriza.

El hecho es que entre escritura de machos y chick-lit, Liz se ha convertido en una de las autoras más leídas en todo el mundo. La secuela de COME, REZA, AMA se llama COMMITTED (COMPROMETIDA) y en ella Liz cuenta la cola que trajo el romance insular que comienza en Bali con un australiano de origen brasilero. Siendo los dos sobrevivientes de divorcios dolorosos, Felipe y Liz se juran no casarse nunca...hasta que el Departamento de Migraciones de los EE.UU. deporta a Felipe al regreso de un viaje al Asia. En respuesta a sus súplicas desesperadas, las autoridades les dicen que casarse es la única manera de garantizar a ambos la libertad de entrar y salir del home of the brave and land of the free. Y siendo Liz escritora, no encuentra mejor manera para reconciliarse con el matrimonio que escribir sobre la historia de tan majadera como milenaria institución social.

En COMMITTED, Liz intercala sus estudios socio-históricos con la peregrinación por varios países de Indochina a la que se ven obligados Felipe y ella hasta que se regularice la situación legal de su prometido-a-pesar-suyo y puedan regresar a los EE.UU. Es muy diciente la frase que a modo de subtítulo aparece en la portada de la edición inglesa: una escéptica hace las paces con el matrimonio. Sin duda, una lectura obligatoria para todo candidato a dar ese paso, para aquellos que ya lo dieron y siguen felizmente casados y también los que fracasaron en el primer o segundo intento pero no descartan una recaída.

lunes, 11 de abril de 2011

BAILANDO Y BESANDO

Viena, marzo / abril de 2011.

En su sexta edición, el show televisivo Dancing Stars introduce un elemento tan inédito como controvertido. Hasta el momento, el mundialmente exitoso formato en el que diversas estrellas locales – dotadas de una compañera o compañero profesional de baile – le sacan viruta al suelo con un fin benéfico, constaba siempre de parejas mujer-hombre. Hasta que invitaron a participar al vienés Alfons Haider.

El atractivo y polifacético cincuentón, conocido en Austria no solo como actor, cantante y presentador de TV sino también por haber asumido públicamente su homosexualidad en 1997, puso una condición: que su pareja de baile fuera otro hombre. Movidos seguramente por un interés tanto publicitario como progresista, los ejecutivos de la cadena nacional austriaca ORF le dieron el visto bueno y al publicar la noticia se armó un escandalete mediático en el país de Mozart, Sigmund Freud y el Danubio que ya no es tan azul.

Portando el estandarte de los críticos estaba ni más ni menos que Niki Lauda, el ex-campeón de F1. „No quiero que mis hijos vean en un canal público a un hombre bailando con otro hombre“ lo cita el diario alemán Welt Online. En su opinión había que vetar el programa. Proveniendo de un país católico, Niki – como muchos – probablemente prefiere que los gays sean invisibles, que hagan sus cosas por lo bajo, sin escándalos, sin llamar la atención. Por lo que respecta al hecho de que bailen hombres con hombres, tal vez Herr Lauda desconoce que hay muchas danzas populares austriacas en las que bailan hombres con hombres.

Dos anécdotas curiosas alrededor del escándalo Haider:

1 - La pareja Dancing-Stars del presentador, el bailarín ucranio Vadim Garbuzov, se autodefine 100% heterosexual.

2 - Un austriaco famoso con el mismo apellido, Jörg Haider, solo 7 años mayor que Alfons, líder de un partido ultraderechista y xenófobo, dio pie a rumores de que llevaba una doble vida. Extraña coincidencia que horas antes del accidente fatal que segó su vida en el año 2008, visitara un local gay y que su secretario personal dijera poco después de la muerte de su jefe que había perdido al hombre de su vida.


Lima, febrero de 2011.

Un grupo de activistas pro-derechos gays tuvo la provocativa idea de montar un besuqueo colectivo frente a la catedral el día de San Valentín y terminó encajando una desmesurada golpiza de parte de la policía. Siete días después se repitió la actividad pero esta vez sin violencia. Solo con una cadena de oración de conservadores católicos a la espalda de la catedral para hacer contrapeso a los atrevidos besos de chicos con chicos y chicas con chicas. El rasgado de vestiduras tras la operación „Besos contra la homofobia“ se plasmó en ríos de tinta corriendo por todos los medios de la tan pacata como permisiva Ciudad de los Reyes.

Uno de los abanderados de la fracción contra la visibilidad del colectivo gay, el periodista deportivo Phillip Butters, sostuvo que si veía parejas de lesbianas o gays besándose delante del colegio de su hija, las sacaría a patadas de allí en caso de que no se retiraran a la primera o segunda amonestación verbal. „Los homosexuales tienen que entender que son minoría“ – sabias palabras de Mister Butters.

Revisando lo que comenta la gente sobre la postura Butters, veo claramente dos frentes: el tradicional criollo que se identifica con él, si bien no se atreve a expresar públicamente esa opinión por temor a ser calificado de homofóbico. Por otro lado, para alivio del colectivo LGBT, hay también bastantes personas que no temen que sus hijos sean testigos de semejantes escenas de amor. Y si los pequeños les preguntan por qué se besan dos hombres o dos mujeres, les explican con soltura que si bien la mayoría de personas sienten atracción por el sexo opuesto, en la naturaleza hay una minoría – algo menos de un 10% según estadísticas modernas – que prefiere a alguien de su mismo sexo. Punto final.

Pero Butters, al margen de su espíritu protector de la infancia, también tiene su lado progre que vale la pena considerar: dice que hay que desmariconizar (sic) la TV y se refiere en concreto a la manera en que son ridiculizados los gays en la TV peruana, caricaturizándolos como travestis o „peluqueras amaneradas“. ¿Por qué no salen en la tele gays como el vecino de al lado?

martes, 5 de abril de 2011

EL CASO DE ÁNGELES CASO

Conociendo mis andanzas caboverdianas, mi buena amiga Eliza tuvo el detalle de informarme inmediatamente que el libro ganador del Premio Planeta 2009 narraba la vida de una mujer de aquellas islas perdidas en medio del Atlántico. Como vivimos en una sociedad de la información, la noticia fue recibida con entusiasmo pero olvidada tan pronto como entraron nuevos titulares en esta cabeza de colador. Hasta varios meses después, cuando en una librería española me detuve frente a la novela que me había recomendado Eliza: Contra el viento de Ángeles Caso.

La novela empieza con la biografía de una mujer española llena de inseguridades, con una historia familiar bastante traumática. Ya en la primera página me topé con un pasaje de esos que se te meten bajo la piel porque la narradora se describe a sí misma como una persona que no da pasos conscientes, regidos por la razón y un luminoso objetivo a lo lejos sino simplemente flota ahí dentro, en la vida, agitando los brazos para no ahogarse. Es decir se describe como una persona con características temerosamente parecidas a mí mismo. Vamos por buen camino, pensé, esto promete.

A modo de contrapunto de la ibérica histérica, está la biografía de Maria da Conceicão Monteiro Soares, más conocida como São. Nace São en la isla de São Nicolau, uno de los lugares más deprimidos de todo Cabo Verde. Su madre emigra a Europa cuando São es todavía muy pequeña y la deja a cargo de Jovita, una especie de comadrona del pueblo de Queimadas. En la escuela, São se destaca por su aguda inteligencia causando las delicias de su entrañable maestra Natércia.

A raíz de la muerte de una amiguita de su misma edad por falta de atención médica, surge en São el deseo de seguir la carrera de medicina. São no entiende por qué la gente con dinero sí puede recibir atención médica y en cambio en su pueblo se muere una niña por cualquier insignificancia. São siente la vocación de atender también a la gente con pocos recursos. Pero todas sus ilusiones terminan el día que Jovita le dice que ya no tienen dinero para pagar el colegio y que São tendrá que ir a trabajar como empleada doméstica en la capital.

Pasa el tiempo y se complican las cosas: como tantas domésticas, São es acosada sexualmente por su patrón y decide seguir los pasos de una amiga que se fue a trabajar a Europa. Lisboa es la puerta de entrada de caboverdianos al Viejo Mundo y es ahí también donde São aterriza, se enamora y tiene un hijo con el que parece ser el hombre de su vida. Hasta el día que llega borracho a la casa y le da la primera y única pateadura que São aceptará encajar. Siguiendo el consejo de una amiga, se va con su hijo a Madrid y por diversos contactos entra a trabajar como asistenta en casa de la narradora que se encuentra sumida en una depresión por la ruptura de su matrimonio.

„La furia y el fuego“ es el título que lleva el capítulo donde se produce este encuentro de dos mundos: la narradora deprimida y São. A medida que ambas mujeres se van compenetrando, la patrona se entera de las peripecias por las que ha pasado su asistenta. Pero a pesar de todas ellas, muchísimo peores que las suyas propias, São está allí, fuerte, serena, alegre. En la interacción de ambas está la clave que sacará a la narradora de su depresión.

Más adelante, São regresa a Lisboa y se produce el momento de más tensión de toda la novela: su hijo, André, es secuestrado por el padre que se lo lleva a su país, Angola. ¿Podrá São recuperar al pequeño André? Imposible adelantarles el showdown.

No poca gracia me hizo escuchar a la autora confesar, en una entrevista en la tele, que nunca había pisado Cabo Verde. En ese instante comprendí también por qué en la novela aparece Carvoeiros como puertito de pescadores, siendo el caso en realidad que está al borde de un acantilado donde la pesca es impracticable. También busqué a Jovita o alguien que la hubiera conocido en la villa de Queimadas pero para mi mala suerte tuve muy poco tiempo y no logré conseguir información alguna.

Los dejo con una bella imagen de la isla de São Nicolau, el valle donde comenzó la vida de São.