jueves, 29 de abril de 2010

AL COMPÁS DE AYACUCHO



Lunes, 7:30 p.m.

Llego a Huamanga poco después del atardecer y espero pacientemente en el terminal (léase: terral) la llegada de mi editor, que ya se encuentra en Ayacucho. Mientras colocamos en la maletera el equipaje y libros traídos de Lima, comienzan a caer las primeras gotas de la tormenta que inaugura una generosa temporada de lluvias. Tenemos un apretado programa por delante, así que dejamos rápidamente las cosas en el hotel y volvemos al centro.

Lunes, 8:00 p.m.

Primera cita: nos esperan en el programa de televisión del untuoso Juan Arrieta, en pleno prime time huamanguino. Si no fuera por la enorme antena, pasaría totalmente desapercibido el presunto set ubicado en un garaje y equipado con un reflector y dos video-cámaras, cerca de la calle 9 de diciembre, vital arteria para todo lo que se precise en esta ciudad, ya sea mercado, iglesias, comercios. Todo está en la misma 9 de diciembre o muy cerca de ella. Antes de la entrevista, comentamos con los colaboradores de Arrieta que nos gustaría tener una copia digital de la misma. No hay problema, vengan a buscarla mañana, nos responden atentos. Termina el espacio anterior. Publicidad. Me invitan a pasar. Cámaras, acción. Viendo al engominado Sr. Arrieta con su estilizado bigotillo, no puedo evitar recordar al Sinchi de Pantaleón y las visitadoras en la magistral caracterización de Aristóteles Picho. Cinco preguntas sosas, cinco respuestas peores. Me irrita que Arrieta no diga correctamente el título de mi libro. ¿Que si he leído autores ayacuchanos? Por supuesto. Prefiero no especificar que, aparte de mi editor, no tengo idea de literatura huamanguina. Dos zalamerías de ida, dos de vuelta. Gracias por la invitación, Juan. ¡Suerte en Ayacucho, Sergio!

Martes, 8:00 a.m.

Después de un bienhechor emoliente frente al mercado municipal, me reúno con Johnny en la entrada del colegio Benito Weber, donde haremos una presentación para los alumnos de cuarto y quinto de secundaria. Es uno de los mejores colegios particulares de la ciudad y qué mejor prueba de su labor a favor de la protección de la naturaleza que el hecho de ver a una señora gata amamantando a sus seis variopintos gatúbelos en la oficina de la señora directora. La misma ilustre dama nos saluda amablemente, nos presenta a sus colegas docentes al mismo tiempo que les da unívocas instrucciones para que nos acompañen al auditorio donde van entrando risueños jóvenes y señoritas de quince a diecisiete. En las primeras cinco filas, se sientan puras chicas. Los más palomillas, másculos y féminas, se agazapan en las butacas posteriores. El sistema de audio funciona perfectamente. Se ve que la gatófila directora, que por su estatura frágil podría confundirse fácilmente con el alumnado, tiene todo bajo control. Johnny hace una breve introducción y luego yo les leo algunos pasajes de Coctel Selva Negra. Terminamos con una rueda de preguntas en la que participan sobre todo las chicas de las cinco primeras filas. No me puedo quejar. Ninguna otra presentación de mi libro ha sido seguida por la firma y dedicatoria de más de cincuenta ejemplares. Con los nombres clásicos, obviamente no tengo ningún problema, pero a Jhohanny y Brayson sí tengo que pedirles que por favor me deletreen sus nombres para escribirlos correctamente. Salimos del auditorio y nos recibe un esplendoroso cielo serrano de un azul desconocido en Lima. Nos espera la siguiente cita así que nos despedimos de la amable directora y sus secuaces.

Martes, 12:00 m.

La emisión radial de mayor sintonía al mediodía es sin duda el espacio que conduce Eduardo Ccora. Me quedo boquiabierto al constatar que este gordito de veintitantos años resulta ser todo un magnate de las comunicaciones ayacuchanas pues además de emisoras de radio dirige también un diario. La conversación fluye. Preguntas interesantes. Respuestas que tratan de estar a la altura de las preguntas. Los diez minutos pasan volando y ya tengo que correr a la siguiente cita que es otra entrevista televisiva.

Martes, 12:30 p.m.

Su fama la precede. Le dicen la urraca de Huamanga por analogía con un oscuro personaje del ambientillo farandulero limeño. Me advierten que debo tener mucho cuidado con las preguntas que hace esta distinguida dama. Cuando llego al estudio, aun están en el bloque previo. Espero un momento y ya me invitan a tomar asiento junto a Judith Meléndez. Viste como una maestra de secundaria, muy discreta, con la solapa de su blusa anaranjada por encima del saco negro. Me gusta su picardía, le sigo la corriente cuando me toma el pelo y terminamos riéndonos como viejos amigos. Finalizada la trasmisión, pregunto si puedo tener una copia digital de la entrevista. Por qué no lo dijiste antes de empezar, lamenta el técnico de Judith, no habría habido ningún problema, pero a posteriori ni modo. Felizmente me queda lo de anoche, pienso cándida e inocentemente. Como habíamos acordado la víspera, luego de la urraca paso por el estudio de televisión de don Juan Arrieta para recoger la grabación. Me recibe un señor muy amable. Se queda sorprendido cuando le digo que vengo por el DVD de mi entrevista. Es el dueño del canal y solo se graban emisiones cuando él está presente y ayer por la noche no fue el caso. Realismo mágico en primera persona: ayer me quedé sin grabación por zonzo, hoy por distraído.

Martes, 2:00 p.m.

Refunfuñando llego a la casa de una sobrina de Johnny que nos ha invitado a almorzar con su familia. Ya están ellos reunidos desde hace algo más de una hora y veo dos botellas vacías de licores de alto voltaje. ¡Que vivan los hígados huamanguinos! Me carcome una insana envidia pues con media copita ya estaría yo prodigando un concierto de hipo y estos compañeros se bajan dos litros como si fuera agüita mineral. Les pregunto dónde me puedo lavar las manos, con la siniestra intención de que se me indique la ubicación del baño para actividades fisiológicas que no vale la pena detallar. En su infinita amabilidad, Johnny me indica el lavadero de piedra que está al lado nuestro en el patio de la casa de Etelvina. Al mal tiempo, buena cara, murmuro mientras me lavo las manos. Ojalá hayan preparado algo típico de la región, pienso al tomar asiento en la mesa del comedor. Pero mis preces no son escuchadas. La anfitriona ha preparado platillos especialmente al gusto de Johnny, todos ellos de corte „internacional“ como sopa de verduras con albahaca y un pastel de fideos. Trato de disimular mi decepción. Me ayuda en este afán Manuel, el hijo menor de Etelvina. Se levanta de su silla el carismático chiquillo de ocho años, se acerca y me mira fijamente preguntándome ¿de qué color son tus ojos? Su mirada denota una personalidad notoriamente extravertida, además de curiosidad pueril. Me cuentan que es amigo de varias caseras del mercado municipal de Huamanga y me lo puedo imaginar muy bien dialogando con ellas. Después del postre, le pido a Manuel que me diga dónde está el baño, sin recurrir ya a mayores eufemismos. Para mi consternación, constato que se ha acabado el papel higiénico y la descarga de agua no funciona. Y mis prácticas toallitas húmedas las he dejado en el hotel. Felicitaciones. Menos mal que faltan dos horas para la próxima cita.

Martes, 5:00 p.m.

Entro al patio de la histórica Universidad de Huamanga. No puedo evitar tratar de imaginar lo que fue este claustro en los ochenta y primeros noventa. Me siento en una banca de cemento. Uyarinakuy Wasi, reza la placa junto a la puerta de entrada al auditorio. Llega Johnny en compañía de una guapa damisela, esperamos un momento hasta que se desocupe el uyarinakuy wasi para tomar nuestros lugares y acondicionar la sala para la presentación de mi libro. Oh sorpresa: no tenemos luz. Ya son casi las seis, está oscureciendo y en el auditorio las luces no funcionan. Nos dicen que son problemas de presupuesto y están ahorrando por donde pueden. Es una sensación muy relajante estar en el podio y no ver a los cuatro gatos que han venido a la presentación. Los anfitriones me dedican muy lindas palabras y con la rendija de luz que entra por el patio leo en voz alta un fragmento de mi libro. Para acortar la distancia con el público durante la rueda de preguntas, bajo del podio y me ubico en la penumbra entre los dos grupos de butacas.

Martes, 8:00 p.m.

Comentando las incidencias de la jornada en un concurrido bar, la amiga de Johnny me felicitó porque era la primera vez que veía a un ponente hacer ese desplazamiento democrático. Muchas gracias, Betty.

miércoles, 3 de marzo de 2010

FROM HUAMANGA WITH LOVE

Tres días después del soleado paseo a las alturas de la Cantuta (v. blog anterior), mi hermano Saúl me llevó generosamente hasta el terminal terrestre desde donde salí hacia Ayacucho. A instancias de mi editor, presentaríamos mi libro en varios lugares de la „muy noble y leal ciudad“.

Cuando en el confortable ómnibus de dos pisos comenzaron a repartir bolsitas para el mareo, supe que después de Humay, el iqueño pueblo de la beatita que según las crónicas familiares era prima de mi bisabuela, en la ruta de los Libertadores me esperaban bastantes curvas antes de aquella que por fin me permitiría echarle un vistazo crepuscular a la ciudad de Huamanga.

Mi primera vez en Ayacucho. Tantos años viviendo fuera del Perú, conociendo más países europeos que regiones de mi tierra, y ahora llegaba a una ciudad de la que sabía tan poco como probablemente muchos extranjeros y una gran parte de compatriotas.

¿Qué asociaba con Ayacucho?

La batalla de la independencia, una ciudad con muchas iglesias y mucho sufrimiento en los años de la lucha antisubversiva, una ciudad conservadora y orgullosa de sus tradiciones, la capital artesanal de los retablos y la filigrana de plata, parte de ese Perú doblemente profundo de la sierra centro-sur que puja por salir del flagelo de la pobreza extrema, región ribereña del problemático VRAE y telón de fondo de exitosas novelas de este siglo como Abril rojo, La hora azul y La mujer cambiada.

¿Qué encontré?

A los quince minutos de mi llegada, una tormenta que en menos de media hora convirtió las empinadas calles del centro en torrentes, estuvo a punto de hacer de mis níveas zapatillas aletas de buceo y de mi hotel un acuario.

En el mercado, señoras y señores con un apetito tan saludable que a las siete de la mañana, en el puesto de la Maga, se despachaban a mi lado generosas porciones de seco de lengua con guiso de garbanzos, caldo de cabeza, lomo saltado y otras suculencias de la región mientras yo modestamente desayunaba café con leche y una esmirriada pero no por eso menos deliciosa chaplita con mantequilla y queso.

Productos lácteos exquisitos.

La importancia de estar bien conectado. Gracias a Johnny, mi editor y huamanguino de pura cepa, en una vertiginosa visita relámpago de poco más de 24 horas pude aparecer en la página editorial de un importante diario local, realizar dos presentaciones de mi libro, ser entrevistado en una emisión radial de alta sintonía así como en los dos programas televisivos de mayor audiencia regional.

Escolares curiosos, con ganas de aprender, motivados por maestros y directoras que les brindan las mejores oportunidades de ampliar sus horizontes. Fue un placer incentivarlos a cultivar la lectura y a que dominen no solo el castellano y el quechua sino también otros idiomas.

Señoritas muy decentes que – aun sin conocerte – te conversan en la mesa, con toda la naturalidad del mundo, de asuntos que harían ruborizarse a más de una costeña, como los desgarros vaginales y/o anales de víctimas de violaciones o el tamaño de los falos germanos.

Exquisitas pizzas con una masa fina y crocante que no he probado en ningún establecimiento italiano del ramo – ni dentro ni fuera de la bota.

Un amable taxista que no solo me llevó al mirador del Carmen Alto sino tuvo la gentileza de acompañarme hasta el filo del abismo para darme las informaciones correspondientes a los distintos lugares de interés y barrios de Huamanga.

Deliciosas bebidas como el jugo de papaya colorada de Gabi y un debut absoluto: chicha blanca aderezada con su puntito de canela.

El (¿o es la?) puka picante: un delicioso y colorido potaje, que alegra no solo el gusto sino también la vista y consta de un guiso de papas en una salsa roja de betarragas licuadas que hacen que también los tubérculos cojan ese color. Se sirve con arroz graneado y una presita de chancho frito encima. Me sorprendió el hecho de que no picase y me pregunté por qué se llama “picante” si no lleva ají o solo muy poco. Otra cuestión existencial que no llegué a resolver: ¿cuál es el género de puka? Según el huamanguino Coqui: la puka; según la también ayacuchana Fanny: el puka. ¿A quién debo creerle? ¿Será puka hermafrodita?

La mazamorra helada llamada mulluchi, probable prima hermana del queso helado characato, considerando el similar procedimiento de elaboración girando una olla sobre bloques de hielo.

Ganas de probar un rico qapchi pero falta de tiempo para llevarlo a cabo. Queda para mi próxima visita.

La promesa – y a la vez desafío – de regresar a Ayacucho cuando vuelva a publicar un libro. Me esmeraré para que sea pronto y pueda continuar mi formación culinaria.

P.D.: La profiláctica bolsita del mareo llegó a la ciudad de Huamanga felizmente vacía, límpida y virginal.

miércoles, 24 de febrero de 2010

A LA CANTUTA NO VOY MÁS

Respondo encantado a la invitación de Don Severiano de la Parra, catedrático principal de la soleada Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle de La Cantuta, para presentar mi libro en el auditorio de la facultad que dirige. Johnny, mi esforzado editor se ha encargado de hacer los contactos correspondientes e imprimir los afiches necesarios para que los sufridos estudiantes y futuros maestros se enteren del evento y asistan en buen número. Los respectivos comentarios correrán a cargo de Aquiles y Esteban, colegas y amigos de Johnny.

En una acción relámpago, tres días antes de la presentación me cito con Don Severiano entre las cagonas palomas de la plaza San Francisco para entregarle los afiches y un primer ejemplar del Coctel Selva Negra, así tendrá tiempo de echarle una mirada y podrá despotricar con conocimiento de causa.

- ¡Nos vemos el viernes en la Cantuta, Don Séver!

- ¡Hasta el viernes, Sergio!

Los tres días pasan en un abrir y cerrar de ojos. Tomen en cuenta la amable lectora y el valiente lector que la víspera de la Cantuta tuvo lugar la presentación oficial del libro (v. post anterior) en un antro de cuyo pontificio nombre – y astronómico precio – prefiero no acordarme.

Amanece el viernes. Recojo en casa de Johnny el lote de libros que según Don Séver se podrán vender al momento de la presentación y sigo a casa de Aquiles, donde nos reuniremos con Esteban para ir juntos los tres chanchitos hasta las alturas de la Cantuta.

Noventa minutos, tres taxis y un mototaxi después, a la hora acordada, ingresamos a los cuidados jardines de la Guzmán y Valle. Es una delicia salir de la burbuja nebulosa de Lima, ver por fin un pedazo de cielo azul y sentir los bienhechores rayos del sol en la cara. Con varios kilos de libros a cuestas, atravesamos el campus buscando a nuestro conspicuo anfitrión. Don Séver estaba tomando exámenes de grado y pasan unos veinte minutos antes de que pueda salir a nuestro encuentro. La cara aterrada con que nos mira no presagia nada bueno.

- ¡Uy, chicos, no saben lo que ha pasado! Llamaron a una movilización en el centro de Lima y, como nuestros estudiantes están muy comprometidos con la política, todos se han ido a apoyarla. No queda nadie para su presentación. ¿Qué hacemos ahora?

- Antes que nada, ir al baño, Don Séver. ¿Me dice dónde está, por favor?

(Se oyen risotadas.)

- Claro, acá tienes la llave. Está en el segundo piso a la derecha.

(Regreso del cuarto oscuro.)

- ¡Cómo no nos dio una llamadita para avisarnos, Don Severiano! Ud. sabe que llegar a la Cantuta es un viaje de dos horas. Además, el día que nos reunimos en San Francisco intercambiamos números de celulares.

- Es que no tenía crédito. No saben cuánto lo lamento. Ojalá me llamen ellos, estaba pensando todo el rato.

- Ni modo, muchachos, tomaremos un poco de sol. ¿Hay una cafetería por acá, Don Séver?

- Por supuesto. Aquí mismo, a la espalda de la secretaría. Yo los alcanzo dentro de una hora. Tengo dos grados más y luego podemos almorzar juntos en Chosica. Los invita la casa, faltaba más.

- Perfecto, lo esperamos en la cafetería entonces.

Sentados frente a burbujeantes Inca Kolas, con empanaditas y bizcochos para mitigar el apetito – al fin y al cabo ya eran las doce del mediodía – se nos pasan volando las horas charlando de autores célebres, algunos de ellos célibes, chismeando de conocidos comunes, rajando de editores melenudos y hablando de nuestros proyectos personales. Aparece por fin el atribulado anfitrión.

- Listo, señores, disculpen la demora pero estos exámenes de grado siempre demoran más de lo planificado. Quiero que conozcan mi restaurante favorito. Es un lugar bastante rústico pero la comida es excelente.

- Perfecto, Don Séver, ud. nos dirige y aquí lo seguimos.

Dejamos los kilos de libros en su escritorio, le dedicamos uno personalmente a él, otro a su secretaria, estrategia infalible que da óptimos resultados. Tomamos un mototaxi en la puerta de la Universidad haciendo resoplar su motor ya que íbamos hacinados los cuatro uno sobre otro, y nos despachamos felices nuestras raciones de exquisitos potajes criollos en la Piedra del Rímac antes de regresar a la neblinosa Lima Metropolitana con la certeza de que a la Cantuta no volvería más.

miércoles, 17 de febrero de 2010

GOZOS Y SOMBRAS DE UN ESCRIBIDOR PRIMERIZO (PARTE 2)

Faltan cuarenta y ocho horas y trescientos minutos para la presentación en sociedad de mi Coctel Selva Negra y no tenemos los libros – todavía. Estoy al borde de un ataque de nervios, renegando de mis raíces andinas, norteñas e iqueñas, arrepentido mil veces de haberme metido en esta aventura con gente tan poco fiable que se queda sin códigos de barra justamente cuando tienen que publicar MI libro. Después de dar ochenta vueltas acompañando a Johnny, mi editor, por antros inimaginables del Cercado de Lima, estacionamos su troncomóvil delante de un corralón-taller-imprenta en una calle del pujante distrito de Breña. No nos falles, Brutus, que una avería en esta zona brava y sonamos. Si hasta cada calle transversal está enrejada. Un gentil empleado de la imprenta nos indica una pila de paquetes rotulados con la inscripción „Coctel Selva Negra“.

¡Se acabó el parto! Emoción indescriptible al arrancar el papel del embalaje y tomar en las manos el primer ejemplar de mi libro. Solo puede compararse con el nacimiento de un hijo, me habían dicho algunos por ahí. Yo les creo. Todas las dudas y murmuraciones se vuelven insignificantes. Me cercioro de la hora para poderle hacer su carta astral: son las dos de la tarde con veintisiete minutos. Ojalá tenga un buen ascendente. Cogemos unos seis paquetes y los metemos en la maletera del carro. No consigo desprenderme del neonato.

La siguiente estación de Johnny es un colegio en el tradicional Paseo Colón. Nos encontramos con dos colegas más y decidimos muy espontáneamente, a instancias mías, ir a tomar algo en un barcito del barrio para rociar el nacimiento del Coctel. La encantadora Violeta nos sirve unos refrescantes jugos mixtos de frutas y nos engríe con unos tamalitos recién hechos. Antes de irnos, le comento brevemente el motivo de nuestra espontánea reunión.

- ¿Y tú eres el autor?

- Sí. ¿Te gustaría tener un ejemplar?

El brillo en sus ojos subraya el SÍ de sus labios. Se lo dedico „para Violeta, madrina de nacimiento de este renacuajo“.

- Ay, muchas gracias. Yo soy cristiana, ¿sabes? y quisiera orar contigo por tu libro para que el señor los bendiga a los dos.

- Claro, gracias.

- Señor, bendice a este hijo tuyo y a su libro, hazlo prosperar como solo tú, señor, tienes el poder de hacerlo y que tenga mucho éxito. En el nombre de Jesús, amén.

- Gracias, Violetita. Qué amable de tu parte.

- Vas a ver que el señor te va a prosperar.

Mis acompañantes nos miran asombrados e interrogantes mientras la bien intencionada Violeta y yo, libro en mano, inclinamos las cabezas para la bendición correspondiente. Han leído el manuscrito y se ríen socarronamente imaginando el arrepentimiento que le vendrá a posteriori a la susodicha al familiarizarse con los ingredientes, no tan sacrosantos, del Coctel Selva Negra.

Acto seguido nos despedimos de los colegas y saco tres libros del carro para llevarlos a redacciones de los diarios del centro de Lima. Es martes y la presentación será el jueves así que con Johnny hemos imprimido invitaciones bastante bonitas para entregarlas junto con el libro. Los untuosos redactores de cultura de Perú2000 y El Negocio me agradecen la atención de llevarles el material personalmente y que tendrán mucho gusto en incluir el evento en la Agenda del jueves.

Johnny me asegura que por sus contactos editoriales vendrán al menos cuarenta personas. Por mi lado, tengo amigos y una familia numerosa y solidaria así que cuento con medio centenar más que junto con los otros asistentes llenarán cómodamente la sala del antro cultural y pontificio que tenemos reservada para el evento.

Jueves por la mañana. Me avalanzo como fiera hambrienta sobre Perú2000 y El Negocio para descubrir que no han mencionado ni una palabra del lanzamiento en calendario alguno. Las palabras me faltan para describir el cretinismo que siento al ver que nadie cumple con lo que ofrece. Recojo un paquete de libros en casa de Johnny para tenerlos esa noche durante la presentación. Como si no fueran suficientes plagas el alquiler neoyorquino del antro cultural y su cátering forzoso a precios londinenses, también te obligan a vender tus libros a través de la librería establecida en los bajos del local. Pero eso no es todo. ¿No se puede llevar los libros directamente al antro cultural? No, señor. Primero tienen que ser dados de alta en otra filial que queda a sentidos veinte kilómetros de distancia, gracias al fluido tráfico de Lima. ¿Por qué facilitarse la vida cuando es tan grato complicársela? me pregunto con candor e inocencia. Por eso estamos jodidos, Zavalita.

Llega mi gran noche. La invitación es a las 7:00 pm pero yo necesito estar ahí por lo menos una hora antes „por si“. Y soy el único. Llegan poco a poco amigos, parientes, desconocidos pero por ningún lado veo a mi editor, al maestro de ceremonias ni a los comentaristas. Fieles a la tradicional hora Cabana, los infaltables llegan media hora tarde al evento. Trato de aparentar coolness total pero soy muy mal actor y me parece el colmo que los co-protagonistas se atrasen tanto. ¡Quién me manda haber pasado veinte años en Alemania!

Las palabras de los comentaristas así como la voz de la bella cantante que ameniza la velada obran el milagro de hacerme olvidar todos los pesares previos. Al final, vino mucho menos gente que lo que esperábamos, no vendimos ni la mitad de libros, el cátering galáctico se acabó en dos minutos, los medios nos ignoraron olímpicamente. Por increíble que parezca, dos horas después, comiendo pizza con el círculo más estrecho, me siento un escribidor inmensamente feliz.

jueves, 11 de febrero de 2010

GOZOS Y SOMBRAS DE UN ESCRIBIDOR PRIMERIZO (PARTE 1)

Todos los intentos de evitarlo fueron en vano: Un martes de noviembre del año 2006 amanecí con cuarenta vueltas completas al almanaque gregoriano, juliano, chino, hebraico, mahometano y todos los otros. Procesando el consiguiente trauma, surgió un manuscrito que envié altivo y orgulloso a agencias y editoriales de diversos países a ambos lados del Atlántico. Cabizbajo y algo más humilde después de cincuenta y tres respuestas negativas, una subversiva editorial de oscuras raíces andaluzas, rockera y contestataria, personificada en su pintoresco director novo-andino de luengos cabellos entrecanos, porte distinguido y un hígado a prueba de alcoholes de alta graduación, me dijo finalmente sí.

Como no vivo en Lima, donde será la presentación del libro, sino a dieciséis horas de vuelo, en la milimétricamente previsora Alemania, quedamos en que llegaré con unos diez días de anticipación para ultimar detalles en lo que respecta al lanzamiento y las correspondientes actividades de difusión mediática. Según lo acordado, los libros estarán listos a más tardar el día de mi llegada. ¡Viva la inocencia!

Una tarde neblinosa de setiembre, aterrizo a bordo de una nave holandesa en la pista 15-33 del aeropuerto Jorge Chávez. Al día siguiente, voy a la casa del encantador pelucón para cerciorarme germanamente del seguimiento de nuestro plan.

- ¡Hola, Carlos, pasa, por favor! ¿Qué tal el viaje?

- Bien, Johnny, gracias. ¿Y? ¿Todo bien con los libros? ¿Tienes alguno a la mano?

- ¡Uy, Carlos, no sabes! Hemos tenido un problemita con el código de barras.

- ¿Cómo que "un problemita"?

- Se me terminó el lote anterior y tuve que solicitar otro. Normalmente es un trámite de media hora. Lo malo es que justo la persona encargada salió de vacaciones y de momento nadie la está reemplazando. Si todo va bien, tendremos los libros dentro de una semana. Con seguridad para el día de la presentación.

- ¡No puede ser, Johnny! Necesitamos los libros YA. ¿O cómo crees que vamos a hacer el trabajo de prensa sin material? ¿Tienes agua de azahar, valeriana o un válium a la mano, por favor?

- ¿Te puedo ofrecer un juguito?

- Bueno.

- ¡Sarita! Tráenos una jarra de jugo, ¿ya?

- Acá tiene, señor.

- ¡Oye, Johnny, este jugo es pisco sour!

- Un juguito, pues, Carlos, para que te relajes un poco. Estás muy alemán.

- ¡¿Y cómo quieres que esté?! ¿Te das cuenta de lo que significa esto? No vamos a poder hacer trabajo de prensa. ¡Ningún medio nos va a dar bola sin el libro!

- No te preocupes, mandamos las invitaciones con un resumen. Ya lo hemos hecho con otros autores.

- ¿Desconocidos también?

- ¡Claro!

- ¿Y qué tal fue la respuesta?

- Al comienzo siempre es difícil, compadre.

- ¡Pucha mare! Necesito otro vaso de tu juguito.

- Sírvete nomás.

- Bueno, Johnny, estamos en contacto. Avísame apenas puedas cuando tengas los libros, ¿ya?

- Por supuesto.

- ¡Chau!

No quiero ni pensar en lo que pasará si llega el jueves de la presentación y todavía no están listos los libros. Por lo pronto, tengo que ocuparme también del local elegido para la presentación oficial. La sala pertenece a una institución que presume de estar íntimamente ligada al pontífice católico romano. Pero lo único que me parece verdaderamente pontificio, y sobre todo romano, son los precios del alquiler del local. En fin, no todos los días presentas tu primer libro, así que me digo, sigue para adelante.

Ya teníamos pensado con Johnny dónde íbamos a organizar los bocaditos y bebidas para la presentación, cuando unos entrañables amigos me sugirien que verifique lo que ellos sospechan: que es obligatorio contratar los servicios del cátering instalado en dicho centro cultural. Me viene a la mente un dicho que recuerdo habérselo oído mucho a mi madre: tras de cuernos, palos. Además del carísimo y pontificio alquiler, tendré que solventar sumas londinenses, neoyorquinas o hongkonguesas por las cuatro botellitas de vino y diez bocaditos que se servirán en lo que el rococó Raphael llamaría mi gran noche. ¡Caballero, no más!

Se va acercando el gran día y Johnny todavía no me ha llamado para avisar que los libros están listos. Me lleno de angustia. Una presentación de libro sin libro. ¡Qué maravilla! Nunca me había sentido tan alemán o tan poco peruano como ahora mismo.

Continuará

jueves, 4 de febrero de 2010

VIAJO ERGO SUM

Todo empezó a bordo de Braniff International. ¿Se acuerda alguien de aquella rutilante línea aérea estadounidense con aviones multicolores que finalmente le cedió la posta a Eastern antes del colapso total? Tanto le insistí a mi padre que movió los hilos correspondientes para que nos autorizaran a lo inautorizable: entrar a visitar un DC-8 estacionado en la zona de seguridad del aeropuerto Jorge Chávez de Lima-Callao. No iba a volar, pero igual me hacía mucha ilusión el hecho de estar dentro de una aeronave que a las pocas horas despegaría en dirección norte hasta más allá del Caribe. El olor a cabina presurizada, la redondez del techo, el tono pastel de los asientos vacíos, las ventanillas ovaladas – this is the beginning of a beautiful friendship, Louis.

Les debo de haber dado mucha pena a mis padres, porque poco tiempo después me desafiaron a adivinar cuál sería mi próximo regalo de cumpleaños. Eran las vacaciones de fiestas patrias y ya me había recuperado de los rutinarios soponcios que por la altura me asediaban año tras año en la sierra de Lima. Después de horas dando tumbos, caí en la cuenta de que no se trataba de un bien tangible. Sugerí incrédulo la palabra viaje. Al parecer iba por la ruta correcta. Con toda la modestia del caso pregunté ¿París? Recibí un rotundo NO como respuesta. ¿Disney? Al fin y al cabo, todo niño de ocho años soñaba en 1975 con viajar a Miami y luego a Disneyworld. ¡Bingo! Viajaría con mi tío Pepe y su familia a la meca de América Latina. No cabía en mi pellejo de felicidad, solo tenían que pasar los dos meses que faltaban para la aventura.


Por motivos que escapan a mi control, Braniff no fue el medio de transporte elegido. Costaba mucho menos volar con CEA, Compañía Ecuatoriana de Aviación, todo un reto a la paciencia con sendas escalas en Guayaquil y Quito, pero me subí feliz al avión con mis veinte dólares de bolsa de viaje y la advertencia de mi padre para que no dejara de aplicar la política del búho: abrir bien los ojos. Tenía también a dos primos contemporáneos en el grupo con lo cual la diversión estaba asegurada.
Después de la gira por los infaltables parques temáticos de la Florida, volvimos a Miami para las últimas compras antes de enrumbar de vuelta hacia el Pacífico Sur. Una tarde, recibimos cada uno de los primos una moneda de un dólar para comprar lo que quisiéramos en un supermercado o drugstore de Lincoln Road.

Los chicos, con mucho más sentido de la oportunidad que el suscrito, se abalanzaron sobre las barritas de chocolate Hershey's, las tiritas de chicle y otras golosinas. Yo descubrí por algún lado un rompecabezas con el mapa de Estados Unidos en que cada pieza era un estado de la unión. El precio era exactamente lo que tenía, así que no dudé un segundo y corrí a la caja con mi prenda. Cuál no sería la sorpresa y el estupor de mis compañeros de viaje cuando les enseñé en lo que había invertido mi dólar. Descubrimos juntos estados con exóticos nombres como Uta y Oyo, que ninguno de nosotros había oído nombrar hasta ese momento. Doce días y tres kilos más tarde, regresábamos a Lima un mediodía de octubre. El virus ya se había expandido por toda mi humanidad. Han pasado más de treinta y cinco años desde entonces, pero igual no hay vez en que suba a un avión, respire el aire presurizado, me siente con alta probabilidad en una butaca con ventana, abroche el cinturón de seguridad y no presente altísimos niveles de endorfina. En el momento del decolaje, cuando la fuerza de la subida te pega al asiento y el mundo se va haciendo pequeño, no consigo despegar la nariz de la ventanilla, a ver si logro ubicar allá abajo algún lugar, edificio, calle, casa o accidente geográfico conocido.
Desde entonces quebró Braniff, quebraron Eastern, Ecuatoriana, PanAm, TWA y BOAC, desaparecieron las criollas Faucett, AeroPerú e incluso la muy pizpireta Swissair, conocida en su tiempo como banco alado. Sería interesante medir el tiempo en función de cuántas aerolíneas has visto quebrar. Espero que todavía me queden muchas.

miércoles, 27 de enero de 2010

EL VIAJE DEL VIEJO

Unos señores muy serios vestidos de blanco le dijeron a Gerardo que si no se dejaba conectar a una lavadora de sangre todos los días, no sobreviviría ni dos semanas. Sin dudarlo un segundo les contestó, con la serenidad de sus ochenta y cinco años, prefiero morirme tranquilo con Gago y Celia en mi casa que dejarme vampirizar por matasanos como ustedes.

Gago reunía en su persona las funciones de hombre de confianza, chofer, mayordomo y cocinero cinco estrellas de Gerardo. Había comenzado a trabajar con él unos veinticinco años atrás y, salvo alguna que otra interrupción, no se había apartado del hombre al que llegó a considerar su padre. Gerardo le celebraba los nacimientos de sus hijas, al ritmo vertiginoso de una cada año, con una propina especial y un sonoro ¡es ud. un chancletero, Gago!

Cuando, una vez jubilado, decidió mudarse de la capital mundial de la neblina a su pueblo natal, un puerto norteño que había tenido sus mejores años durante la república aristocrática y ahora parecía una aldea fantasma, Gago no dudó un segundo en acompañarlo. Allí conoció a Celia, hija de los vecinos de Gerardo, apenas veinticinco años más joven que él. La vivaz morocha le puso la mira y procedió al ataque. Al principio, Gago no le hizo caso, desatando una ofensiva mucho más intensa por parte de Celia que terminó en su rendición incondicional.

Las hijas de éste, a la sazón una docena de jovencitas de quince a treinta, asumieron la nueva relación de su padre con un alto grado de apertura, comprendiendo que tres décadas de matrimonio no son poca cosa y pueden desgastar a unos más que otros. Lo que contaba para ellas, y de eso no tenían la menor duda, era el cariño mutuo. Claro que no dejaban pasar oportunidad de hacerle bromas a su padre cuando notaron que se pintaba el pelo color betún negro sin repetir las aplicaciones con la debida frecuencia: ¡tu cabeza parece la cara del gato Félix, viejo!

Por motivos de salud, Gerardo tuvo que volver de su pueblo a la ciudad gris. Gago y Celia, que se habían vuelto inseparables, hicieron lo propio, asumiendo ella la cartera de comestibles y bebestibles que después fue ampliando hasta convertirse en kinesióloga y barchilona estrella. Elena y sus nueve retoños podían difuminarse sobre la faz de la tierra, pero Celia y Gago, por favor, no. No es que no le tuviera cariño a su familia, pero lo más importante para él era ser bien atendido. Al fin y al cabo, había pasado más de medio siglo desde aquel voto de amor eterno a Elena y, tomando en cuenta las diferentes maneras que tenían de vivir, llegaron a la conclusión de que era mejor ir cada uno por su lado, bajo el mismo techo, pero en departamentos separados.

Gerardo podía pasarse días enteros recluido en su cuarto, leyendo, viendo la televisión. No le gustaba visitar a nadie, salvo a su única hermana, ni que lo visite nadie a él. Elena, a su vez, podía pasarse días enteros en reuniones sociales, familiares, del barrio, de las chicas del colegio. Nunca le faltaban pretextos para lo que Gerardo llamaba con cierto sarcasmo su vida de conventillo. Con Celia y Gago a cargo de su esposo, Elena se sentía más libre todavía para hacer de las suyas.

Cuando Gerardo decidió interrumpir su tratamiento y regresar a casa, Elena alertó inmediatamente a sus cuatro hijos que vivían en Atenas, San Francisco, Bogotá y Trujillo para que vinieran cuanto antes si querían despedirse de su padre. Tres de ellos llegaron en menos de 48 horas, solo para la ateniense el viaje se hizo imposible. La presencia de casi todos sus hijos, además de sus entrañables Gago y Celia, hicieron que las dos semanas que habían pronosticado los hombres de blanco se duplicaran hasta una fría madrugada de agosto sin perder la lucidez que lo caracterizó hasta pocas horas antes del desenlace.

Celia se encargó de lavarlo, Gago lo afeitó y entre todos lo vistieron con la ropa que había seleccionado el mismo Gerardo minuciosamente para la ocasión. Por último, el hijo bogotano sacó un lápiz de labio de la cartera de su hermana y le puso un poco de color en las mejillas. ¡Qué haces! le increpó Elena. Un pequeño homenaje a la coquetería del viejo en la época que te conquistó, le respondió él.

Durante el velorio, se notaban dos grupos claros y distintos. Eminentemente afectados estaban, aparte de Celia y Gago, que se quedaban de golpe y porrazo sin trabajo, sin padre putativo y sin techo, los hijos de Gerardo que habían vivido más cerca de él. La propia Elena y los hijos de la diáspora estaban bastante tranquilos y se encargaron por lo mismo de recibir y saludar a familiares y amigos, cubriendo así a los verdaderos dolientes.

En señal de agradecimiento de la familia de Gerardo por los servicios prestados a la nación, Celia y Gago tuvieron medio año de plazo para buscarse una nueva morada. Hasta ahora, visitan a Elena por lo menos cada cuatro meses y se quedan horas de horas conversando en la que fue su casa por varios años. Del mismo modo, los hijos de Gerardo que vienen del extranjero nunca dejan de traerles regalos a Celia y Gago, sobre todo cajas de pintura negra para que no se repita el síndrome gato Félix.