domingo, 16 de noviembre de 2014

LEYENDO COLOMBIA 2014

Para comenzar, tengo un gravísimo problema de logística: el buen Johnny de la melena rockera no me ha enviado los libros que necesito en Colombia. O sea que me toca llegar a Eldorado y correr a la Carrera Quinta donde, por una suma razonable, doña Chelita te copia o clona cualquier cosa. Bien equipado con mi material autopirateado, ¿ya qué más puedo temer?

Sólo queda disfrutar las bellezas de aquellos desayunos en el Ázimos de La Macarena. Y no me refiero tan solo a las exquisiteces que el esforzado David nos lleva a la mesa. El viernes con Iván, incansable empresario de la noche bogotana. El sábado le toca la suerte a Mauro, ingeniero que sueña con cambiar su cordillera de los Andes por las suaves colinas de Nueva Gales del Sur. El domingo me acompaña don Leandro, todo un caballero. Y el lunes lo recibimos con Andrés, un santandereano de tomo y lomo.

El viaje de Bogotá a la capital paisa ya de por sí merece un capítulo aparte por la variedad del paisaje: de la altiplanicie (2.700 msnm) tienes que bajar hasta la ciudad de Honda (229 msnm), por unos serpentines espectaculares, luego algunos kilómetros bordeando el majestuoso Magdalena. Una parada para el almuerzo en el Fogón Paisa donde, al bajar del autobús, te ponen una secadora de pelo en la cara, un viento caliente como no lo había sentido nunca. Luego, volver a cruzar el gran río a la altura de Puerto Triunfo para pasar al lado de la Hacienda Nápoles, antiguo fundo de Pablo Escobar y actual destino turístico de primer orden del Departamento de Antioquia. Y por la noche llegar a Medellín, ciudad de la eterna primavera donde -esnif- nadie me espera.

Andrés Felipe no responde a mis mensajes. ¿Qué puede haberle pasado? Hace un año tan cooperativo y ahora ni siquiera contesta. Felizmente, está allí la familia Vallejo, que suple largamente las otras ausencias y carencias. Tan parecida es la voz de don Aníbal a la de su hermano, que para mí es como si el mismísimo Fernando estuviera allí presentándome a la distinguida audiencia paisa. Una noche inolvidable, recamada de la picardía de un opita de Neiva York que no llegó a tiempo a la lectura.

Antes de seguir viaje a tierras vallunas, dedico un día a recorrer otros barrios de Medallo: la zona pituca del Poblado, una cita panorámica con traguitos, sushi-causas...y con la historia de amor infinito de César y el difunto Norberto, un ardor viril, amor de cuartel, que duró apenas unos meses y sin embargo se grabó con incandescencia en la memoria y el corazón de mi amigo que, veinte años después del romance, recién se atreve a ir a buscar la sepultura del que fue el hombre de su vida.

Al día siguiente, me espera atravesar el delicioso eje cafetero. ¡Qué encanto de paisajes! Colinas onduladas donde crece el mejor café del mundo - dicen ellos, por cierto. Ya es de noche cuando entramos a Cali, pero la Sucursal del Cielo nos recibe con todo el calor del verano. Sigo a San Antonio y me instalo en la deliciosa pensión que mi amigo Fabián tuvo la gentileza de recomendarme, a dos cuadras apenas del legendario parque que por las noches pareciera una usina de canabinol.

Fabián conoce a Jaime, Jaime a Cindy, Cindy a Jhon, Jhon trabaja para Carlos y así, de mano en mano, finalmente queda armado el programa para la que será la lectura mejor organizada de mi gira grancolombiana: una noche en la Cafebrería, es decir el "café-librería" de la Biblioteca del Centenario en el pizpireto barrio del Peñón.

Pero antes de eso, toca cumplir con la ciudad blanca, Popayán. Prometí que iba a volver al Café Rabo de Nube y no pienso defraudar a Simón. Antes de bajar del minibús, ya me está esperando Julián, anfitrión de lujo cuando no está realizando su internado en el Hospital Universitario. Rabo de Nube ya no está, lamentablemente, en aquella casona colonial de la que me enamoré el año pasado. Pero el alma del café, Ana María y Simón, han hecho posible que la buena energía siga fluyendo en el nuevo local de los Prados del Norte.

Se va acercando la hora marcada para el evento y en un auténtico despliegue de sentido del deber y de la autoridad, Ana María comienza a llamar, no, a conminar más bien a escritores, periodistas, estudiantes que poco a poco irán llenando de vida el salón de la tertulia en una velada absolutamente memorable. 

¡El 2015 volveré!

ACTO DE CONTRICIÓN Y CUATRO DOCENAS DE M.I.

Nunca te había tenido tan abandonad@, querid@ lector@ de este modesto bloguito. Ocho meses sin un post adefesiero - he batido mi propio récord de ineficiencia y ausencia total de inspiración y productividad. Y ojo que no ha sido un semestre "monse",  como le diríamos en mi tierra (hace tres décadas, quién sabe si se sigue usando el término) a un período de tiempo aburrido o carente de material contable.

Todo lo contrario: además de sobrevivir a mi segundo año de fauna pedagógica, léase: como profesor de adolescentes y alguno que otro elemento aborreciente, en estos meses hice también mi primera gira literaria por la gran Colombia, contando con un espléndido auditorio vacío en la ciudad de Santafé de Bogotá - el día, la hora y el lugar muy mal escogidos, Alejito de mi corazón. Pero Medellín, Popayán y Cali se encargaron de compensar de lejos la frialdad de la sabana cundiboyacense. Todo esto y mucho más en LEYENDO COLOMBIA.

Por si fuera poco, después de alborotar a mis vecinos cafeteros, parí a mi segundo hijo literario, la novela de inspiración caboverdiana SARAH, FOGO Y HIELO.

Finalmente, hace casi 48 horas, completé cuarenta y ocho vueltas alrededor del sol. Bueno, al menos puedo decir que todavía no se levantan en el metro los mozalbetes bien educados para cederme el asiento...

jueves, 13 de marzo de 2014

¡ALÓ, SOY TU HIJO!


ring – ring – ring

- ¿Aló?

- ¡Hola! Dime si es cierto que eres mi padre.

- Ehhhh ¿eres tú, Jean-Pierre?

- Sí, soy Jean-Pierre. No le des vueltas al asunto y ve al grano.

- ¡Qué sorpresa, Jean-Pierre! Me alegro mucho, pero me agarras totalmente desprevenido.

- (silencio)

- Bueno ¿qué te puedo decir? Hasta donde yo sé, sí, soy tu papá. Pero por favor, podemos encontrarnos y conversar personalmente.

- (silencio)

- ¿Jean-Pierre?

- ¿Sí?

- ¿Te lo ha dicho tu mamá?

- Sí.

- ¿Cuándo?

- Hace tiempo que le preguntaba pero recién ayer me habló de ti.

- Esto no lo podemos hablar por teléfono, Jean-Pierre. Vamos a tomar algo y conversamos tranquilamente. ¿Cuándo tienes tiempo?

- ¿Esta misma tarde?

- Sí, claro. Te recojo en la esquina de tu casa dentro de media hora.

- Ok.
 

- - -
 

En el Café del Puerto.-

- A lo mejor no te lo demostré cuando hablamos por teléfono, Jean-Pierre. Fue todo tan sorpresivo, pero no sabes cuánto me alegra que hayas llamado. ¿Sabes una cosa? Te pareces cantidad a mi hermano Tito.

- ¿De verdad? ¿Tienes una foto suya?

- A ver, acá, en mi celular... ¡Mira! Parece que fueras más hijo suyo que mío.

- Hay un aire de familia, de hecho.

- ¿Sabes que yo también estaba esperando que cumplieras 18 años para ponerme en contacto contigo? Tu mamá bloqueó todos los intentos anteriores de conocerte.

- Me imagino. Tiene un carácter muy fuerte. ¿Tú eres menor que ella, no?

- Sí. Cuando tú naciste, yo tenía 21 años y ella 33. No duró mucho nuestra relación.

- Mi mamá me contó que estabas metido en drogas. Por eso se demoró tanto tiempo en dejar que te busque.

- ¿Eso te dijo? No es que sea un santo, Jean-Pierre, pero nunca estuve metido en drogas. Tal vez un porrito por ahí. Pero sí hay otra cosa importante que te quiero decir.

- No hace falta. Ya sé que andas con un tipo y te voy advirtiendo que no lo quiero conocer ni que me hables nunca de él.

- ¿Por qué tan radical, Jean-Pierre?

- ¡No insistas, Toni!

- Está bien, está bien, no insistiré. ¿Y tu otro papá ya sabe que sabes?

- Hace varios años que Thomas vive en California, desde que mi mamá y él se separaron. Nos escribimos correos de vez en cuando pero el contacto no es muy estrecho.

- Pero creciste a su lado, ¿no es cierto?

- Sí, desde que recuerdo siempre estuvo Thomas ahí con mi vieja.

- Bueno, por mi lado, me encantaría que nos veamos más para poder conocerte y que tú me conozcas a mí también.

- Sí, claro, despacio. Poco a poco.

- Mi hermano Tito tampoco vive lejos de aquí. Si quieres que te lo presente, lo haré  con mucho gusto.

- Poco a poco, Toni. No me agobies.

- Tranquilo, no te preocupes. ¿Te pido otra cerveza para celebrar?

- Por supuesto. ¡Salud!

jueves, 27 de febrero de 2014

CALI EN ADJETIVOS

36 HORAS EN LA SUCURSAL DEL CIELO

Culpables – Los cafeteros que bloquean la carretera que une Medellín con Armenia. Yo no pensaba volver a tomar un avión en tierras colombianas, pero tengo que cambiar de opinión y comprar el tiquete más barato que encuentre de Rionegro a Cali en una dudosa página web escandinava.

Húmedo – Nada más salir del aeropuerto, se ven las huellas del aguacero de verano que acaba de derramarse sobre Santiago de Cali y alrededores. Todo está mojado, el aire huele a lluvia. Ya es medianoche y por una falta de atención mía, reservé el último vuelo de la jornada... ¿o tal vez porque ansiaba secretamente descubrir más misterios de Medellín de la mano del paisa Andrés Felipe?

Confortable – El Hotel Stein que alberga a mi itinerante humanidad durante dos brevísimas noches caleñas: la primera, por mi tardía llegada del aeropuerto; la segunda, porque conozco a un guía de lujo.

Enternecedor – El taxista Juan Carlos, que me lleva hasta el Cristo Rey a pesar de la escasa visibilidad de aquel martes de julio. Una vez a los pies de la estatua, vemos a una familia colombo-alemana entre el escaso público turístico que llega hasta las alturas del mirador. Intrigado por los sonidos guturales de la lengua germana, me pregunta con sus ojos verdes muy abiertos ¿España y Alemania son la misma cosa? No, Juan Carlos, qué va, ambas están en Europa pero son países distintos con idiomas distintos y gente distinta. Me mira escéptico pero agradecido, volvemos al taxi y seguimos paseando por la brumosa Sucursal del Cielo.

Escasos – Los vestigios de la época colonial como la iglesia y convento de La Merced. Muy cerca de allí descubro una casona con un hermoso patio y fuente. Es la Asociación de Mujeres Cabeza de Familia y las valientes señoras ofrecen almuerzos deliciosos que no dudo un segundo en degustar.

Amenazante – El puñal con el que un jardinero ataca a otro muchacho en un descanso de los trabajos para convertir la margen derecha del río Cali en el Bulevar del Río. Se trata de los preparativos finales para los Juegos Mundiales a celebrarse en la capital vallecaucana en julio del 2013. El atacado es muy ágil y cruza la avenida antes de que el blanco metal pueda hincarse en su piel morena. Aparto la vista del combate y aprieto el paso para regresar rápido a mi hotel.

Refrescante – El jugo de sandía degustado al borde de la piscinita del Hotel Stein. Sentadas a la mesa del costado, una alemana cuarentona entretiene a la muchachita caleña que está a punto de adoptar, tarea nada fácil en vista de que ninguna de las dos habla el idioma de la otra. Pero la decisión está tomada.

Científico – El chat de ligoteo con un tal Ernesto que resulta ser estudiante de medicina y me pregunta de entrada por mis problemas de pigmentación. Que a su padre le pasa lo mismo y solo espera el momento oportuno para viajar con él a Cuba donde según dice lo pueden curar. Le digo que eso es puro cuento, que a los isleños no les creo nada. El chat terminará sin haber fomentado ningún tipo de turgencia en los tejidos cavernosos.

Nocturno – El paseo con Fabián, que tiene la gentileza de buscarme en el Stein para luego recorrer el pintoresco barrio de San Antonio con sus callecitas empinadas, casonas antiguas, bares bohemios y parques rebosantes de cannabinol donde por un muy módico precio te compras tu baretico take-away. Con dicho equipo en el bolsillo, seguimos hacia el Museo La Tertulia, compartimos el baretico en el tope del anfiteatro y saludamos eufóricos y risueños a las Gatas del Río – dieciséis representaciones artísticas sobre un mismo molde, dieciséis simpáticas mininas que compiten por el amor del Gato del Río, escultura de Hernando Tejada.

Romántico – El patio interior de la galería de arte antigua contemporánea con sus jardines zen, muebles estilo balinés, budas sentados, pétalos flotantes...un oasis en medio del calor de la Sultana del Valle.

Eterno – El trayecto desde la Terminal de Autobuses hasta que termina la Sucursal del Cielo y la buseta zigzaguea en dirección a Popayán, Cauca. Tendremos una avería del vehículo en la ruta y salvación espontánea gracias a la amabilidad de otro conductor de la misma empresa y la agilidad de los 4 primeros pasajeros que nos trepamos al carro salvador antes de que se detuviera del todo.

viernes, 1 de noviembre de 2013

MEDELLÍN EN SUSTANTIVOS


Ansiedad – al enterarme, poco antes de llegar, de que la ciudad tiene dos aeropuertos y yo no voy a aterrizar en esa céntrica pista que he visto tantas veces en el Google Maps. Incluso decidí alojarme en Los Laureles por la cercanía al aeropuerto donde terminó la vida de Carlos Gardel en un accidente en 1935. Pero no, el vuelo que he reservado no me llevará a las onduladas bóvedas del Olaya Herrera sino al moderno Aeropuerto José María Córdova en la localidad de Rionegro, a 35 km de la capital paisa.

Alivio – después de conversar con Lilian, mi vecina de asiento en el vuelo Cartagena – Medallo y acordar que tomaremos juntos un taxi desde Rionegro hasta el centro. Ella es paisa, como les dicen a los de Medellín y toda Antioquia, si bien vive hace muchos años en Mompós, Bolívar.


Asombro – mientras desciende el avión y veo los campos antioqueños que se me antojan idénticos a las zonas rurales de Europa Central. Todo muy verde, todo muy cuidado.


Sonrisas – por la carretera al centro, viendo una publicidad que dice Antioquia la más educada. Ya veremos. Al mismo tiempo, por la radio escuchamos una emisión cómica que no tiene mucho de educada, a juzgar por el rubor en el rostro de Lilian.


Buen tino – el de Fernando, taxista paisa, para llevarme con toda precisión y seguridad a un hotel de San Joaquín donde finalmente prolongaré mi estadía de tres a siete noches. ¿Por qué? ¿Por quién(es)?


Gentileza – la de Esteban al pasar a recogerme, después de su jornada de trabajo, para llevarme a dar una vuelta por los must-see nocturnos de Medellín: El Poblado, Parque Lleras y Los Laureles.


Boca abierta – la mía al ver que Esteban en la vida real es mucho más atractivo que en las fotos que había visto por internet.


Sabrosura – de las empanadas paisas del Machetico que acompañamos con salsa picante y unas cervezas, sentados en las gradas del Parque del Poblado.


Anticipación – de una semana muy caliente, a juzgar por el despliegue de amabilidad de Esteban rebautizándome Checho o Chechín apenas subí a su camioneta.


Desenfado – el de los colegiales paisas que, para fomentar las sonrisas al momento de tomarse una foto de grupo con su maestra, corean risueños anoche piché disfrutando las vistas desde el cerro Nutibara, al lado del Pueblito Paisa.


Saciedad de consumo – luego de degustar mi primera bandeja paisa en Medallo, y eso que la pido light con pechuga de pollo, en un rústico local de Campo Bonito.


Preocupación 1 – al enterarme de que aquella noche de julio juegan por el campeonato de fútbol los verdolagas de Nacional Medellín contra el Santa Fe de Bogotá... lo anuncian los ubicuos globos verde-blanco-negros. ¿Y si ganan? ¿Se pondrá esto patas arriba?


Preocupación 2 – al no recibir noticia alguna de Esteban, lo cual, dadas las circunstancias – el Nacional de Medellín gana el torneo – es comprensible.


Distracción – viendo la célebre película paisa La virgen de los sicarios en mi smart mientras los verdolagas castigan a los capitalinos.


Proteccionismo – al no abandonar el hotel ni compartir la algarabía de Medellín en su fiesta verdolaga.


Angurria – por querer estar conectado a internet no solo en la multitud de zonas WiFi sino donde tenga cobertura mi celular.


Estupidez – la mía al decidir comprar un paquete de internet móvil y descubrir que no funciona y solo me pueden ayudar en un centro comercial que queda muy lejos de mi Carrera 70.


Paciencia – la que tengo que desplegar para llegar al Centro Comercial Los Molinos, hasta que me resuelvan el impasse y la conexión funcione... ¡por fin!


Sorpresa – al recibir la llamada de Andrés Felipe, mi plan B, cuya propuesta acepto encantado en vista del silencio del plan A, o sea Esteban.


Modernidad – la del Metro de Medellín y su brazo lateral, el MetroCable, por donde subimos hasta ver la Biblioteca España, sobrevolando las comunas calientes de Santo Domingo Savio y La Francia.


Prudencia – con la cena, apenas un poco de arroz y plátano frito, para recuperar el ritmo digestivo normal, alterado por las bandejas paisas y mi entusiasmo con los jugos de frutas.


Encanto – el de los ojos claros de doña Martha, dueña del café donde tomo desayuno todos los días, que me hacen sentir como un parroquiano más frente a mi arepita con queso y mi taza de chocolate.


Carne de gallina – la que te producen las casi cuatro horas del Circuito Pablo Escobar por la ciudad de Medellín, desde sus años mozos hasta la sencilla lápida que lleva su nombre en el cementerio Monte Sacro de Itagüí.


Emoción –cuando nos dicen que el escritor Fernando Vallejo llegará en un par de horas al café de su hermano. Ciertamente nos quedaremos a esperarlo con Andrés Felipe.


Felicidad – la de mi plan B pues no solo conoceré al escritor Vallejo gracias a él, sino que nuestros paseos por la capital paisa serán un enriquecimiento en todo sentido: la pastelería Versalles en el viejo centro donde ciertamente degustaremos empanadas chilenas y argentinas, las esmeraldas que me ayudará a conseguir el padre de su amigo Mario Iván, los exquisitos jugos de frutas frente a los Campos de Paz, las caminatas de Belén a Los Laureles y del centro al barrio de Boston pasando junto a las gordas de Botero y el busto de Mahatma Gandhi.


Descubrimiento – de que el autor de La virgen de los sicarios no comparte la misantropía del narrador de sus novelas. Es un setentón encantador que cada vez que algún admirador se le acerca a pedirle una foto, se saca coquetamente los anteojos y se levanta risueño para complacer la solicitud. A nosotros, sin conocernos, nos invita a su mesa y a tomar lo que queramos.


Tertulia – de tres horas con él, una experiencia inolvidable. Recorremos el valle del Aburrá desde Sabaneta hasta Bello, pasamos por el célebre cuarto de las mariposas, vamos a la peregrinación de María Auxiliadora, conversamos con Barbet Schroeder y Germán Jaramillo, director y protagonista de la película, desmembramos la gramática castellana y revolucionamos nuestra lengua común.


Ausencia – por la que brilló el plan A. No volví a ver al bello Esteban en Medellín ni en ninguna otra parte.


Clínicas – por toda la ciudad se erigen cientos de centros de salud. Me dicen mis informantes que el turismo médico -transplantes, cirugía plástica y mucho más- es una importante fuente de ingreso de esta ciudad. ¡Vea, pues!


Ascensión – del Cerro Tres Cruces, a modo de despedida, antes de partir hacia Cali. Por seguridad, Andrés Felipe me prohibe llevar el móvil así que no quedarán testimonios gráficos de la subida, los esforzados deportistas que nos iremos cruzando por el camino ni de la hermosura del paisaje. 

Certeza – mientras abandono el valle del Aburrá por la subida de las Palmas, de que Medellín, Andrés Felipe y yo volveremos a vernos pronto. ¿Habrá también una segunda oportunidad para el plan A? Vamos a ver.

martes, 22 de octubre de 2013

¡QUÉ TAL RAZA!

Doce de octubre de 2013. En mi calidad de miembro más antiguo del equipo de español, el director me asigna la honrosa tarea de organizar la celebración de la fiesta nacional de España. A ver, con quién contamos: dos peruanos, una parejita española, una profesora mitad mexicana, un alemán casado con cubana y una maestra que ha vivido 18 años en España. ¡Perfecto!

Una vez distribuidas las tareas culinarias y enológicas, falta preparar unas palabrillas para inaugurar la fiesta con gracia, arte, relevancia histórica y sobre todo ¡brevedad! Revisando documentos, me entero de que el antiguo nombre de la festividad “Día de la Raza” surgió en un congreso ibero-americano en los primeros años del siglo XX.

¡Cómo olvidar ese nombre! Porque, en mi país, “tener mucha raza” equivale al ibérico “tener mucho morro” y mi hermana mayor – nacida en tan histórica fecha – nos refregaba su legitimidad para agarrar el mejor pedazo de comida o cualquier otra prerrogativa por ser justamente del Día de la Raza.

Me imagino encantado las caras destempladas que pondrán los colegas alemanes cuando les comente que durante más de 40 años España y muchos países hispanoamericanos llamaron así la fiesta del doce de octubre. En este país, la sola mención de la palabra Rasse ya basta para ser sospechoso de simpatizar con la ideología nazi.

Descubro también que aparte del Día de la Hispanidad, actual nombre del antiguo Día de la Raza, hay países que lo llaman Día del Respeto a la Diversidad Cultural (Argentina) o Día de la Resistencia Indígena (punto para los chicos malos de Venezuela y Nicaragua). ¡Qué irónico! Respeto a la diversidad cultural en una nación sudamericana que fomentó la extinción de su población aborigen. Prefiero aquello de la Resistencia Indígena, alineándome así por vez primera con los países del ALBA.

Para los indígenas del Caribe, en efecto, el encontronazo de dos mundos no fue nada propicio: un siglo después del “descubrimiento” no quedaba un solo taíno, lucayo, quisqueyano o caribe. Hatuey, Anacaona y muchos más seguirían en la memoria colectiva solo como nombres de leyenda. Un genocidio sin sobrevivientes para contarlo.

A modo de ejemplo muy concreto, mencionaré que nuestra encantadora colega, la señora Yvonne, natural de la isla de Cuba, tiene sangre europea y africana pero ni un mililitro de genes caribes. Obvio, si en el siglo XX, ya hacía cuatro siglos que habían sido aniquilados todos los indígenas de las Antillas. Y los del continente tampoco fueron afortunados precisamente: convertidos en esclavos de los colonizadores, desterrados de sus hogares, recluidos en reservas remotas, diezmados en las minas de la puna, demonizadas sus creencias ancestrales y humillada su identidad cultural.

Tampoco podrán faltar en mi recuento las ironías de la historia: como el hecho de que Cristóbal Colón muriera en 1506 convencido de que había llegado a las Indias. Y que mucho tiempo después de las evidencias científicas contrarias, la entidad encargada de gestionar las nuevas colonias se siguiera llamando Consejo de Indias. Indianos era también como se conocía a los españoles que volvían enriquecidos de las Américas y hasta el día de hoy a la población nativa americana se le conoce como indios.

Cómo se retorcería Colón en su tumba al enterarse de que un geógrafo friburgués colocó por vez primera el nombre de América en el mapa de las tierras recién descubiertas, pues estaba convencido de que otro italiano, Américo Vespucci, era el gestor de tan valerosa hazaña.

Pasando al aquí-y-ahora, delante de una mesa puesta con delicias de ambos lados del Atlántico, haré hincapié en el mestizaje culinario: ¿o puede alguien imaginarse una tortilla de patatas sin los tubérculos andinos? ¿O una peruanísima salsa huancaína sin ingredientes españoles como la leche y el queso? ¿De qué color quedaría el gazpacho sin el rojo de los tomates mesoamericanos?

A más tardar en este momento será oportuno alzar la copa para un brindis por el respeto a la diversidad cultural.

lunes, 30 de septiembre de 2013

BOGOTÁ - CARTAGENA

BOGOTÁ
Ir a comprar el pan para el desayuno a la panadería más cercana en las Torres del Parque y terminar bajando -de puro sapo- todo el Parque Independencia hasta llegar a la torre Colpatria en la Carrera Séptima.
La falta de aire al subir por el mismo parque de regreso de Colpatria a La Macarena, tomando en cuenta que no acababa de cumplir 12 horas a 2.760 metros de altitud.
Caminar cantando El Pescador – en versión de Totó la Momposina- por las calles y parques del Bosque Izquierdo.
Pagar un dólar ochenta por dos kilos de perfumadas granadillas en el mercadito de la Perseverancia.
El sabor indefinible de mi primer -y último- jugo de feijoa... una fruta verde pequeña de improbable nombre. Yo me preguntaba si el mismo tendría que ver con feijão (= frejol en portugués). ¡Pero no! El botánico alemán Otto Karl Berg la bautizó así en homenaje a João da Silva Feijó, un naturalista luso-brasilero del S. XVIII.
Las vistas desde el departamento de Óscar en el noveno piso de la ladera.
Despertar por el canto de un gallo en la acogedora garçonnière de Leo en las colinas del Chapinero aka Gay Hills.
La conversación con un cachaco octogenario, sentados ambos mientras hacía sol y lluvia (!) en la Plaza Bolívar.
La tentación de unas pastas con palta (en el menú decía aguacate, en honor a la verdad), platillo que resultó ser angustiosamente soso.
Esperar una hora para poder subir al mirador de Colpatria. Y claro, si a cada uno le toman las huellas digitales electrónicas de cada dedo, fotografía de frente y perfil. Ni para ingresar a los sacrosantos EE.UU. ¡No se pasen esos colpatriotas!
El sobrecogimiento producido al ingresar a la basílica-catedral de sal de Zipaquirá, ubicada en los socavones de una antigua mina.
El inesperado encuentro con mi paisana Santa Rosa de Lima en uno de los recodos de la mina.
Las delicadas y finísimas arepitas del desayuno andino de la panadería Ázimos.
El verdor de los Andes Orientales vistos desde el mirador de Monserrate.
El verdor de las gemas expuestas en el Museo de las Esmeraldas.
Las crêpes poblanas, con ese delicioso puntito de picante, de la cadena de restaurantes Crepes & Waffles, conocida por dar preferencia laboral a madres cabeza de familia.
Las manos regordetas de Botero en el museo del mismo nombre.
La brevísima pero ejecutiva visita de Richard, con quien manteníamos una nutrida correspondencia ciberepistolar de varios meses.
El sermón de Gerhard al día siguiente de la visita de Richard prohibiéndome recibir a más ilustres caballeros en la casa de su marido Orlince.
La visita de Wilson, un entusiasmado osito que recibí apenas habían partido de la casa Gerhard y Orlince rumbo a tierras sureñas.
La amabilidad de Óscar para conseguirme viajes seguros en taxis de su plena confianza.
La publicidad en el Puente Aéreo: Colombia - The only risk is wanting to stay! 
¡Es verdad!

CARTAGENA DE INDIAS
La alameda de palmeras que flanquean el camino desde la escalinata del avión hasta la terminal aérea. Una sensación de Hawai con salsa.
¡Mucho calor!
La emoción de empapar por vez primera mi transpirada humanidad en la Mar de los Caribes.
Una deliciosa limonada con puesta de sol en el Café del Mar encima de la muralla.
Las arepitas de queso del parque Bolívar matizadas con la grata conversa del paisa Jaime.
Delicioso pescado en salsa de coco en el seráfico local llamado Acción de gracias.
Bicicletas de alquiler con asientos castrantes...imposibles de montar más de una hora seguida.
La ley seca por las elecciones municipales que hicieron que no probara una gota de alcohol durante mi estadía caribeña – a no ser por las socorridas chelitas dentro de la pensión del franchute Michel.
Curiosear por los patios y fuentes de las casonas y mansiones coloniales de la ciudad amurallada, sobre todo aquellas con WiFi que descaradamente aprovechaba para ponerme al día con mis contactos de aquí y de allá.
Niños peloteando, ancianas conversando, puestos de comida de diversas delicias en la placita de la Trinidad, corazón del saleroso barrio de Getsemaní.
Las aptitudes lingüísticas de Javier, bachiller en Derecho por la Universidad de Cartagena.
La playa desierta en la costa norte de la Isla Grande del Rosario, coronación de una caminata ecológica que un solo pasajero desquiciado reservó: yo. ¡Felizmente!
Las dos botellas repletas de envoltorios plásticos recogidos del suelo durante la hora que duró la caminata ecológica...y la cara del guía Jáider.
El trueque forzoso de mi camiseta caboverdiana por una local de Cartagena a instancias del negro Jorge que no me dio chance de rechazar la transacción: “tengo que tener esa camiseta tuya”. La pulserita cannabis que después me vendió el moreno de marras con un argumento irrefutable: “cómprale algo a este negro”.

Recuerdos imborrables de mis primeros diez días en tierras colombianas.