jueves, 30 de septiembre de 2010

HERMANAS Y CANGREJOS

Inge es la hermana mayor de mi amigo Lars. Terminando el colegio se fue a estudiar hostelería en un reputado instituto de Suiza. Con el título en el bolsillo más sus vastos conocimientos de idiomas, inmediatamente la reclutaron como aeromoza de Swissair. Disfrutó muchísimo volando por el mundo durante la época de oro de la línea aérea helvética y de paso gozaron también sus padres y hermanos con los privilegios familiares de una chica de alto vuelo. En uno de sus viajes, Inge conoció a bordo del avión al que sería su futuro marido, Markus. Siguió volando durante el noviazgo y primeros años de matrimonio, pero cuando llegaron sus hijos Per y Stefanie quiso dedicarse íntegramente a su familia. Una vez que su hija menor entró a la secundaria, pensó ha llegado el momento de retomar mi carrera, no necesariamente en mi antigua oficina del aire, sino en alguna otra cosa que me permita volver a casa cada noche. Siendo una mujer muy sana, ignoró el repentino malestar que le sobrevino por esa misma época hasta que las molestias se volvieron insoportables. Después de dos diagnósticos insuficientes y una resonancia magnética, los hombres de blanco le dijeron que tenía un cáncer con ramificaciones y que había que operarla con urgencia. A la cirugía siguieron las consabidas quimioterapias y radiaciones. En menos de dos años su familia estaba comunicando el sensible deceso de Inge, que se despidió de este mundo rodeada de Markus, sus hijos, su madre y su hermano Lars. Habían pasado 41 años desde su nacimiento.

Carina es la hermana mayor de mi amigo Pancho. De espíritu despierto y gran vitalidad, no tuvo la paciencia de hacer una carrera universitaria después del bachillerato. Con un diploma comercial en lo que verdaderamente le encantaba – la indumentaria – trabajó un tiempo en una boutique del Shopping de Alto Palermo hasta que le ofrecieron ser administradora de una tienda mucho más grande y elegante en el flamante Patio Bullrich. Amaba su trabajo pero también a su novio Arturo. Se casaron cuando ella tenía 25. Su hija Katia llegó dos años después. Eran una familia joven con los momentos de felicidad y las luchas domésticas propias de la institución matrimonial. Pero la energía que irradiaba era muy positiva. Con un estoicismo digno del espartano más recio, soportó el diagnóstico de cáncer al estómago y las consiguientes operaciones así como los estragos de sus terapias químicas y radiaciones. Disfrutaba cada momento que podía pasar con Katia, con Arturo y con Pancho. Tuvo una fase de recuperación que le bastó para que su hermano la invitara a viajar con él a Florianópolis, lugar que desde siempre le había hecho mucha ilusión conocer por las hermosas playas que bordean la isla de Santa Catarina. Poco después del viaje vino la recaída y a las dos semanas de cumplir treinta, Carina no resistió más.

Mari es la segunda de mis hermanas. Me lleva dieciocho años y once días. Desde que tengo uso de razón, o sea ya Mari bastante grandecita, siempre se ha llevado como perro y gato con nuestro padre. Ambos son muy volubles, irascibles y violentos. Comparten en cambio un apetito indomable que se traduce por lo menos en unos 20 a 30 kilos de sobrepeso. Les encantan también las ensaladas y nadie las aliña tan rico como ellos con solo tres condimentos: aceite de oliva, vinagre y sal. El gran amor de Mari durante su infancia y juventud fue nuestro abuelo materno, al que llamábamos papacito y, por lo que me cuentan mis hermanos mayores, le encantaba subirse al carro con todos sus nietos apilados uno sobre otro, llevárselos a comer pollo a la brasa y luego los más ricos helados de Lima.

Dos décadas después, cuando yo lo conocí, ya había perdido completamente la razón y no reconocía ni a su mujer. Por esa época es que Mari, con su espíritu de aventura sin fin y una sed insaciable de conectarse con el universo, se fue a Nueva York con cien dólares en el bolsillo y sin permiso de residencia ni de trabajo. Como tantos otros inmigrantes ilegales, cuidó niños y limpió casas durante varios años hasta que pudo acogerse a una amnistía y conseguir la codiciada green card. En uno de sus primeros viajes, hizo una escala técnica de medio año en Venezuela para vivir en un ashram. De hecho nunca la vi tan delgada como después de aquel período venezolano. Tampoco nos sorprendimos cuando nos presentó a Jim, su voluminoso marido italo-americano, 31 años mayor que ella y tremendamente parecido de carácter a su bienamado papacito. Algún gracioso en la familia les puso de apodo Doble Cero. Tendrían unos cinco años de casados cuando los visité en Miami. Caminando con Mari al borde del Atlántico, me contaba que no soportaba vivir con Jim, que era tan celoso que no quería que ella consiguiera un trabajo ni saliera de la casa. Poco después su otelo tuvo un derrame cerebral y se quedó inválido. Mari recuperó parcialmente su libertad porque fue entonces que le diagnosticaron su primer cáncer.

Siguieron once años intercalados por un lado de cirugías y quimioterapias pero por otro también de periodos tranquilos y felices. Para su última fiesta de año nuevo, como si intuyera que no habrían más, me cuentan que se arregló y bailó hasta el amanecer. En mayo su estado se volvió crítico pero como era una persona muy fuerte recién a fines de julio consiguió desencarnar y reencontrar su origen divino. La quiero recordar como la vi bailando en el matrimonio de un amigo de la familia. Hasta ese momento nunca me había percatado del aguzado sentido del ritmo de Mari que evidentemente vibraba con la música en cada fibra de su ser.

martes, 31 de agosto de 2010

EL PASADO AL OTRO LADO

Gracias a mi confiable despertador y al colectivo Olivos – Boca, después de atravesar kilómetros de avenidas flanqueadas por modernos edificios y alguno que otro en vías de demolición, llego perfectamente y con la debida anticipación al terminal fluvial de Puerto Madero Sur. Es la primera vez que voy a cruzar el Río de la Plata a ras del agua. Hace una semana lo crucé por aire y de noche, con lo cual los únicos indicios a la mano eran las escasas luces en el lado uruguayo, luego un gran agujero negro y en la otra orilla el interminable mar de luces de Buenos Aires.

Equipado con un café con leche y una medialuna en la barriga, obedezco al llamado a los pasajeros para embarcar. Pero se trata de una travesía internacional, así que antes de subir a la motonave es necesario pasar el control de pasaportes. Me sorprende ver a dos personas controlando y sellando los documentos de cada pasajero. La explicación: para facilitarles las cosas a los viajeros, los gobiernos de Argentina y Uruguay acordaron controlar a un solo lado del río. Es decir que en Buenos Aires trabaja un policía uruguayo que te sella la entrada en Uruguay y al momento del desembarco en Colonia simplemente abandonas la nave, el terminal fluvial y sigues tu camino. Muy customer-minded.

Son las primeras horas de la mañana de un día espléndido y el Río de la Plata hace todos los honores a su nombre reflejando los rayos del sol oblicuo de otoño. El agua está tranquila y la nave avanza sin prisa pero con determinación hacia el noreste. Nada hace presagiar que el viaje de retorno será una pesadilla. Avistamos los primeros islotes que anuncian la inminente llegada a la banda oriental. Con una buena dotación de pesos uruguayos en los bolsillos „tomamos“ la calle Rivera – en esta región del mundo hispano sería inapropiado „cogerla“ – en dirección a la avenida General Flores.

Lo primero que me llama la atención es que, saliendo de una megalópolis como Buenos Aires, Colonia parece que se hubiera quedado anclada en el pasado. Su población es casi 600 veces menor que la porteña, por lo tanto no hay mucho tráfico, todavía se ve algunos coches tirados por mulas o caballos. Todo te trasmite una sensación inevitablemente deliciosa de cámara lenta. En la oficina de información turística, un muchacho de Conchillas que por su buen ver merecería ser considerado de interés nacional, nos indica sus lugares favoritos en un plano bastante añejo.

No le hago caso, por supuesto, y recorriendo las empedradas calles del pintoresco centro histórico, llego a la conclusión de que la principal preocupación del coloniense es sin duda alguna quedarse sin yerba mate o agua para cebarla: si no, cómo se explica que casi todos lleven un termo y su bombilla en unos prácticos estuches de cuero. Pero la mayor de las sorpresas está aún por llegar: Colonia cuenta con la más surrealista maceta que he visto en mi vida, un carro de los años 30 ó 40, ubicado al lado del restaurante y bar Drugstore.

Finalmente, después de haber pasado tres días en Uruguay, me embarco hacia Buenos Aires. Ha llovido todo el día y la salida se retrasa por una tormenta. La naviera invita al público a servirse un aperitivo por cuenta de la empresa. Como mucho más de lo que me provoca por el puro hecho de ser gratis. Antes de terminar mi último mordisco de alfajor y luego de una medialuna de jamón y queso, los altavoces invitan a embarcar a los pasajeros a Buenos Aires.

Un risueño vigilante nos pregunta pícaro ¿por qué comieron tanto? al pasar a su lado. Pienso en la sensación de hartazgo que me invade y en las olas que nos esperan en el río-mar. Ya es de noche y la nave se mueve como una cáscara de nuez. La tripulación reparte bolsitas para el mareo a diestra y siniestra. Augurio de que algo nada apetitoso va a pasar. Más adelante se reparten pañitos embebidos en alcohol. Pido uno para mí también. Felizmente, el puerto de Buenos Aires llega más rápido que las náuseas.

domingo, 8 de agosto de 2010

UNA PINTADITA POR VAMA VECHE

Imagínese la benevolente lectora o el despistado lector el último caserío rumano junto al Mar Negro a mil quinientos metros de Bulgaria. No son más de diez manzanas con unos 200 habitantes, pero tratándose de un fin de semana en toda la canícula de julio, la población fluctuante sobrepasa a la permanente en una proporción de 20 por 1. Su nombre significa „aduana vieja“ a raíz de una guerra después de la cual la frontera búlgara se corrió hacia el sur. Casi treinta años más tarde, otra guerra repuso el límite en el lugar de antes, pero el nombre quedó para la posteridad.

Me cuentan que la historia de Vama Veche como balneario comenzó a fines de la era Ceausescu. Era una playa salvaje, sin casas ni esos románticos edificios rectangulares típicos de la arquitectura socialista. Los pioneros iban con sus carpas, acampaban en la arena y alguno que otro practicaba el nudismo: una playa válvula de escape. Poco a poco se fue urbanizando la orilla. Surgieron las primeras pensiones, los primeros hostales, pero manteniendo un carácter de pueblo bohemio, sin permitir por ejemplo que las edificaciones pasaran de tres pisos.

328 kilómetros de autopistas y carreteras separan a Bucarest de Vama Veche. Para llegar sin problemas de tránsito, salimos de la capital rumana antes del amanecer confiando que en cuatro horas estaremos remojando nuestras humanidades en el tibio Mar Negro. ¡Grave error de cálculo! Todo va bien hasta que llegamos al peaje que marca el fin de la Autostrada Soarelui - la Autopista del Sol. Después de un atasco bastante soportable de veinte minutos, cruzamos el Danubio admirando la metálica estructura de los puentes de Saligny que parecen hermanos de la torre Eiffel y atravesamos la idílica región viñera del Murfatlar. Todo marcha según el plan cuando llegamos a Constanza, el principal puerto del país.

Vemos a lo lejos un semáforo. El torrente de carros, camiones, camionetas avanza lentísimo. Comienzo de dolores. Es viernes, al parecer medio Rumanía ha tenido la genial idea de desplazarse a las playas del litoral y no avanzamos nada. Constanza no tiene autopista de circunvalación - en los mapas aparece que está „en construcción“ - lo que significa que tendremos que continuar por este río de lata y caucho criogenizados. Casi dos horas pasan hasta que por fin vemos el ansiado cartelito en que el nombre del puerto está atravesado por una barra roja diagonal y podemos volver a acelerar la máquina. La temperatura exterior es de 34°C y la ansiedad por llegar pronto a la playa hace que la sensación térmica sea diez grados más alta.

Cuando finalmente estamos en Vama Veche, dejamos el carro estacionado en la calle principal y nos consagramos a la tarea de buscar un alojamiento digno de albergar nuestras acaloradas anatomías por tres noches. Después de escuchar por décima vez la pregunta ¿tienen reserva? seguida de un lo sentimos pero estamos completos, el buen humor y la buena disposición bajan al mínimo. ¡Lógico! Es temporada altísima y no tenemos reserva. Craso error de logística. El Sunset Beach nos salva de tener que pasar la noche - como muchos otros veraneantes - en la arena. No me parece muy coherente el nombre „puesta de sol“ tratándose de una playa donde el sol sale por el mar pero tienen sitio y no hay que perder tiempo con insignificancias en esta corta vida.

Durante nuestra cruzada hostelera, avistamos a tres muchachos con indudable aire de latinos pero en ese momento tenemos otros deberes sagrados que cumplir y la cosa no pasa de un comentario risueño entre los entendidos. Seis horas más tarde me vuelvo a cruzar con uno de ellos, Pedro, a orillas del mar. Oye ¿eres colombiano? No, mexicano, ¿y tú? De Perú. Hey, qué sorpresa y venirnos a encontrar aquí al otro lado del mundo. Al rato aparecen Efraín y Pancho, completando el trío. Me cuentan que son estudiantes de química que han terminado la carrera y están recorriendo mundo. Allá en México han formado una asociación y se llaman Los Gatos, con estatuto y todo. ¡Qué padre! Les cuento un poco de la historia de la playa y los conmino a ingresar al mar prescindiendo de todo tipo de prendas textiles - comme il faut en Vama Veche. Efraín y Pancho no lo dudan ni un segundo, pero Pedro tiene sus recelos y no se anima a quitarse su ropa de baño.

Por la noche, cuando las discotecas al borde del mar se llenan, me vuelvo a encontrar a Los Gatos en el Stuf, uno de los lugares más frecuentados. La música se podría describir como grandes éxitos del pop y rock de los últimos treinta años. La clientela es tan fiel y agradecida que gran parte de ella se queda hasta el amanecer y en el momento preciso en que el sol sale del mar, tocan el Bolero de Ravel. Para acortarnos la espera hasta tan solemne melodía, los Gatos tienen una técnica muy depurada: vamos al kiosco del Bulevar y compramos unos „pomitos“, a saber una botella de ron, una de cocacola y una de agua con gas. Mézclese una parte de ron, una de cocacola y tres de agua y se obtendrá una refrescante y tonificante pintadita. Contando con tan calorífera indumentaria, la noche de Vama Veche se pasa bailando entre Madonna, Kid Rock, Pink y AC/DC. Cuando menos pensamos ya está sonando Ravel y con los Gatos nos damos un chapuzón en el Mar Negro viendo la salida del sol.

miércoles, 14 de julio de 2010

ANDRÉS, EL PULPO Y LA VUVUZELA

Hace menos de 48 horas que Andrés Iniesta, un peladito de veintiséis años natural de Fuentealbilla, provincia castellana de Albacete, anotó el gol que catapultó a la selección española al campeonato mundial por primera vez en la historia. Llegaban a su fin cuatro semanas y tres días al compás de las elefantiásicas vuvuzelas, bombardeados permanentemente por las noticias del otro extremo del mundo y en este por los impecables vaticinios del pulpo Paul. Para los que no somos aficionados al fútbol y hallamos las perspectivas del intercambio de camisetas más interesantes que el juego mismo, es indescriptible la sensación de alivio en el ambiente.

Lo que no significa que no hayamos permanecido treinta o tal vez hasta cuarenta minutos viendo algún partido. Incluso con todos los adminículos que la ley exige: a saber, sendas botellas de cerveza y un bol rebosante de papitas fritas. Es más, pocos conocidos míos han conducido su calendario o „fixture“ con mayor pulcritud que el suscrito, siempre completo y al día. No me interesaba ver cada partido pero sí colocar los resultados en las casillas correspondientes desde el Sudáfrica – México, que abrió el torneo, hasta la final de España con unos matones en naranja.

Incluso aprendí a tocar la vuvuzela. Era el tercer día del campeonato y en Durban los germanos golearon a los australianos por juergueros y cerveceros. Yo estaba en Dortmund (sí, la ciudad del Borussia) y uno de los espectadores trajo una vuvuzela. Al primer intento no salió más que aire y babas. Uno más y descubrí el truco: no apretar tanto boca y labios sino aproximarlos al instrumento con soltura y darle a todo pulmón. Y sonó como tenía que sonar, como un trompetazo de elefante. Finalmente tuvieron que arrancarme la vuvuzela de las manos porque si no, no la iba a soltar. Me tentó la idea de comprarme una. Las primeras veces que pregunté, durante la semana inicial del evento, me asustaron los precios (12 euros... ¡ni hablar!). Conforme pasaban los días, se ponían más baratas (super-oferta: 3 euros), pero no volví a pasar por aquel puesto de venta y en ese momento tenía prisa para no perder el autobús. No he vuelto a tocar la vuvuzela desde entonces. Tal vez le consulte a Paul cuál es su opinión al respecto, comprar o no comprar.

Tiene fama de ser el mejor agorero: el pulpo Paul – que no se pronuncia „pol“ a la francesa sino „pá-ul“. Con ocho pronósticos correctos en serie, es más certero que todos los expertos y charlatanes de las principales cadenas de televisión. Sus últimas actuaciones relativas al Mundial de Sudáfrica se trasmitieron en vivo por TV e internet a millones de espectadores en todo el mundo. En España le quieren otorgar una medalla de honor y colocar un monumento. En Holanda y Alemania, muchos lo quieren ver convertido en pulpo frito o al olivo. No sorprende, si se piensa que Paul vaticinó la victoria de los unos y la derrota de los otros sin mayores argucias que sus ocho tentáculos y dieciséis docenas de ventosas. En su domicilio, el acuario de la ciudad alemana de Oberhausen, han rechazado una tentadora oferta de venta por más de 30 mil euros... de España, naturalmente.

A diario, Paul recibe centenares de cartas y correos electrónicos con preguntas como „¿me engaña mi marido?“ o „¿aprobaré matemáticas este año?“. Pero sus asesores lo tienen clarísimo: el pulpo adivino se jubilará al término del campeonato y no podrá responder al aluvión de misivas. Será la atracción del acuario de Oberhausen, pues desde que se hizo famoso, el número de visitantes ha aumentado de manera vertiginosa. ¡Buen provecho con el salmoncito, Paul!

lunes, 5 de julio de 2010

EL HABLADOR NO TIENE QUIEN LE ESCUCHE

HAMBURGO, un sábado de enero de 2010

Tenemos el invierno del siglo, dicen los medios. Nieva en las alturas y en el llano. Las temperaturas hace semanas que no llegan ni a cero grados en la escala del sueco Celsius. Para quienes prefieren la de su colega germano Fahrenheit, estamos por debajo de 32 grados. Respondo a la solícita invitación de Alberto Villegas, editor-fundador de la revista Calendario, órgano de la comunidad latina de este primer puerto alemán. Nos conocimos en la feria del libro y quedamos en que me invitarían durante los meses de invierno para presentar mi Coctel Selva Negra al público de la ciudad hanseática.

Cuarenta personas han confirmado su asistencia – todo un logro tratándose de la presentación de un autor totalmente desconocido. Por precaución, llego la víspera. Incluso tengo la suerte, que se da una vez cada quince años más o menos, de caminar por la superficie plenamente congelada del río-lago Aussenalster junto con miles de juguetones hamburguesas y hamburgueses. La helada es tan fuerte que la super-protectora polizei tolera sin intervenir la invasión masiva del río petrificado.

24 horas más tarde, sábado por la noche, ya no le hallo tanta gracia al hielo ni a la nieve: hace más de una hora que deberíamos haber comenzado con mi presentación pero ¿dónde está el público? Dos queridas amigas han hecho malabares para llegar a pesar del metro de nieve que hay en las calles, pero ¿y los otros treinta y ocho?

Por respeto a los puntuales, comenzamos con tan solo noventa minutos de retraso. Mi amiga Rita lo lamenta pero tiene que irse antes del inicio. Luego de la lectura y la rueda de preguntas, tres artistas presentes en el público tienen la gentileza de darle un verdadero relieve a la sesión con sus respectivos estilos y canciones. Un toque emotivo altamente bienhechor para la congelada noche hamburguesa. Al día siguiente, regreso a casa con el dulce recuerdo de sus voces y en la mochila dieciocho de los veinte libros que creía poder vender.

BASILEA, un jueves de junio de 2010

Han pasado cinco meses desde Hamburgo y por fin tengo otra invitación para compartir mi libro con el público interesado de la ciudad suiza de Basilea. Es un momento muy memorable para mí porque por primera vez el escenario de la presentación es al mismo tiempo uno de los lugares donde se desarrolla la acción de Coctel Selva Negra. Tuvimos el mayo más frío desde el inicio de las mediciones meteorológicas, pero desde la víspera hace sol y las temperaturas están superando los veinte grados. Chabela, la anfitriona, una encantadora librera boliviana, está enferma y no puede asistir pero tiene el detalle de enviarme a dos amigas para que me ayuden con el evento.

Llega el jueves y los termómetros vuelan casi a treinta grados. Lo que me faltaba: un metro de nieve en Hamburgo y ahora el jodido calor de junio. Me escribe un mensaje de texto mi querida amiga alemana Melanie con la que contaba sin falta para este jueves: estoy en una despedida y no llegaré a tiempo, sorry. Xiomara también me manda un mensajito y es que no ha conseguido niñera y, sin tal infraestructura, imposible venir para la precavida y maternal colombiana. No es el caso de Robert. Fuimos compañeros de trabajo hace casi diez años y este encantador gigante germano-franco-helvético no ha dejado de ser un consejero entrañable, amigo leal y más que nada dueño de la palabra perfecta en el momento preciso. Su castellano deja mucho que desear, pero me dijo que no faltaría a la cita y antes de la hora prevista ya está sentado en primera fila regalándome su sonrisa cómplice.

Una de las amigas de Chabela, solidaria con la causa y en vista del vacío de público, sale corriendo a reclutar -correa en mano- a dos chicos que trabajan cerca de la librería y por supuesto no rechazarán la marcial invitación. La otra amiga acomoda en canastitas unos refrescantes melocotones y se encarga de que no falten copas para el vino ni bocaditos que lo neutralicen. Así no se trepará tan rápido a las felinas cabezas de los cuatro gatos que somos.

Silvina y Marcelo llegan algo tarde a la librería de Chabela y cuando ven que ya he comenzado a hablar, con su habitual discreción, prefieren seguirse de largo y no interrumpir mi discurso. Saldo del evento: una hora con un público verdaderamente selecto y tres libros vendidos más otros tres que se los dejo en comisión a Chabela por si acaso... sobre todo porque no tengo ganas de cargar con ese peso en mi viaje de regreso.

DARMSTADT, otro jueves, esta vez de julio de 2010

Mi amigo Lalo tiene un restaurante latino en esta pujante ciudad universitaria y quedamos en hacer una presentación de mi libro en una de sus noches culturales. Habíamos acordado producir conjuntamente volantes para la publicidad correspondiente y le envié los archivos que me solicitó con un mes y medio de anticipación. Llego jadeando al Machu Picchu. Una vez más, el Sr. Celsius tiene el mal tino de prodigarnos un sol radiante y 34 grados a la sombra, faltando una hora para la lectura. Curtido por las experiencias anteriores, esta vez llevo conmigo apenas cuatro libros.

Lalo me recibe con una cara de poco sueldo: no tengo ni una sola reserva de mesa, compadre. ¿Y los volantes, Lalo? No los pude hacer, no he tenido tiempo, disculpa. Pero te voy a invitar a comer y así conversamos tranquilos para hacerlo mejor la próxima vez. Antes de poder comer mi generosa quesadilla y tomando en cuenta la puntualidad de nuestra gente, espero cuarenta y cinco minutos, por si acaso se produzca el milagro.

Luego, ya asumido el hecho de que hoy no habrá presentación alguna, ahogo mi desilusión en un vaso grande de cerveza con sprite. Me siento para tal efecto en una mesa, rodeado de cubanos donde a un tal Carlos le dicen Cal-los y a todos evidentemente les encanta hablar de política. El chico más joven defiende los logros de la robolución, los mayorcitos están totalmente en contra y dan gracias por haber salido de las fauces del caimán, uno de ellos incluso se quiere traer a una noviecita dominicana que conoció en sus vacaciones en Puerto Plata. Como la mayoría en esa mesa fuma, me retiro discretamente con mi quesadilla a otra esquina y me pregunto si tendré la paciencia y tenacidad para seguir adelante con esta aventura.

viernes, 25 de junio de 2010

RECONQUISTANDO MADRID – TOMO II

Me levanto sorprendentemente temprano, tomando en cuenta la ingestión masiva de pisco sour de la noche anterior, y camino cuatro cuadras por Huertas y Amor de Dios hasta el mercado de Antón Martín. He descubierto un puesto de comida peruana así que hoy toca desayuno servido por una simpática familia trujillana. Mis profundas reflexiones sobre si pedir primero una papa rellena o una causa limeña llegan abruptamente a su fin cuando me dan a entender que la cocinera todavía no ha llegado y puede tardarse un buen rato. Es decir: pides tu desayunito ibérico, compadre, o buenos días los pastores. ¡Qué me queda! Sustituyo la papa rellena por una castellanísima tortilla de patatas con cierto sabor a desengaño.

Si toda va bien, hoy a mediodía habré firmado un contrato con una agencia literaria para dizque fomentar mi carrera de escribidor. Para tal efecto me interno en el centro de la tierra, es decir la estación de cercanías de Puerta del Sol. Desde la construcción del ramal subterráneo que une las estaciones de Chamartín, en el norte, con Atocha por el sur, el subsuelo de Madrid ha quedado más perforado de lo que ya estaba con las numerosas líneas del metro. Bajo una infinidad de escaleras mecánicas y, poco antes de llegar a Nueva Zelandia, ubico el andén por donde pasa el tren al sur.

Media hora después, como quedamos, espero a Miguel en la estación de Getafe. Nos hemos visto una sola vez, hace casi medio año, pero no tenemos la menor duda de que nos reconoceremos sin problema. Veo pasar a un gordito melenudo que también me mira y se sigue de largo. Definitivamente no es Miguel. Pasan más de quince minutos desde la hora acordada y la impaciencia que me carcome. Lo llamo a su móvil y me dice te estoy esperando en la estación. No puede ser. ¡Es el rellenito pelucón! Me invita una caña en un bar de su barrio antes de proceder a la firma del documento que nos unirá por los próximos tres años.

Yo contaba con que íbamos a rociar el enlace con un buen vinito pero, por problemas familiares, Miguel no tiene tiempo y me abandona a mi triste suerte, con toda la amabilidad del caso, en la cervecería 100 montaditos de calle Madrid. No tengo la menor idea de lo que serán estos montaditos acá pero tengo hambre y ¡bienvenidos sean! Estudiando el menú, me entero de que son sanduchitos pequeños y me pido un surtido de cinco para hacer la consiguiente evaluación gastronómica. No están mal los montaditos.

De regreso en Madrid, descanso un buen rato antes del encuentro con Nuria y Sonia en el sabroso barrio de La Latina. Conocí a Nuria el verano pasado en Alemania. La guapa barcelonesa estaba promocionando su última película y los que le organizaban la gira me preguntaron si podía hacer un city tour con ella, a lo que accedí encantado. Degustando una cidra de la región, me comentó que su compañera de piso era una actriz peruana. Seguramente una desconocida, pensé, pero con una mezcla de educación y curiosidad pregunté por el nombre. ¡Sonia Ausejo! Mi actriz favorita. He visto casi todas sus películas... ¿y vive contigo en Madrid? In-cre-í-ble. Para colmo, su piso queda en mi barrio preferido, entre Atocha y Santa Ana. Quedamos en que saldríamos a tomar una copa la próxima vez que fuera a Madrid y aquí estoy cobrando la promesa.

La vida de artista es muchas veces dura y en tiempos de crisis peor. De momento, Nuria se recursea como barista en un café de moda y Sonia cuida niños. Son bonitas, tienen un buen currículum pero la competencia es grande y los proyectos interesantes pocos. Disfruto mucho las dos horas que paso en compañía de estas chicas hermosas y valientes, sin nada de disfuerzos ni arrogancia.

A las diez de la noche, entre el oso y el madroño de Puerta del Sol, me esperan Paco y Lucía. El chavalín y yo trabajamos hace tiempo para la misma empresa, si bien a dos mil kilómetros de distancia uno del otro. Nos conocimos y caímos bien telefónicamente pero recién hoy, cuatro años después, vamos a vernos en vivo y en directo. Por precaución, viene con su novia. Sugiero, para empezar, regalarnos la vista con un aperitivo en el Penthouse de Plaza Santa Ana. Tengo una afición innata por los lugares elevados con vista panorámica. Siendo Paco y Lucía lugareños, para ellos también es la primera vez que ven su ciudad desde arriba. El frío de marzo no nos deja estar más de cinco minutos a la intemperie, así que optamos por un cambio de ambiente y rematamos la noche en un bar irlandés con música de U2 en vivo.

Luego de acompañar a mis huéspedes-anfitriones hasta la boca del metro, regreso a mi cuartito con la cabeza llena de imágenes de Madrid desde arriba, Getafe, La Latina con Nuria, Sonia, montaditos, trenes, estaciones, Lucía, Paco.

El sábado por la mañana no me queda mucho tiempo. Apenas lo justo para un delicioso desayuno en un café de la calle Atocha y una vuelta por la Plaza Mayor. Al pie del monumento, un trío de violinistas venezolanos tocan Vivaldi mientras un sol de marzo me entibia los hombros. Con ese calorcito encima, recojo mis bártulos y me resigno a las 20.000 millas de viaje subterráneo que me esperan hasta Barajas.

viernes, 18 de junio de 2010

RECONQUISTANDO MADRID – TOMO I

Es la una de la madrugada y por fin estoy en mi céntrico hostal del Barrio de las Letras. Quería alojarme en el Palace, pero felizmente hice a tiempo los cálculos llegando a la conclusión de que me falta vender unos dos millones de libros antes de calificar para ese hotel. Llego exhausto por el retraso de mi vuelo y el ataque de avaricia que me llevó a no tomar un confortable taxi (tassi, en madrileño) sino la peor conexión de metros de cualquier capital europea: camine ud. kilómetros de kilómetros en cada estación de correspondencia. Recuerdo al autor alemán que comentaba risueño la profundidad de los trenes subterráneos diciendo que al parecer Madrid comparte algunas líneas con Sydney. Pero yo no quiero ir a Australia en este momento, ni se me ocurre salir a buscar algún barcito abierto, solo quiero echarme a dormir para estar en forma mañana.

¡Qué mejor manera de empezar el día en Madrid que un reconfortante desayuno en Los Zuritos, al lado del Reina Sofía! En una mano, EL PAÍS – para el cerebro – y en la otra ¡HOLA! – para el corazón. Estudio el menú cinematográfico llegando a la conclusión de que la cinta elegida será la argentina que está a punto de ganarse un óscar. Sigo elucubrando la agenda del día y casi me atoro con mi deliciosa tostada integral recubierta de tomate cuando descubro que esa tarde se presentará por primera vez en Madrid el espigado autor chileno Pablo Simonetti. Está clarísimo el programa: cine a las cuatro y cuarto en el Princesa y de allí por la Gran Vía, directo y sin escalas, hasta la Casa de América para conocer al escritor del que tanto me han hablado mis amigas chilenas.

Primera decepción de la tarde: El secreto de sus ojos la pasan en una sala tamaño familiar de a lo mucho 24 asientos. Me ubico al fondo en una hilera de tres que está vacía. Segunda decepción: al segundo de apagarse las luces, recibo compañía. Se sienta a mi izquierda una jubilada hambrienta, a juzgar por los aromas -no precisamente de mistura- que despide su bolso. Lo que me faltaba, un pícnic en el cine y el olor a salsa barbecue que no me deja concentrarme en las miradas pícaras que intercambian Soledad Villamil y Ricardo Darín. Espero que no te moleste mi merienda, solicita mi autorización la susodicha. ¿Qué le voy a decir, que os vayáis a sentar a otra fila?

Terminado el festín powered by McD., no pasan ni cinco minutos y ¡ronquidos a babor! Mi vecina pasa de la saciedad de consumo a un profundo sopor. En un inesperado arrebato de vigilia, me pregunta, alarmada, si se ha perdido mucho de la peli. No, no, la tranquilizo. Y ella vuelve a roncar plácidamente hasta que aparecen las consabidas tres letras eFe-I-eNe. Se ilumina la sala y el brillo de las luces despierta a Paz.

- Que he dormido muy mal por mi trabajo, chaval.

- ¿Ah, sí? ¡Qué pena! Fue una película muy buena. (Pobre vieja, pienso, seguro trabajas limpiando oficinas como tanta jubilada española y has dormido poco.)

- ¿Eres argentino, verdad?

- ¿Argentino yo? No, soy peruano. ¿Y usted?

- Soy madrileña, una de las pocas personas nacidas en Madrid. Pero tú hablas como argentino. Yo vengo mucho al cine. Pero hoy sí que me he quedado frita. Con la vida cultural de Madrid, siempre hay alguna atividad (sic) interesante.

- Argentino por ningún lado, señora. Se nota que ud. de acentos sudamericanos no sabe mucho. A propósito, yo voy ahora mismo a la presentación de un escritor chileno en la Casa de América. ¿A lo mejor le interesa?

- ¿En la Casa de América? Pues claro que me apunto.

- ¿Nos da el tiempo para hacer todo Gran Vía a pie hasta Cibeles en media hora?

- Por supuesto. Tú, sígueme, majo, que este es mi barrio.

Y cual Caballero de Gracia sudaka recorro por primera vez la Gran Vía en compañía de una genuina aborigen. En el trayecto aclaramos los malentendidos del cine. Me entero así de que Paz no limpia casas sino se recursea con traducciones. Le explico por mi parte las diferencias básicas entre el casteyano peruano y el casteshano argentino. Ella trata por todos los medios de darme a entender que es una da-ma de la mejor burguesía intelectual y rebelde madrileña post-franco y que la merienda cinemera ha sido un traspié en su código de conducta. Concluyo que la tía no está muy bien de la cabeza.

Antes de ingresar en el Palacio de Linares, le limpio con una servilleta los impertinentes restos de salsa barbecue que circundan su castellana nariz. La presentación del libro es en una sala del más profundo de los subsuelos. Llegamos mucho antes que los protagonistas y nos sentamos discretamente en segunda fila. Con el cuarto de hora de tolerancia a punto de agotarse, aparece el cortejo en el que destaca el autor con su metro noventa y pico. La introducción está a cargo de la ampulosa Almudena Grandes, a todas luces más entusiasmada con la apostura del escritor que con la calidad de su prosa y la conducta de los chungungos.

Terminada la fase protocolar, noto unas miraditas interesadas por parte de un zambo alto y elegante que forma parte del cortejo. Como no podía ser de otro modo, Paz identifica inmediatamente al concejal Zerolo, activista infaltable en toda actividad de corte o matiz LGBT. Me coloco en la fila para que el autor me firme su libro. Paz me dice déjame pasar a mí primero que te lo voy a presentar. Usted manda, yo obedezco. El autor es encantador. Muy educado, natural, nada de disfuerzos. Tengo la secreta esperanza de que, una vez firmados todos los libros y tomadas las fotos de ley, cuando solo quede el núcleo íntimo, podremos ir a tomar una copita de vino para celebrar el evento y poder conversar más tranquilos.

Tercera decepción: mi tenacidad no basta. Cuando reúno suficiente coraje y le pregunto al escritor cuál es el plan para el after-show, me dice que sus anfitriones ya le tienen una mesa reservada, dándome discretamente a entender que hasta aquí llegó mi amor. Felizmente estamos en Madrid, ciudad con alta concentración de población peruana, así que no pasa más de media hora hasta poder ahogar mi pena en un delicioso pisco sour.