martes, 30 de abril de 2013

EL POLVO DE YOANI

La celebérrima bloguera cubana Yoani Sánchez visitó recientemente mi Lima natal y escribió un breve artículo plasmando sus impresiones de ese primer encuentro con el Pacífico. El artículo se titula Lima y el polvo. Por lo visto, lo que más impresión le causó a la ilustre residente-disidente del regimen castrista es aquella capa dorada que cubre por igual nuestros carros y caras, cebiches y piscos sour, frutas selváticas y pieles multicolores.

Me parece sumamente interesante leer las impresiones que viajeros se llevan de esa ciudad neblinosa en la que ya no vivo desde hace más de veinticinco años. Sobre todo cuando esas impresiones vienen de gente dotada de capacidad de observación para detalles y curiosidades. Al final de cuentas me parece que Lima no le gustó mucho a la valiente Yoani. Pero no te preocupes, chica, no por ser limeño mazamorrero me voy a quedar resentido contigo, para nada.

Al contrario, me ha divertido mucho que, como caribeña, nuestro Pacífico te haya parecido demasiado tonificante y bravo. Recuerdo claramente que en diversas ocasiones, en el Mediterráneo en marzo o en el Báltico en junio, mi amigo Marcelo y yo – curtidos en mares de 16 a 18 grados – éramos los únicos valientes (léase: locos) que entrábamos al agua. Para el resto, alguno que otro caribeño por ejemplo, estaba demasiado fría: preferían temperaturas como las de sus Antillas natales.

Volviendo al polvo, déjame que te cuente, habanera, que nuestra Lima se encuentra en medio de uno de los desiertos más secos del mundo, de allí que nos sople polvo desde todas las direcciones, sin mencionar la contaminación debida a los vehículos precolombinos que atosigan jirones y avenidas. Por eso no es difícil que mi ciudad, aquella de la cara inenarrable que tú dices, te adelante en vida aquello en lo que nos convertiremos todos finalmente: polvo, polvo y más polvo.

Interesante también tu concepto, Yoani, de adjudicarle a cada ciudad un rostro, una personalidad. ¿Así que mi Lima tiene la cara de una muchacha cobriza reservada, por sus raíces andinas, pero también con poderes curativos? ¡No está mal, eh! Pero ojo con los nombres correctos de los distritos: aquel pujante barrio del sur que conociste no es "la villa" El Salvador -nombre que tal vez recogiste en Argentina- sino el distrito de Villa El Salvador, ese es su nombre oficial y sería bueno que lo pongas así en tus escritos. No querrás que un día, desde La Habana, escribamos de la Vieja de la Habana refiriéndonos a la Vieja Habana, ¿verdad?

Me ha gustado mucho la metáfora de la multitud de Limas superpuestas, Yoani. Te doy toda la razón. Son varias decenas de ciudades y pueblos que por la explosión demográfica han venido a pertenecer a ese cuerpo adolescente demasiado crecido para sus propias ropas que es la Gran Lima o Lima Metropolitana. Mis hermanas mayores me contaban de chacras que bordeaban la Avenida Arequipa a mediados de los cincuenta, algo inimaginable para mí en los ochenta de la Lima desbordada. 

¿A lo mejor tuviste ocasión de subirte a la nueva red del Metropolitano o al Metro? Obras de infraestructura que tendrían que haberse hecho hace una treintena de años, por lo menos. ¿Y -aparte del cebiche con polvo- no mencionas nada de la gastronomía? ¿A lo mejor no te pareció gran cosa? ¿O te habrán atosigado mis compatriotas con la manía de nuevos ricos de estar hablando todo el santo día de las maravillas de nuestra cocina y aquellos restaurantes a los que no debes dejar de ir?

No puedo ocultar cierta risita socarrona al leer comentarios de lectores peruanos que no se ven reflejados en tu artículo, Yoani, como si ese hubiera sido tu propósito. Se quejan de que no hables nada del crecimiento económico, disfrazado en el sutil "grúas levantando edificios por todos lados" o del boom de la cocina, de las letras o de otros aportes a la cultura universal.

Tranquila, chica, los peruanos que tenemos la suerte de ver el cuadro desde fuera, con algo más de distancia, te acompañamos en tu asombro por el polvo y a lo sumo nos gustaría completar el retrato que pintas de esa mucha Lima con los gentilicios africana/morena y asiática/oriental. De hecho, pertenecientes a dichas minorías se sintieron ignorados por tu breve relato. En fin, que no era tu intención darle gusto a todos, ¿cierto, Yoani?

domingo, 17 de marzo de 2013

DOS PARTIDAS

A Joseph Aloisius y Hugo Rafael.



Joseph ocupaba un cargo del que por principio solo la muerte separa. Hugo tenía el firme propósito de eternizarse en el suyo pero la muerte lo separó oncológicamente de él.



Joseph no estaba hecho para una vida en el escaparate, prefería el estudio, la reflexión solitaria, la meditación, la oración. Hugo vivía y se nutría de la admiración de su pueblo, ese pueblo al que las riquezas del país prodigaban casas, colegios y hospitales con médicos cubanos.



Joseph fue la eminencia gris detrás de su antecesor en el cargo y cuando este murió, todas las miradas recayeron en él. Hugo trató de derrocar de un golpe a su penúltimo antecesor pero falló en el intento, esperó unos años y su pueblo lo eligió como presidente.



Joseph es un hombre de pocas pero sopesadas, inteligentes, lúcidas palabras. A Hugo le pones un micrófono y no hay manera de hacerlo callar – y eso que lo intentó hasta el rey de España; su emisión diaria de Aló, Presidente no baja de tres a cuatro horas en el aire.



Joseph obtiene su inspiración de paseos solitarios, de la contemplación espiritual. Hugo obtiene su inspiración viajando a Cuba donde sus hermanos mayores Fidel y Raúl; él les lleva petróleo, ellos le prestan sus hospitales y le dan consejos para su gobierno.



Durante su gestión, Joseph tuvo que hacer frente a las más espectaculares denuncias por abuso sexual de parte de sacerdotes y al destape de la flagrante corrupción en su entorno inmediato de la curia romana pero no supo hallar los medios para combatir las acusaciones, castigar con efectividad y no con benevolencia a los culpables y blanquear la maculada imagen del Vaticano. Durante su gestión, Hugo logró desactivar la independencia de poderes, politizó el sistema judicial y logró que su país se convirtiera en el más corrupto, criminal e inflacionario de América.



A Joseph lo adoran los más conservadores de su organización, es inamovible en cuestiones como el sacerdocio de mujeres, el control de la natalidad o la apertura a relaciones del mismo sexo (que dicho sea de paso afectan al 25% de sus compañeros de almas). A Hugo lo adoran los líderes izquierdistas de las Américas y algunos chicos malos del Oriente como Ahmadineyad, aquellos que prefieren ignorar que casi todo el dinero que reparte pródigamente proviene del imperio enemigo que al mismo tiempo es el socio comercial número uno de Venezuela.



Joseph hizo lo que ninguno de sus antecesores había hecho en siete siglos: renunciar en vida. Hugo rezó con todas sus fuerzas para que su vida se prolongara pero se dio con angelitos sordos y sus plegarias no fueron escuchadas.



Joseph deja atrás una iglesia con gravísimas divisiones internas, problemas de continuidad, carencia de sacerdotes, enorme pérdida de credibilidad y una comunidad de creyentes que grita por el gran cambio. Hugo deja atrás un país con gravísimos problemas, endeudado, inseguro, dividido: la burguesía lo detesta, el pueblo lo adora. Además, le queda a Venezuela un nuevo nombre oficial con el bolivariana en el medio, nueva bandera, nuevo escudo y una zona horaria única en el mundo con un argumento no menos único: para que los chicos vayan al colegio con luz natural. ¿Por qué no atrasaron mejor media hora el inicio de las clases?



Joseph, papa emérito, disfruta aliviado sus paseos por los jardines y bosques tibios de Castel Gandolfo y sigue desde lejos pero con acuciosa curiosidad la elección de su sucesor. Hugo, comandante difunto, seguramente toca el violín sentado en una nube cercana a la de su ídolo Simón Bolívar.

jueves, 28 de febrero de 2013

DEJA QUE ANNA TE CUENTE

La atenta Señora Yvonne tiene la culpa: ella puso en mis manos el volumen de relatos Quisiera que alguien me esperara en algún lugar de la encantadora Anna Gavalda (Île de France, 1970). Como en tantos otros casos, ignorante de mí, lo acepté sin mucho entusiasmo, pensando qué cuentos franchutes serán los de esta ñorsa cuyo apellido suena más bien italiano, corso o de la Provenza. ¿Y si de repente es de las que usa un lenguaje tan coloquial que después no me entero de nada? En fin, era una práctica edición de bolsillo y, por respeto a Doña Yvonne, le aseguré que lo iba a leer.

Sigue una caprichosa selección de lo que Anna me contó y la impresión que me dejó:

Primer relato: una chica va caminando por el bulevar – intercambio de miradas con un tipo guapo – cruce de palabras – invitación a cenar. ¿Suena banal? El encanto de Anna está en los detalles sutiles: el bulevar es ciertamente el de St. Germain y la narradora se burla de sí misma por el cliché de empezar su historia en un lugar tan, pero tan trillado literariamente. ¡Punto para Anna! Amén del inesperado desenlace del incipiente romance. Moraleja: mucho cuidado con el (ab-)uso de los teléfonos celulares en una primera cita amorosa.

Quinto relato: la voz en primera persona me hace sospechar que quien narra la historia es un hombre... que por lo visto se ha acostado con innumerables mujeres. Claro, es una estrella de la música y siempre ha sabido apreciar la paciencia de sus groupies. Hasta que conoce a una joven fotógrafa y esta, mostrándole el resultado de varios días de seguimiento durante una gira de conciertos, le da a entender que le interesa tan solo una parte de su cuerpo que él ni remotamente sospecha.

Séptimo relato: de nuevo nos damos con un narrador masculino que evidentemente se encuentra en un estado de gravísima alteración psíquica. Poco a poco el lector se va enterando de que el tipo es un comercial que pasa la vida en la carretera y una mañana de neblina – sin siquiera darse cuenta – ha causado un accidente terrible con una decena de víctimas mortales. ¡¡¡Y recién se entera de esto viendo el noticiero de la noche!!! La pregunta es: ¿qué decisión tomará con su conciencia atormentada?

Octavo relato: una esforzada veterinaria rural logra desempeñarse exitosamente en un medio bastante rústico donde nadie esperaría encontrarse con una fémina. Todo empieza con una sustitución y prosigue de lo mejor... hasta aquella llamada nocturna de emergencia a una granja donde unos villanos – nunca mejor empleado el término – le tienden una trampa infame. Recuperada del trauma, la quirúrgica venganza de la doctora pondrá los pelos de punta al lector.

Noveno relato: dos niñatos trepadores quieren ir a la fiesta de una familia aristocrática en el campo y no hallan mejor recurso que tomar prestado el intocable Jaguar del padre ausente. El evento termina sin conquistas dignas de destacar, pero en el camino de regreso se les atraviesa un jabalí que probablemente también vuelve de una fiesta silvestre... y el Jaguar nunca volverá a rugir como antes.

Undécimo relato: un contador treintañero vive enamorado de una colega del trabajo pero no se atreve a hablarle. ¡Qué fijación la de Anna en meterse en la piel de tipos y contar la historia desde sus ojos, incluyendo erecciones cada vez que la dulcinea pisa la oficina del contable! El chico comparte piso con sus dos hermanas que más distintas no podrían ser: artista bohemia la mayor, esforzada estudiante de medicina la más joven. Un buen día, pensando en su amor platónico, compra una pieza de lencería que, al ser descubierta por sus hermanas, desencadena la mudanza del contador a otra casa. ¿Quién ayudará al circunspecto muchacho a celebrar la inauguración de su nuevo habitáculo?

Anna, qué mejor piropo te puedo decir, como compañero de armas, que me encantaría escribir como tú, con esa capacidad total de ser una persona de otro género y otra edad, de describir detalles y situaciones calamitosamente normales pero que, gracias a la picardía de tu pluma, se convierten en deliciosas miniaturas.

¡Gracias, Yvonne!

miércoles, 27 de febrero de 2013

ÉL Y YO (4a. PARTE)



Aparte de una visita relámpago a tu casa de la colina de la que solo me queda el recuerdo de una deliciosa lasagna, hecha en casa, por supuesto, nuestro siguiente encuentro memorable tuvo lugar en las navidades limeñas de 1991. Cuando llegué, la colorada y tú acababan de obsequiarse un señor paseo de la mano de nuestro hermano que en ese entonces las malas lenguas llamaban muchacho inquieto. ¡Qué rica vuelta se dieron con Raúl! Por toda la costa norte hasta la frontera ecuatoriana y de yapa un recorrido completo al Callejón de Huaylas.


No coincidimos muchos días, uds. se regresaban entre navidad y año nuevo, yo, en cambio, me quedaba hasta fines de enero. Pero fueron semanas muy intensas dada la profusión de sobrinos de corta edad que poblaban el solar familiar. Nuestros hermanos con hijos consideraron oportuno que los tres hermanos menores sin prole nos dedicásemos a entretener y sacar a pasear a la muchachada para tomar helados, pasear por el parque etc., nos apodaron los tíos pedagogos y la consigna general era vayan, chicos, con sus tíos pedagogos... que de pedagogos no teníamos nada, aparte de ti, que en Italia efectivamente habías asistido a muchachos discapacitados y con síndrome de Down.


Raúl, decano de los tíos pedagogos en ese momento, no imaginaba siquiera que en menos de 18 meses se convertiría también en padre de familia, con lo cual pasaríamos a un empate perfecto y simétrico: cuatro hermanos con progenie y cuatro sin, las dos chicas mayores y los dos chicos menores.


Y por diversos encuentros y desencuentros, tú y yo pasamos más de diez años sin vernos. En la semana santa del 95 estaba todo listo para una visita tuya a Alemania con la colorada, el carro cargado hasta el techo de productos artigianali de la región, esos que sabías que nos encantaban. Pero no conté con que ese fin de semana largo era justamente el único que teníamos libre antes de los exámenes finales que estábamos por pasar con Beatrix. El problema de fondo iba más lejos: yo te había confirmado la visita sin consultarlo con mi mitad mejor... y cuando se lo dije, fue tajante en el sentido de que no podíamos recibir visita en esas fechas tan próximas a las pruebas.

Deseé que me tragase la tierra. No podía desacatar a mi pareja pero tampoco quería hacerles una brutta figura a uds. que ya tenían todo listo y seguramente tomarían mal una desinvitación tan repentina. Finalmente, me armé de coraje, te llamé, te expliqué la situación añadiendo una gripe con fiebre a todo el cuadro goyesco y la visita se postergó por siete largos años. Pero bien que lo recuperamos, ¿verdad?

A mitad de aquel camino, tuvimos un intenso intercambio epistolar, aprovechando la novedad de los correos electrónicos. Ciertamente que la novedad se refiere a nosotros, los más avezados ya utilizaban la nueva tecnología desde los primeros noventa. Recordando tus antiguos testamentos a nuestros viejos, sentí la imperiosa necesidad de presentarte un catálogo detallado de quejas acerca de tu comportamiento hacia mí, que iba desde los ataques de gas tóxico de la infancia hasta los frecuentes comentarios sarcásticos en cartas familiares o llamadas telefónicas pasando por los versitos de Guido d'Arezzo. Con tus respuestas sinceras y mis repreguntas insistentes, consolidamos un diálogo marcado por la apertura y respeto mutuo.


¡Qué aventura la del 2005, cuando nos reunimos para acompañar al viejo en su viaje final! Tú no te separaste un instante de él. Viniste sin la colorada para evitar conflictos etruscos y obvporque la ocasión no era como para hacer turismo. ¡Cuántas animadas ruedas de tragos nos echamos en esas tres semanas rodeando la cama del moribundo! Por supuesto que no pudo faltar la ominosa pata de pavo en la conversación. Pero también muchos recuerdos gratos de nuestros años comunes. Cuando le preguntaste si nunca se había arrepentido de tener tanto hijo, iamente te contestó pícaro: los habría ahorcado a todos. ¡Y qué ineficientes que resultamos como despenadores, a la hora de atender la petición del viejo para que lo ayudáramos a acelerar su partida! Ojalá nos toquen colaboradores más eficaces cuando nos llegue el momento, brother.

martes, 29 de enero de 2013

¡DESTRÁNCATE, MARCELO!

Ha pasado casi un año desde nuestra última cita. Quedamos en ir a la cinemateca a ver una simpática película cubana, Personal belongings. En la antesala del cine, se me escapa un comentario de aquellos que te hace poner los pelos de punta: acabo de cumplir 24 años en tierras germanas. Para ti, eso implica obviamente que sustrayendo tan solo unas pocas cifras obtienes el equivalente a tu caso, pues llegaste a la Selva Negra tres años después que yo... y los que te conocemos sabemos que detestas cualquier alusión a temas temporales ya sea edades, años en el extranjero etc. Inexplicable alergia en una persona que ha demostrado un espíritu de lucha digno del mejor gladiador romano y que tiene más de un motivo para sentirse orgulloso de sus logros en tierras lejanas.

Tu reacción no se hizo esperar, pusiste una cara de pocos amigos y soltaste dos reniegos. ¡Ya supera por fin! espeté, cansado de tus remilgos temporales. Para qué dije eso. Dejaste de dirigirme la palabra y al terminar la película abandonaste la sala durante los créditos finales. Robert y yo pensamos que habrías ido al baño y volverías pero desapareciste de nuestras vidas después de diecisiete años de amistad con hartos momentos compartidos, saltos de liebre, fiestas, Colonia, sonrisas, complicidad, Barcelona, Berlín, Emilio, Johnny, los hermanitos Caravaggio, solidaridad de ti hacia mí, de mí hacia ti, sonrisas lingüísticas, chácharas, natación en el Flückiger, en el Rin, en la playa de Sitges, intercambios de YouTube, tantos piscos sour y chelas con sprite.

Cuando, varios meses más tarde, te envié conciliadores saludos cumpleañeros, respondiste con el encanto de una piedra pómez. Esos diecisiete años se habían reducido en tu cabeza a la publicación de un librito adefesiero donde inventé un personaje a imagen y semejanza tuya, probablemente con demasiada semejanza. Nunca te quejaste abiertamente ni manifestaste todo el resentimiento que sentías al ver a ese alter ego literario pero, conociéndote, está claro que herí irreparablemente tu más sensible talón de Aquiles: el alto sentido de la privacidad e intimidad.

Te dije que me parecía simplón reducir casi dos décadas a diez páginas leídas por algo menos de cuatro gatos, pero tus oídos permanecieron cerrados. Otro detalle llamativo es que de repente desenvainaras la espada de la solidaridad con Orson, un viejo admirador tuyo y víctima de mis ambiciones literarias, cuando nunca jamás te referiste a él más que para hacer burla de sus cualidades histriónicas.

Incluso diste muestras de una paramnesia galopante atribuyéndome rasgos típicos de otros latinos de los que tantas veces nos reímos juntos, como las consabidas preguntitas de trasfondo socioeconómico: de qué barrio eres, a qué colegio fuiste etc. ¡No, Marcelo! Yo no era el que preguntaba eso, sino los otros... y tú y yo nos reíamos de ellos porque mientras más huachafitos, más preguntones.

¿En qué andas ahora, cabro chico? ¿Sabes que casi todas las semanas hay alguna cosa que pasa, veo, pienso o leo que me hace recordarte? ¿Te ocurre lo mismo? Ojalá que no. Espero que hayas encontrado nuevas amistades con las cuales salgas a tomar algo, se inviten mutuamente a comer lentejas y chismorreen sobre conocidos comunes...sin demasiada indiscreción por supuesto. Nada de publicaciones dudosas.

Desde este foro invisible, te pido que aceptes mis públicas disculpas por la vampirización de tu vida privada. Pero tranquilo, Bobby, tranquilo, no me han leído más de cuatro gatos así que tampoco es que todo el mundo hispano esté familiarizándose con tus trancas, que ciertamente podrías empezar a procesar. Te lo digo yo que fui tu amigo durante diecisiete años.

ME PONES EN JAQUE, STEFAN

No tomé muy en serio al buen Alessandro cuando me dijo que “tenía” que leer la Novela de ajedrez de Stefan Zweig. Que te salgan con recomendaciones literarias después de un intenso intercambio de fricciones, no sé. Te la presto, insistió. ¿A ver? Ah, sí, está bien, no ocupa mucho lugar. La metí dentro del maletín y me dije a lo mejor será una buena lectura para el tren de la mañana. Sólo se me ocurre un dicho de mis tías abuelas: ¡qué atrevida es la ignorancia!


Desde la primera página, la genialidad de Zweig te atrapa con la descripción del embarcadero en Nueva York y el hormigueo al interior del vapor con destino a Río y Buenos Aires. Aparte del narrador en primera persona, un emigrante austriaco, destacan dos pasajeros que no podrían ser más distintos:


Mirko Czentovic, campeón mundial de ajedrez, un oscuro huérfano que sobrevive gracias a la benevolencia del párroco del pueblo yugoslavo donde nació. Un buen día, el muchacho que todos creían subnormal por su escaso rendimiento académico y participación en la vida cotidiana, sorprende a todos. El párroco tiene que interrumpir una de sus rutinarias partidas de ajedrez y su protegido, al demostrar cierto interés frente al tablero, es animado a ocupar su lugar... y termina poniendo en jaque a su oponente.


Se corre la voz. De campeón distrital, pasa a campeón nacional, a campeón mundial. Se rumorea también que su capacidad de abstracción es nula: Mirko no puede reconstruir una partida en la cabeza y por tanto tiene siempre a la mano su tablero de bolsillo. Igual de limitadas son sus capacidades lingüísticas, el muchacho es incapaz de redactar una frase correcta en idioma alguno. Pero pone en jaque a cuanto rival se le siente por delante. Su ego va creciendo hasta dimensiones nunca imaginadas en la misma medida que aumenta su fortuna personal. Además, Mirko tiene el sano instinto de mantenerse fuera del alcance de la prensa y no dar entrevistas a nadie.

Al narrador lo invade una inmensa curiosidad por conocer de cerca a tan peculiar síntesis de genialidad y estulticia. Con sus amigos, urden una trampa: cada tarde, a modo de anzuelo, se reunirán a jugar ajedrez en el salón del barco, con la esperanza de despertar el interés del campeón. El plan da resultado y pronto podrán jugar – previo desembolso de la tarifa correspondiente – con el campeón mundial que no se da siquiera la molestia de sentarse frente a sus rivales amateurs sino tan solo se acerca a la mesa, mueve su ficha y se retira.

Durante una de esas partidas, hace su triunfal aparición el antagonista de Mirko: otro pasajero que desde la retaguardia se entromete en el juego y, aunque lo niega y dice que no ha tocado un tablero en veinte años, obviamente es un experto en ajedrez pues anticipa cuatro o cinco jugadas con la certeza de un gran maestro del damero y logra incluso poner en aprietos a Czentovic. El intruso es, como el narrador, emigrante austriaco y proviene de una ilustre familia desde los tiempos del imperio austrohúngaro. Conversando con él, le cuenta cómo, desde su estudio de abogados en Viena, gestionaba con la discreción del caso la fortuna personal de la familia imperial y otras jerarquías eclesiásticas hasta la anexión de Austria al Tercer Reich que lo convirtió en codiciado botín de la Gestapo. Le revelará también a su compatriota el atormentado pasado que acarrea consigo y está intimamente ligado a su destreza ajedrecística.


La genialidad de Zweig está en la psicografía de estos personajes, detalles pintorescos como la boca abierta de Mirko ante los avances del intruso, la manera arrogante de decirle que lo había dejado ganar al intruso, la descripción de los cabellos del abogado ilustre que según el narrador parecían haberse blanqueado de un día para el otro y la frenética partida final entre Mirko y su improvisado rival... un encuentro que le pone los pelos de punta al lector, muy al margen del nivel de pericia que posea en los 64 campos del damero. ¡Muchas gracias, Alessandro!

lunes, 31 de diciembre de 2012

ÉL Y YO (3a. PARTE)


Medio año después del proprio brutto, en el esplendor de mi primera primavera europea, volvimos a vernos en la stazione centrale de Perugia, Italia. Llevaban un par de años viviendo juntos la intrépida colorada y tú, años de intenso aprendizaje mutuo, tolerancia y adaptación en temas tan importantes para la convivencia como el orden – esencial para ella y de rango francamente menor para nosotros.

Todavía no tenían carro, me fuiste a buscar en una simpática vespa y montados en ella recorrimos las empinadas y sinuosas avenidas del centro antes de hacer una pausa logística – comprar pan donde unas gorditas – y remontar el corso Garibaldi para luego bajar la ladera de Sperandío, ya en los extramuros de la capital umbra. Tengo gratísimos recuerdos de las dos semanas que compartimos en aquella casa rústica con vistas espectaculares a las colinas aledañas, donde el baño era una curiosa construcción añadida a modo de nido de golondrinas en una pared posterior.

Contigo aprendí a preparar el delicioso pane e pomodoro que décadas más tardes me volvería a encontrar en otros lugares disfrazado de pa amb tomàquet, pa amb oli o bruschetta, si bien nunca igual que con el pan de Calabria de tus gorditas del mercado perugino. Cuando tenías que trabajar, me dabas las instrucciones necesarias para hacer gratos paseos por Perugia y alrededores. ¡Qué rico la pasamos! Incluso aquel jueves que fuimos al concierto barroco de los Solistas de Zagreb en el Teatro Morlacchi. En el camino a casa, comenzó a llover a cántaros y llegamos empapados pero contentos.

Tanto más me sorprendió tu carta después de esa fraterna luna de miel, donde me reprochabas haberte tratado de impresionar durante uno de nuestros paseos por las colinas umbras. Y tenías razón. Fue cuando mencionaste la ciudad toscana de Arezzo y, recordando al monje Guido, se me escaparon los famosos versitos que dieron origen al do-re-mí. En ese momento no moviste ni un músculo y recién por tu carta supe el motivo: es que le dabas mucha más importancia al pensamiento, a la (auto-)reflexión que a la memoria y visto así, para ti yo era un paporretero sin mayores méritos. Bastante de razón tenías y la sigues teniendo. Nadie es perfecto, querido. Ni siquiera tu brother menor. ;)

En la primavera del 89 me llegó la invitación a tu matrimonio. ¡Qué tiempos inocentes! Yo andaba en amoríos con una simpática brasilera y en la tarjeta escribiste te esperamos en julio con tu Doña Flor. Cuando partí a tierras itálicas, hacía meses que se había terminado el breve pero fogoso interludio con Mônica. La víspera de la ceremonia, fieles a la tradición italiana, la colorada durmió con su madre y hermana en una habitación, tú y yo en otra. Cosa graciosa para una pareja que ya lleva cinco años de convivencia.

¡Qué suerte haber tenido tan solo 22 años y una voracidad a prueba de balas ese 15 de julio! Del lado de la novia estuvieron presentes su madre, dos hermanos, una cuñada y un sobrino. La familia del novio, algo más rala, era yo. Una vez absuelto el breve pero emotivo enlace en un histórico palazzo medieval ante el elegante y risueño concejal de Perugia con su banda tricolore, partimos la pareja y los familiares al restorante Le Tre Vaselle... de donde no saldríamos sino seis horas, cuantiosas botellas de vino y un sinnúmero de platillos más tarde.

Ya me habían contado que un matrimonio italiano consistía en un 90% de comer, comer y comer pero una cosa es el conocimiento teórico y otro – mucho más sabroso – el práctico. Una vez de vuelta en la casita de Sperandío, preparamos el patio para la fiesta con los amigos. Tres mesas repletas de bocadillos y demás dulces confeccionados por los Fratelli Piselli, gracioso nombre que en oídos italianos suena más o menos como Hermanos Pipilín. 

Entre los compañeros de trabajo, vecinos de la ladera y otros amigos de la pareja, estaba un apuesto siciliano que bailó un apasionado tango con la flamante esposa ante la mirada incrédula de la concurrencia. Qué pena no haberlo sabido entonces, pero el talentoso bailarín no tenía mayores inclinaciones amorosas hacia el género femenino. Aunque tampoco recuerdo que me haya echado, ni de reojo, media miradita lujuriosa, o lo que es más probable aun, que no me haya dado cuenta con mi lentitud de pensamiento. 

Continuará...