Después de siete días recorriendo Colombia en viaje de exploración e inspiración, creo poder afirmar que:
- El control de inmigración del aeropuerto internacional Eldorado de Bogotá es el más eficiente que he visto en las Américas: 35 funcionarios bien dispuestos que hacen que la espera para tener sellado el pasaporte sea mínima. Un ejemplo para los países vecinos, incluyendo al Gran Hermano del hemisferio norte con sus filas interminables.
- El color predominante en la ciudad de Bogotá es el rojo: rojas las numerosísimas edificaciones revestidas de ladrillo, rojos los tejados de las casas, rojos los adoquines que recubren el pavimento en algunos sectores de La Candelaria. Pienso en Bogotá y veo los colores rojo - lógicamente - y el verde de las montañas que la flanquean hacia el oriente y los pastizales abundantes de la sabana.
- Curioso clima el de Bogotá: estaba el suscrito sentado en la plaza Bolívar (la de Armas para efectos prácticos) conversando gratamente con un cachaco (léase: persona nacida en Bogotá hijo/a de padres bogotanos) sobre esto y aquello cuando empezaron a caer gotitas de lluvia al mismo tiempo que brillaba el sol sobre nuestras cabezas. Sin embargo, no encontré ningún arco iris. Se aplica el famoso dicho de los escoceses: cuatro estaciones en un solo día. ¡Tome sus precauciones! Sí, señor.
- A diferencia de otras plazas mayores o de armas de capitales con la clásica disposición de palacio de gobierno, catedral y municipalidad, la plaza Bolívar de Bogotá congrega el poder judicial (Palacio de Justicia), legislativo (Capitolio), municipal (Palacio Liévano) y eclesiástico (Catedral y Arzobispado). Para mi sorpresa, el Palacio de Nariño (Poder Ejecutivo) se encuentra a dos cuadras de allí, detrás del Capitolio.
- No hay otro pueblo sudamericano tan amable como el colombiano - tal vez en competencia cuerpo a cuerpo con el brasilero. No termina uno de entrar a un comercio o pasar al lado de un puesto de venta de comida o bebida y ya te están saludando con un gentil a la orden. Las respuestas a mis preguntas terminan infaliblemente con un sí, señor o no, señor. La conversación es fácil, el cantito dulce.
- Hablando de Brasil: tengo la impresión de que Colombia está muy de moda en la república federativa. No hay museo, lugar de interés cultural o turístico donde no haya encontrado grupetes de brazucas. Alguien me comentó que es por el alto poder adquisitivo del real. ¿Será por eso nomás?
- El auge turístico de la bellísima Cartagena de Indias está convirtiendo el casco viejo en un museo al aire libre donde cada vez hay más alojamientos exclusivos y hoteles boutique pero prohibitivos para los colombianos de a pie convertidos en extras en su ciudad amurallada.
- La filigrana península de Bocagrande, colindante con el casco viejo de Cartagena, ha sido convertida en un lamentable remedo de Miami Beach con numerosísimos edificios muy altos y poca consideración del paisaje. ¡Qué pena!
- Cuando le digo mi país de origen a algún colombiano, no puedo disimular la complacencia que me invade por la infalible reacción: uy qué buena es la comida peruana. :-D De hecho he visto restaurantes peruanos deluxe en las calles más caras de cada ciudad visitada.
- Ya me habían dicho que Medellín es todavía más roja que Bogotá - en todo sentido. Ayer llegué a la segunda ciudad de Colombia y lo pude comprobar: desde la carretera que bordea los cerros verdes se ve un mar de edificaciones rojas. Dicen los paisas, es decir la gente de esta región, que son los más más del país. ¡Veremos!
miércoles, 17 de julio de 2013
domingo, 30 de junio de 2013
IN-COMUNICANDO
Ayer
me instalé WhatsApp en el celular... ¡qué felicidad! Ahora puedo
intercambiar mensajes y fotos con todos mis contactos – sin
importar en qué país se encuentren – a un precio muy módico:
solo tenemos que estar todos conectados a internet. Huelga añadir
que también tengo una cuenta en el CaraLibro (aka) Facebook, tres
direcciones de correo electrónico, la del trabajo, una seria y otra
juguetona, y dos más que ya caducaron por falta de uso. Sin contar
membresías a redes sociales de perfil profesional y/o facilitadoras
de contactos personales.
Me
pregunto cómo he podido prescindir de tan vitales instrumentos de
comunicación durante más de cuatro décadas. ¿Cómo pude terminar
el colegio y perpetrar dos universidades, incurrir en un matrimonio y
alguno que otro conato de mancebía sin celular, emilios, WhatsApp ni
redacciones en hypertext? Pienso en la máquina de escribir
que le pedí prestada a un compañero de universidad para redactar un
trabajo y me siento un cavernícola. Recién hacia el final de la
carrera, por la generosidad de Manolo que me regaló su computadora
vieja al comprarse una nueva, pude escribir mi tesis de grado en
forma digital. Luego Manolo la pasó del floppy a su artefacto
para adaptarla a los formatos más modernos del milenio pasado.
Hace
veintitrés veranos, durante una chambita vacacional, uno de los
compañeros me habló por primera vez de las maravillas del correo
electrónico: yo en mi computadora (en Friburgo, Alemania) y mi novia
en la suya (en Estrasburgo, Francia) nos enviamos mensajes que son
enviados a su destino inmediatamente. Recordé haber visto algo
parecido en una película de ciencia ficción y no le hice mucho más
caso.
Pasaron
los años, unos cinco – creo – y otros amigos me volvieron a
preguntar si no tenía dirección electrónica. Qué pesados, pensaba
yo, dale con el bendito eMail que a mi entender usaban no más de
cuatro gatos, en su mayoría personal de instituciones académicas.
En fin, yo también pertenecía a una institución académica y
animado por uno de mis estudiantes hice las formalidades del caso
para obtener mi primera dirección electrónica.
¡Qué
complicado era todo! Tres controles de seguridad hasta llegar al
bendito buzón de entrada – que con bastante probabilidad estaría
vacío pues, como el coronel de García Márquez, no tenía quien me
escribiera. Ni pensar que llegaría un día, diez años más tarde,
en que volver de vacaciones significaría la odiosa realidad de tener
cientos de correos acumulados en la cuenta del trabajo – ¡ptuagh!
Y
el teléfono móvil, o celular como nos gusta decirle al otro lado
del charco... que pasó de ser una exclusividad de cuatro perencejos
muy importantes ellos, seguramente, a un accesorio omnipresente en
cualquier medio de transporte público donde la mayoría de pasajeros
están embobados y embebidos por los aparatitos de marras. Me resistí
durante años a tener uno hasta que llegó un momento en el cual
cruzaba diariamente dos fronteras en un viaje de más de una hora con
imprevistos frecuentes lo que hizo que engrosara las filas de
telecomunicadores móviles.
¡Qué
descubrimiento los primeros mensajes de texto o “sms”! ¡Qué
sensación de modernidad! Y ni se diga las primeras cuentas de correo
en línea gracias al Hotmail, Yahoo! y sucedáneos. Registrarse en
Bangkok y enviar un correo a Freiburg con copia a Lima. ¡Ja ja ja!
¡Cuántas cuentas abiertas y vueltas a cerrar desde entonces! Hoy
recibo los correos privados en el celular y teóricamente podría
recibir también los del trabajo pero, aquí entre nos, a calzón
quitao: ¿quién quiere recibir los correos de sus jefes o directores
en el móvil a no ser que sea alguien muuuuy importante?
Y
las famosas social
networks,
las redes sociales. ¡Qué pesadez! Comencé con el Xing por motivos
profesionales. Mis amigas me decían tienes que entrar al Hi5 pero no
les hice caso hasta que vino Facebook y mató al Hi5. Resultado: ¿en
qué tiempo voy a hacer lo que realmente tengo que hacer si me paso
el día revisando mis tres correos, las noticias del WhatsApp, las
redes sociales Xing y Facebook más alguna que otra de amistades
peligrosas? Línea ocupada – estoy comunicando.
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sábado, 1 de junio de 2013
DRIVING ME SCOTLAND 2
(viene de Driving me Scotland 1)
SIR
COLIN
Qué
alivio encontrarme aquella tarde de junio con Sir Colin en el
aeropuerto y constatar que si bien es escocés – claro que de la
zona burguesa de Edimburgo/Leith – le puedo entender mucho mejor
que a Mr Jackson. Deben de ser de la misma edad, Sir Colin me
confirma que ya tiene un par de nietecitos y que su chochera son los
resultados del casamiento de su hijo con una chica polaca. Además,
tenemos mucha suerte con el grupo que nos ha tocado, todos empleados
de un poderoso consorcio austríaco. A la cabeza del grupo va el
atractivo director del comité de empresa, cuya generosidad
experimentaremos Sir Colin y yo en carne propia al final del viaje.
Una
tarde tranquila, en Aberdeen, nos alejamos de los clientes para cenar
al lado de bustos de Vlad Tepes Drácula
y otros criminales en una iglesia convertida en restaurante gótico.
Allí me cuenta las divertidas peripecias que rodearon el matrimonio
caledonio-polaco de su hijo. Cuando mandaron las 180 invitaciones a
familiares y amigos, tomando en cuenta que la boda se celebraría en
Polonia, en el pueblo de la novia, no contaron con que 180 personas
confirmarían su asistencia. En consecuencia, tuvieron que fletar un
avión completo para el transporte exclusivo de la comitiva nupcial.
Un evento estelar durante las fiestas fue ciertamente la competencia
entre escoceses y polacos a ver quién podía beber más... que
terminó en un embriagadísimo empate.
LAS
MALAS PULGAS DE HARALD
Mi
quinta misión escocesa requiere que me dirija primero al puerto
inglés de Newcastle upon Tyne para recoger a un grupo que llega en
el transbordador desde Amsterdam-Ijmuiden. El tren escogido pasa por
Berwick upon Tweed y voy con mucha curiosidad por ver la pequeña
ciudad fronteriza a caballo entre Escocia e Inglaterra. Es la hora de
la siesta, el vaivén del tren no propicia la vigilia... y de repente
miro por la ventana y constato que estamos a punto de llegar a
Newcastle y me he dormido Berwick. ¡Bravo! Queda la esperanza de
recuperar la pérdida en el trayecto de regreso.
Al
día siguiente muy temprano, por iluminación divina, tomo un taxi al
terminal marítimo que yo creía muy cercano del centro y resulta que
queda a 12 km de distancia. Cuando comienzan a desfilar los
pasajeros, ya llevo más de una hora esperando – mejor así.
Percibo que la edad promedio de mi grupo ronda los 65 años con la
excepción de una jovial y risueña animadora de cuarenta recién
cumplidos. Salimos a buscar el bus y en la puerta del mismo está
Harald, un flaco cuarentón de mirada amable detrás de anteojitos
redondos y un kilometraje europeo envidiable, desde el Cabo Norte
hasta el Finisterre pasando por los Balcanes.
Son
muchas las novedades, aparte de la recogida en Newcastle. Es la
primera vez que hago un circuito escocés en un vehículo continental
con el timón al lado izquierdo. Los integrantes del grupo son todos
miembros de una parroquia católica, lo que se refleja en dos
sesiones diarias de canto en la ruta bajo la batuta de la joven
animadora y la visita a un sinnúmero de catedrales, capillas o sus
respectivas ruinas, que en buena parte aun no conozco.
A
diferencia de los viajes con buses británicos, esta gente trae toda
una despensa rodante de comida y bebida en la bodega. Esto lo
descubrí cuando paramos para descansar en Gretna Green y en cuestión
de cinco minutos ya tenían armado un chiringuito para repartir pan
con salchicha, mostaza, un pepinillo encurtido y una mesa con café y
dulces. Una organización ejemplar.
Si
bien el ambiente general es risueño y relajado, una vez en la ruta
empiezan los problemas: el micrófono, instrumento indispensable para
un circuito turístico en autobús de 52 asientos, tiene un contacto
flojo y todos los esfuerzos de Harald por pegar y componer la falla
son en vano. El micro funciona cuando le da la gana y es motivo de
malestar general en la tropa, lo que, sumado al mal estado general
del vehículo, es una fuente inagotable de quejas de pasajeros a
Harald. Por mi lado, acostumbrado a tener choferes locales durante
casi todos mis anteriores trayectos, nunca he dirigido al conductor
al mismo tiempo que voy explicando la ruta a los pasajeros.
El
recorrido de la capital escocesa será el escenario de la explosión
y caída de Harald: todo Edimburgo está en obras por la nueva línea
de tranvía que unirá el centro con el aeropuerto, las vías
principales cortadas, el tránsito desviado por laberintosos barrios
residenciales. En tales circunstancias el sistema de navegación es
un trasto inservible: no se entera de las avenidas clausuradas ni
propone rutas alternativas.
Harald
quiere saber por dónde tiene que ir. Yo no sé qué sugerirle y le
digo Harald, no puedo hacer dos cosas al mismo tiempo: mi tarea es
señalar a los pasajeros los lugares de interés de la ciudad y no
puedo irte mostrando el camino. Toda la frustración por el micro
roto, la ventilación deficiente, los pasajeros reclamones y el guía
incapaz de dirigirlo, se cuaja en un grito desesperado: ¡si no
sirves para esto, vete de vuelta al Perú!
Pobre
Harald, para qué dijiste eso. Los pasajeros, sin excepción, se
solidarizan conmigo, “su” guía, manifestando su desaprobación
del comportamiento violento e insultante del conductor. Finalmente,
llegamos al Real Jardín Botánico, desembarcamos a la tropa y, mucho
más tranquilo, Harald se disculpa conmigo. Yo no tengo problema, le
digo, pero con ese ataque de furia has puesto a toda la gente en tu
contra y eso sí que va a ser difícil de revertir.
Al
otro día temprano por la mañana, partimos de Edimburgo rumbo al sur
para volver a Newcastle y embarcar el autobús de vuelta al
continente. Desde entonces no hemos vuelto a saber uno del otro.
¿Mejor así?
JIMS,
JUVENIL
ABUELO DE 45
En
mi última vuelta a Escocia me toca como compañero de cabina un
simpático fortachón de cabeza rapada. Se llama James Stewart, como
el último monarca escocés, pero prefiere que le digan Jim, yo
crearé ciertamente mi propia versión y lo llamaré Jims. Es wedgie,
como les dicen a los nacidos en Glasgow. Su dialecto por consiguiente
no está lejos del de Mr Jackson y
más de una vez me veo en la imperiosa necesidad de pedirle que
repita por favor lo que me acaba de decir.
Tenemos
gustos comunes: el timbre de su celular es Payphone,
la canción de moda de Maroon 5. Claro que a mí, aparte de la
melodía, me gusta también el vocalista del grupo pero no tengo que
refregárselo a Jims en la cara. Sacando cuentas, resulta que
es apenas 8 días más joven que yo pero mucho más precoz, para lo
cual no hacen falta mayores méritos. Jims acaba de ser abuelo y su
nietita de medio año lo tiene embelesado. En sus propias palabras
she's the apple of my eye, la niña de mis ojos. ¡Que la
disfrutes, Jims!
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viernes, 31 de mayo de 2013
DRIVING ME SCOTLAND 1
HELGA MCLEOD – TABACO Y WHISKY
El primer encuentro cercano con la rubia cincuentona no fue muy propicio para ganar puntos: apareció media hora antes de lo acordado, como quien dice sacándonos del hotel a empujones para iniciar nuestra vuelta a Escocia en siete días. ¿Su pinta? Cara de Miss Piggie, con el cutis curtido que delata la afición a la nicotina, y una figura como el tordo, cabeza pequeña y trasero gordo.
Menuda
tarea la que le había tocado a Mrs McLeod: además de manejar el
minivan prestando atención al tránsito, tenía siete días para
hacer de seis ignorantes unos guías profesionales para circuitos
turísticos escoceses, inculcándonos historia, geografía, geología,
folklore, whiskylogía
y curiosidades del país en dosis altamente concentradas. Y
ciertamente que no le hicimos fácil la misión, acribillándola a
preguntas en todo momento, incapaces de tomar notas durante el
trayecto – mareo seguro – y aprovechando cada pausa en la ruta
para recuperar la información perdida.
En
la sobremesa de nuestra última cena, con una copa de vino en la
mano, Helga nos familiarizó con la interesante
normativa-Mull-of-Kintyre
de la televisión británica: si se presenta en pantalla un desnudo
frontal masculino, el miembro en cuestión no debe presentar un
ángulo de elevación mayor al de la península de Kintyre respecto
del resto de Escocia, en buen cristiano: posición de reposo. Lo
demás es pornografía. Con esta información en la mano, mis
compañeros de instrucción y yo nos sentimos perfectamente
preparados para afrontar todos los retos futuros en tierras
escocesas.
PAUL
PUREFOY, EL
CABALLERO DE LA ROSA
Llego
al aeropuerto de Edimburgo una tarde lluviosa, apenas una hora antes
de la llegada de mis clientes. Logro ubicar al chofer y acordamos
cuál será el punto de encuentro. Seguido de mis cuarenta huéspedes,
llegamos al andén número seis y nos abre la puerta del bus un
distinguido cincuentón de modales exquisitos que lleva el traje más
elegante de todo el grupo. Soy Paul Purefoy y trabajaremos juntos
esta semana, me dice con un acento que delata claramente que Paul no
es un caledonio más sino proviene del enemigo estatal número uno de
los escoceses: down
south
o sea Inglaterra. Y lo peor del caso: es su primer circuito al norte
de la muralla de Adriano. Vaya parejita, un guía novato y su chofer
igual.
Pero
no contaba con los encantos secretos de ese risueño solterón inglés
que desde que subimos al autobús ya nos tenía preparadas las llaves
de las habitaciones de nuestro hotel. ¡Así da gusto, Paul! Fuiste
un compañero de equipo excelente. Con tu fino sentido del humor y la
ayuda de tu navegador satelital, llegamos sin el menor contratiempo a
todos los lugares que el grupo visitaría. Para resolver tu crónica
soltería de viajero impenitente, quedamos en que un día visitarías
el Perú. Te aseguré que con tu pinta distinguida conseguirías
novia en un dos por tres. ¡Te estamos esperando, colega!
GEORGE
EN
SU KILT
Me
resultó muy difícil entender y hacerme entender por mi siguiente
compañero de batallas, George, un cuarentón que se hizo amigo del
grupo en un abrir y cerrar de ojos gracias a su sonrisa de ojos
azules y su sempiterno kilt.
Las clientas más mayorcitas no perdían oportunidad de preguntarme
el consabido ¿llevará George algo debajo de su falda escocesa o
“sin nada” al estilo regimiento? Nunca se lo preguntamos, lo cual
es una pena porque tengo la sensación de que el picarón de George
no habría tenido problema alguno en levantarse el vuelo de su kilt
para saciar nuestra curiosidad. Huelga añadir que como caledonio de
pura cepa, George conocía cada recodo del camino como la palma de su
mano.
IAN
JACKSON, EL
MAGO DE WISHAW
Durante
mi tercer circuito escocés me vi confrontado con una situación
climática inenarrable: +29ºC a mediados de mayo en un bus sin aire
acondicionado... y el no menos inenarrable Mister Jackson. Primera
constatación: a este señor no le entiendo NADA. Una vez me preguntó
do
you like feshen
– y creí entender fashion
o sea si me interesaba la moda – pero el buen Ian quería saber si
me gustaba fishing,
es decir pescar. Y como esas tuvimos muchas.
Segunda
constatación (y la de más graves consecuencias): este buen señor
desmuelado no me hace caso o lo que es más grave, decide por mí qué
ruta hemos de seguir y qué paradas hacer y cuáles evitar. Traté
sin éxito de hacerme respetar durante dos días hasta que vi que no
me quedaba más remedio que decir aye,
aye, sir,
vamos por donde ud. quiera y pare donde ud. lo crea conveniente.
Tercera:
Ian es un mago frustrado. En cada parada no pierde la oportunidad de
demostrar a pasajeros, camareros de hotel o pasantes incautos sus
habilidades de prestidigitación: coge una libra esterlina y un
penique que a un giro de sus dedos regordetes se convierten en tan
solo una libra. ¿Y dónde está el penique? Ian sonríe relamido
mostrando sus lamentables vacíos molares ante la mirada boquiabierta
de su público espontáneo.
CONTINUARÁ
CONTINUARÁ
martes, 30 de abril de 2013
EL POLVO DE YOANI
La celebérrima bloguera cubana Yoani Sánchez visitó recientemente
mi Lima natal y escribió un breve artículo plasmando sus impresiones de
ese primer encuentro con el Pacífico. El artículo se titula Lima y el polvo. Por lo visto, lo que
más impresión le causó a la ilustre residente-disidente del regimen castrista es
aquella capa dorada que cubre por igual nuestros carros y caras, cebiches y piscos
sour, frutas selváticas y pieles
multicolores.
Me parece sumamente interesante leer las impresiones que viajeros se llevan de esa ciudad neblinosa en la que ya no vivo desde hace más de veinticinco años. Sobre todo cuando esas impresiones vienen de gente dotada de capacidad de observación para detalles y curiosidades. Al final de cuentas me parece que Lima no le gustó mucho a la valiente Yoani. Pero no te preocupes, chica, no por ser limeño mazamorrero me voy a quedar resentido contigo, para nada.
Al contrario, me ha divertido mucho que, como caribeña, nuestro Pacífico te haya parecido demasiado tonificante y bravo. Recuerdo claramente que en diversas ocasiones, en el Mediterráneo en marzo o en el Báltico en junio, mi amigo Marcelo y yo – curtidos en mares de 16 a 18 grados – éramos los únicos valientes (léase: locos) que entrábamos al agua. Para el resto, alguno que otro caribeño por ejemplo, estaba demasiado fría: preferían temperaturas como las de sus Antillas natales.
Volviendo al polvo, déjame que te cuente, habanera, que nuestra Lima se encuentra en medio de uno de los desiertos más secos del mundo, de allí que nos sople polvo desde todas las direcciones, sin mencionar la contaminación debida a los vehículos precolombinos que atosigan jirones y avenidas. Por eso no es difícil que mi ciudad, aquella de la cara inenarrable que tú dices, te adelante en vida aquello en lo que nos convertiremos todos finalmente: polvo, polvo y más polvo.
Interesante también tu concepto, Yoani, de adjudicarle a cada ciudad un rostro, una personalidad. ¿Así que mi Lima tiene la cara de una muchacha cobriza reservada, por sus raíces andinas, pero también con poderes curativos? ¡No está mal, eh! Pero ojo con los nombres correctos de los distritos: aquel pujante barrio del sur que conociste no es "la villa" El Salvador -nombre que tal vez recogiste en Argentina- sino el distrito de Villa El Salvador, ese es su nombre oficial y sería bueno que lo pongas así en tus escritos. No querrás que un día, desde La Habana, escribamos de la Vieja de la Habana refiriéndonos a la Vieja Habana, ¿verdad?
Me ha gustado mucho la metáfora de la multitud de Limas superpuestas, Yoani. Te doy toda la razón. Son varias decenas de ciudades y pueblos que por la explosión demográfica han venido a pertenecer a ese cuerpo adolescente demasiado crecido para sus propias ropas que es la Gran Lima o Lima Metropolitana. Mis hermanas mayores me contaban de chacras que bordeaban la Avenida Arequipa a mediados de los cincuenta, algo inimaginable para mí en los ochenta de la Lima desbordada.
¿A lo mejor tuviste ocasión de subirte a la nueva red del Metropolitano o al Metro? Obras de infraestructura que tendrían que haberse hecho hace una treintena de años, por lo menos. ¿Y -aparte del cebiche con polvo- no mencionas nada de la gastronomía? ¿A lo mejor no te pareció gran cosa? ¿O te habrán atosigado mis compatriotas con la manía de nuevos ricos de estar hablando todo el santo día de las maravillas de nuestra cocina y aquellos restaurantes a los que no debes dejar de ir?
No puedo ocultar cierta risita socarrona al leer comentarios de lectores peruanos que no se ven reflejados en tu artículo, Yoani, como si ese hubiera sido tu propósito. Se quejan de que no hables nada del crecimiento económico, disfrazado en el sutil "grúas levantando edificios por todos lados" o del boom de la cocina, de las letras o de otros aportes a la cultura universal.
Tranquila, chica, los peruanos que tenemos la suerte de ver el cuadro desde fuera, con algo más de distancia, te acompañamos en tu asombro por el polvo y a lo sumo nos gustaría completar el retrato que pintas de esa mucha Lima con los gentilicios africana/morena y asiática/oriental. De hecho, pertenecientes a dichas minorías se sintieron ignorados por tu breve relato. En fin, que no era tu intención darle gusto a todos, ¿cierto, Yoani?
Me parece sumamente interesante leer las impresiones que viajeros se llevan de esa ciudad neblinosa en la que ya no vivo desde hace más de veinticinco años. Sobre todo cuando esas impresiones vienen de gente dotada de capacidad de observación para detalles y curiosidades. Al final de cuentas me parece que Lima no le gustó mucho a la valiente Yoani. Pero no te preocupes, chica, no por ser limeño mazamorrero me voy a quedar resentido contigo, para nada.
Al contrario, me ha divertido mucho que, como caribeña, nuestro Pacífico te haya parecido demasiado tonificante y bravo. Recuerdo claramente que en diversas ocasiones, en el Mediterráneo en marzo o en el Báltico en junio, mi amigo Marcelo y yo – curtidos en mares de 16 a 18 grados – éramos los únicos valientes (léase: locos) que entrábamos al agua. Para el resto, alguno que otro caribeño por ejemplo, estaba demasiado fría: preferían temperaturas como las de sus Antillas natales.
Volviendo al polvo, déjame que te cuente, habanera, que nuestra Lima se encuentra en medio de uno de los desiertos más secos del mundo, de allí que nos sople polvo desde todas las direcciones, sin mencionar la contaminación debida a los vehículos precolombinos que atosigan jirones y avenidas. Por eso no es difícil que mi ciudad, aquella de la cara inenarrable que tú dices, te adelante en vida aquello en lo que nos convertiremos todos finalmente: polvo, polvo y más polvo.
Interesante también tu concepto, Yoani, de adjudicarle a cada ciudad un rostro, una personalidad. ¿Así que mi Lima tiene la cara de una muchacha cobriza reservada, por sus raíces andinas, pero también con poderes curativos? ¡No está mal, eh! Pero ojo con los nombres correctos de los distritos: aquel pujante barrio del sur que conociste no es "la villa" El Salvador -nombre que tal vez recogiste en Argentina- sino el distrito de Villa El Salvador, ese es su nombre oficial y sería bueno que lo pongas así en tus escritos. No querrás que un día, desde La Habana, escribamos de la Vieja de la Habana refiriéndonos a la Vieja Habana, ¿verdad?
Me ha gustado mucho la metáfora de la multitud de Limas superpuestas, Yoani. Te doy toda la razón. Son varias decenas de ciudades y pueblos que por la explosión demográfica han venido a pertenecer a ese cuerpo adolescente demasiado crecido para sus propias ropas que es la Gran Lima o Lima Metropolitana. Mis hermanas mayores me contaban de chacras que bordeaban la Avenida Arequipa a mediados de los cincuenta, algo inimaginable para mí en los ochenta de la Lima desbordada.
¿A lo mejor tuviste ocasión de subirte a la nueva red del Metropolitano o al Metro? Obras de infraestructura que tendrían que haberse hecho hace una treintena de años, por lo menos. ¿Y -aparte del cebiche con polvo- no mencionas nada de la gastronomía? ¿A lo mejor no te pareció gran cosa? ¿O te habrán atosigado mis compatriotas con la manía de nuevos ricos de estar hablando todo el santo día de las maravillas de nuestra cocina y aquellos restaurantes a los que no debes dejar de ir?
No puedo ocultar cierta risita socarrona al leer comentarios de lectores peruanos que no se ven reflejados en tu artículo, Yoani, como si ese hubiera sido tu propósito. Se quejan de que no hables nada del crecimiento económico, disfrazado en el sutil "grúas levantando edificios por todos lados" o del boom de la cocina, de las letras o de otros aportes a la cultura universal.
Tranquila, chica, los peruanos que tenemos la suerte de ver el cuadro desde fuera, con algo más de distancia, te acompañamos en tu asombro por el polvo y a lo sumo nos gustaría completar el retrato que pintas de esa mucha Lima con los gentilicios africana/morena y asiática/oriental. De hecho, pertenecientes a dichas minorías se sintieron ignorados por tu breve relato. En fin, que no era tu intención darle gusto a todos, ¿cierto, Yoani?
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Yoani Sánchez
domingo, 17 de marzo de 2013
DOS PARTIDAS
A
Joseph Aloisius y Hugo Rafael.
Joseph
ocupaba un cargo del que por principio solo la muerte separa. Hugo
tenía el firme propósito de eternizarse en el suyo pero la muerte lo separó
oncológicamente de él.
Joseph
no estaba hecho para una vida en el escaparate, prefería el estudio,
la reflexión solitaria, la meditación, la oración. Hugo vivía y
se nutría de la admiración de su pueblo, ese pueblo al que las
riquezas del país prodigaban casas, colegios y hospitales con
médicos cubanos.
Joseph
fue la eminencia gris detrás de su antecesor en el cargo y cuando
este murió, todas las miradas recayeron en él. Hugo trató de
derrocar de un golpe a su penúltimo antecesor pero falló en el
intento, esperó unos años y su pueblo lo eligió como presidente.
Joseph
es un hombre de pocas pero sopesadas, inteligentes, lúcidas
palabras. A Hugo le pones un micrófono y no hay manera de hacerlo
callar – y eso que lo intentó hasta el rey de España; su emisión
diaria de Aló, Presidente no baja de tres a cuatro horas en el aire.
Joseph
obtiene su inspiración de paseos solitarios, de la contemplación
espiritual. Hugo obtiene su inspiración viajando a Cuba donde sus
hermanos mayores Fidel y Raúl; él les lleva petróleo, ellos le
prestan sus hospitales y le dan consejos para su gobierno.
Durante
su gestión, Joseph tuvo que hacer frente a las más espectaculares
denuncias por abuso sexual de parte de sacerdotes y al destape de la
flagrante corrupción en su entorno inmediato de la curia romana pero
no supo hallar los medios para combatir las acusaciones, castigar con
efectividad y no con benevolencia a los culpables y blanquear la
maculada imagen del Vaticano. Durante su gestión, Hugo logró
desactivar la independencia de poderes, politizó el sistema judicial
y logró que su país se convirtiera en el más corrupto, criminal e
inflacionario de América.
A
Joseph lo adoran los más conservadores de su organización, es
inamovible en cuestiones como el sacerdocio de mujeres, el control de
la natalidad o la apertura a relaciones del mismo sexo (que dicho sea
de paso afectan al 25% de sus compañeros de almas). A Hugo lo adoran
los líderes izquierdistas de las Américas y algunos chicos malos
del Oriente como Ahmadineyad, aquellos que prefieren ignorar que casi
todo el dinero que reparte pródigamente proviene del imperio enemigo
que al mismo tiempo es el socio comercial número uno de Venezuela.
Joseph
hizo lo que ninguno de sus antecesores había hecho en siete siglos:
renunciar en vida. Hugo rezó con todas sus fuerzas para que su vida
se prolongara pero se dio con angelitos sordos y sus plegarias no
fueron escuchadas.
Joseph
deja atrás una iglesia con gravísimas divisiones internas,
problemas de continuidad, carencia de sacerdotes, enorme pérdida de
credibilidad y una comunidad de creyentes que grita por el gran
cambio. Hugo deja atrás un país con gravísimos problemas,
endeudado, inseguro, dividido: la burguesía lo detesta, el pueblo lo
adora. Además, le queda a Venezuela un nuevo nombre oficial con el
bolivariana
en el medio, nueva bandera, nuevo escudo y una zona horaria única en
el mundo con un argumento no menos único: para que los chicos vayan
al colegio con luz natural. ¿Por qué no atrasaron mejor media hora
el inicio de las clases?
Joseph,
papa emérito, disfruta aliviado sus paseos por los jardines y
bosques tibios de Castel Gandolfo y sigue desde lejos pero con
acuciosa curiosidad la elección de su sucesor. Hugo, comandante
difunto, seguramente toca el violín sentado en una nube cercana a la
de su ídolo Simón Bolívar.
jueves, 28 de febrero de 2013
DEJA QUE ANNA TE CUENTE
La
atenta Señora Yvonne tiene la culpa: ella puso en mis manos
el volumen de relatos Quisiera
que alguien me esperara en algún lugar
de la encantadora Anna Gavalda (Île de France, 1970). Como en tantos
otros casos,
ignorante de mí, lo acepté sin mucho entusiasmo, pensando qué
cuentos franchutes serán los de esta ñorsa cuyo apellido suena más
bien italiano, corso o de la Provenza. ¿Y si de repente es de las
que usa un lenguaje tan coloquial que después no me entero de nada?
En fin, era una práctica edición de bolsillo y, por respeto a Doña
Yvonne, le aseguré que lo iba a leer.
Sigue
una caprichosa selección de lo que Anna me contó y la impresión
que me dejó:
Primer
relato: una chica va caminando por el bulevar – intercambio de
miradas con un tipo guapo – cruce de palabras – invitación a
cenar. ¿Suena banal? El encanto de Anna está en los detalles
sutiles: el bulevar es ciertamente el de St. Germain y la narradora
se burla de sí misma por el cliché de empezar su historia en un
lugar tan, pero tan trillado literariamente. ¡Punto para Anna! Amén
del inesperado desenlace del incipiente romance. Moraleja: mucho
cuidado con el (ab-)uso de los teléfonos celulares en una primera
cita amorosa.
Quinto
relato: la voz en primera persona me hace sospechar que quien narra
la historia es un hombre... que por lo visto se ha acostado con
innumerables mujeres. Claro, es una estrella de la música y siempre
ha sabido apreciar la paciencia de sus groupies.
Hasta que conoce a una joven fotógrafa y esta, mostrándole el
resultado de varios días de seguimiento durante una gira de
conciertos, le da a entender que le interesa tan solo una parte de su
cuerpo que él ni remotamente sospecha.
Séptimo
relato: de nuevo nos damos con un narrador masculino que
evidentemente se encuentra en un estado de gravísima alteración
psíquica. Poco a poco el lector se va enterando de que el tipo es un
comercial que pasa la vida en la carretera y una mañana de neblina –
sin siquiera darse cuenta – ha causado un accidente terrible con
una decena de víctimas mortales. ¡¡¡Y recién se entera de esto
viendo el noticiero de la noche!!! La pregunta es: ¿qué decisión
tomará con su conciencia atormentada?
Octavo
relato: una esforzada veterinaria rural logra desempeñarse
exitosamente en un medio bastante rústico donde nadie esperaría
encontrarse con una fémina. Todo empieza con una sustitución y
prosigue de lo mejor... hasta aquella llamada nocturna de emergencia
a una granja donde unos villanos – nunca mejor empleado el término
– le tienden una trampa infame. Recuperada del trauma, la
quirúrgica venganza de la doctora pondrá los pelos de punta al
lector.
Noveno
relato: dos niñatos trepadores quieren ir a la fiesta de una familia
aristocrática en el campo y no hallan mejor recurso que tomar
prestado
el intocable Jaguar del padre ausente. El evento termina sin
conquistas dignas de destacar, pero en el camino de regreso se les
atraviesa un jabalí que probablemente también vuelve de una fiesta
silvestre... y el Jaguar nunca volverá a rugir como antes.
Undécimo
relato: un contador treintañero vive enamorado de una colega del
trabajo pero no se atreve a hablarle. ¡Qué fijación la de Anna en
meterse en la piel de tipos y contar la historia desde sus ojos,
incluyendo erecciones cada vez que la dulcinea pisa la oficina del
contable! El chico comparte piso con sus dos hermanas que más
distintas no podrían ser: artista bohemia la mayor, esforzada
estudiante de medicina la más joven. Un buen día, pensando en su
amor platónico, compra una pieza de lencería que, al ser
descubierta por sus hermanas, desencadena la mudanza del contador a
otra casa. ¿Quién ayudará al circunspecto muchacho a celebrar la
inauguración de su nuevo habitáculo?
Anna,
qué mejor piropo te puedo decir, como compañero de armas, que me encantaría
escribir como tú, con esa capacidad total de ser una persona de otro
género y otra edad, de describir detalles y situaciones
calamitosamente normales pero que, gracias a la picardía de tu
pluma, se convierten en deliciosas miniaturas.
¡Gracias,
Yvonne!
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