miércoles, 17 de julio de 2013

¡A LA ORDEN!

Después de siete días recorriendo Colombia en viaje de exploración e inspiración, creo poder afirmar que:

- El control de inmigración del aeropuerto internacional Eldorado de Bogotá es el más eficiente que he visto en las Américas: 35 funcionarios bien dispuestos que hacen que la espera para tener sellado el pasaporte sea mínima. Un ejemplo para los países vecinos, incluyendo al Gran Hermano del hemisferio norte con sus filas interminables.

- El color predominante en la ciudad de Bogotá es el rojo: rojas las numerosísimas edificaciones revestidas de ladrillo, rojos los tejados de las casas, rojos los adoquines que recubren el pavimento en algunos sectores de La Candelaria. Pienso en Bogotá y veo los colores rojo - lógicamente - y el verde de las montañas que la flanquean hacia el oriente y los pastizales abundantes de la sabana.

- Curioso clima el de Bogotá: estaba el suscrito sentado en la plaza Bolívar (la de Armas para efectos prácticos) conversando gratamente con un cachaco (léase: persona nacida en Bogotá hijo/a de padres bogotanos) sobre esto y aquello cuando empezaron a caer gotitas de lluvia al mismo tiempo que brillaba el sol sobre nuestras cabezas. Sin embargo, no encontré ningún arco iris. Se aplica el famoso dicho de los escoceses: cuatro estaciones en un solo día. ¡Tome sus precauciones! Sí, señor.

- A diferencia de otras plazas mayores o de armas de capitales con la clásica disposición de palacio de gobierno, catedral y municipalidad, la plaza Bolívar de Bogotá congrega el poder judicial (Palacio de Justicia), legislativo (Capitolio), municipal (Palacio Liévano) y eclesiástico (Catedral y Arzobispado). Para mi sorpresa, el Palacio de Nariño (Poder Ejecutivo) se encuentra a dos cuadras de allí, detrás del Capitolio.

- No hay otro pueblo sudamericano tan amable como el colombiano - tal vez en competencia cuerpo a cuerpo con el brasilero. No termina uno de entrar a un comercio o pasar al lado de un puesto de venta de comida o bebida y ya te están saludando con un gentil a la orden. Las respuestas a mis preguntas terminan infaliblemente con un sí, señor o no, señor. La conversación es fácil, el cantito dulce. 

- Hablando de Brasil: tengo la impresión de que Colombia está muy de moda en la república federativa. No hay museo, lugar de interés cultural o turístico donde no haya encontrado grupetes de brazucas. Alguien me comentó que es por el alto poder adquisitivo del real. ¿Será por eso nomás?

- El auge turístico de la bellísima Cartagena de Indias está convirtiendo el casco viejo en un museo al aire libre donde cada vez hay más alojamientos exclusivos y hoteles boutique pero prohibitivos para los colombianos de a pie convertidos en extras en su ciudad amurallada.

- La filigrana península de Bocagrande, colindante con el casco viejo de Cartagena, ha sido convertida en un lamentable remedo de Miami Beach con numerosísimos edificios muy altos y poca consideración del paisaje. ¡Qué pena!

- Cuando le digo mi país de origen a algún colombiano, no puedo disimular la complacencia que me invade por la infalible reacción: uy qué buena es la comida peruana. :-D De hecho he visto restaurantes peruanos deluxe en las calles más caras de cada ciudad visitada.

- Ya me habían dicho que Medellín es todavía más roja que Bogotá - en todo sentido. Ayer llegué a la segunda ciudad de Colombia y lo pude comprobar: desde la carretera que bordea los cerros verdes se ve un mar de edificaciones rojas. Dicen los paisas, es decir la gente de esta región, que son los más más del país. ¡Veremos!

domingo, 30 de junio de 2013

IN-COMUNICANDO

Ayer me instalé WhatsApp en el celular... ¡qué felicidad! Ahora puedo intercambiar mensajes y fotos con todos mis contactos – sin importar en qué país se encuentren – a un precio muy módico: solo tenemos que estar todos conectados a internet. Huelga añadir que también tengo una cuenta en el CaraLibro (aka) Facebook, tres direcciones de correo electrónico, la del trabajo, una seria y otra juguetona, y dos más que ya caducaron por falta de uso. Sin contar membresías a redes sociales de perfil profesional y/o facilitadoras de contactos personales.

Me pregunto cómo he podido prescindir de tan vitales instrumentos de comunicación durante más de cuatro décadas. ¿Cómo pude terminar el colegio y perpetrar dos universidades, incurrir en un matrimonio y alguno que otro conato de mancebía sin celular, emilios, WhatsApp ni redacciones en hypertext? Pienso en la máquina de escribir que le pedí prestada a un compañero de universidad para redactar un trabajo y me siento un cavernícola. Recién hacia el final de la carrera, por la generosidad de Manolo que me regaló su computadora vieja al comprarse una nueva, pude escribir mi tesis de grado en forma digital. Luego Manolo la pasó del floppy a su artefacto para adaptarla a los formatos más modernos del milenio pasado.

Hace veintitrés veranos, durante una chambita vacacional, uno de los compañeros me habló por primera vez de las maravillas del correo electrónico: yo en mi computadora (en Friburgo, Alemania) y mi novia en la suya (en Estrasburgo, Francia) nos enviamos mensajes que son enviados a su destino inmediatamente. Recordé haber visto algo parecido en una película de ciencia ficción y no le hice mucho más caso.

Pasaron los años, unos cinco – creo – y otros amigos me volvieron a preguntar si no tenía dirección electrónica. Qué pesados, pensaba yo, dale con el bendito eMail que a mi entender usaban no más de cuatro gatos, en su mayoría personal de instituciones académicas. En fin, yo también pertenecía a una institución académica y animado por uno de mis estudiantes hice las formalidades del caso para obtener mi primera dirección electrónica.

¡Qué complicado era todo! Tres controles de seguridad hasta llegar al bendito buzón de entrada – que con bastante probabilidad estaría vacío pues, como el coronel de García Márquez, no tenía quien me escribiera. Ni pensar que llegaría un día, diez años más tarde, en que volver de vacaciones significaría la odiosa realidad de tener cientos de correos acumulados en la cuenta del trabajo – ¡ptuagh!

Y el teléfono móvil, o celular como nos gusta decirle al otro lado del charco... que pasó de ser una exclusividad de cuatro perencejos muy importantes ellos, seguramente, a un accesorio omnipresente en cualquier medio de transporte público donde la mayoría de pasajeros están embobados y embebidos por los aparatitos de marras. Me resistí durante años a tener uno hasta que llegó un momento en el cual cruzaba diariamente dos fronteras en un viaje de más de una hora con imprevistos frecuentes lo que hizo que engrosara las filas de telecomunicadores móviles.

¡Qué descubrimiento los primeros mensajes de texto o “sms”! ¡Qué sensación de modernidad! Y ni se diga las primeras cuentas de correo en línea gracias al Hotmail, Yahoo! y sucedáneos. Registrarse en Bangkok y enviar un correo a Freiburg con copia a Lima. ¡Ja ja ja! ¡Cuántas cuentas abiertas y vueltas a cerrar desde entonces! Hoy recibo los correos privados en el celular y teóricamente podría recibir también los del trabajo pero, aquí entre nos, a calzón quitao: ¿quién quiere recibir los correos de sus jefes o directores en el móvil a no ser que sea alguien muuuuy importante?

Y las famosas social networks, las redes sociales. ¡Qué pesadez! Comencé con el Xing por motivos profesionales. Mis amigas me decían tienes que entrar al Hi5 pero no les hice caso hasta que vino Facebook y mató al Hi5. Resultado: ¿en qué tiempo voy a hacer lo que realmente tengo que hacer si me paso el día revisando mis tres correos, las noticias del WhatsApp, las redes sociales Xing y Facebook más alguna que otra de amistades peligrosas? Línea ocupada – estoy comunicando.

sábado, 1 de junio de 2013

DRIVING ME SCOTLAND 2


SIR COLIN
Qué alivio encontrarme aquella tarde de junio con Sir Colin en el aeropuerto y constatar que si bien es escocés – claro que de la zona burguesa de Edimburgo/Leith – le puedo entender mucho mejor que a Mr Jackson. Deben de ser de la misma edad, Sir Colin me confirma que ya tiene un par de nietecitos y que su chochera son los resultados del casamiento de su hijo con una chica polaca. Además, tenemos mucha suerte con el grupo que nos ha tocado, todos empleados de un poderoso consorcio austríaco. A la cabeza del grupo va el atractivo director del comité de empresa, cuya generosidad experimentaremos Sir Colin y yo en carne propia al final del viaje.


Una tarde tranquila, en Aberdeen, nos alejamos de los clientes para cenar al lado de bustos de Vlad Tepes Drácula y otros criminales en una iglesia convertida en restaurante gótico. Allí me cuenta las divertidas peripecias que rodearon el matrimonio caledonio-polaco de su hijo. Cuando mandaron las 180 invitaciones a familiares y amigos, tomando en cuenta que la boda se celebraría en Polonia, en el pueblo de la novia, no contaron con que 180 personas confirmarían su asistencia. En consecuencia, tuvieron que fletar un avión completo para el transporte exclusivo de la comitiva nupcial. Un evento estelar durante las fiestas fue ciertamente la competencia entre escoceses y polacos a ver quién podía beber más... que terminó en un embriagadísimo empate.


LAS MALAS PULGAS DE HARALD
Mi quinta misión escocesa requiere que me dirija primero al puerto inglés de Newcastle upon Tyne para recoger a un grupo que llega en el transbordador desde Amsterdam-Ijmuiden. El tren escogido pasa por Berwick upon Tweed y voy con mucha curiosidad por ver la pequeña ciudad fronteriza a caballo entre Escocia e Inglaterra. Es la hora de la siesta, el vaivén del tren no propicia la vigilia... y de repente miro por la ventana y constato que estamos a punto de llegar a Newcastle y me he dormido Berwick. ¡Bravo! Queda la esperanza de recuperar la pérdida en el trayecto de regreso.


Al día siguiente muy temprano, por iluminación divina, tomo un taxi al terminal marítimo que yo creía muy cercano del centro y resulta que queda a 12 km de distancia. Cuando comienzan a desfilar los pasajeros, ya llevo más de una hora esperando – mejor así. Percibo que la edad promedio de mi grupo ronda los 65 años con la excepción de una jovial y risueña animadora de cuarenta recién cumplidos. Salimos a buscar el bus y en la puerta del mismo está Harald, un flaco cuarentón de mirada amable detrás de anteojitos redondos y un kilometraje europeo envidiable, desde el Cabo Norte hasta el Finisterre pasando por los Balcanes.


Son muchas las novedades, aparte de la recogida en Newcastle. Es la primera vez que hago un circuito escocés en un vehículo continental con el timón al lado izquierdo. Los integrantes del grupo son todos miembros de una parroquia católica, lo que se refleja en dos sesiones diarias de canto en la ruta bajo la batuta de la joven animadora y la visita a un sinnúmero de catedrales, capillas o sus respectivas ruinas, que en buena parte aun no conozco.


A diferencia de los viajes con buses británicos, esta gente trae toda una despensa rodante de comida y bebida en la bodega. Esto lo descubrí cuando paramos para descansar en Gretna Green y en cuestión de cinco minutos ya tenían armado un chiringuito para repartir pan con salchicha, mostaza, un pepinillo encurtido y una mesa con café y dulces. Una organización ejemplar.


Si bien el ambiente general es risueño y relajado, una vez en la ruta empiezan los problemas: el micrófono, instrumento indispensable para un circuito turístico en autobús de 52 asientos, tiene un contacto flojo y todos los esfuerzos de Harald por pegar y componer la falla son en vano. El micro funciona cuando le da la gana y es motivo de malestar general en la tropa, lo que, sumado al mal estado general del vehículo, es una fuente inagotable de quejas de pasajeros a Harald. Por mi lado, acostumbrado a tener choferes locales durante casi todos mis anteriores trayectos, nunca he dirigido al conductor al mismo tiempo que voy explicando la ruta a los pasajeros.


El recorrido de la capital escocesa será el escenario de la explosión y caída de Harald: todo Edimburgo está en obras por la nueva línea de tranvía que unirá el centro con el aeropuerto, las vías principales cortadas, el tránsito desviado por laberintosos barrios residenciales. En tales circunstancias el sistema de navegación es un trasto inservible: no se entera de las avenidas clausuradas ni propone rutas alternativas.


Harald quiere saber por dónde tiene que ir. Yo no sé qué sugerirle y le digo Harald, no puedo hacer dos cosas al mismo tiempo: mi tarea es señalar a los pasajeros los lugares de interés de la ciudad y no puedo irte mostrando el camino. Toda la frustración por el micro roto, la ventilación deficiente, los pasajeros reclamones y el guía incapaz de dirigirlo, se cuaja en un grito desesperado: ¡si no sirves para esto, vete de vuelta al Perú!


Pobre Harald, para qué dijiste eso. Los pasajeros, sin excepción, se solidarizan conmigo, “su” guía, manifestando su desaprobación del comportamiento violento e insultante del conductor. Finalmente, llegamos al Real Jardín Botánico, desembarcamos a la tropa y, mucho más tranquilo, Harald se disculpa conmigo. Yo no tengo problema, le digo, pero con ese ataque de furia has puesto a toda la gente en tu contra y eso sí que va a ser difícil de revertir.


Al otro día temprano por la mañana, partimos de Edimburgo rumbo al sur para volver a Newcastle y embarcar el autobús de vuelta al continente. Desde entonces no hemos vuelto a saber uno del otro. ¿Mejor así?


JIMS, JUVENIL ABUELO DE 45
En mi última vuelta a Escocia me toca como compañero de cabina un simpático fortachón de cabeza rapada. Se llama James Stewart, como el último monarca escocés, pero prefiere que le digan Jim, yo crearé ciertamente mi propia versión y lo llamaré Jims. Es wedgie, como les dicen a los nacidos en Glasgow. Su dialecto por consiguiente no está lejos del de Mr Jackson y más de una vez me veo en la imperiosa necesidad de pedirle que repita por favor lo que me acaba de decir.


Tenemos gustos comunes: el timbre de su celular es Payphone, la canción de moda de Maroon 5. Claro que a mí, aparte de la melodía, me gusta también el vocalista del grupo pero no tengo que refregárselo a Jims en la cara. Sacando cuentas, resulta que es apenas 8 días más joven que yo pero mucho más precoz, para lo cual no hacen falta mayores méritos. Jims acaba de ser abuelo y su nietita de medio año lo tiene embelesado. En sus propias palabras she's the apple of my eye, la niña de mis ojos. ¡Que la disfrutes, Jims!

viernes, 31 de mayo de 2013

DRIVING ME SCOTLAND 1


HELGA MCLEOD – TABACO Y WHISKY

Cuando me dijeron que mi primera vuelta a Escocia estaría conducida y guiada por la señora Helga McLeod, sospeché que detrás de aquella insólita combinación de nombre de mujer eminentemente alemán con un apellido escocés de pura cepa solo podía tratarse de una germana transplantada a tierras caledonias. No me equivoqué. Si bien hacía años que le había dado calabazas al tal McLeod, quiso conservar el apellido para acentuar su identificación con el país que la había acogido y donde se sentía plenamente integrada.

El primer encuentro cercano con la rubia cincuentona no fue muy propicio para ganar puntos: apareció media hora antes de lo acordado, como quien dice sacándonos del hotel a empujones para iniciar nuestra vuelta a Escocia en siete días. ¿Su pinta? Cara de Miss Piggie, con el cutis curtido que delata la afición a la nicotina, y una figura como el tordo, cabeza pequeña y trasero gordo.

Menuda tarea la que le había tocado a Mrs McLeod: además de manejar el minivan prestando atención al tránsito, tenía siete días para hacer de seis ignorantes unos guías profesionales para circuitos turísticos escoceses, inculcándonos historia, geografía, geología, folklore, whiskylogía y curiosidades del país en dosis altamente concentradas. Y ciertamente que no le hicimos fácil la misión, acribillándola a preguntas en todo momento, incapaces de tomar notas durante el trayecto – mareo seguro – y aprovechando cada pausa en la ruta para recuperar la información perdida.

En la sobremesa de nuestra última cena, con una copa de vino en la mano, Helga nos familiarizó con la interesante normativa-Mull-of-Kintyre de la televisión británica: si se presenta en pantalla un desnudo frontal masculino, el miembro en cuestión no debe presentar un ángulo de elevación mayor al de la península de Kintyre respecto del resto de Escocia, en buen cristiano: posición de reposo. Lo demás es pornografía. Con esta información en la mano, mis compañeros de instrucción y yo nos sentimos perfectamente preparados para afrontar todos los retos futuros en tierras escocesas.

PAUL PUREFOY, EL CABALLERO DE LA ROSA

Llego al aeropuerto de Edimburgo una tarde lluviosa, apenas una hora antes de la llegada de mis clientes. Logro ubicar al chofer y acordamos cuál será el punto de encuentro. Seguido de mis cuarenta huéspedes, llegamos al andén número seis y nos abre la puerta del bus un distinguido cincuentón de modales exquisitos que lleva el traje más elegante de todo el grupo. Soy Paul Purefoy y trabajaremos juntos esta semana, me dice con un acento que delata claramente que Paul no es un caledonio más sino proviene del enemigo estatal número uno de los escoceses: down south o sea Inglaterra. Y lo peor del caso: es su primer circuito al norte de la muralla de Adriano. Vaya parejita, un guía novato y su chofer igual.

Pero no contaba con los encantos secretos de ese risueño solterón inglés que desde que subimos al autobús ya nos tenía preparadas las llaves de las habitaciones de nuestro hotel. ¡Así da gusto, Paul! Fuiste un compañero de equipo excelente. Con tu fino sentido del humor y la ayuda de tu navegador satelital, llegamos sin el menor contratiempo a todos los lugares que el grupo visitaría. Para resolver tu crónica soltería de viajero impenitente, quedamos en que un día visitarías el Perú. Te aseguré que con tu pinta distinguida conseguirías novia en un dos por tres. ¡Te estamos esperando, colega!

GEORGE EN SU KILT

Me resultó muy difícil entender y hacerme entender por mi siguiente compañero de batallas, George, un cuarentón que se hizo amigo del grupo en un abrir y cerrar de ojos gracias a su sonrisa de ojos azules y su sempiterno kilt. Las clientas más mayorcitas no perdían oportunidad de preguntarme el consabido ¿llevará George algo debajo de su falda escocesa o “sin nada” al estilo regimiento? Nunca se lo preguntamos, lo cual es una pena porque tengo la sensación de que el picarón de George no habría tenido problema alguno en levantarse el vuelo de su kilt para saciar nuestra curiosidad. Huelga añadir que como caledonio de pura cepa, George conocía cada recodo del camino como la palma de su mano.

IAN JACKSON, EL MAGO DE WISHAW

Durante mi tercer circuito escocés me vi confrontado con una situación climática inenarrable: +29ºC a mediados de mayo en un bus sin aire acondicionado... y el no menos inenarrable Mister Jackson. Primera constatación: a este señor no le entiendo NADA. Una vez me preguntó do you like feshen – y creí entender fashion o sea si me interesaba la moda – pero el buen Ian quería saber si me gustaba fishing, es decir pescar. Y como esas tuvimos muchas.

Segunda constatación (y la de más graves consecuencias): este buen señor desmuelado no me hace caso o lo que es más grave, decide por mí qué ruta hemos de seguir y qué paradas hacer y cuáles evitar. Traté sin éxito de hacerme respetar durante dos días hasta que vi que no me quedaba más remedio que decir aye, aye, sir, vamos por donde ud. quiera y pare donde ud. lo crea conveniente.

Tercera: Ian es un mago frustrado. En cada parada no pierde la oportunidad de demostrar a pasajeros, camareros de hotel o pasantes incautos sus habilidades de prestidigitación: coge una libra esterlina y un penique que a un giro de sus dedos regordetes se convierten en tan solo una libra. ¿Y dónde está el penique? Ian sonríe relamido mostrando sus lamentables vacíos molares ante la mirada boquiabierta de su público espontáneo.

CONTINUARÁ

martes, 30 de abril de 2013

EL POLVO DE YOANI

La celebérrima bloguera cubana Yoani Sánchez visitó recientemente mi Lima natal y escribió un breve artículo plasmando sus impresiones de ese primer encuentro con el Pacífico. El artículo se titula Lima y el polvo. Por lo visto, lo que más impresión le causó a la ilustre residente-disidente del regimen castrista es aquella capa dorada que cubre por igual nuestros carros y caras, cebiches y piscos sour, frutas selváticas y pieles multicolores.

Me parece sumamente interesante leer las impresiones que viajeros se llevan de esa ciudad neblinosa en la que ya no vivo desde hace más de veinticinco años. Sobre todo cuando esas impresiones vienen de gente dotada de capacidad de observación para detalles y curiosidades. Al final de cuentas me parece que Lima no le gustó mucho a la valiente Yoani. Pero no te preocupes, chica, no por ser limeño mazamorrero me voy a quedar resentido contigo, para nada.

Al contrario, me ha divertido mucho que, como caribeña, nuestro Pacífico te haya parecido demasiado tonificante y bravo. Recuerdo claramente que en diversas ocasiones, en el Mediterráneo en marzo o en el Báltico en junio, mi amigo Marcelo y yo – curtidos en mares de 16 a 18 grados – éramos los únicos valientes (léase: locos) que entrábamos al agua. Para el resto, alguno que otro caribeño por ejemplo, estaba demasiado fría: preferían temperaturas como las de sus Antillas natales.

Volviendo al polvo, déjame que te cuente, habanera, que nuestra Lima se encuentra en medio de uno de los desiertos más secos del mundo, de allí que nos sople polvo desde todas las direcciones, sin mencionar la contaminación debida a los vehículos precolombinos que atosigan jirones y avenidas. Por eso no es difícil que mi ciudad, aquella de la cara inenarrable que tú dices, te adelante en vida aquello en lo que nos convertiremos todos finalmente: polvo, polvo y más polvo.

Interesante también tu concepto, Yoani, de adjudicarle a cada ciudad un rostro, una personalidad. ¿Así que mi Lima tiene la cara de una muchacha cobriza reservada, por sus raíces andinas, pero también con poderes curativos? ¡No está mal, eh! Pero ojo con los nombres correctos de los distritos: aquel pujante barrio del sur que conociste no es "la villa" El Salvador -nombre que tal vez recogiste en Argentina- sino el distrito de Villa El Salvador, ese es su nombre oficial y sería bueno que lo pongas así en tus escritos. No querrás que un día, desde La Habana, escribamos de la Vieja de la Habana refiriéndonos a la Vieja Habana, ¿verdad?

Me ha gustado mucho la metáfora de la multitud de Limas superpuestas, Yoani. Te doy toda la razón. Son varias decenas de ciudades y pueblos que por la explosión demográfica han venido a pertenecer a ese cuerpo adolescente demasiado crecido para sus propias ropas que es la Gran Lima o Lima Metropolitana. Mis hermanas mayores me contaban de chacras que bordeaban la Avenida Arequipa a mediados de los cincuenta, algo inimaginable para mí en los ochenta de la Lima desbordada. 

¿A lo mejor tuviste ocasión de subirte a la nueva red del Metropolitano o al Metro? Obras de infraestructura que tendrían que haberse hecho hace una treintena de años, por lo menos. ¿Y -aparte del cebiche con polvo- no mencionas nada de la gastronomía? ¿A lo mejor no te pareció gran cosa? ¿O te habrán atosigado mis compatriotas con la manía de nuevos ricos de estar hablando todo el santo día de las maravillas de nuestra cocina y aquellos restaurantes a los que no debes dejar de ir?

No puedo ocultar cierta risita socarrona al leer comentarios de lectores peruanos que no se ven reflejados en tu artículo, Yoani, como si ese hubiera sido tu propósito. Se quejan de que no hables nada del crecimiento económico, disfrazado en el sutil "grúas levantando edificios por todos lados" o del boom de la cocina, de las letras o de otros aportes a la cultura universal.

Tranquila, chica, los peruanos que tenemos la suerte de ver el cuadro desde fuera, con algo más de distancia, te acompañamos en tu asombro por el polvo y a lo sumo nos gustaría completar el retrato que pintas de esa mucha Lima con los gentilicios africana/morena y asiática/oriental. De hecho, pertenecientes a dichas minorías se sintieron ignorados por tu breve relato. En fin, que no era tu intención darle gusto a todos, ¿cierto, Yoani?

domingo, 17 de marzo de 2013

DOS PARTIDAS

A Joseph Aloisius y Hugo Rafael.



Joseph ocupaba un cargo del que por principio solo la muerte separa. Hugo tenía el firme propósito de eternizarse en el suyo pero la muerte lo separó oncológicamente de él.



Joseph no estaba hecho para una vida en el escaparate, prefería el estudio, la reflexión solitaria, la meditación, la oración. Hugo vivía y se nutría de la admiración de su pueblo, ese pueblo al que las riquezas del país prodigaban casas, colegios y hospitales con médicos cubanos.



Joseph fue la eminencia gris detrás de su antecesor en el cargo y cuando este murió, todas las miradas recayeron en él. Hugo trató de derrocar de un golpe a su penúltimo antecesor pero falló en el intento, esperó unos años y su pueblo lo eligió como presidente.



Joseph es un hombre de pocas pero sopesadas, inteligentes, lúcidas palabras. A Hugo le pones un micrófono y no hay manera de hacerlo callar – y eso que lo intentó hasta el rey de España; su emisión diaria de Aló, Presidente no baja de tres a cuatro horas en el aire.



Joseph obtiene su inspiración de paseos solitarios, de la contemplación espiritual. Hugo obtiene su inspiración viajando a Cuba donde sus hermanos mayores Fidel y Raúl; él les lleva petróleo, ellos le prestan sus hospitales y le dan consejos para su gobierno.



Durante su gestión, Joseph tuvo que hacer frente a las más espectaculares denuncias por abuso sexual de parte de sacerdotes y al destape de la flagrante corrupción en su entorno inmediato de la curia romana pero no supo hallar los medios para combatir las acusaciones, castigar con efectividad y no con benevolencia a los culpables y blanquear la maculada imagen del Vaticano. Durante su gestión, Hugo logró desactivar la independencia de poderes, politizó el sistema judicial y logró que su país se convirtiera en el más corrupto, criminal e inflacionario de América.



A Joseph lo adoran los más conservadores de su organización, es inamovible en cuestiones como el sacerdocio de mujeres, el control de la natalidad o la apertura a relaciones del mismo sexo (que dicho sea de paso afectan al 25% de sus compañeros de almas). A Hugo lo adoran los líderes izquierdistas de las Américas y algunos chicos malos del Oriente como Ahmadineyad, aquellos que prefieren ignorar que casi todo el dinero que reparte pródigamente proviene del imperio enemigo que al mismo tiempo es el socio comercial número uno de Venezuela.



Joseph hizo lo que ninguno de sus antecesores había hecho en siete siglos: renunciar en vida. Hugo rezó con todas sus fuerzas para que su vida se prolongara pero se dio con angelitos sordos y sus plegarias no fueron escuchadas.



Joseph deja atrás una iglesia con gravísimas divisiones internas, problemas de continuidad, carencia de sacerdotes, enorme pérdida de credibilidad y una comunidad de creyentes que grita por el gran cambio. Hugo deja atrás un país con gravísimos problemas, endeudado, inseguro, dividido: la burguesía lo detesta, el pueblo lo adora. Además, le queda a Venezuela un nuevo nombre oficial con el bolivariana en el medio, nueva bandera, nuevo escudo y una zona horaria única en el mundo con un argumento no menos único: para que los chicos vayan al colegio con luz natural. ¿Por qué no atrasaron mejor media hora el inicio de las clases?



Joseph, papa emérito, disfruta aliviado sus paseos por los jardines y bosques tibios de Castel Gandolfo y sigue desde lejos pero con acuciosa curiosidad la elección de su sucesor. Hugo, comandante difunto, seguramente toca el violín sentado en una nube cercana a la de su ídolo Simón Bolívar.

jueves, 28 de febrero de 2013

DEJA QUE ANNA TE CUENTE

La atenta Señora Yvonne tiene la culpa: ella puso en mis manos el volumen de relatos Quisiera que alguien me esperara en algún lugar de la encantadora Anna Gavalda (Île de France, 1970). Como en tantos otros casos, ignorante de mí, lo acepté sin mucho entusiasmo, pensando qué cuentos franchutes serán los de esta ñorsa cuyo apellido suena más bien italiano, corso o de la Provenza. ¿Y si de repente es de las que usa un lenguaje tan coloquial que después no me entero de nada? En fin, era una práctica edición de bolsillo y, por respeto a Doña Yvonne, le aseguré que lo iba a leer.

Sigue una caprichosa selección de lo que Anna me contó y la impresión que me dejó:

Primer relato: una chica va caminando por el bulevar – intercambio de miradas con un tipo guapo – cruce de palabras – invitación a cenar. ¿Suena banal? El encanto de Anna está en los detalles sutiles: el bulevar es ciertamente el de St. Germain y la narradora se burla de sí misma por el cliché de empezar su historia en un lugar tan, pero tan trillado literariamente. ¡Punto para Anna! Amén del inesperado desenlace del incipiente romance. Moraleja: mucho cuidado con el (ab-)uso de los teléfonos celulares en una primera cita amorosa.

Quinto relato: la voz en primera persona me hace sospechar que quien narra la historia es un hombre... que por lo visto se ha acostado con innumerables mujeres. Claro, es una estrella de la música y siempre ha sabido apreciar la paciencia de sus groupies. Hasta que conoce a una joven fotógrafa y esta, mostrándole el resultado de varios días de seguimiento durante una gira de conciertos, le da a entender que le interesa tan solo una parte de su cuerpo que él ni remotamente sospecha.

Séptimo relato: de nuevo nos damos con un narrador masculino que evidentemente se encuentra en un estado de gravísima alteración psíquica. Poco a poco el lector se va enterando de que el tipo es un comercial que pasa la vida en la carretera y una mañana de neblina – sin siquiera darse cuenta – ha causado un accidente terrible con una decena de víctimas mortales. ¡¡¡Y recién se entera de esto viendo el noticiero de la noche!!! La pregunta es: ¿qué decisión tomará con su conciencia atormentada?

Octavo relato: una esforzada veterinaria rural logra desempeñarse exitosamente en un medio bastante rústico donde nadie esperaría encontrarse con una fémina. Todo empieza con una sustitución y prosigue de lo mejor... hasta aquella llamada nocturna de emergencia a una granja donde unos villanos – nunca mejor empleado el término – le tienden una trampa infame. Recuperada del trauma, la quirúrgica venganza de la doctora pondrá los pelos de punta al lector.

Noveno relato: dos niñatos trepadores quieren ir a la fiesta de una familia aristocrática en el campo y no hallan mejor recurso que tomar prestado el intocable Jaguar del padre ausente. El evento termina sin conquistas dignas de destacar, pero en el camino de regreso se les atraviesa un jabalí que probablemente también vuelve de una fiesta silvestre... y el Jaguar nunca volverá a rugir como antes.

Undécimo relato: un contador treintañero vive enamorado de una colega del trabajo pero no se atreve a hablarle. ¡Qué fijación la de Anna en meterse en la piel de tipos y contar la historia desde sus ojos, incluyendo erecciones cada vez que la dulcinea pisa la oficina del contable! El chico comparte piso con sus dos hermanas que más distintas no podrían ser: artista bohemia la mayor, esforzada estudiante de medicina la más joven. Un buen día, pensando en su amor platónico, compra una pieza de lencería que, al ser descubierta por sus hermanas, desencadena la mudanza del contador a otra casa. ¿Quién ayudará al circunspecto muchacho a celebrar la inauguración de su nuevo habitáculo?

Anna, qué mejor piropo te puedo decir, como compañero de armas, que me encantaría escribir como tú, con esa capacidad total de ser una persona de otro género y otra edad, de describir detalles y situaciones calamitosamente normales pero que, gracias a la picardía de tu pluma, se convierten en deliciosas miniaturas.

¡Gracias, Yvonne!