martes, 22 de octubre de 2013

¡QUÉ TAL RAZA!

Doce de octubre de 2013. En mi calidad de miembro más antiguo del equipo de español, el director me asigna la honrosa tarea de organizar la celebración de la fiesta nacional de España. A ver, con quién contamos: dos peruanos, una parejita española, una profesora mitad mexicana, un alemán casado con cubana y una maestra que ha vivido 18 años en España. ¡Perfecto!

Una vez distribuidas las tareas culinarias y enológicas, falta preparar unas palabrillas para inaugurar la fiesta con gracia, arte, relevancia histórica y sobre todo ¡brevedad! Revisando documentos, me entero de que el antiguo nombre de la festividad “Día de la Raza” surgió en un congreso ibero-americano en los primeros años del siglo XX.

¡Cómo olvidar ese nombre! Porque, en mi país, “tener mucha raza” equivale al ibérico “tener mucho morro” y mi hermana mayor – nacida en tan histórica fecha – nos refregaba su legitimidad para agarrar el mejor pedazo de comida o cualquier otra prerrogativa por ser justamente del Día de la Raza.

Me imagino encantado las caras destempladas que pondrán los colegas alemanes cuando les comente que durante más de 40 años España y muchos países hispanoamericanos llamaron así la fiesta del doce de octubre. En este país, la sola mención de la palabra Rasse ya basta para ser sospechoso de simpatizar con la ideología nazi.

Descubro también que aparte del Día de la Hispanidad, actual nombre del antiguo Día de la Raza, hay países que lo llaman Día del Respeto a la Diversidad Cultural (Argentina) o Día de la Resistencia Indígena (punto para los chicos malos de Venezuela y Nicaragua). ¡Qué irónico! Respeto a la diversidad cultural en una nación sudamericana que fomentó la extinción de su población aborigen. Prefiero aquello de la Resistencia Indígena, alineándome así por vez primera con los países del ALBA.

Para los indígenas del Caribe, en efecto, el encontronazo de dos mundos no fue nada propicio: un siglo después del “descubrimiento” no quedaba un solo taíno, lucayo, quisqueyano o caribe. Hatuey, Anacaona y muchos más seguirían en la memoria colectiva solo como nombres de leyenda. Un genocidio sin sobrevivientes para contarlo.

A modo de ejemplo muy concreto, mencionaré que nuestra encantadora colega, la señora Yvonne, natural de la isla de Cuba, tiene sangre europea y africana pero ni un mililitro de genes caribes. Obvio, si en el siglo XX, ya hacía cuatro siglos que habían sido aniquilados todos los indígenas de las Antillas. Y los del continente tampoco fueron afortunados precisamente: convertidos en esclavos de los colonizadores, desterrados de sus hogares, recluidos en reservas remotas, diezmados en las minas de la puna, demonizadas sus creencias ancestrales y humillada su identidad cultural.

Tampoco podrán faltar en mi recuento las ironías de la historia: como el hecho de que Cristóbal Colón muriera en 1506 convencido de que había llegado a las Indias. Y que mucho tiempo después de las evidencias científicas contrarias, la entidad encargada de gestionar las nuevas colonias se siguiera llamando Consejo de Indias. Indianos era también como se conocía a los españoles que volvían enriquecidos de las Américas y hasta el día de hoy a la población nativa americana se le conoce como indios.

Cómo se retorcería Colón en su tumba al enterarse de que un geógrafo friburgués colocó por vez primera el nombre de América en el mapa de las tierras recién descubiertas, pues estaba convencido de que otro italiano, Américo Vespucci, era el gestor de tan valerosa hazaña.

Pasando al aquí-y-ahora, delante de una mesa puesta con delicias de ambos lados del Atlántico, haré hincapié en el mestizaje culinario: ¿o puede alguien imaginarse una tortilla de patatas sin los tubérculos andinos? ¿O una peruanísima salsa huancaína sin ingredientes españoles como la leche y el queso? ¿De qué color quedaría el gazpacho sin el rojo de los tomates mesoamericanos?

A más tardar en este momento será oportuno alzar la copa para un brindis por el respeto a la diversidad cultural.

lunes, 30 de septiembre de 2013

BOGOTÁ - CARTAGENA

BOGOTÁ
Ir a comprar el pan para el desayuno a la panadería más cercana en las Torres del Parque y terminar bajando -de puro sapo- todo el Parque Independencia hasta llegar a la torre Colpatria en la Carrera Séptima.
La falta de aire al subir por el mismo parque de regreso de Colpatria a La Macarena, tomando en cuenta que no acababa de cumplir 12 horas a 2.760 metros de altitud.
Caminar cantando El Pescador – en versión de Totó la Momposina- por las calles y parques del Bosque Izquierdo.
Pagar un dólar ochenta por dos kilos de perfumadas granadillas en el mercadito de la Perseverancia.
El sabor indefinible de mi primer -y último- jugo de feijoa... una fruta verde pequeña de improbable nombre. Yo me preguntaba si el mismo tendría que ver con feijão (= frejol en portugués). ¡Pero no! El botánico alemán Otto Karl Berg la bautizó así en homenaje a João da Silva Feijó, un naturalista luso-brasilero del S. XVIII.
Las vistas desde el departamento de Óscar en el noveno piso de la ladera.
Despertar por el canto de un gallo en la acogedora garçonnière de Leo en las colinas del Chapinero aka Gay Hills.
La conversación con un cachaco octogenario, sentados ambos mientras hacía sol y lluvia (!) en la Plaza Bolívar.
La tentación de unas pastas con palta (en el menú decía aguacate, en honor a la verdad), platillo que resultó ser angustiosamente soso.
Esperar una hora para poder subir al mirador de Colpatria. Y claro, si a cada uno le toman las huellas digitales electrónicas de cada dedo, fotografía de frente y perfil. Ni para ingresar a los sacrosantos EE.UU. ¡No se pasen esos colpatriotas!
El sobrecogimiento producido al ingresar a la basílica-catedral de sal de Zipaquirá, ubicada en los socavones de una antigua mina.
El inesperado encuentro con mi paisana Santa Rosa de Lima en uno de los recodos de la mina.
Las delicadas y finísimas arepitas del desayuno andino de la panadería Ázimos.
El verdor de los Andes Orientales vistos desde el mirador de Monserrate.
El verdor de las gemas expuestas en el Museo de las Esmeraldas.
Las crêpes poblanas, con ese delicioso puntito de picante, de la cadena de restaurantes Crepes & Waffles, conocida por dar preferencia laboral a madres cabeza de familia.
Las manos regordetas de Botero en el museo del mismo nombre.
La brevísima pero ejecutiva visita de Richard, con quien manteníamos una nutrida correspondencia ciberepistolar de varios meses.
El sermón de Gerhard al día siguiente de la visita de Richard prohibiéndome recibir a más ilustres caballeros en la casa de su marido Orlince.
La visita de Wilson, un entusiasmado osito que recibí apenas habían partido de la casa Gerhard y Orlince rumbo a tierras sureñas.
La amabilidad de Óscar para conseguirme viajes seguros en taxis de su plena confianza.
La publicidad en el Puente Aéreo: Colombia - The only risk is wanting to stay! 
¡Es verdad!

CARTAGENA DE INDIAS
La alameda de palmeras que flanquean el camino desde la escalinata del avión hasta la terminal aérea. Una sensación de Hawai con salsa.
¡Mucho calor!
La emoción de empapar por vez primera mi transpirada humanidad en la Mar de los Caribes.
Una deliciosa limonada con puesta de sol en el Café del Mar encima de la muralla.
Las arepitas de queso del parque Bolívar matizadas con la grata conversa del paisa Jaime.
Delicioso pescado en salsa de coco en el seráfico local llamado Acción de gracias.
Bicicletas de alquiler con asientos castrantes...imposibles de montar más de una hora seguida.
La ley seca por las elecciones municipales que hicieron que no probara una gota de alcohol durante mi estadía caribeña – a no ser por las socorridas chelitas dentro de la pensión del franchute Michel.
Curiosear por los patios y fuentes de las casonas y mansiones coloniales de la ciudad amurallada, sobre todo aquellas con WiFi que descaradamente aprovechaba para ponerme al día con mis contactos de aquí y de allá.
Niños peloteando, ancianas conversando, puestos de comida de diversas delicias en la placita de la Trinidad, corazón del saleroso barrio de Getsemaní.
Las aptitudes lingüísticas de Javier, bachiller en Derecho por la Universidad de Cartagena.
La playa desierta en la costa norte de la Isla Grande del Rosario, coronación de una caminata ecológica que un solo pasajero desquiciado reservó: yo. ¡Felizmente!
Las dos botellas repletas de envoltorios plásticos recogidos del suelo durante la hora que duró la caminata ecológica...y la cara del guía Jáider.
El trueque forzoso de mi camiseta caboverdiana por una local de Cartagena a instancias del negro Jorge que no me dio chance de rechazar la transacción: “tengo que tener esa camiseta tuya”. La pulserita cannabis que después me vendió el moreno de marras con un argumento irrefutable: “cómprale algo a este negro”.

Recuerdos imborrables de mis primeros diez días en tierras colombianas.

sábado, 31 de agosto de 2013

PLATA O PLOMO

Las giras temáticas están de moda: puedes contratar un paseo por la Lima de Mario Vargas Llosa, recorrer Sudáfrica siguiendo la biografía de Nelson Mandela o visitar Nueva York pisando las huellas de las chicas de la inolvidable Sex and the City. Por tanto, al llegar a Medellín, estaba seguro de que iba a encontrar algo similar con el célebre escritor paisa Fernando Vallejo, autor entre otros de la novela La virgen de los sicarios y guionista de la película homónima dirigida por Barbet Schroeder (2000).

En plena búsqueda descubro con gran pena que no hay ningún tour Vallejo pero sí un circuito Pablo Escobar. La palabra sicarios en el título de la película de Schroeder me lleva al enlace de marras. Llamo al teléfono que indican y un simpático muchacho me da las indicaciones necesarias: tengo que ir a un hostal del barrio El Poblado, pagar por adelantado para conocer en detalle al patrón del mal y sin garantía de que vaya a haber cupo el día deseado. Esto me suena muy mafioso – pienso y reniego por lo bajo – pero, caballero, pago y confío en mi buena suerte. Y otra cosa: la gira se ofrece exclusivamente en idioma inglés, o sea que voy a pagar para que un colombianito (o ita) me cuente en inglés la historia del zar de la coca. El día siguiente recibo la llamada reconfortante del dueño del hostal: mi asiento está asegurado. ¡Maravilla!

Por prudencia llego al punto de encuentro casi una hora antes de la salida. De hecho soy la oveja negra del grupo, lingüísticamente hablando – porque no hay ningún hispano y en cambio sí un muchacho mulato del norte de Inglaterra. Aparte de mí, casi todos son anglófonos de tres continentes, dos holandeses y una chica austriaca. El muchacho del teléfono conduce la camioneta VW que ya ha conocido bastantes generaciones de sentaderas mientras una encantadora paisa se sienta con la cara hacia nosotros y un práctico microfonito en la mano. Comienza la aventura que durante tres horas y media nos mantendrá cautivos como en una película del mejor suspenso.

Primera estación: el edificio Mónaco, de propiedad del Patrón, y blanco de un coche bomba que destrozó toda la fachada. Se me vienen a la mente recuerdos de Tarata. El edificio Ovni, la gruta de la Rosa Mística... y cómo no pensar en la peregrinación de Alexis y Fernando a la iglesia de María Auxiliadora en Sabaneta. Después del Poblado, nos dirigimos hacia el centro para luego atravesar Barrio Triste y seguir a Carlos E. Restrepo.

¿Qué quieres ser de grande? ¿Acaso bombero? ¿Astronauta? ¿Piloto? ¡Qué va! La respuesta salió disparada de la boca del mocoso Pablo Emilio Escobar Gaviria: ¡Millonario! En la secundaria, sentó las bases de su fortuna canjeando a sus compañeros las respuestas de los exámenes por dinero contante y sonante. Claro que al director no le hizo mucha gracia ese intercambio mercantil y el adolescente estuvo a punto de ser expulsado del colegio en más de una oportunidad.

Prosiguió la carrera por los espinosos caminos del contrabando de cigarrillos y todo aquello que pudiera rendirle jugosas ganancias – mientras más peligrosos los negocios, más copiosas las utilidades. La maestría y el doctorado honoris causa los obtuvo en lo que sería su cohete al estrellato y al mismo tiempo su piedra de molino: el tráfico de drogas. Finalizando la veintena, ya es multimillonario, coquetea con una carrera en la política y se siente con poder para poner en jaque a todo su país. El método es sencillo: plata o plomo. Aceptas lo que te pago o te caen balas a ti y tu familia.

Punto central de nuestro recorrido es una casa con el mágico número 45-96 donde, un día después de cumplir 44 años, se cerró el cerco alrededor del prófugo de la justicia y enemigo número uno del estado colombiano y de la DEA estadounidense. Escobar fue abaleado al tratar de abandonar su escondite en la ciudad que él creía era el sitio más seguro de la tierra. Quedaron desamparados sus familiares y sus queridos hipopótamos de la hacienda Nápoles.

Al final del recorrido, saliendo por la carretera hacia el sur, llegamos al Camposanto Montesacro donde está la tumba de Escobar. Nos dice la guía que es la tumba más visitada del continente – junto con la de Eva Perón en Buenos Aires. Y a menos de veinte metros del Patrón, se encuentra la modesta lápida de Griselda Blanco, la reina de la coca, que muchos consideran madrina de Pablo. Después de cumplir dos décadas de condena, Griselda regresa sexagenaria a Medellín donde vive una vida de perfil notoriamente bajo...hasta que saliendo de una carnicería es abatida por tres balazos en la cabeza desde una motocicleta. Méthode traditionnelle!

Fin del recorrido. En ese momento no sabía que aquella misma noche estaría sentado tomando cerveza con el mismísimo Fernando Vallejo en el café fundado por su hermano en Los Laureles, dónde más.

miércoles, 17 de julio de 2013

¡A LA ORDEN!

Después de siete días recorriendo Colombia en viaje de exploración e inspiración, creo poder afirmar que:

- El control de inmigración del aeropuerto internacional Eldorado de Bogotá es el más eficiente que he visto en las Américas: 35 funcionarios bien dispuestos que hacen que la espera para tener sellado el pasaporte sea mínima. Un ejemplo para los países vecinos, incluyendo al Gran Hermano del hemisferio norte con sus filas interminables.

- El color predominante en la ciudad de Bogotá es el rojo: rojas las numerosísimas edificaciones revestidas de ladrillo, rojos los tejados de las casas, rojos los adoquines que recubren el pavimento en algunos sectores de La Candelaria. Pienso en Bogotá y veo los colores rojo - lógicamente - y el verde de las montañas que la flanquean hacia el oriente y los pastizales abundantes de la sabana.

- Curioso clima el de Bogotá: estaba el suscrito sentado en la plaza Bolívar (la de Armas para efectos prácticos) conversando gratamente con un cachaco (léase: persona nacida en Bogotá hijo/a de padres bogotanos) sobre esto y aquello cuando empezaron a caer gotitas de lluvia al mismo tiempo que brillaba el sol sobre nuestras cabezas. Sin embargo, no encontré ningún arco iris. Se aplica el famoso dicho de los escoceses: cuatro estaciones en un solo día. ¡Tome sus precauciones! Sí, señor.

- A diferencia de otras plazas mayores o de armas de capitales con la clásica disposición de palacio de gobierno, catedral y municipalidad, la plaza Bolívar de Bogotá congrega el poder judicial (Palacio de Justicia), legislativo (Capitolio), municipal (Palacio Liévano) y eclesiástico (Catedral y Arzobispado). Para mi sorpresa, el Palacio de Nariño (Poder Ejecutivo) se encuentra a dos cuadras de allí, detrás del Capitolio.

- No hay otro pueblo sudamericano tan amable como el colombiano - tal vez en competencia cuerpo a cuerpo con el brasilero. No termina uno de entrar a un comercio o pasar al lado de un puesto de venta de comida o bebida y ya te están saludando con un gentil a la orden. Las respuestas a mis preguntas terminan infaliblemente con un sí, señor o no, señor. La conversación es fácil, el cantito dulce. 

- Hablando de Brasil: tengo la impresión de que Colombia está muy de moda en la república federativa. No hay museo, lugar de interés cultural o turístico donde no haya encontrado grupetes de brazucas. Alguien me comentó que es por el alto poder adquisitivo del real. ¿Será por eso nomás?

- El auge turístico de la bellísima Cartagena de Indias está convirtiendo el casco viejo en un museo al aire libre donde cada vez hay más alojamientos exclusivos y hoteles boutique pero prohibitivos para los colombianos de a pie convertidos en extras en su ciudad amurallada.

- La filigrana península de Bocagrande, colindante con el casco viejo de Cartagena, ha sido convertida en un lamentable remedo de Miami Beach con numerosísimos edificios muy altos y poca consideración del paisaje. ¡Qué pena!

- Cuando le digo mi país de origen a algún colombiano, no puedo disimular la complacencia que me invade por la infalible reacción: uy qué buena es la comida peruana. :-D De hecho he visto restaurantes peruanos deluxe en las calles más caras de cada ciudad visitada.

- Ya me habían dicho que Medellín es todavía más roja que Bogotá - en todo sentido. Ayer llegué a la segunda ciudad de Colombia y lo pude comprobar: desde la carretera que bordea los cerros verdes se ve un mar de edificaciones rojas. Dicen los paisas, es decir la gente de esta región, que son los más más del país. ¡Veremos!

domingo, 30 de junio de 2013

IN-COMUNICANDO

Ayer me instalé WhatsApp en el celular... ¡qué felicidad! Ahora puedo intercambiar mensajes y fotos con todos mis contactos – sin importar en qué país se encuentren – a un precio muy módico: solo tenemos que estar todos conectados a internet. Huelga añadir que también tengo una cuenta en el CaraLibro (aka) Facebook, tres direcciones de correo electrónico, la del trabajo, una seria y otra juguetona, y dos más que ya caducaron por falta de uso. Sin contar membresías a redes sociales de perfil profesional y/o facilitadoras de contactos personales.

Me pregunto cómo he podido prescindir de tan vitales instrumentos de comunicación durante más de cuatro décadas. ¿Cómo pude terminar el colegio y perpetrar dos universidades, incurrir en un matrimonio y alguno que otro conato de mancebía sin celular, emilios, WhatsApp ni redacciones en hypertext? Pienso en la máquina de escribir que le pedí prestada a un compañero de universidad para redactar un trabajo y me siento un cavernícola. Recién hacia el final de la carrera, por la generosidad de Manolo que me regaló su computadora vieja al comprarse una nueva, pude escribir mi tesis de grado en forma digital. Luego Manolo la pasó del floppy a su artefacto para adaptarla a los formatos más modernos del milenio pasado.

Hace veintitrés veranos, durante una chambita vacacional, uno de los compañeros me habló por primera vez de las maravillas del correo electrónico: yo en mi computadora (en Friburgo, Alemania) y mi novia en la suya (en Estrasburgo, Francia) nos enviamos mensajes que son enviados a su destino inmediatamente. Recordé haber visto algo parecido en una película de ciencia ficción y no le hice mucho más caso.

Pasaron los años, unos cinco – creo – y otros amigos me volvieron a preguntar si no tenía dirección electrónica. Qué pesados, pensaba yo, dale con el bendito eMail que a mi entender usaban no más de cuatro gatos, en su mayoría personal de instituciones académicas. En fin, yo también pertenecía a una institución académica y animado por uno de mis estudiantes hice las formalidades del caso para obtener mi primera dirección electrónica.

¡Qué complicado era todo! Tres controles de seguridad hasta llegar al bendito buzón de entrada – que con bastante probabilidad estaría vacío pues, como el coronel de García Márquez, no tenía quien me escribiera. Ni pensar que llegaría un día, diez años más tarde, en que volver de vacaciones significaría la odiosa realidad de tener cientos de correos acumulados en la cuenta del trabajo – ¡ptuagh!

Y el teléfono móvil, o celular como nos gusta decirle al otro lado del charco... que pasó de ser una exclusividad de cuatro perencejos muy importantes ellos, seguramente, a un accesorio omnipresente en cualquier medio de transporte público donde la mayoría de pasajeros están embobados y embebidos por los aparatitos de marras. Me resistí durante años a tener uno hasta que llegó un momento en el cual cruzaba diariamente dos fronteras en un viaje de más de una hora con imprevistos frecuentes lo que hizo que engrosara las filas de telecomunicadores móviles.

¡Qué descubrimiento los primeros mensajes de texto o “sms”! ¡Qué sensación de modernidad! Y ni se diga las primeras cuentas de correo en línea gracias al Hotmail, Yahoo! y sucedáneos. Registrarse en Bangkok y enviar un correo a Freiburg con copia a Lima. ¡Ja ja ja! ¡Cuántas cuentas abiertas y vueltas a cerrar desde entonces! Hoy recibo los correos privados en el celular y teóricamente podría recibir también los del trabajo pero, aquí entre nos, a calzón quitao: ¿quién quiere recibir los correos de sus jefes o directores en el móvil a no ser que sea alguien muuuuy importante?

Y las famosas social networks, las redes sociales. ¡Qué pesadez! Comencé con el Xing por motivos profesionales. Mis amigas me decían tienes que entrar al Hi5 pero no les hice caso hasta que vino Facebook y mató al Hi5. Resultado: ¿en qué tiempo voy a hacer lo que realmente tengo que hacer si me paso el día revisando mis tres correos, las noticias del WhatsApp, las redes sociales Xing y Facebook más alguna que otra de amistades peligrosas? Línea ocupada – estoy comunicando.

sábado, 1 de junio de 2013

DRIVING ME SCOTLAND 2


SIR COLIN
Qué alivio encontrarme aquella tarde de junio con Sir Colin en el aeropuerto y constatar que si bien es escocés – claro que de la zona burguesa de Edimburgo/Leith – le puedo entender mucho mejor que a Mr Jackson. Deben de ser de la misma edad, Sir Colin me confirma que ya tiene un par de nietecitos y que su chochera son los resultados del casamiento de su hijo con una chica polaca. Además, tenemos mucha suerte con el grupo que nos ha tocado, todos empleados de un poderoso consorcio austríaco. A la cabeza del grupo va el atractivo director del comité de empresa, cuya generosidad experimentaremos Sir Colin y yo en carne propia al final del viaje.


Una tarde tranquila, en Aberdeen, nos alejamos de los clientes para cenar al lado de bustos de Vlad Tepes Drácula y otros criminales en una iglesia convertida en restaurante gótico. Allí me cuenta las divertidas peripecias que rodearon el matrimonio caledonio-polaco de su hijo. Cuando mandaron las 180 invitaciones a familiares y amigos, tomando en cuenta que la boda se celebraría en Polonia, en el pueblo de la novia, no contaron con que 180 personas confirmarían su asistencia. En consecuencia, tuvieron que fletar un avión completo para el transporte exclusivo de la comitiva nupcial. Un evento estelar durante las fiestas fue ciertamente la competencia entre escoceses y polacos a ver quién podía beber más... que terminó en un embriagadísimo empate.


LAS MALAS PULGAS DE HARALD
Mi quinta misión escocesa requiere que me dirija primero al puerto inglés de Newcastle upon Tyne para recoger a un grupo que llega en el transbordador desde Amsterdam-Ijmuiden. El tren escogido pasa por Berwick upon Tweed y voy con mucha curiosidad por ver la pequeña ciudad fronteriza a caballo entre Escocia e Inglaterra. Es la hora de la siesta, el vaivén del tren no propicia la vigilia... y de repente miro por la ventana y constato que estamos a punto de llegar a Newcastle y me he dormido Berwick. ¡Bravo! Queda la esperanza de recuperar la pérdida en el trayecto de regreso.


Al día siguiente muy temprano, por iluminación divina, tomo un taxi al terminal marítimo que yo creía muy cercano del centro y resulta que queda a 12 km de distancia. Cuando comienzan a desfilar los pasajeros, ya llevo más de una hora esperando – mejor así. Percibo que la edad promedio de mi grupo ronda los 65 años con la excepción de una jovial y risueña animadora de cuarenta recién cumplidos. Salimos a buscar el bus y en la puerta del mismo está Harald, un flaco cuarentón de mirada amable detrás de anteojitos redondos y un kilometraje europeo envidiable, desde el Cabo Norte hasta el Finisterre pasando por los Balcanes.


Son muchas las novedades, aparte de la recogida en Newcastle. Es la primera vez que hago un circuito escocés en un vehículo continental con el timón al lado izquierdo. Los integrantes del grupo son todos miembros de una parroquia católica, lo que se refleja en dos sesiones diarias de canto en la ruta bajo la batuta de la joven animadora y la visita a un sinnúmero de catedrales, capillas o sus respectivas ruinas, que en buena parte aun no conozco.


A diferencia de los viajes con buses británicos, esta gente trae toda una despensa rodante de comida y bebida en la bodega. Esto lo descubrí cuando paramos para descansar en Gretna Green y en cuestión de cinco minutos ya tenían armado un chiringuito para repartir pan con salchicha, mostaza, un pepinillo encurtido y una mesa con café y dulces. Una organización ejemplar.


Si bien el ambiente general es risueño y relajado, una vez en la ruta empiezan los problemas: el micrófono, instrumento indispensable para un circuito turístico en autobús de 52 asientos, tiene un contacto flojo y todos los esfuerzos de Harald por pegar y componer la falla son en vano. El micro funciona cuando le da la gana y es motivo de malestar general en la tropa, lo que, sumado al mal estado general del vehículo, es una fuente inagotable de quejas de pasajeros a Harald. Por mi lado, acostumbrado a tener choferes locales durante casi todos mis anteriores trayectos, nunca he dirigido al conductor al mismo tiempo que voy explicando la ruta a los pasajeros.


El recorrido de la capital escocesa será el escenario de la explosión y caída de Harald: todo Edimburgo está en obras por la nueva línea de tranvía que unirá el centro con el aeropuerto, las vías principales cortadas, el tránsito desviado por laberintosos barrios residenciales. En tales circunstancias el sistema de navegación es un trasto inservible: no se entera de las avenidas clausuradas ni propone rutas alternativas.


Harald quiere saber por dónde tiene que ir. Yo no sé qué sugerirle y le digo Harald, no puedo hacer dos cosas al mismo tiempo: mi tarea es señalar a los pasajeros los lugares de interés de la ciudad y no puedo irte mostrando el camino. Toda la frustración por el micro roto, la ventilación deficiente, los pasajeros reclamones y el guía incapaz de dirigirlo, se cuaja en un grito desesperado: ¡si no sirves para esto, vete de vuelta al Perú!


Pobre Harald, para qué dijiste eso. Los pasajeros, sin excepción, se solidarizan conmigo, “su” guía, manifestando su desaprobación del comportamiento violento e insultante del conductor. Finalmente, llegamos al Real Jardín Botánico, desembarcamos a la tropa y, mucho más tranquilo, Harald se disculpa conmigo. Yo no tengo problema, le digo, pero con ese ataque de furia has puesto a toda la gente en tu contra y eso sí que va a ser difícil de revertir.


Al otro día temprano por la mañana, partimos de Edimburgo rumbo al sur para volver a Newcastle y embarcar el autobús de vuelta al continente. Desde entonces no hemos vuelto a saber uno del otro. ¿Mejor así?


JIMS, JUVENIL ABUELO DE 45
En mi última vuelta a Escocia me toca como compañero de cabina un simpático fortachón de cabeza rapada. Se llama James Stewart, como el último monarca escocés, pero prefiere que le digan Jim, yo crearé ciertamente mi propia versión y lo llamaré Jims. Es wedgie, como les dicen a los nacidos en Glasgow. Su dialecto por consiguiente no está lejos del de Mr Jackson y más de una vez me veo en la imperiosa necesidad de pedirle que repita por favor lo que me acaba de decir.


Tenemos gustos comunes: el timbre de su celular es Payphone, la canción de moda de Maroon 5. Claro que a mí, aparte de la melodía, me gusta también el vocalista del grupo pero no tengo que refregárselo a Jims en la cara. Sacando cuentas, resulta que es apenas 8 días más joven que yo pero mucho más precoz, para lo cual no hacen falta mayores méritos. Jims acaba de ser abuelo y su nietita de medio año lo tiene embelesado. En sus propias palabras she's the apple of my eye, la niña de mis ojos. ¡Que la disfrutes, Jims!

viernes, 31 de mayo de 2013

DRIVING ME SCOTLAND 1


HELGA MCLEOD – TABACO Y WHISKY

Cuando me dijeron que mi primera vuelta a Escocia estaría conducida y guiada por la señora Helga McLeod, sospeché que detrás de aquella insólita combinación de nombre de mujer eminentemente alemán con un apellido escocés de pura cepa solo podía tratarse de una germana transplantada a tierras caledonias. No me equivoqué. Si bien hacía años que le había dado calabazas al tal McLeod, quiso conservar el apellido para acentuar su identificación con el país que la había acogido y donde se sentía plenamente integrada.

El primer encuentro cercano con la rubia cincuentona no fue muy propicio para ganar puntos: apareció media hora antes de lo acordado, como quien dice sacándonos del hotel a empujones para iniciar nuestra vuelta a Escocia en siete días. ¿Su pinta? Cara de Miss Piggie, con el cutis curtido que delata la afición a la nicotina, y una figura como el tordo, cabeza pequeña y trasero gordo.

Menuda tarea la que le había tocado a Mrs McLeod: además de manejar el minivan prestando atención al tránsito, tenía siete días para hacer de seis ignorantes unos guías profesionales para circuitos turísticos escoceses, inculcándonos historia, geografía, geología, folklore, whiskylogía y curiosidades del país en dosis altamente concentradas. Y ciertamente que no le hicimos fácil la misión, acribillándola a preguntas en todo momento, incapaces de tomar notas durante el trayecto – mareo seguro – y aprovechando cada pausa en la ruta para recuperar la información perdida.

En la sobremesa de nuestra última cena, con una copa de vino en la mano, Helga nos familiarizó con la interesante normativa-Mull-of-Kintyre de la televisión británica: si se presenta en pantalla un desnudo frontal masculino, el miembro en cuestión no debe presentar un ángulo de elevación mayor al de la península de Kintyre respecto del resto de Escocia, en buen cristiano: posición de reposo. Lo demás es pornografía. Con esta información en la mano, mis compañeros de instrucción y yo nos sentimos perfectamente preparados para afrontar todos los retos futuros en tierras escocesas.

PAUL PUREFOY, EL CABALLERO DE LA ROSA

Llego al aeropuerto de Edimburgo una tarde lluviosa, apenas una hora antes de la llegada de mis clientes. Logro ubicar al chofer y acordamos cuál será el punto de encuentro. Seguido de mis cuarenta huéspedes, llegamos al andén número seis y nos abre la puerta del bus un distinguido cincuentón de modales exquisitos que lleva el traje más elegante de todo el grupo. Soy Paul Purefoy y trabajaremos juntos esta semana, me dice con un acento que delata claramente que Paul no es un caledonio más sino proviene del enemigo estatal número uno de los escoceses: down south o sea Inglaterra. Y lo peor del caso: es su primer circuito al norte de la muralla de Adriano. Vaya parejita, un guía novato y su chofer igual.

Pero no contaba con los encantos secretos de ese risueño solterón inglés que desde que subimos al autobús ya nos tenía preparadas las llaves de las habitaciones de nuestro hotel. ¡Así da gusto, Paul! Fuiste un compañero de equipo excelente. Con tu fino sentido del humor y la ayuda de tu navegador satelital, llegamos sin el menor contratiempo a todos los lugares que el grupo visitaría. Para resolver tu crónica soltería de viajero impenitente, quedamos en que un día visitarías el Perú. Te aseguré que con tu pinta distinguida conseguirías novia en un dos por tres. ¡Te estamos esperando, colega!

GEORGE EN SU KILT

Me resultó muy difícil entender y hacerme entender por mi siguiente compañero de batallas, George, un cuarentón que se hizo amigo del grupo en un abrir y cerrar de ojos gracias a su sonrisa de ojos azules y su sempiterno kilt. Las clientas más mayorcitas no perdían oportunidad de preguntarme el consabido ¿llevará George algo debajo de su falda escocesa o “sin nada” al estilo regimiento? Nunca se lo preguntamos, lo cual es una pena porque tengo la sensación de que el picarón de George no habría tenido problema alguno en levantarse el vuelo de su kilt para saciar nuestra curiosidad. Huelga añadir que como caledonio de pura cepa, George conocía cada recodo del camino como la palma de su mano.

IAN JACKSON, EL MAGO DE WISHAW

Durante mi tercer circuito escocés me vi confrontado con una situación climática inenarrable: +29ºC a mediados de mayo en un bus sin aire acondicionado... y el no menos inenarrable Mister Jackson. Primera constatación: a este señor no le entiendo NADA. Una vez me preguntó do you like feshen – y creí entender fashion o sea si me interesaba la moda – pero el buen Ian quería saber si me gustaba fishing, es decir pescar. Y como esas tuvimos muchas.

Segunda constatación (y la de más graves consecuencias): este buen señor desmuelado no me hace caso o lo que es más grave, decide por mí qué ruta hemos de seguir y qué paradas hacer y cuáles evitar. Traté sin éxito de hacerme respetar durante dos días hasta que vi que no me quedaba más remedio que decir aye, aye, sir, vamos por donde ud. quiera y pare donde ud. lo crea conveniente.

Tercera: Ian es un mago frustrado. En cada parada no pierde la oportunidad de demostrar a pasajeros, camareros de hotel o pasantes incautos sus habilidades de prestidigitación: coge una libra esterlina y un penique que a un giro de sus dedos regordetes se convierten en tan solo una libra. ¿Y dónde está el penique? Ian sonríe relamido mostrando sus lamentables vacíos molares ante la mirada boquiabierta de su público espontáneo.

CONTINUARÁ