miércoles, 3 de marzo de 2010

FROM HUAMANGA WITH LOVE

Tres días después del soleado paseo a las alturas de la Cantuta (v. blog anterior), mi hermano Saúl me llevó generosamente hasta el terminal terrestre desde donde salí hacia Ayacucho. A instancias de mi editor, presentaríamos mi libro en varios lugares de la „muy noble y leal ciudad“.

Cuando en el confortable ómnibus de dos pisos comenzaron a repartir bolsitas para el mareo, supe que después de Humay, el iqueño pueblo de la beatita que según las crónicas familiares era prima de mi bisabuela, en la ruta de los Libertadores me esperaban bastantes curvas antes de aquella que por fin me permitiría echarle un vistazo crepuscular a la ciudad de Huamanga.

Mi primera vez en Ayacucho. Tantos años viviendo fuera del Perú, conociendo más países europeos que regiones de mi tierra, y ahora llegaba a una ciudad de la que sabía tan poco como probablemente muchos extranjeros y una gran parte de compatriotas.

¿Qué asociaba con Ayacucho?

La batalla de la independencia, una ciudad con muchas iglesias y mucho sufrimiento en los años de la lucha antisubversiva, una ciudad conservadora y orgullosa de sus tradiciones, la capital artesanal de los retablos y la filigrana de plata, parte de ese Perú doblemente profundo de la sierra centro-sur que puja por salir del flagelo de la pobreza extrema, región ribereña del problemático VRAE y telón de fondo de exitosas novelas de este siglo como Abril rojo, La hora azul y La mujer cambiada.

¿Qué encontré?

A los quince minutos de mi llegada, una tormenta que en menos de media hora convirtió las empinadas calles del centro en torrentes, estuvo a punto de hacer de mis níveas zapatillas aletas de buceo y de mi hotel un acuario.

En el mercado, señoras y señores con un apetito tan saludable que a las siete de la mañana, en el puesto de la Maga, se despachaban a mi lado generosas porciones de seco de lengua con guiso de garbanzos, caldo de cabeza, lomo saltado y otras suculencias de la región mientras yo modestamente desayunaba café con leche y una esmirriada pero no por eso menos deliciosa chaplita con mantequilla y queso.

Productos lácteos exquisitos.

La importancia de estar bien conectado. Gracias a Johnny, mi editor y huamanguino de pura cepa, en una vertiginosa visita relámpago de poco más de 24 horas pude aparecer en la página editorial de un importante diario local, realizar dos presentaciones de mi libro, ser entrevistado en una emisión radial de alta sintonía así como en los dos programas televisivos de mayor audiencia regional.

Escolares curiosos, con ganas de aprender, motivados por maestros y directoras que les brindan las mejores oportunidades de ampliar sus horizontes. Fue un placer incentivarlos a cultivar la lectura y a que dominen no solo el castellano y el quechua sino también otros idiomas.

Señoritas muy decentes que – aun sin conocerte – te conversan en la mesa, con toda la naturalidad del mundo, de asuntos que harían ruborizarse a más de una costeña, como los desgarros vaginales y/o anales de víctimas de violaciones o el tamaño de los falos germanos.

Exquisitas pizzas con una masa fina y crocante que no he probado en ningún establecimiento italiano del ramo – ni dentro ni fuera de la bota.

Un amable taxista que no solo me llevó al mirador del Carmen Alto sino tuvo la gentileza de acompañarme hasta el filo del abismo para darme las informaciones correspondientes a los distintos lugares de interés y barrios de Huamanga.

Deliciosas bebidas como el jugo de papaya colorada de Gabi y un debut absoluto: chicha blanca aderezada con su puntito de canela.

El (¿o es la?) puka picante: un delicioso y colorido potaje, que alegra no solo el gusto sino también la vista y consta de un guiso de papas en una salsa roja de betarragas licuadas que hacen que también los tubérculos cojan ese color. Se sirve con arroz graneado y una presita de chancho frito encima. Me sorprendió el hecho de que no picase y me pregunté por qué se llama “picante” si no lleva ají o solo muy poco. Otra cuestión existencial que no llegué a resolver: ¿cuál es el género de puka? Según el huamanguino Coqui: la puka; según la también ayacuchana Fanny: el puka. ¿A quién debo creerle? ¿Será puka hermafrodita?

La mazamorra helada llamada mulluchi, probable prima hermana del queso helado characato, considerando el similar procedimiento de elaboración girando una olla sobre bloques de hielo.

Ganas de probar un rico qapchi pero falta de tiempo para llevarlo a cabo. Queda para mi próxima visita.

La promesa – y a la vez desafío – de regresar a Ayacucho cuando vuelva a publicar un libro. Me esmeraré para que sea pronto y pueda continuar mi formación culinaria.

P.D.: La profiláctica bolsita del mareo llegó a la ciudad de Huamanga felizmente vacía, límpida y virginal.

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