Doce de octubre de 2013. En mi calidad de miembro más antiguo del equipo de
español, el director me asigna la honrosa tarea de organizar la celebración de
la fiesta nacional de España. A ver, con quién contamos: dos peruanos, una
parejita española, una profesora mitad mexicana, un alemán casado con cubana y
una maestra que ha vivido 18 años en España. ¡Perfecto!
Una vez distribuidas las tareas culinarias y enológicas, falta preparar
unas palabrillas para inaugurar la fiesta con gracia, arte, relevancia histórica
y sobre todo ¡brevedad! Revisando documentos, me entero de que el antiguo
nombre de la festividad “Día de la Raza” surgió en un congreso ibero-americano
en los primeros años del siglo XX.
¡Cómo olvidar ese nombre! Porque, en mi país, “tener mucha raza” equivale
al ibérico “tener mucho morro” y mi hermana mayor – nacida en tan histórica
fecha – nos refregaba su legitimidad para agarrar el mejor pedazo de comida o
cualquier otra prerrogativa por ser justamente del Día de la Raza.
Me imagino encantado las caras destempladas que pondrán los colegas
alemanes cuando les comente que durante más de 40 años España y muchos países
hispanoamericanos llamaron así la fiesta del doce de octubre. En este país, la
sola mención de la palabra Rasse ya
basta para ser sospechoso de simpatizar con la ideología nazi.
Descubro también que aparte del Día de la Hispanidad, actual nombre del antiguo
Día de la Raza, hay países que lo llaman Día del Respeto a la Diversidad
Cultural (Argentina) o Día de la Resistencia Indígena (punto para los chicos malos de Venezuela y Nicaragua).
¡Qué irónico! Respeto a la diversidad cultural en una nación sudamericana que
fomentó la extinción de su población aborigen. Prefiero aquello de la
Resistencia Indígena, alineándome así por vez primera con los países del ALBA.
Para los indígenas del Caribe, en efecto, el encontronazo de dos mundos no
fue nada propicio: un siglo después del “descubrimiento” no quedaba un solo taíno,
lucayo, quisqueyano o caribe. Hatuey, Anacaona y muchos más seguirían
en la memoria colectiva solo como nombres de leyenda. Un genocidio sin sobrevivientes para contarlo.
A modo de ejemplo muy concreto, mencionaré que nuestra encantadora colega, la
señora Yvonne, natural de la isla de Cuba, tiene sangre europea y africana pero
ni un mililitro de genes caribes. Obvio, si en el siglo XX, ya hacía cuatro
siglos que habían sido aniquilados todos los indígenas de las Antillas. Y los
del continente tampoco fueron afortunados precisamente: convertidos en esclavos
de los colonizadores, desterrados de sus hogares, recluidos en reservas
remotas, diezmados en las minas de la puna, demonizadas sus creencias
ancestrales y humillada su identidad cultural.
Tampoco podrán faltar en mi recuento las ironías de la historia: como el
hecho de que Cristóbal Colón muriera en 1506 convencido de que había llegado a
las Indias. Y que mucho tiempo después de las evidencias científicas contrarias,
la entidad encargada de gestionar las nuevas colonias se siguiera llamando
Consejo de Indias. Indianos era también como se conocía a los españoles que
volvían enriquecidos de las Américas y hasta el día de hoy a la población nativa americana se le conoce como indios.
Cómo se retorcería Colón en su tumba al enterarse de que un geógrafo
friburgués colocó por vez primera el nombre de América en el mapa de las tierras
recién descubiertas, pues estaba convencido de que otro italiano, Américo
Vespucci, era el gestor de tan valerosa hazaña.
Pasando al aquí-y-ahora, delante de una mesa puesta con delicias de ambos lados
del Atlántico, haré hincapié en el mestizaje culinario: ¿o puede alguien
imaginarse una tortilla de patatas sin los tubérculos andinos? ¿O una
peruanísima salsa huancaína sin ingredientes españoles como la leche y el
queso? ¿De qué color quedaría el gazpacho sin el rojo de los tomates
mesoamericanos?
A más tardar en este momento será oportuno alzar la copa para un brindis
por el respeto a la diversidad cultural.
martes, 22 de octubre de 2013
lunes, 30 de septiembre de 2013
BOGOTÁ - CARTAGENA
BOGOTÁ
Ir
a comprar el pan para el desayuno a la panadería más cercana en las
Torres del Parque y terminar bajando -de puro sapo- todo el Parque
Independencia hasta llegar a la torre Colpatria en la Carrera
Séptima.
La
falta de aire al subir por el mismo parque de regreso de Colpatria a
La Macarena, tomando en cuenta que no acababa de cumplir 12 horas a
2.760 metros de altitud.
Caminar
cantando El Pescador – en versión de Totó la Momposina- por las
calles y parques del Bosque Izquierdo.
Pagar
un dólar ochenta por dos kilos de perfumadas granadillas en el
mercadito de la Perseverancia.
El
sabor indefinible de mi primer -y último- jugo de feijoa...
una fruta verde pequeña de improbable nombre. Yo me preguntaba si el
mismo tendría que ver con feijão
(= frejol en portugués). ¡Pero no! El botánico alemán Otto Karl
Berg la bautizó así en homenaje a João da Silva Feijó, un
naturalista luso-brasilero del S. XVIII.
Las
vistas desde el departamento de Óscar en el noveno piso de la
ladera.
Despertar
por el canto de un gallo en la acogedora garçonnière
de Leo en las colinas del Chapinero aka Gay Hills.
La
conversación con un cachaco octogenario, sentados ambos mientras
hacía sol y lluvia (!) en la Plaza Bolívar.
La
tentación de unas pastas con palta (en el menú decía aguacate,
en honor a la verdad), platillo que resultó ser angustiosamente
soso.
Esperar
una hora para poder subir al mirador de Colpatria. Y claro, si a cada
uno le toman las huellas digitales electrónicas de cada dedo,
fotografía de frente y perfil. Ni para ingresar a los sacrosantos
EE.UU. ¡No se pasen esos colpatriotas!
El
sobrecogimiento producido al ingresar a la basílica-catedral de sal
de Zipaquirá, ubicada en los socavones de una antigua mina.
El
inesperado encuentro con mi paisana Santa Rosa de Lima en uno de los
recodos de la mina.
Las
delicadas y finísimas arepitas del desayuno andino de la panadería
Ázimos.
El
verdor de los Andes Orientales vistos desde el mirador de Monserrate.
El
verdor de las gemas expuestas en el Museo de las Esmeraldas.
Las
crêpes
poblanas,
con ese delicioso puntito de picante, de la cadena de restaurantes
Crepes & Waffles, conocida por dar preferencia laboral a madres
cabeza de familia.
Las
manos regordetas de Botero en el museo del mismo nombre.
La
brevísima pero ejecutiva visita de Richard, con quien manteníamos
una nutrida correspondencia ciberepistolar de varios meses.
El
sermón de Gerhard al día siguiente de la visita de Richard
prohibiéndome recibir a más ilustres caballeros en la casa de su
marido Orlince.
La
visita de Wilson, un entusiasmado osito que recibí apenas habían
partido de la casa Gerhard y Orlince rumbo a tierras sureñas.
La
amabilidad de Óscar para conseguirme viajes seguros en taxis de su
plena confianza.
La publicidad en el Puente Aéreo: Colombia - The only risk is wanting to stay!
¡Es verdad!
La publicidad en el Puente Aéreo: Colombia - The only risk is wanting to stay!
¡Es verdad!
CARTAGENA
DE INDIAS
La
alameda de palmeras que flanquean el camino desde la escalinata del
avión hasta la terminal aérea. Una sensación de Hawai con salsa.
¡Mucho
calor!
La
emoción de empapar por vez primera mi transpirada humanidad en la Mar de
los Caribes.
Una
deliciosa limonada con puesta de sol en el Café del Mar encima de la
muralla.
Las
arepitas de queso del parque Bolívar matizadas con la grata conversa
del paisa Jaime.
Delicioso
pescado en salsa de coco en el seráfico local llamado Acción
de gracias.
Bicicletas de alquiler con asientos castrantes...imposibles de
montar más de una hora seguida.
La
ley seca por las elecciones municipales que hicieron que no probara
una gota de alcohol durante mi estadía caribeña – a no ser por
las socorridas chelitas dentro de la pensión del franchute Michel.
Curiosear
por los patios y fuentes de las casonas y mansiones coloniales de la
ciudad amurallada, sobre todo aquellas con WiFi que descaradamente aprovechaba para ponerme al día con mis contactos de aquí y de allá.
Niños
peloteando, ancianas conversando, puestos de comida de diversas
delicias en la placita de la Trinidad, corazón del saleroso barrio
de Getsemaní.
Las
aptitudes lingüísticas de Javier, bachiller en Derecho por la
Universidad de Cartagena.
La
playa desierta en la costa norte de la Isla Grande del Rosario,
coronación de una caminata ecológica que un solo pasajero
desquiciado reservó: yo. ¡Felizmente!
Las dos botellas repletas de envoltorios plásticos recogidos del suelo durante la hora que duró la caminata ecológica...y la cara del guía Jáider.
El trueque
forzoso de mi camiseta caboverdiana por una local de Cartagena a
instancias del negro Jorge que no me dio chance de rechazar la
transacción: “tengo que tener esa camiseta tuya”. La
pulserita cannabis que después me vendió el moreno de marras con un argumento
irrefutable: “cómprale algo a este negro”.Recuerdos imborrables de mis primeros diez días en tierras colombianas.
sábado, 31 de agosto de 2013
PLATA O PLOMO
Las
giras temáticas están de moda: puedes contratar un paseo por la
Lima de Mario Vargas Llosa, recorrer Sudáfrica siguiendo la
biografía de Nelson Mandela o visitar Nueva York pisando las huellas
de las chicas de la inolvidable Sex and the City. Por tanto,
al llegar a Medellín, estaba seguro de que iba a encontrar algo
similar con el célebre escritor paisa Fernando Vallejo, autor
entre otros de la novela La virgen de los sicarios y guionista
de la película homónima dirigida por Barbet Schroeder (2000).
En plena búsqueda descubro con gran pena que no hay ningún tour Vallejo pero sí un circuito Pablo Escobar. La palabra sicarios en el título de la película de Schroeder me lleva al enlace de marras. Llamo al teléfono que indican y un simpático muchacho me da las indicaciones necesarias: tengo que ir a un hostal del barrio El Poblado, pagar por adelantado para conocer en detalle al patrón del mal y sin garantía de que vaya a haber cupo el día deseado. Esto me suena muy mafioso – pienso y reniego por lo bajo – pero, caballero, pago y confío en mi buena suerte. Y otra cosa: la gira se ofrece exclusivamente en idioma inglés, o sea que voy a pagar para que un colombianito (o ita) me cuente en inglés la historia del zar de la coca. El día siguiente recibo la llamada reconfortante del dueño del hostal: mi asiento está asegurado. ¡Maravilla!
Por
prudencia llego al punto de encuentro casi una hora antes de la
salida. De hecho soy la oveja negra del grupo, lingüísticamente
hablando – porque no hay ningún hispano y en cambio sí un
muchacho mulato del norte de Inglaterra. Aparte de mí, casi todos
son anglófonos de tres continentes, dos holandeses y una chica
austriaca. El muchacho del teléfono conduce la camioneta VW que ya
ha conocido bastantes generaciones de sentaderas mientras una
encantadora paisa se sienta con la cara hacia nosotros y un
práctico microfonito en la mano. Comienza la aventura que durante
tres horas y media nos mantendrá cautivos como en una película del
mejor suspenso.
Primera
estación: el edificio Mónaco, de propiedad del Patrón, y blanco de
un coche bomba que destrozó toda la fachada. Se me vienen a la mente
recuerdos de Tarata. El edificio Ovni, la gruta de la Rosa Mística...
y cómo no pensar en la peregrinación de Alexis y Fernando a la
iglesia de María Auxiliadora en Sabaneta. Después del Poblado, nos
dirigimos hacia el centro para luego atravesar Barrio Triste y seguir
a Carlos E. Restrepo.
¿Qué
quieres ser de grande? ¿Acaso bombero? ¿Astronauta? ¿Piloto? ¡Qué
va! La respuesta salió disparada de la boca del mocoso Pablo Emilio Escobar Gaviria: ¡Millonario!
En la secundaria, sentó las bases de su
fortuna canjeando a sus compañeros las respuestas de los exámenes
por dinero contante y sonante. Claro que al director no le hizo mucha
gracia ese intercambio mercantil y el adolescente estuvo a punto de
ser expulsado del colegio en más de una oportunidad.
Prosiguió la carrera por los espinosos caminos del contrabando de cigarrillos y todo aquello que pudiera rendirle jugosas ganancias – mientras más peligrosos los negocios, más copiosas las utilidades. La maestría y el doctorado honoris causa los obtuvo en lo que sería su cohete al estrellato y al mismo tiempo su piedra de molino: el tráfico de drogas. Finalizando la veintena, ya es multimillonario, coquetea con una carrera en la política y se siente con poder para poner en jaque a todo su país. El método es sencillo: plata o plomo. Aceptas lo que te pago o te caen balas a ti y tu familia.
Punto central de nuestro recorrido es una casa con el mágico número 45-96 donde, un día después de cumplir 44 años, se cerró el cerco alrededor del prófugo de la justicia y enemigo número uno del estado colombiano y de la DEA estadounidense. Escobar fue abaleado al tratar de abandonar su escondite en la ciudad que él creía era el sitio más seguro de la tierra. Quedaron desamparados sus familiares y sus queridos hipopótamos de la hacienda Nápoles.
Al final del recorrido, saliendo por la carretera hacia el sur, llegamos al Camposanto Montesacro donde está la tumba de Escobar. Nos dice la guía que es la tumba más visitada del continente – junto con la de Eva Perón en Buenos Aires. Y a menos de veinte metros del Patrón, se encuentra la modesta lápida de Griselda Blanco, la reina de la coca, que muchos consideran madrina de Pablo. Después de cumplir dos décadas de condena, Griselda regresa sexagenaria a Medellín donde vive una vida de perfil notoriamente bajo...hasta que saliendo de una carnicería es abatida por tres balazos en la cabeza desde una motocicleta. Méthode traditionnelle!
Fin del recorrido. En ese momento no sabía que aquella misma noche estaría sentado tomando cerveza con el mismísimo Fernando Vallejo en el café fundado por su hermano en Los Laureles, dónde más.
miércoles, 17 de julio de 2013
¡A LA ORDEN!
Después de siete días recorriendo Colombia en viaje de exploración e inspiración, creo poder afirmar que:
- El control de inmigración del aeropuerto internacional Eldorado de Bogotá es el más eficiente que he visto en las Américas: 35 funcionarios bien dispuestos que hacen que la espera para tener sellado el pasaporte sea mínima. Un ejemplo para los países vecinos, incluyendo al Gran Hermano del hemisferio norte con sus filas interminables.
- El color predominante en la ciudad de Bogotá es el rojo: rojas las numerosísimas edificaciones revestidas de ladrillo, rojos los tejados de las casas, rojos los adoquines que recubren el pavimento en algunos sectores de La Candelaria. Pienso en Bogotá y veo los colores rojo - lógicamente - y el verde de las montañas que la flanquean hacia el oriente y los pastizales abundantes de la sabana.
- Curioso clima el de Bogotá: estaba el suscrito sentado en la plaza Bolívar (la de Armas para efectos prácticos) conversando gratamente con un cachaco (léase: persona nacida en Bogotá hijo/a de padres bogotanos) sobre esto y aquello cuando empezaron a caer gotitas de lluvia al mismo tiempo que brillaba el sol sobre nuestras cabezas. Sin embargo, no encontré ningún arco iris. Se aplica el famoso dicho de los escoceses: cuatro estaciones en un solo día. ¡Tome sus precauciones! Sí, señor.
- A diferencia de otras plazas mayores o de armas de capitales con la clásica disposición de palacio de gobierno, catedral y municipalidad, la plaza Bolívar de Bogotá congrega el poder judicial (Palacio de Justicia), legislativo (Capitolio), municipal (Palacio Liévano) y eclesiástico (Catedral y Arzobispado). Para mi sorpresa, el Palacio de Nariño (Poder Ejecutivo) se encuentra a dos cuadras de allí, detrás del Capitolio.
- No hay otro pueblo sudamericano tan amable como el colombiano - tal vez en competencia cuerpo a cuerpo con el brasilero. No termina uno de entrar a un comercio o pasar al lado de un puesto de venta de comida o bebida y ya te están saludando con un gentil a la orden. Las respuestas a mis preguntas terminan infaliblemente con un sí, señor o no, señor. La conversación es fácil, el cantito dulce.
- Hablando de Brasil: tengo la impresión de que Colombia está muy de moda en la república federativa. No hay museo, lugar de interés cultural o turístico donde no haya encontrado grupetes de brazucas. Alguien me comentó que es por el alto poder adquisitivo del real. ¿Será por eso nomás?
- El auge turístico de la bellísima Cartagena de Indias está convirtiendo el casco viejo en un museo al aire libre donde cada vez hay más alojamientos exclusivos y hoteles boutique pero prohibitivos para los colombianos de a pie convertidos en extras en su ciudad amurallada.
- La filigrana península de Bocagrande, colindante con el casco viejo de Cartagena, ha sido convertida en un lamentable remedo de Miami Beach con numerosísimos edificios muy altos y poca consideración del paisaje. ¡Qué pena!
- Cuando le digo mi país de origen a algún colombiano, no puedo disimular la complacencia que me invade por la infalible reacción: uy qué buena es la comida peruana. :-D De hecho he visto restaurantes peruanos deluxe en las calles más caras de cada ciudad visitada.
- Ya me habían dicho que Medellín es todavía más roja que Bogotá - en todo sentido. Ayer llegué a la segunda ciudad de Colombia y lo pude comprobar: desde la carretera que bordea los cerros verdes se ve un mar de edificaciones rojas. Dicen los paisas, es decir la gente de esta región, que son los más más del país. ¡Veremos!
- El control de inmigración del aeropuerto internacional Eldorado de Bogotá es el más eficiente que he visto en las Américas: 35 funcionarios bien dispuestos que hacen que la espera para tener sellado el pasaporte sea mínima. Un ejemplo para los países vecinos, incluyendo al Gran Hermano del hemisferio norte con sus filas interminables.
- El color predominante en la ciudad de Bogotá es el rojo: rojas las numerosísimas edificaciones revestidas de ladrillo, rojos los tejados de las casas, rojos los adoquines que recubren el pavimento en algunos sectores de La Candelaria. Pienso en Bogotá y veo los colores rojo - lógicamente - y el verde de las montañas que la flanquean hacia el oriente y los pastizales abundantes de la sabana.
- Curioso clima el de Bogotá: estaba el suscrito sentado en la plaza Bolívar (la de Armas para efectos prácticos) conversando gratamente con un cachaco (léase: persona nacida en Bogotá hijo/a de padres bogotanos) sobre esto y aquello cuando empezaron a caer gotitas de lluvia al mismo tiempo que brillaba el sol sobre nuestras cabezas. Sin embargo, no encontré ningún arco iris. Se aplica el famoso dicho de los escoceses: cuatro estaciones en un solo día. ¡Tome sus precauciones! Sí, señor.
- A diferencia de otras plazas mayores o de armas de capitales con la clásica disposición de palacio de gobierno, catedral y municipalidad, la plaza Bolívar de Bogotá congrega el poder judicial (Palacio de Justicia), legislativo (Capitolio), municipal (Palacio Liévano) y eclesiástico (Catedral y Arzobispado). Para mi sorpresa, el Palacio de Nariño (Poder Ejecutivo) se encuentra a dos cuadras de allí, detrás del Capitolio.
- No hay otro pueblo sudamericano tan amable como el colombiano - tal vez en competencia cuerpo a cuerpo con el brasilero. No termina uno de entrar a un comercio o pasar al lado de un puesto de venta de comida o bebida y ya te están saludando con un gentil a la orden. Las respuestas a mis preguntas terminan infaliblemente con un sí, señor o no, señor. La conversación es fácil, el cantito dulce.
- Hablando de Brasil: tengo la impresión de que Colombia está muy de moda en la república federativa. No hay museo, lugar de interés cultural o turístico donde no haya encontrado grupetes de brazucas. Alguien me comentó que es por el alto poder adquisitivo del real. ¿Será por eso nomás?
- El auge turístico de la bellísima Cartagena de Indias está convirtiendo el casco viejo en un museo al aire libre donde cada vez hay más alojamientos exclusivos y hoteles boutique pero prohibitivos para los colombianos de a pie convertidos en extras en su ciudad amurallada.
- La filigrana península de Bocagrande, colindante con el casco viejo de Cartagena, ha sido convertida en un lamentable remedo de Miami Beach con numerosísimos edificios muy altos y poca consideración del paisaje. ¡Qué pena!
- Cuando le digo mi país de origen a algún colombiano, no puedo disimular la complacencia que me invade por la infalible reacción: uy qué buena es la comida peruana. :-D De hecho he visto restaurantes peruanos deluxe en las calles más caras de cada ciudad visitada.
- Ya me habían dicho que Medellín es todavía más roja que Bogotá - en todo sentido. Ayer llegué a la segunda ciudad de Colombia y lo pude comprobar: desde la carretera que bordea los cerros verdes se ve un mar de edificaciones rojas. Dicen los paisas, es decir la gente de esta región, que son los más más del país. ¡Veremos!
domingo, 30 de junio de 2013
IN-COMUNICANDO
Ayer
me instalé WhatsApp en el celular... ¡qué felicidad! Ahora puedo
intercambiar mensajes y fotos con todos mis contactos – sin
importar en qué país se encuentren – a un precio muy módico:
solo tenemos que estar todos conectados a internet. Huelga añadir
que también tengo una cuenta en el CaraLibro (aka) Facebook, tres
direcciones de correo electrónico, la del trabajo, una seria y otra
juguetona, y dos más que ya caducaron por falta de uso. Sin contar
membresías a redes sociales de perfil profesional y/o facilitadoras
de contactos personales.
Me
pregunto cómo he podido prescindir de tan vitales instrumentos de
comunicación durante más de cuatro décadas. ¿Cómo pude terminar
el colegio y perpetrar dos universidades, incurrir en un matrimonio y
alguno que otro conato de mancebía sin celular, emilios, WhatsApp ni
redacciones en hypertext? Pienso en la máquina de escribir
que le pedí prestada a un compañero de universidad para redactar un
trabajo y me siento un cavernícola. Recién hacia el final de la
carrera, por la generosidad de Manolo que me regaló su computadora
vieja al comprarse una nueva, pude escribir mi tesis de grado en
forma digital. Luego Manolo la pasó del floppy a su artefacto
para adaptarla a los formatos más modernos del milenio pasado.
Hace
veintitrés veranos, durante una chambita vacacional, uno de los
compañeros me habló por primera vez de las maravillas del correo
electrónico: yo en mi computadora (en Friburgo, Alemania) y mi novia
en la suya (en Estrasburgo, Francia) nos enviamos mensajes que son
enviados a su destino inmediatamente. Recordé haber visto algo
parecido en una película de ciencia ficción y no le hice mucho más
caso.
Pasaron
los años, unos cinco – creo – y otros amigos me volvieron a
preguntar si no tenía dirección electrónica. Qué pesados, pensaba
yo, dale con el bendito eMail que a mi entender usaban no más de
cuatro gatos, en su mayoría personal de instituciones académicas.
En fin, yo también pertenecía a una institución académica y
animado por uno de mis estudiantes hice las formalidades del caso
para obtener mi primera dirección electrónica.
¡Qué
complicado era todo! Tres controles de seguridad hasta llegar al
bendito buzón de entrada – que con bastante probabilidad estaría
vacío pues, como el coronel de García Márquez, no tenía quien me
escribiera. Ni pensar que llegaría un día, diez años más tarde,
en que volver de vacaciones significaría la odiosa realidad de tener
cientos de correos acumulados en la cuenta del trabajo – ¡ptuagh!
Y
el teléfono móvil, o celular como nos gusta decirle al otro lado
del charco... que pasó de ser una exclusividad de cuatro perencejos
muy importantes ellos, seguramente, a un accesorio omnipresente en
cualquier medio de transporte público donde la mayoría de pasajeros
están embobados y embebidos por los aparatitos de marras. Me resistí
durante años a tener uno hasta que llegó un momento en el cual
cruzaba diariamente dos fronteras en un viaje de más de una hora con
imprevistos frecuentes lo que hizo que engrosara las filas de
telecomunicadores móviles.
¡Qué
descubrimiento los primeros mensajes de texto o “sms”! ¡Qué
sensación de modernidad! Y ni se diga las primeras cuentas de correo
en línea gracias al Hotmail, Yahoo! y sucedáneos. Registrarse en
Bangkok y enviar un correo a Freiburg con copia a Lima. ¡Ja ja ja!
¡Cuántas cuentas abiertas y vueltas a cerrar desde entonces! Hoy
recibo los correos privados en el celular y teóricamente podría
recibir también los del trabajo pero, aquí entre nos, a calzón
quitao: ¿quién quiere recibir los correos de sus jefes o directores
en el móvil a no ser que sea alguien muuuuy importante?
Y
las famosas social
networks,
las redes sociales. ¡Qué pesadez! Comencé con el Xing por motivos
profesionales. Mis amigas me decían tienes que entrar al Hi5 pero no
les hice caso hasta que vino Facebook y mató al Hi5. Resultado: ¿en
qué tiempo voy a hacer lo que realmente tengo que hacer si me paso
el día revisando mis tres correos, las noticias del WhatsApp, las
redes sociales Xing y Facebook más alguna que otra de amistades
peligrosas? Línea ocupada – estoy comunicando.
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Yahoo!
sábado, 1 de junio de 2013
DRIVING ME SCOTLAND 2
(viene de Driving me Scotland 1)
SIR
COLIN
Qué
alivio encontrarme aquella tarde de junio con Sir Colin en el
aeropuerto y constatar que si bien es escocés – claro que de la
zona burguesa de Edimburgo/Leith – le puedo entender mucho mejor
que a Mr Jackson. Deben de ser de la misma edad, Sir Colin me
confirma que ya tiene un par de nietecitos y que su chochera son los
resultados del casamiento de su hijo con una chica polaca. Además,
tenemos mucha suerte con el grupo que nos ha tocado, todos empleados
de un poderoso consorcio austríaco. A la cabeza del grupo va el
atractivo director del comité de empresa, cuya generosidad
experimentaremos Sir Colin y yo en carne propia al final del viaje.
Una
tarde tranquila, en Aberdeen, nos alejamos de los clientes para cenar
al lado de bustos de Vlad Tepes Drácula
y otros criminales en una iglesia convertida en restaurante gótico.
Allí me cuenta las divertidas peripecias que rodearon el matrimonio
caledonio-polaco de su hijo. Cuando mandaron las 180 invitaciones a
familiares y amigos, tomando en cuenta que la boda se celebraría en
Polonia, en el pueblo de la novia, no contaron con que 180 personas
confirmarían su asistencia. En consecuencia, tuvieron que fletar un
avión completo para el transporte exclusivo de la comitiva nupcial.
Un evento estelar durante las fiestas fue ciertamente la competencia
entre escoceses y polacos a ver quién podía beber más... que
terminó en un embriagadísimo empate.
LAS
MALAS PULGAS DE HARALD
Mi
quinta misión escocesa requiere que me dirija primero al puerto
inglés de Newcastle upon Tyne para recoger a un grupo que llega en
el transbordador desde Amsterdam-Ijmuiden. El tren escogido pasa por
Berwick upon Tweed y voy con mucha curiosidad por ver la pequeña
ciudad fronteriza a caballo entre Escocia e Inglaterra. Es la hora de
la siesta, el vaivén del tren no propicia la vigilia... y de repente
miro por la ventana y constato que estamos a punto de llegar a
Newcastle y me he dormido Berwick. ¡Bravo! Queda la esperanza de
recuperar la pérdida en el trayecto de regreso.
Al
día siguiente muy temprano, por iluminación divina, tomo un taxi al
terminal marítimo que yo creía muy cercano del centro y resulta que
queda a 12 km de distancia. Cuando comienzan a desfilar los
pasajeros, ya llevo más de una hora esperando – mejor así.
Percibo que la edad promedio de mi grupo ronda los 65 años con la
excepción de una jovial y risueña animadora de cuarenta recién
cumplidos. Salimos a buscar el bus y en la puerta del mismo está
Harald, un flaco cuarentón de mirada amable detrás de anteojitos
redondos y un kilometraje europeo envidiable, desde el Cabo Norte
hasta el Finisterre pasando por los Balcanes.
Son
muchas las novedades, aparte de la recogida en Newcastle. Es la
primera vez que hago un circuito escocés en un vehículo continental
con el timón al lado izquierdo. Los integrantes del grupo son todos
miembros de una parroquia católica, lo que se refleja en dos
sesiones diarias de canto en la ruta bajo la batuta de la joven
animadora y la visita a un sinnúmero de catedrales, capillas o sus
respectivas ruinas, que en buena parte aun no conozco.
A
diferencia de los viajes con buses británicos, esta gente trae toda
una despensa rodante de comida y bebida en la bodega. Esto lo
descubrí cuando paramos para descansar en Gretna Green y en cuestión
de cinco minutos ya tenían armado un chiringuito para repartir pan
con salchicha, mostaza, un pepinillo encurtido y una mesa con café y
dulces. Una organización ejemplar.
Si
bien el ambiente general es risueño y relajado, una vez en la ruta
empiezan los problemas: el micrófono, instrumento indispensable para
un circuito turístico en autobús de 52 asientos, tiene un contacto
flojo y todos los esfuerzos de Harald por pegar y componer la falla
son en vano. El micro funciona cuando le da la gana y es motivo de
malestar general en la tropa, lo que, sumado al mal estado general
del vehículo, es una fuente inagotable de quejas de pasajeros a
Harald. Por mi lado, acostumbrado a tener choferes locales durante
casi todos mis anteriores trayectos, nunca he dirigido al conductor
al mismo tiempo que voy explicando la ruta a los pasajeros.
El
recorrido de la capital escocesa será el escenario de la explosión
y caída de Harald: todo Edimburgo está en obras por la nueva línea
de tranvía que unirá el centro con el aeropuerto, las vías
principales cortadas, el tránsito desviado por laberintosos barrios
residenciales. En tales circunstancias el sistema de navegación es
un trasto inservible: no se entera de las avenidas clausuradas ni
propone rutas alternativas.
Harald
quiere saber por dónde tiene que ir. Yo no sé qué sugerirle y le
digo Harald, no puedo hacer dos cosas al mismo tiempo: mi tarea es
señalar a los pasajeros los lugares de interés de la ciudad y no
puedo irte mostrando el camino. Toda la frustración por el micro
roto, la ventilación deficiente, los pasajeros reclamones y el guía
incapaz de dirigirlo, se cuaja en un grito desesperado: ¡si no
sirves para esto, vete de vuelta al Perú!
Pobre
Harald, para qué dijiste eso. Los pasajeros, sin excepción, se
solidarizan conmigo, “su” guía, manifestando su desaprobación
del comportamiento violento e insultante del conductor. Finalmente,
llegamos al Real Jardín Botánico, desembarcamos a la tropa y, mucho
más tranquilo, Harald se disculpa conmigo. Yo no tengo problema, le
digo, pero con ese ataque de furia has puesto a toda la gente en tu
contra y eso sí que va a ser difícil de revertir.
Al
otro día temprano por la mañana, partimos de Edimburgo rumbo al sur
para volver a Newcastle y embarcar el autobús de vuelta al
continente. Desde entonces no hemos vuelto a saber uno del otro.
¿Mejor así?
JIMS,
JUVENIL
ABUELO DE 45
En
mi última vuelta a Escocia me toca como compañero de cabina un
simpático fortachón de cabeza rapada. Se llama James Stewart, como
el último monarca escocés, pero prefiere que le digan Jim, yo
crearé ciertamente mi propia versión y lo llamaré Jims. Es wedgie,
como les dicen a los nacidos en Glasgow. Su dialecto por consiguiente
no está lejos del de Mr Jackson y
más de una vez me veo en la imperiosa necesidad de pedirle que
repita por favor lo que me acaba de decir.
Tenemos
gustos comunes: el timbre de su celular es Payphone,
la canción de moda de Maroon 5. Claro que a mí, aparte de la
melodía, me gusta también el vocalista del grupo pero no tengo que
refregárselo a Jims en la cara. Sacando cuentas, resulta que
es apenas 8 días más joven que yo pero mucho más precoz, para lo
cual no hacen falta mayores méritos. Jims acaba de ser abuelo y su
nietita de medio año lo tiene embelesado. En sus propias palabras
she's the apple of my eye, la niña de mis ojos. ¡Que la
disfrutes, Jims!
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viernes, 31 de mayo de 2013
DRIVING ME SCOTLAND 1
HELGA MCLEOD – TABACO Y WHISKY
El primer encuentro cercano con la rubia cincuentona no fue muy propicio para ganar puntos: apareció media hora antes de lo acordado, como quien dice sacándonos del hotel a empujones para iniciar nuestra vuelta a Escocia en siete días. ¿Su pinta? Cara de Miss Piggie, con el cutis curtido que delata la afición a la nicotina, y una figura como el tordo, cabeza pequeña y trasero gordo.
Menuda
tarea la que le había tocado a Mrs McLeod: además de manejar el
minivan prestando atención al tránsito, tenía siete días para
hacer de seis ignorantes unos guías profesionales para circuitos
turísticos escoceses, inculcándonos historia, geografía, geología,
folklore, whiskylogía
y curiosidades del país en dosis altamente concentradas. Y
ciertamente que no le hicimos fácil la misión, acribillándola a
preguntas en todo momento, incapaces de tomar notas durante el
trayecto – mareo seguro – y aprovechando cada pausa en la ruta
para recuperar la información perdida.
En
la sobremesa de nuestra última cena, con una copa de vino en la
mano, Helga nos familiarizó con la interesante
normativa-Mull-of-Kintyre
de la televisión británica: si se presenta en pantalla un desnudo
frontal masculino, el miembro en cuestión no debe presentar un
ángulo de elevación mayor al de la península de Kintyre respecto
del resto de Escocia, en buen cristiano: posición de reposo. Lo
demás es pornografía. Con esta información en la mano, mis
compañeros de instrucción y yo nos sentimos perfectamente
preparados para afrontar todos los retos futuros en tierras
escocesas.
PAUL
PUREFOY, EL
CABALLERO DE LA ROSA
Llego
al aeropuerto de Edimburgo una tarde lluviosa, apenas una hora antes
de la llegada de mis clientes. Logro ubicar al chofer y acordamos
cuál será el punto de encuentro. Seguido de mis cuarenta huéspedes,
llegamos al andén número seis y nos abre la puerta del bus un
distinguido cincuentón de modales exquisitos que lleva el traje más
elegante de todo el grupo. Soy Paul Purefoy y trabajaremos juntos
esta semana, me dice con un acento que delata claramente que Paul no
es un caledonio más sino proviene del enemigo estatal número uno de
los escoceses: down
south
o sea Inglaterra. Y lo peor del caso: es su primer circuito al norte
de la muralla de Adriano. Vaya parejita, un guía novato y su chofer
igual.
Pero
no contaba con los encantos secretos de ese risueño solterón inglés
que desde que subimos al autobús ya nos tenía preparadas las llaves
de las habitaciones de nuestro hotel. ¡Así da gusto, Paul! Fuiste
un compañero de equipo excelente. Con tu fino sentido del humor y la
ayuda de tu navegador satelital, llegamos sin el menor contratiempo a
todos los lugares que el grupo visitaría. Para resolver tu crónica
soltería de viajero impenitente, quedamos en que un día visitarías
el Perú. Te aseguré que con tu pinta distinguida conseguirías
novia en un dos por tres. ¡Te estamos esperando, colega!
GEORGE
EN
SU KILT
Me
resultó muy difícil entender y hacerme entender por mi siguiente
compañero de batallas, George, un cuarentón que se hizo amigo del
grupo en un abrir y cerrar de ojos gracias a su sonrisa de ojos
azules y su sempiterno kilt.
Las clientas más mayorcitas no perdían oportunidad de preguntarme
el consabido ¿llevará George algo debajo de su falda escocesa o
“sin nada” al estilo regimiento? Nunca se lo preguntamos, lo cual
es una pena porque tengo la sensación de que el picarón de George
no habría tenido problema alguno en levantarse el vuelo de su kilt
para saciar nuestra curiosidad. Huelga añadir que como caledonio de
pura cepa, George conocía cada recodo del camino como la palma de su
mano.
IAN
JACKSON, EL
MAGO DE WISHAW
Durante
mi tercer circuito escocés me vi confrontado con una situación
climática inenarrable: +29ºC a mediados de mayo en un bus sin aire
acondicionado... y el no menos inenarrable Mister Jackson. Primera
constatación: a este señor no le entiendo NADA. Una vez me preguntó
do
you like feshen
– y creí entender fashion
o sea si me interesaba la moda – pero el buen Ian quería saber si
me gustaba fishing,
es decir pescar. Y como esas tuvimos muchas.
Segunda
constatación (y la de más graves consecuencias): este buen señor
desmuelado no me hace caso o lo que es más grave, decide por mí qué
ruta hemos de seguir y qué paradas hacer y cuáles evitar. Traté
sin éxito de hacerme respetar durante dos días hasta que vi que no
me quedaba más remedio que decir aye,
aye, sir,
vamos por donde ud. quiera y pare donde ud. lo crea conveniente.
Tercera:
Ian es un mago frustrado. En cada parada no pierde la oportunidad de
demostrar a pasajeros, camareros de hotel o pasantes incautos sus
habilidades de prestidigitación: coge una libra esterlina y un
penique que a un giro de sus dedos regordetes se convierten en tan
solo una libra. ¿Y dónde está el penique? Ian sonríe relamido
mostrando sus lamentables vacíos molares ante la mirada boquiabierta
de su público espontáneo.
CONTINUARÁ
CONTINUARÁ
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