jueves, 27 de febrero de 2014

CALI EN ADJETIVOS

36 HORAS EN LA SUCURSAL DEL CIELO

Culpables – Los cafeteros que bloquean la carretera que une Medellín con Armenia. Yo no pensaba volver a tomar un avión en tierras colombianas, pero tengo que cambiar de opinión y comprar el tiquete más barato que encuentre de Rionegro a Cali en una dudosa página web escandinava.

Húmedo – Nada más salir del aeropuerto, se ven las huellas del aguacero de verano que acaba de derramarse sobre Santiago de Cali y alrededores. Todo está mojado, el aire huele a lluvia. Ya es medianoche y por una falta de atención mía, reservé el último vuelo de la jornada... ¿o tal vez porque ansiaba secretamente descubrir más misterios de Medellín de la mano del paisa Andrés Felipe?

Confortable – El Hotel Stein que alberga a mi itinerante humanidad durante dos brevísimas noches caleñas: la primera, por mi tardía llegada del aeropuerto; la segunda, porque conozco a un guía de lujo.

Enternecedor – El taxista Juan Carlos, que me lleva hasta el Cristo Rey a pesar de la escasa visibilidad de aquel martes de julio. Una vez a los pies de la estatua, vemos a una familia colombo-alemana entre el escaso público turístico que llega hasta las alturas del mirador. Intrigado por los sonidos guturales de la lengua germana, me pregunta con sus ojos verdes muy abiertos ¿España y Alemania son la misma cosa? No, Juan Carlos, qué va, ambas están en Europa pero son países distintos con idiomas distintos y gente distinta. Me mira escéptico pero agradecido, volvemos al taxi y seguimos paseando por la brumosa Sucursal del Cielo.

Escasos – Los vestigios de la época colonial como la iglesia y convento de La Merced. Muy cerca de allí descubro una casona con un hermoso patio y fuente. Es la Asociación de Mujeres Cabeza de Familia y las valientes señoras ofrecen almuerzos deliciosos que no dudo un segundo en degustar.

Amenazante – El puñal con el que un jardinero ataca a otro muchacho en un descanso de los trabajos para convertir la margen derecha del río Cali en el Bulevar del Río. Se trata de los preparativos finales para los Juegos Mundiales a celebrarse en la capital vallecaucana en julio del 2013. El atacado es muy ágil y cruza la avenida antes de que el blanco metal pueda hincarse en su piel morena. Aparto la vista del combate y aprieto el paso para regresar rápido a mi hotel.

Refrescante – El jugo de sandía degustado al borde de la piscinita del Hotel Stein. Sentadas a la mesa del costado, una alemana cuarentona entretiene a la muchachita caleña que está a punto de adoptar, tarea nada fácil en vista de que ninguna de las dos habla el idioma de la otra. Pero la decisión está tomada.

Científico – El chat de ligoteo con un tal Ernesto que resulta ser estudiante de medicina y me pregunta de entrada por mis problemas de pigmentación. Que a su padre le pasa lo mismo y solo espera el momento oportuno para viajar con él a Cuba donde según dice lo pueden curar. Le digo que eso es puro cuento, que a los isleños no les creo nada. El chat terminará sin haber fomentado ningún tipo de turgencia en los tejidos cavernosos.

Nocturno – El paseo con Fabián, que tiene la gentileza de buscarme en el Stein para luego recorrer el pintoresco barrio de San Antonio con sus callecitas empinadas, casonas antiguas, bares bohemios y parques rebosantes de cannabinol donde por un muy módico precio te compras tu baretico take-away. Con dicho equipo en el bolsillo, seguimos hacia el Museo La Tertulia, compartimos el baretico en el tope del anfiteatro y saludamos eufóricos y risueños a las Gatas del Río – dieciséis representaciones artísticas sobre un mismo molde, dieciséis simpáticas mininas que compiten por el amor del Gato del Río, escultura de Hernando Tejada.

Romántico – El patio interior de la galería de arte antigua contemporánea con sus jardines zen, muebles estilo balinés, budas sentados, pétalos flotantes...un oasis en medio del calor de la Sultana del Valle.

Eterno – El trayecto desde la Terminal de Autobuses hasta que termina la Sucursal del Cielo y la buseta zigzaguea en dirección a Popayán, Cauca. Tendremos una avería del vehículo en la ruta y salvación espontánea gracias a la amabilidad de otro conductor de la misma empresa y la agilidad de los 4 primeros pasajeros que nos trepamos al carro salvador antes de que se detuviera del todo.

viernes, 1 de noviembre de 2013

MEDELLÍN EN SUSTANTIVOS


Ansiedad – al enterarme, poco antes de llegar, de que la ciudad tiene dos aeropuertos y yo no voy a aterrizar en esa céntrica pista que he visto tantas veces en el Google Maps. Incluso decidí alojarme en Los Laureles por la cercanía al aeropuerto donde terminó la vida de Carlos Gardel en un accidente en 1935. Pero no, el vuelo que he reservado no me llevará a las onduladas bóvedas del Olaya Herrera sino al moderno Aeropuerto José María Córdova en la localidad de Rionegro, a 35 km de la capital paisa.

Alivio – después de conversar con Lilian, mi vecina de asiento en el vuelo Cartagena – Medallo y acordar que tomaremos juntos un taxi desde Rionegro hasta el centro. Ella es paisa, como les dicen a los de Medellín y toda Antioquia, si bien vive hace muchos años en Mompós, Bolívar.


Asombro – mientras desciende el avión y veo los campos antioqueños que se me antojan idénticos a las zonas rurales de Europa Central. Todo muy verde, todo muy cuidado.


Sonrisas – por la carretera al centro, viendo una publicidad que dice Antioquia la más educada. Ya veremos. Al mismo tiempo, por la radio escuchamos una emisión cómica que no tiene mucho de educada, a juzgar por el rubor en el rostro de Lilian.


Buen tino – el de Fernando, taxista paisa, para llevarme con toda precisión y seguridad a un hotel de San Joaquín donde finalmente prolongaré mi estadía de tres a siete noches. ¿Por qué? ¿Por quién(es)?


Gentileza – la de Esteban al pasar a recogerme, después de su jornada de trabajo, para llevarme a dar una vuelta por los must-see nocturnos de Medellín: El Poblado, Parque Lleras y Los Laureles.


Boca abierta – la mía al ver que Esteban en la vida real es mucho más atractivo que en las fotos que había visto por internet.


Sabrosura – de las empanadas paisas del Machetico que acompañamos con salsa picante y unas cervezas, sentados en las gradas del Parque del Poblado.


Anticipación – de una semana muy caliente, a juzgar por el despliegue de amabilidad de Esteban rebautizándome Checho o Chechín apenas subí a su camioneta.


Desenfado – el de los colegiales paisas que, para fomentar las sonrisas al momento de tomarse una foto de grupo con su maestra, corean risueños anoche piché disfrutando las vistas desde el cerro Nutibara, al lado del Pueblito Paisa.


Saciedad de consumo – luego de degustar mi primera bandeja paisa en Medallo, y eso que la pido light con pechuga de pollo, en un rústico local de Campo Bonito.


Preocupación 1 – al enterarme de que aquella noche de julio juegan por el campeonato de fútbol los verdolagas de Nacional Medellín contra el Santa Fe de Bogotá... lo anuncian los ubicuos globos verde-blanco-negros. ¿Y si ganan? ¿Se pondrá esto patas arriba?


Preocupación 2 – al no recibir noticia alguna de Esteban, lo cual, dadas las circunstancias – el Nacional de Medellín gana el torneo – es comprensible.


Distracción – viendo la célebre película paisa La virgen de los sicarios en mi smart mientras los verdolagas castigan a los capitalinos.


Proteccionismo – al no abandonar el hotel ni compartir la algarabía de Medellín en su fiesta verdolaga.


Angurria – por querer estar conectado a internet no solo en la multitud de zonas WiFi sino donde tenga cobertura mi celular.


Estupidez – la mía al decidir comprar un paquete de internet móvil y descubrir que no funciona y solo me pueden ayudar en un centro comercial que queda muy lejos de mi Carrera 70.


Paciencia – la que tengo que desplegar para llegar al Centro Comercial Los Molinos, hasta que me resuelvan el impasse y la conexión funcione... ¡por fin!


Sorpresa – al recibir la llamada de Andrés Felipe, mi plan B, cuya propuesta acepto encantado en vista del silencio del plan A, o sea Esteban.


Modernidad – la del Metro de Medellín y su brazo lateral, el MetroCable, por donde subimos hasta ver la Biblioteca España, sobrevolando las comunas calientes de Santo Domingo Savio y La Francia.


Prudencia – con la cena, apenas un poco de arroz y plátano frito, para recuperar el ritmo digestivo normal, alterado por las bandejas paisas y mi entusiasmo con los jugos de frutas.


Encanto – el de los ojos claros de doña Martha, dueña del café donde tomo desayuno todos los días, que me hacen sentir como un parroquiano más frente a mi arepita con queso y mi taza de chocolate.


Carne de gallina – la que te producen las casi cuatro horas del Circuito Pablo Escobar por la ciudad de Medellín, desde sus años mozos hasta la sencilla lápida que lleva su nombre en el cementerio Monte Sacro de Itagüí.


Emoción –cuando nos dicen que el escritor Fernando Vallejo llegará en un par de horas al café de su hermano. Ciertamente nos quedaremos a esperarlo con Andrés Felipe.


Felicidad – la de mi plan B pues no solo conoceré al escritor Vallejo gracias a él, sino que nuestros paseos por la capital paisa serán un enriquecimiento en todo sentido: la pastelería Versalles en el viejo centro donde ciertamente degustaremos empanadas chilenas y argentinas, las esmeraldas que me ayudará a conseguir el padre de su amigo Mario Iván, los exquisitos jugos de frutas frente a los Campos de Paz, las caminatas de Belén a Los Laureles y del centro al barrio de Boston pasando junto a las gordas de Botero y el busto de Mahatma Gandhi.


Descubrimiento – de que el autor de La virgen de los sicarios no comparte la misantropía del narrador de sus novelas. Es un setentón encantador que cada vez que algún admirador se le acerca a pedirle una foto, se saca coquetamente los anteojos y se levanta risueño para complacer la solicitud. A nosotros, sin conocernos, nos invita a su mesa y a tomar lo que queramos.


Tertulia – de tres horas con él, una experiencia inolvidable. Recorremos el valle del Aburrá desde Sabaneta hasta Bello, pasamos por el célebre cuarto de las mariposas, vamos a la peregrinación de María Auxiliadora, conversamos con Barbet Schroeder y Germán Jaramillo, director y protagonista de la película, desmembramos la gramática castellana y revolucionamos nuestra lengua común.


Ausencia – por la que brilló el plan A. No volví a ver al bello Esteban en Medellín ni en ninguna otra parte.


Clínicas – por toda la ciudad se erigen cientos de centros de salud. Me dicen mis informantes que el turismo médico -transplantes, cirugía plástica y mucho más- es una importante fuente de ingreso de esta ciudad. ¡Vea, pues!


Ascensión – del Cerro Tres Cruces, a modo de despedida, antes de partir hacia Cali. Por seguridad, Andrés Felipe me prohibe llevar el móvil así que no quedarán testimonios gráficos de la subida, los esforzados deportistas que nos iremos cruzando por el camino ni de la hermosura del paisaje. 

Certeza – mientras abandono el valle del Aburrá por la subida de las Palmas, de que Medellín, Andrés Felipe y yo volveremos a vernos pronto. ¿Habrá también una segunda oportunidad para el plan A? Vamos a ver.

martes, 22 de octubre de 2013

¡QUÉ TAL RAZA!

Doce de octubre de 2013. En mi calidad de miembro más antiguo del equipo de español, el director me asigna la honrosa tarea de organizar la celebración de la fiesta nacional de España. A ver, con quién contamos: dos peruanos, una parejita española, una profesora mitad mexicana, un alemán casado con cubana y una maestra que ha vivido 18 años en España. ¡Perfecto!

Una vez distribuidas las tareas culinarias y enológicas, falta preparar unas palabrillas para inaugurar la fiesta con gracia, arte, relevancia histórica y sobre todo ¡brevedad! Revisando documentos, me entero de que el antiguo nombre de la festividad “Día de la Raza” surgió en un congreso ibero-americano en los primeros años del siglo XX.

¡Cómo olvidar ese nombre! Porque, en mi país, “tener mucha raza” equivale al ibérico “tener mucho morro” y mi hermana mayor – nacida en tan histórica fecha – nos refregaba su legitimidad para agarrar el mejor pedazo de comida o cualquier otra prerrogativa por ser justamente del Día de la Raza.

Me imagino encantado las caras destempladas que pondrán los colegas alemanes cuando les comente que durante más de 40 años España y muchos países hispanoamericanos llamaron así la fiesta del doce de octubre. En este país, la sola mención de la palabra Rasse ya basta para ser sospechoso de simpatizar con la ideología nazi.

Descubro también que aparte del Día de la Hispanidad, actual nombre del antiguo Día de la Raza, hay países que lo llaman Día del Respeto a la Diversidad Cultural (Argentina) o Día de la Resistencia Indígena (punto para los chicos malos de Venezuela y Nicaragua). ¡Qué irónico! Respeto a la diversidad cultural en una nación sudamericana que fomentó la extinción de su población aborigen. Prefiero aquello de la Resistencia Indígena, alineándome así por vez primera con los países del ALBA.

Para los indígenas del Caribe, en efecto, el encontronazo de dos mundos no fue nada propicio: un siglo después del “descubrimiento” no quedaba un solo taíno, lucayo, quisqueyano o caribe. Hatuey, Anacaona y muchos más seguirían en la memoria colectiva solo como nombres de leyenda. Un genocidio sin sobrevivientes para contarlo.

A modo de ejemplo muy concreto, mencionaré que nuestra encantadora colega, la señora Yvonne, natural de la isla de Cuba, tiene sangre europea y africana pero ni un mililitro de genes caribes. Obvio, si en el siglo XX, ya hacía cuatro siglos que habían sido aniquilados todos los indígenas de las Antillas. Y los del continente tampoco fueron afortunados precisamente: convertidos en esclavos de los colonizadores, desterrados de sus hogares, recluidos en reservas remotas, diezmados en las minas de la puna, demonizadas sus creencias ancestrales y humillada su identidad cultural.

Tampoco podrán faltar en mi recuento las ironías de la historia: como el hecho de que Cristóbal Colón muriera en 1506 convencido de que había llegado a las Indias. Y que mucho tiempo después de las evidencias científicas contrarias, la entidad encargada de gestionar las nuevas colonias se siguiera llamando Consejo de Indias. Indianos era también como se conocía a los españoles que volvían enriquecidos de las Américas y hasta el día de hoy a la población nativa americana se le conoce como indios.

Cómo se retorcería Colón en su tumba al enterarse de que un geógrafo friburgués colocó por vez primera el nombre de América en el mapa de las tierras recién descubiertas, pues estaba convencido de que otro italiano, Américo Vespucci, era el gestor de tan valerosa hazaña.

Pasando al aquí-y-ahora, delante de una mesa puesta con delicias de ambos lados del Atlántico, haré hincapié en el mestizaje culinario: ¿o puede alguien imaginarse una tortilla de patatas sin los tubérculos andinos? ¿O una peruanísima salsa huancaína sin ingredientes españoles como la leche y el queso? ¿De qué color quedaría el gazpacho sin el rojo de los tomates mesoamericanos?

A más tardar en este momento será oportuno alzar la copa para un brindis por el respeto a la diversidad cultural.

lunes, 30 de septiembre de 2013

BOGOTÁ - CARTAGENA

BOGOTÁ
Ir a comprar el pan para el desayuno a la panadería más cercana en las Torres del Parque y terminar bajando -de puro sapo- todo el Parque Independencia hasta llegar a la torre Colpatria en la Carrera Séptima.
La falta de aire al subir por el mismo parque de regreso de Colpatria a La Macarena, tomando en cuenta que no acababa de cumplir 12 horas a 2.760 metros de altitud.
Caminar cantando El Pescador – en versión de Totó la Momposina- por las calles y parques del Bosque Izquierdo.
Pagar un dólar ochenta por dos kilos de perfumadas granadillas en el mercadito de la Perseverancia.
El sabor indefinible de mi primer -y último- jugo de feijoa... una fruta verde pequeña de improbable nombre. Yo me preguntaba si el mismo tendría que ver con feijão (= frejol en portugués). ¡Pero no! El botánico alemán Otto Karl Berg la bautizó así en homenaje a João da Silva Feijó, un naturalista luso-brasilero del S. XVIII.
Las vistas desde el departamento de Óscar en el noveno piso de la ladera.
Despertar por el canto de un gallo en la acogedora garçonnière de Leo en las colinas del Chapinero aka Gay Hills.
La conversación con un cachaco octogenario, sentados ambos mientras hacía sol y lluvia (!) en la Plaza Bolívar.
La tentación de unas pastas con palta (en el menú decía aguacate, en honor a la verdad), platillo que resultó ser angustiosamente soso.
Esperar una hora para poder subir al mirador de Colpatria. Y claro, si a cada uno le toman las huellas digitales electrónicas de cada dedo, fotografía de frente y perfil. Ni para ingresar a los sacrosantos EE.UU. ¡No se pasen esos colpatriotas!
El sobrecogimiento producido al ingresar a la basílica-catedral de sal de Zipaquirá, ubicada en los socavones de una antigua mina.
El inesperado encuentro con mi paisana Santa Rosa de Lima en uno de los recodos de la mina.
Las delicadas y finísimas arepitas del desayuno andino de la panadería Ázimos.
El verdor de los Andes Orientales vistos desde el mirador de Monserrate.
El verdor de las gemas expuestas en el Museo de las Esmeraldas.
Las crêpes poblanas, con ese delicioso puntito de picante, de la cadena de restaurantes Crepes & Waffles, conocida por dar preferencia laboral a madres cabeza de familia.
Las manos regordetas de Botero en el museo del mismo nombre.
La brevísima pero ejecutiva visita de Richard, con quien manteníamos una nutrida correspondencia ciberepistolar de varios meses.
El sermón de Gerhard al día siguiente de la visita de Richard prohibiéndome recibir a más ilustres caballeros en la casa de su marido Orlince.
La visita de Wilson, un entusiasmado osito que recibí apenas habían partido de la casa Gerhard y Orlince rumbo a tierras sureñas.
La amabilidad de Óscar para conseguirme viajes seguros en taxis de su plena confianza.
La publicidad en el Puente Aéreo: Colombia - The only risk is wanting to stay! 
¡Es verdad!

CARTAGENA DE INDIAS
La alameda de palmeras que flanquean el camino desde la escalinata del avión hasta la terminal aérea. Una sensación de Hawai con salsa.
¡Mucho calor!
La emoción de empapar por vez primera mi transpirada humanidad en la Mar de los Caribes.
Una deliciosa limonada con puesta de sol en el Café del Mar encima de la muralla.
Las arepitas de queso del parque Bolívar matizadas con la grata conversa del paisa Jaime.
Delicioso pescado en salsa de coco en el seráfico local llamado Acción de gracias.
Bicicletas de alquiler con asientos castrantes...imposibles de montar más de una hora seguida.
La ley seca por las elecciones municipales que hicieron que no probara una gota de alcohol durante mi estadía caribeña – a no ser por las socorridas chelitas dentro de la pensión del franchute Michel.
Curiosear por los patios y fuentes de las casonas y mansiones coloniales de la ciudad amurallada, sobre todo aquellas con WiFi que descaradamente aprovechaba para ponerme al día con mis contactos de aquí y de allá.
Niños peloteando, ancianas conversando, puestos de comida de diversas delicias en la placita de la Trinidad, corazón del saleroso barrio de Getsemaní.
Las aptitudes lingüísticas de Javier, bachiller en Derecho por la Universidad de Cartagena.
La playa desierta en la costa norte de la Isla Grande del Rosario, coronación de una caminata ecológica que un solo pasajero desquiciado reservó: yo. ¡Felizmente!
Las dos botellas repletas de envoltorios plásticos recogidos del suelo durante la hora que duró la caminata ecológica...y la cara del guía Jáider.
El trueque forzoso de mi camiseta caboverdiana por una local de Cartagena a instancias del negro Jorge que no me dio chance de rechazar la transacción: “tengo que tener esa camiseta tuya”. La pulserita cannabis que después me vendió el moreno de marras con un argumento irrefutable: “cómprale algo a este negro”.

Recuerdos imborrables de mis primeros diez días en tierras colombianas.

sábado, 31 de agosto de 2013

PLATA O PLOMO

Las giras temáticas están de moda: puedes contratar un paseo por la Lima de Mario Vargas Llosa, recorrer Sudáfrica siguiendo la biografía de Nelson Mandela o visitar Nueva York pisando las huellas de las chicas de la inolvidable Sex and the City. Por tanto, al llegar a Medellín, estaba seguro de que iba a encontrar algo similar con el célebre escritor paisa Fernando Vallejo, autor entre otros de la novela La virgen de los sicarios y guionista de la película homónima dirigida por Barbet Schroeder (2000).

En plena búsqueda descubro con gran pena que no hay ningún tour Vallejo pero sí un circuito Pablo Escobar. La palabra sicarios en el título de la película de Schroeder me lleva al enlace de marras. Llamo al teléfono que indican y un simpático muchacho me da las indicaciones necesarias: tengo que ir a un hostal del barrio El Poblado, pagar por adelantado para conocer en detalle al patrón del mal y sin garantía de que vaya a haber cupo el día deseado. Esto me suena muy mafioso – pienso y reniego por lo bajo – pero, caballero, pago y confío en mi buena suerte. Y otra cosa: la gira se ofrece exclusivamente en idioma inglés, o sea que voy a pagar para que un colombianito (o ita) me cuente en inglés la historia del zar de la coca. El día siguiente recibo la llamada reconfortante del dueño del hostal: mi asiento está asegurado. ¡Maravilla!

Por prudencia llego al punto de encuentro casi una hora antes de la salida. De hecho soy la oveja negra del grupo, lingüísticamente hablando – porque no hay ningún hispano y en cambio sí un muchacho mulato del norte de Inglaterra. Aparte de mí, casi todos son anglófonos de tres continentes, dos holandeses y una chica austriaca. El muchacho del teléfono conduce la camioneta VW que ya ha conocido bastantes generaciones de sentaderas mientras una encantadora paisa se sienta con la cara hacia nosotros y un práctico microfonito en la mano. Comienza la aventura que durante tres horas y media nos mantendrá cautivos como en una película del mejor suspenso.

Primera estación: el edificio Mónaco, de propiedad del Patrón, y blanco de un coche bomba que destrozó toda la fachada. Se me vienen a la mente recuerdos de Tarata. El edificio Ovni, la gruta de la Rosa Mística... y cómo no pensar en la peregrinación de Alexis y Fernando a la iglesia de María Auxiliadora en Sabaneta. Después del Poblado, nos dirigimos hacia el centro para luego atravesar Barrio Triste y seguir a Carlos E. Restrepo.

¿Qué quieres ser de grande? ¿Acaso bombero? ¿Astronauta? ¿Piloto? ¡Qué va! La respuesta salió disparada de la boca del mocoso Pablo Emilio Escobar Gaviria: ¡Millonario! En la secundaria, sentó las bases de su fortuna canjeando a sus compañeros las respuestas de los exámenes por dinero contante y sonante. Claro que al director no le hizo mucha gracia ese intercambio mercantil y el adolescente estuvo a punto de ser expulsado del colegio en más de una oportunidad.

Prosiguió la carrera por los espinosos caminos del contrabando de cigarrillos y todo aquello que pudiera rendirle jugosas ganancias – mientras más peligrosos los negocios, más copiosas las utilidades. La maestría y el doctorado honoris causa los obtuvo en lo que sería su cohete al estrellato y al mismo tiempo su piedra de molino: el tráfico de drogas. Finalizando la veintena, ya es multimillonario, coquetea con una carrera en la política y se siente con poder para poner en jaque a todo su país. El método es sencillo: plata o plomo. Aceptas lo que te pago o te caen balas a ti y tu familia.

Punto central de nuestro recorrido es una casa con el mágico número 45-96 donde, un día después de cumplir 44 años, se cerró el cerco alrededor del prófugo de la justicia y enemigo número uno del estado colombiano y de la DEA estadounidense. Escobar fue abaleado al tratar de abandonar su escondite en la ciudad que él creía era el sitio más seguro de la tierra. Quedaron desamparados sus familiares y sus queridos hipopótamos de la hacienda Nápoles.

Al final del recorrido, saliendo por la carretera hacia el sur, llegamos al Camposanto Montesacro donde está la tumba de Escobar. Nos dice la guía que es la tumba más visitada del continente – junto con la de Eva Perón en Buenos Aires. Y a menos de veinte metros del Patrón, se encuentra la modesta lápida de Griselda Blanco, la reina de la coca, que muchos consideran madrina de Pablo. Después de cumplir dos décadas de condena, Griselda regresa sexagenaria a Medellín donde vive una vida de perfil notoriamente bajo...hasta que saliendo de una carnicería es abatida por tres balazos en la cabeza desde una motocicleta. Méthode traditionnelle!

Fin del recorrido. En ese momento no sabía que aquella misma noche estaría sentado tomando cerveza con el mismísimo Fernando Vallejo en el café fundado por su hermano en Los Laureles, dónde más.

miércoles, 17 de julio de 2013

¡A LA ORDEN!

Después de siete días recorriendo Colombia en viaje de exploración e inspiración, creo poder afirmar que:

- El control de inmigración del aeropuerto internacional Eldorado de Bogotá es el más eficiente que he visto en las Américas: 35 funcionarios bien dispuestos que hacen que la espera para tener sellado el pasaporte sea mínima. Un ejemplo para los países vecinos, incluyendo al Gran Hermano del hemisferio norte con sus filas interminables.

- El color predominante en la ciudad de Bogotá es el rojo: rojas las numerosísimas edificaciones revestidas de ladrillo, rojos los tejados de las casas, rojos los adoquines que recubren el pavimento en algunos sectores de La Candelaria. Pienso en Bogotá y veo los colores rojo - lógicamente - y el verde de las montañas que la flanquean hacia el oriente y los pastizales abundantes de la sabana.

- Curioso clima el de Bogotá: estaba el suscrito sentado en la plaza Bolívar (la de Armas para efectos prácticos) conversando gratamente con un cachaco (léase: persona nacida en Bogotá hijo/a de padres bogotanos) sobre esto y aquello cuando empezaron a caer gotitas de lluvia al mismo tiempo que brillaba el sol sobre nuestras cabezas. Sin embargo, no encontré ningún arco iris. Se aplica el famoso dicho de los escoceses: cuatro estaciones en un solo día. ¡Tome sus precauciones! Sí, señor.

- A diferencia de otras plazas mayores o de armas de capitales con la clásica disposición de palacio de gobierno, catedral y municipalidad, la plaza Bolívar de Bogotá congrega el poder judicial (Palacio de Justicia), legislativo (Capitolio), municipal (Palacio Liévano) y eclesiástico (Catedral y Arzobispado). Para mi sorpresa, el Palacio de Nariño (Poder Ejecutivo) se encuentra a dos cuadras de allí, detrás del Capitolio.

- No hay otro pueblo sudamericano tan amable como el colombiano - tal vez en competencia cuerpo a cuerpo con el brasilero. No termina uno de entrar a un comercio o pasar al lado de un puesto de venta de comida o bebida y ya te están saludando con un gentil a la orden. Las respuestas a mis preguntas terminan infaliblemente con un sí, señor o no, señor. La conversación es fácil, el cantito dulce. 

- Hablando de Brasil: tengo la impresión de que Colombia está muy de moda en la república federativa. No hay museo, lugar de interés cultural o turístico donde no haya encontrado grupetes de brazucas. Alguien me comentó que es por el alto poder adquisitivo del real. ¿Será por eso nomás?

- El auge turístico de la bellísima Cartagena de Indias está convirtiendo el casco viejo en un museo al aire libre donde cada vez hay más alojamientos exclusivos y hoteles boutique pero prohibitivos para los colombianos de a pie convertidos en extras en su ciudad amurallada.

- La filigrana península de Bocagrande, colindante con el casco viejo de Cartagena, ha sido convertida en un lamentable remedo de Miami Beach con numerosísimos edificios muy altos y poca consideración del paisaje. ¡Qué pena!

- Cuando le digo mi país de origen a algún colombiano, no puedo disimular la complacencia que me invade por la infalible reacción: uy qué buena es la comida peruana. :-D De hecho he visto restaurantes peruanos deluxe en las calles más caras de cada ciudad visitada.

- Ya me habían dicho que Medellín es todavía más roja que Bogotá - en todo sentido. Ayer llegué a la segunda ciudad de Colombia y lo pude comprobar: desde la carretera que bordea los cerros verdes se ve un mar de edificaciones rojas. Dicen los paisas, es decir la gente de esta región, que son los más más del país. ¡Veremos!

domingo, 30 de junio de 2013

IN-COMUNICANDO

Ayer me instalé WhatsApp en el celular... ¡qué felicidad! Ahora puedo intercambiar mensajes y fotos con todos mis contactos – sin importar en qué país se encuentren – a un precio muy módico: solo tenemos que estar todos conectados a internet. Huelga añadir que también tengo una cuenta en el CaraLibro (aka) Facebook, tres direcciones de correo electrónico, la del trabajo, una seria y otra juguetona, y dos más que ya caducaron por falta de uso. Sin contar membresías a redes sociales de perfil profesional y/o facilitadoras de contactos personales.

Me pregunto cómo he podido prescindir de tan vitales instrumentos de comunicación durante más de cuatro décadas. ¿Cómo pude terminar el colegio y perpetrar dos universidades, incurrir en un matrimonio y alguno que otro conato de mancebía sin celular, emilios, WhatsApp ni redacciones en hypertext? Pienso en la máquina de escribir que le pedí prestada a un compañero de universidad para redactar un trabajo y me siento un cavernícola. Recién hacia el final de la carrera, por la generosidad de Manolo que me regaló su computadora vieja al comprarse una nueva, pude escribir mi tesis de grado en forma digital. Luego Manolo la pasó del floppy a su artefacto para adaptarla a los formatos más modernos del milenio pasado.

Hace veintitrés veranos, durante una chambita vacacional, uno de los compañeros me habló por primera vez de las maravillas del correo electrónico: yo en mi computadora (en Friburgo, Alemania) y mi novia en la suya (en Estrasburgo, Francia) nos enviamos mensajes que son enviados a su destino inmediatamente. Recordé haber visto algo parecido en una película de ciencia ficción y no le hice mucho más caso.

Pasaron los años, unos cinco – creo – y otros amigos me volvieron a preguntar si no tenía dirección electrónica. Qué pesados, pensaba yo, dale con el bendito eMail que a mi entender usaban no más de cuatro gatos, en su mayoría personal de instituciones académicas. En fin, yo también pertenecía a una institución académica y animado por uno de mis estudiantes hice las formalidades del caso para obtener mi primera dirección electrónica.

¡Qué complicado era todo! Tres controles de seguridad hasta llegar al bendito buzón de entrada – que con bastante probabilidad estaría vacío pues, como el coronel de García Márquez, no tenía quien me escribiera. Ni pensar que llegaría un día, diez años más tarde, en que volver de vacaciones significaría la odiosa realidad de tener cientos de correos acumulados en la cuenta del trabajo – ¡ptuagh!

Y el teléfono móvil, o celular como nos gusta decirle al otro lado del charco... que pasó de ser una exclusividad de cuatro perencejos muy importantes ellos, seguramente, a un accesorio omnipresente en cualquier medio de transporte público donde la mayoría de pasajeros están embobados y embebidos por los aparatitos de marras. Me resistí durante años a tener uno hasta que llegó un momento en el cual cruzaba diariamente dos fronteras en un viaje de más de una hora con imprevistos frecuentes lo que hizo que engrosara las filas de telecomunicadores móviles.

¡Qué descubrimiento los primeros mensajes de texto o “sms”! ¡Qué sensación de modernidad! Y ni se diga las primeras cuentas de correo en línea gracias al Hotmail, Yahoo! y sucedáneos. Registrarse en Bangkok y enviar un correo a Freiburg con copia a Lima. ¡Ja ja ja! ¡Cuántas cuentas abiertas y vueltas a cerrar desde entonces! Hoy recibo los correos privados en el celular y teóricamente podría recibir también los del trabajo pero, aquí entre nos, a calzón quitao: ¿quién quiere recibir los correos de sus jefes o directores en el móvil a no ser que sea alguien muuuuy importante?

Y las famosas social networks, las redes sociales. ¡Qué pesadez! Comencé con el Xing por motivos profesionales. Mis amigas me decían tienes que entrar al Hi5 pero no les hice caso hasta que vino Facebook y mató al Hi5. Resultado: ¿en qué tiempo voy a hacer lo que realmente tengo que hacer si me paso el día revisando mis tres correos, las noticias del WhatsApp, las redes sociales Xing y Facebook más alguna que otra de amistades peligrosas? Línea ocupada – estoy comunicando.