miércoles, 13 de julio de 2011

YO AMO A MIS MAMIS

Con 35 años recién cumplidos, Valeria fue por vez primera a visitar la tumba de su madre. La mujer que le dio la vida, perdió la suya cuando era aún muy joven. El padre de Valeria, a la sazón un arquitecto en la treintena, no tardó en encontrar otra mujer, sin hijos, dispuesta a casarse con él y asumir la maternidad responsable de sus dos hijas, Elena y Valeria. Varios años después, llegaría Mariela para completar el trío de féminas.

Valeria siente un profundo cariño por Selma, la mujer que la crió, y está convencida de que su madre postiza dio lo mejor de sí para afrontar la difícil tarea que le tocó. Ella era una adolescente cuando se enteró de que su madre biológica llevaba ya dos lustros en otro plano de existencia y tan solo Mariela “era hija de Selma”. Al principio, le adjudicó su escasez de abrazos a la ausencia del vínculo uterino. Dos décadas más tarde, convertida Valeria en madre de dos hermosas niñas, surgió en ella la necesidad imperiosa de saber más acerca de Luchi, su madre biológica y un tabú familiar desde la llegada de Selma a la vida del arquitecto y sus dos hijas pequeñas.

Viviendo Valeria a once mil kilómetros de su gris ciudad natal, la tarea no fue fácil y puso a prueba toda su tenacidad. En su proceso de búsqueda, descubrió también que Selma había tenido una relación muy fría con su madre y ese era el motivo de su evidente sequedad con las tres niñas, propias y ajenas, que le tocó criar.

Conversando con su hermana Elena, surgió un asunto que había desterrado completamente de su memoria: después de serle revelada la noticia de la muerte de Luchi a Valeria, Elena le preguntó en más de una ocasión si no tenía ganas de acompañarla al cementerio y cada vez le había contestado que no. 35 años después, Valeria no se acordaba absolutamente de las gentiles invitaciones de su hermana.

Sus demás parientes resultaron ser una pésima fuente de información: tu mamá era buenísima, tu mamá era lindísima. Sí, pero qué más... reclamaba Valeria y sus informantes involuntarios se perdían en alabanzas y zalamerías. Ella quería saber por ejemplo cómo había sido la relación de su madre con su suegra, si habían tenido roces – como suele ser – pero era como caminar a ciegas, no hallaba luz por ninguna parte. En la casa donde creció, nunca se hablaba de Luchi, Valeria jamás vio una foto de su madre biológica hasta que Elena le reveló que tenía una escondida con el sigilo necesario para no enfadar a Selma.

En el cementerio, Valeria constató con mucha pena que el nicho no estaba sellado con una lápida de mármol, como correspondería a una familia de clase media acomodada, sino se había quedado con el cemento aplicado provisionalmente en el momento del entierro, hacía más de tres décadas.

El contacto retomado entre Valeria y Luchi comenzó a manifestarse en dimensiones sensoriales: una noche tibia, Valeria salió a fumar un cigarrillo al jardín. De repente sintió un aroma floral que la envolvía y no correspondía a ninguna de las flores existentes en su jardín ni los de los vecinos. Cuando en las noches siguientes salió al jardín en busca del dulce aroma de aquella noche, no pasó nada. Tiempo después recibió la visita de su padre. Habían salido a fumar al jardín cuando el perfume misterioso volvió a aparecer. Su padre, con la incredulidad grabada en la cara, le puso la mano sobre el hombro y le dijo es el perfume que usaba tu mamá.

En su última visita a su ciudad natal, Valeria decidió ponerle una lápida decente al nicho de Luchi. La mandó a hacer en la mejor marmolería y convocó a sus padres y hermanas a una ceremonia íntima pero emotiva. A Selma le dijo que estaba cordialmente invitada pero que no se resentiría en lo más mínimo si prefería abstenerse.

Al descascarar el cemento antiguo, el sepulturero constató que después de tres décadas la tapa del ataúd se había deshecho. Les preguntó a los deudos entonces si le querían echar una última miradita a su difunta, antes de sellar el nicho. Valeria vaciló una fracción de segundos pero sus hijas, ya adolescentes, la animaron y acompañaron a despedirse del montoncito de huesos que quedaban de Luchi. Selma abrazó a sus hijas, nietas y todos juntos fueron al mejor restaurante a comer en memoria de la mujer que había dejado de ser tabú.

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